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Próximo tren llegará en 01 minutos

Envuelto en una atmósfera de neón, aparenta estar erguido aunque sus pensamientos sean una losa de granito. Tiene la mirada desafiante, inyectada de dolor, pero también se muestra hipnotizado al no despegar ni un segundo los ojos del luminoso indicando el tiempo que falta para que llegue el siguiente tren. Las pocas personas que aguardan esa llegada únicamente ven a alguien inquieto. Entretanto, él necesita ni verlos ni sentirlos para dejar de titubear. 

Desde el extremo de la estación donde se encuentra ha escuchado el goteo con la marcha atrás de los números disminuyendo: 04 minutos… 03 minutos… 02 minutos… casi ya, el último minuto. Solo un pequeño instante en el que seguir proyectando a cámara lenta la película de su vida en la pantalla de los recuerdos, apenas sesenta saltos en la manecilla más pequeña del reloj, y la opresión del pecho, el vacío del estomago, el perforarle las sienes habría terminado. 

Sale del ensimismamiento y traza un par de pasos antes de situarse al borde del andén para observar la oscuridad del túnel, aquel sumidero por el que espera irrumpa la liberación. Procedente de aquellas tinieblas, le sorprende una bocanada de aire sucio y maloliente que hace se le alborote el flequillo. Cuando por instinto lleva la mano hacia la cabeza, las palpitaciones se vuelven insoportables, como si le golpearan el esternón de dentro hacia afuera del cuerpo, por lo que se gira y, de nuevo, su mirada choca con el cartel que anuncia el próximo tren. Pero cero y uno siguen firmes en el breve lapso de tiempo transcurrido. 

Desasosegado, la marea interior empieza a desbordarse en gestos que ya no se esfuerza en controlar y regresa a la anterior posición descubriendo un banco de aluminio pegado a la pared unos metros más hacia el centro. Siente el deseo de sentarse y así ahogar tanta tensión como soporta, pero ni quiere ni debe amodorrarse. Mil veces ha decidido hacerlo y otras mil las dudas han barrido la firmeza, no desea seguir combatiendo contra ese monstruo y hunde el rostro entre las palmas de las manos, pretendiendo que, al apretar los párpados, el dolor se funda a negro como si fuera el fotograma final de una película. Sin embargo, solo consigue remover las capas más profundas de la memoria y aflorar a la superficie un sonido afilado, a la vez que crepitante, junto al fogonazo que lo traslada hasta ver su propia imagen viajando dentro del tren, uno igual al que ahora debe irrumpir de un momento a otro. En su pensamiento, no hay más pasajeros en aquel vagón. La memoria, siempre egoísta, se ha ido encargando de borrar  a los otros viajeros para amplificar el fuerte frenazo al irrumpir en la estación, embarullando los gritos de la gente del andén con el crujir de un cuerpo bajo las ruedas. Cuando las puertas le permitieron salir absorbido por el velo de aire que cubrió la estación, no esperó a saber qué había ocurrido; no lo necesitaba, aquellos interminables segundos que acababa de vivir le habían dejado marcado con un hierro candente para toda la vida. 

Es curioso, piensa, dejará de ser protagonista pasivo para convertirse en el desencadenante de pesadillas como la que a él le persigue desde entonces y que, en infinidad de ocasiones, le ha llevado a no usar el transporte subterráneo. 

Saboreando estas ideas, vuelve a la orilla de aquel imaginario río de sangre desde donde contempla las brillantes vías como si fueran afilados cuchillos que trincharan también todo pensamiento. Un rumor, cada vez  más audible, sopla desde el túnel cuando siente unos ojos que le miran. Son los de un niño al que la madre acaba de dar un estirón del brazo alejándolo del límite del andén y que no dejan de observar su tembloroso rostro. Sonriéndole desde su corta estatura, parece como si le quisiera decir algo en el mismo momento que una voz grave y algo distorsionada anuncia por el altavoz que el siguiente tren no parará en la estación. 

Apenas le da tiempo a comprender lo que han informado y a girar la cabeza justo en el momento en que su Leviatán hace aparición y cruza por delante emitiendo un pitido seco, un ruido muy parecido al de aquellos dolorosos recuerdos. 

A un par de metros de él, el niño se refugia en el regazo de la madre, asustado, pero sin dejar de ofrecerle esa sonrisa en la que el tiempo parece estar congelado.

Próximo tren llegará en 05 minutos

…muestra el cartel cuando pasa debajo corriendo hacia la salida para buscar, escaleras arriba, el oxígeno y la vida que allí dentro se le escapaba.


( incluido en el libro de relatos: Hojas Incendiarias.)