¿Bailas?

¿Bailas?

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¿Bailas?

Tercera y última parte

La voz de Demis Roussos repetía el estribillo una y otra vez. La chica a la que había pedido bailar, levantó las cejas y sus labios temblaron un instante antes de asentir moviendo la cabeza arriba y abajo. Con seguridad, debía estar tan sorprendida por mi invitación como yo lo estaba de mi valentía. Aunque ya había contestado, mi mano seguía extendida y al brazo le costaba no empezar a oscilar con mis dedos a punto de parecer un flan por la ansiedad que acumulaban. Ella debió darse cuenta y, deshaciendo la postura en la que estaba, se agarró a mi mano. No sé si notaría el sudor que acumulaba, lo que sí hizo fue apretarla fuerte y empezar a levantarse tirando de mí. No pudimos distanciarnos mucho de donde estábamos. Cuando la agarré por la cintura vi que llevaba puesta una chaqueta de lana fina, una rebeca, y una blusa debajo.

Los años han tirado paletadas de tierra sobre mis recuerdos. Esto y el reino de las tinieblas que era aquel improvisado salón de baile, son un muro de acero que solo me deja ver su rostro como si fuera una bailarina de Degas. Una en la que solo se distinguen unos ojos negros enormes y unos labios finos retocados con carmín rosa. 

Me aproximé algo más a mi pareja y empezamos a balancearnos al compás de la canción cuando, para mi sorpresa, ella se aplastó contra mí rodeándome el cuello con sus manos.  Entrelacé las mías abarcando su cintura y sentí, por primera vez en la vida, el latir de otro corazón junto al mío.

Sé que ella era tan inexperta como yo, y que aquel escalofrío que me recorrió entonces la columna vertebral, también ella lo notaba por su espalda. No era habitual bailar tan pegados y menos, una primera vez. Nos comportábamos como si fuéramos una de aquellas parejas que ‘salían juntos’. Pegada mi cabeza a la suya, miré a uno y otro lado, nadie se estrechaba como nosotros lo hacíamos. .

Aquel himno avanzaba pero lo de menos era la música. Al mismo tiempo que la sangre se acumulaba en mi entrepierna, que ella debía estar notando sobre su vientre, sus pechos también se fueron endureciendo. Pero no dejamos de abrazarnos, al contrario, nos fuimos juntando más si cabe. 

Cerré los ojos, inspiré y me llegó un olor a mañana de verano desde su pelo. Este se mezclaba con otro  a madera vieja que salía del cuello. Un aroma que busqué en cada mujer con la que estuve después. 

Deseé con todas mis fuerzas que los violines y el órgano electrónico no dejaran de sonar pero, a diferencia de los temas que duraban muchos minutos, ‘We shall dance’ era de los más cortos. El título se repetía como un mantra y unas apocalípticas trompetas nos anunciaban que se terminaba.

No habíamos cruzado una sola palabra en todo el tiempo que duró la canción. Y, sin embargo, nunca antes alguien me había atraído tanto. 

Mientras que cambiaban el vinilo, durante el corto silencio en el que todavía el eco de ‘We shall dance’ llegaba hasta nuestros oídos, esa chica empezó a retirar su cuerpo del mío. Con suavidad, cogió con una de sus manos el nudo que eran las mías, y lo deshizo. Me fijé en que sus ojos parecían un lago a punto de desbordarse en el momento que pronunció dos palabras:

—Hasta luego.

Fui incapaz de responder, su frase hizo el mismo efecto que ponerme una pistola paralizante sobre el cuello.

Al verla abandonar el salón, me parecía que flotaba. Empecé a reaccionar pensando si habría ido a la cocina o al baño, todavía sin ser capaz de mover un pie hasta que un empellón involuntario de otra pareja me hizo trastabillar. Fui hasta el tresillo, ahora sin huecos libres, y esperé a que regresara. Una idea me martilleaba, seguir bailando y llenar mis pulmones con su olor, sentir como la palma de mi mano volvía a trazar círculos por su espalda. 

