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Santiago pronto cumplirá años. Él no sabe cuantos, por más que Pepita, su mujer, le repita que ochenta y cinco. Camina encorvado, solo ayudado por un bastón pero siempre con alguien al lado. Los ojos son todavía muy vivos, verdes y muy acuosos, aunque todo cuanto le rodea parezca estar cubierto por una niebla espesa. Es como si su vida transcurriese a cámara lenta y cada fotograma se mostrara con interferencias. Sin embargo, nunca reflexiona sobre ello y lo más que alcanza a preguntar es: 

—¿Qué me está pasando?

Pero tal preocupación dura menos que un latido porque, un instante después, el pensamiento ha volado lejos. 

Oye bien a los pájaros del jardín, el audífono también le supuso volver a sonreír; solo usa gafas para leer libros, a pesar que ya no consigue pasar de la primera página; hincha el pecho y sus ojos parecen encenderse cada vez que Pepita derrama agua de colonia por los pliegues del cuello tras bañarlo; aun saborea los pocos dulces que le permiten comer y sus ásperas manos le gusta pasarlas por el lomo peludo de ‘Tobias‘, el labrador color crema que tiene desde hace quince años y con el que compite en longevidad. Sin embargo, lo que recogen esas antenas apenas dura unos segundos y se pierde por los estrechos y oscuros callejones del cerebro.

Parientes fallecidos, los amigos de la infancia, aquel crucero por el mediterráneo, las vacaciones en la casita de la sierra con los niños cuando eran pequeños, son un río caudaloso por el que rema sin cesar. Pero al hacerlo, esconde el presente, un presente tan efímero y volátil que apenas le hace sufrir. No sabe el día en el que está, ni el mes o confunde el año, pese a que siempre lo hace como si cada jornada estuviera saturada de actividades. Al igual que las tuvo cuando trabajó o cuando la enfermedad todavía no había mostrado toda la cara. Por eso, sigue con la rutina y, al levantarse cada mañana, pregunta a su mujer qué hacer. 

—¿Visitaremos hoy a tú padre? — y al rato,—Debo llamar a uno de mis clientes — o,—¿Te gustaría ir a la playa?

Da igual, pasados unos minutos, repite esa misma frase u otra distinta, y aunque trace planes, pronto se hundirán entre los siguientes al no acordarse de los primeros.

Pero sí hay algo ante lo que Santiago se emociona. La sonrisa junto al brillo azul y chispeante de unos ojos fijos en los suyos, los de Pepita. Algo que sucede en cada despertar o al pasear cogidos del brazo.

Desde la lejana tarde en la que se conocieron, esa ha sido la savia con la que alimentar sus pasos, y aunque aquel recuerdo ahora forme parte de los borrosos y arrugados, se renueva cada vez que le aprieta la mano y al preguntarse quién será la dueña de esa mirada. Un hábito adquirido cuando se le declaró y que ella, a punto de dejar escapar alguna lágrima, le devuelve cada día. Pastillas de amor eterno con las que Santiago y Pepita luchan contra esa enfermedad.