Los minutos siguientes cayeron uno tras otro y yo, nervioso, encendí un cigarrillo, algo a lo que me estaba aficionando más por aparentar hacer lo mismo que los adultos que porque en realidad me gustara. No fue el único, con la colilla de ese prendí el siguiente y con esa, unos cuantos más hasta acabar la cajetilla. Pero ella no aparecía. Fui en su búsqueda, no estaba por ninguna otra estancia y pregunté por ella a los que vi en la cocina, una chica solo recordaba haberla visto dejar la casa en silencio y apresurada hacía ya bastantes minutos.

Salí al exterior y la escasa luz de las farolas me devolvieron una calle vacía con unos gatos persiguiéndose. Me recosté en el muro de la casa, bajé la cabeza y me pregunté, ese día y muchos después, qué la habría ocurrido para huir como lo hizo. 

Pensé que aquellos pocos minutos en los que nos atrevimos a sentirnos, si no había sido como el choque de dos placas tectónicas y si esa era la causa del terremoto que la llevó a desaparecer. Tal vez, solo se avergonzara por dejarse llevar por una extraña pasión, solo estuviera atemorizada de ella misma al abrazar a un chico por primera vez. 

Entré a la casa y durante el tiempo que seguí allí, vagué como el humo de mis cigarrillos del patio al salón sin ser capaz de volver a bailar con otra chica. Ni esa jornada ni en los siguientes bailes. Recuperarme, me llevó tiempo. Olvidarla, sería imposible.

Las imágenes de lo que sucedió se funden a negro y aparece la palabra fin sobre mi recuerdo. 

Pocas veces volví a ese barrio, a aquella casa nunca. Durante años, la busqué entre la gente que veía paseando por las aceras, por el metro y en los parques. Siempre deseando cruzarme con ella y preguntarle qué fue lo que sintió cuando bailamos ‘We shall dance’. Aunque la vida no nos hubiera juntado, a menudo fabulaba que nos encontrábamos en cualquier lugar: un aeropuerto, un vagón de tren o la cola de un cine eran mis favoritos, y allí, tras reírnos de lo jóvenes que éramos, le preguntaría si se casó y si tuvo hijos, si engrosó como yo las listas de parados, pero, por encima de todo, querría saber que pensaba cada vez que oía ‘We shall dance’. 

Los años pasan, cuarenta y tantos desde aquel día, y aunque a nosotros nos parezca habernos movido muy poco y ser siempre los mismos, hemos cubierto un largo camino. El pelo desaparece, se nos redondea la figura y las arrugas de la cara son las muescas que representan nuestras separaciones y cada fracaso sentimental. Esto nos hace irreconocibles a los demás por mucho que nos empeñemos en mantener siempre una llama ardiendo sobre los recuerdos.

Hace apenas unos días en la televisión apareció un video de Demis Roussos cantando   ‘We shall dance’. Tras dos divorcios, llevaba un año feliz con mi nueva pareja a la que había conocido en mi trabajo poco antes. Al terminar la canción le dije que si le contaba todo lo que significaba para mí quizá se pondría celosa.  Me animó a hacerlo y, nada más acabar, vi que sus párpados parecían el muro de un pantano. Cuando se desbordaron, le acerqué un pañuelo. Una vez que moqueó y lo empapó, tomó aire mientras llevaba una mano al pecho, para decirme entre sollozos: 

—Si no me hubiera ido, no sé qué habríamos hecho en uno de aquellos cuartos. Siempre me arrepentí, siempre soñé, como tú, que nos volvíamos a encontrar. Lo que nunca pude imaginar es que estaría a tu lado doce meses sin saber que la persona a la que amo hoy es la misma a la que primero amé. 

La abracé, la besé y solo puede añadir:

—¿Bailas? 

Fin

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¿Bailas?

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¿Bailas?

Segunda parte

Al patio trasero se accedía desde la cocina, a la que regresé para que no me confundieran con un mirón. Salí y lo vi lleno de otros adolescentes, la mayoría chicos como yo. Aunque el sonido de la música llegaba hasta ese lugar, todos los que allí estaban se limitaban a conversar mientras sostenían un vaso en una mano y un cigarrillo en la otra. 

Me sentía perdido, no conocía a nadie y empezaba a pensar si no me habría equivocado al acudir a esa ‘reunión’. Sin embargo, el anochecer era espectacular con el sol ya por debajo del horizonte pero tiñendo de rojo las pocas nubes que había en el cielo. Me acodé sobre el murete que delimitaba el patio separándolo de un terraplén, y disfruté viendo como la noche devoraba aquellos reflejos. 

Extasiado por el cielo de Madrid, debí perder la noción del tiempo. Nada más distinguir las primeras estrellas, me di la vuelta y vi que el patio se había quedado casi vacío. Refrescaba y el vaho dibujaba extrañas formas al mezclarse con el aire. 

Era la primera vez que bebía vodka, y no me disgustó. Quitando el primer trago que me pareció como si me tragara una cerilla, en los siguientes, un sabor dulzón a naranja se impuso. Ahora mi vaso estaba vacío. En la cocina lo rellené, encendí otro pitillo y fui de nuevo al salón comedor, hacía rato que no veía a mi amigo. 

Me costó entrar, la casa se había llenado de gente y ahora era como un vagón de metro en hora punta. No sé la de parejas que bailaban. Al hacerlo, chocaban continuamente entre ellas como los autos de la feria. Abriéndome paso a codazos y empellones llegué hasta el tresillo del que, en ese momento, se levantaba un muchacho. No lo pensé dos veces y aterricé sobre uno de los cojines alargando la zancada. 

No lo recuerdo con exactitud, pero debíamos estar apelotonadas más de media docena de personas. De refilón vi que  a mi izquierda estaba una chica y a mi derecha un chico. Al menos dejaré de parecer un zombi yendo del saloncito a la cocina y, de ahí, al patio, me dije. 

Dentro de la casa, los que no bailábamos, manteníamos una actitud tan reverencial como si estuviéramos en misa y apenas nos dirigíamos la palabra entre nosotros. Pero no ocurría igual con los que bailaban. Era frecuente ver a uno de ellos, el chico por lo general, llevar sus labios hasta la oreja de ella. Poco después, una risa femenina se imponía a la música, y yo  no podía evitar pensar qué le habría dicho.

Para romper el hielo con el sexo opuesto teníamos una muletilla: «¿Bailas?». Pero aquel día yo era incapaz de abrir la boca, tampoco era la primera vez que me pasaba. No conocía a ninguna de las chicas y esto, sumado a mi timidez y a  aquella aglomeración, me hizo tirar de mi espalda hacia atrás y  limitarme a observar. Fugazmente, vi pasar a mi amigo, salió de uno de los dormitorios, cruzó el salón y, poco más tarde, regresó con un vaso en cada mano. Me imaginé que una chica le esperaba en la habitación. No cabía duda que él no había remoloneado con el ¿bailas?

La oscuridad era pegajosa y cada vez más consistente, la pequeña luz de la radio solo alumbraba en varios centímetros alrededor. Alguien debió comprender que tantas sombras solo podrían ocasionar un accidente y, al poco rato, dejó encendido el fluorescente de la cocina. Yo solo veía unos bultos que parecían moverse a cámara lenta, algo que propiciaba el tipo de música que aquel muchacho de los discos ponía con maestría. 

Entonces, le tocó el turno a ‘We shall dance’. Un clásico de esos años a la hora de bailar lento y agarrado. 

La canción me la sabía de memoria. Como si fueran las graves campanadas de un reloj de pared que marcara las horas, el órgano iniciaría los compases y, tras esa introducción, el chorro de voz del cantante, con un vibrato no se si natural o modulado, atacaría la letra. Algo referido a bailar, era todo lo más que entendíamos de aquellas frases que él repetía. Tampoco nos importaba no entender bien inglés. Si decía que ‘bailaremos’…  eso sería lo que haríamos,  y muy juntos. Es increíble lo bien que nuestra calenturienta imaginación rellenaba lo que no sabíamos traducir de aquella letra simplona y casi falta de sentido. Por eso, nos era muy sencillo  convertir aquel himno en la puerta al desenfreno. 

Sin pensarlo apenas, como suelen hacerse las cosas que más huella nos dejan, nada más escucharse el primer ‘We shall dance’ me giré a la izquierda y, levantando la  voz, le  pregunté a la chica que estaba sentada a mi lado si quería bailar. 

No sabía si era alta o baja, rubia o morena, delgada o gorda. La penumbra, pero sobre todo que en ningún momento anterior nos habíamos mirado a la cara, tenían la culpa. Tampoco se había movido del tresillo ni hablado con nadie desde que aterricé sobre aquellos cojines.

Yo creo que todavía no había acabado de hacer mi pregunta cuando su mirada chocó con la mía. Tenía unos ojos oscuros y silenciosos que, sin pestañear, volaban muy lejos de aquel salón. Por un momento, me pareció que no era real sino algo inseparable, un elemento más del mueble sobre el que estábamos sentados. 

Ella solo giró el cuello hasta poner su rostro enfrente del mío, sin llegar a mover ningún músculo más. Sus codos permanecían descansando sobre las rodillas mientras se sujetaba la barbilla con las manos y mantenía curvada la espalda hacía adelante. Me fijé que tenía las piernas muy juntas, llevaba falda y medias negras calzando unos zapatos cerrados de cordones con tacón ancho y cuadrado

Aguardé unos segundos, aunque a mí me dieron la impresión de ser horas. Sin dejar de mirarnos,  forcé una sonrisa, respiré hondo y, extendiendo mi mano hacia ella, le pregunté de nuevo:

—¿Bailas?

Fin segunda parte. Continuará 

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¿Bailas?

¿Bailas?

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Primera parte

Pegadas a nuestra vida viajan un buen puñado de canciones. La huella que nos dejan se distingue en la manera que miramos, en como pensamos o en como amamos. A veces, escribimos sobre lo que han supuesto para nosotros; en otras, nos gusta superponer nuestra voz sobre su melodía y, a menudo, al hablar de ellas los recuerdos nos inundan poniéndonos la piel de gallina, más si las escuchamos al mismo tiempo. Sin duda, son unas fieles compañeras, tan leales como cualquier perro con su dueño.

Alguna, no necesariamente aquella con una calidad musical fuera de lo común, es como una maquina del tiempo que nos trasladara al pasado nada más escuchar sus primeras notas. Además, si cuando se nos pegó a la piel éramos aún adolescentes corriendo tras un mundo de adultos, la marca que queda no se nos borra nunca. Esto es lo que a mí me ocurre con ‘We shall dance‘ (httpts://youtu.be/vgdYaWVVe9g). Una canción himno interpretada por el cantante griego allá por los años setenta del siglo pasado.

En cuanto escucho las primeras notas, se proyectan en mi cabeza siempre las mismas imágenes, el mismo recuerdo que se subió a mi vida en un lejano día de otoño hace ya más de cuatro décadas. Todo empieza con un ‘traveling’ sobre un plano general de Madrid, enfocando las cumbres de Guadarrama desde el sureste de la capital con el tejido de la ciudad mezclándose con el horizonte. Hoy en día, hay zonas ajardinadas, edificios de más de quince plantas en los que poder contemplar el atardecer sobre el perfil de las montañas o en los que ver el brillo del sol rebotando en los tejados de las casas al mediodía. Pero al compás de la música, esos  fotogramas, de repente, cambian el color  por el sepia envejecido mostrando ahora campos cultivados de trigo, alguna carretera sin coches y una ciudad mitad de la actual… la canción no deja de sonar y yo empiezo a ser espectador de mí mismo. 

Camino junto a un amigo, adolescente como yo, por una carretera estrecha. Vamos hacía un barrio que, aun perteneciendo a la capital, se encuentra aislado de esta por solares vacíos llenos de matorrales, muebles viejos y basuras junto a un par de antiguas fábricas de cerámica. Ascendemos una loma siguiendo un muro donde alguien ha pintado la palabra ‘libertad’ que se encuentra tachada en cada letra. Un torpe intento de aquella policía de entonces por convertirla en ilegible, solo consiguiendo que destacara más todavía.  

Según me adentro en ese territorio, me cruzo con niños descalzos y los mocos colgando de la nariz, con varias  mujeres y hombres cabizbajos. Al alcanzar las primeras casas, las calles de aquel entramado están compuestas por barro y surcos profundos, sin alcantarillado de ninguna clase y con imaginarias aceras, apenas unas cuantas piedras mal amontonadas que sirven para alinear un conjunto de pequeñas viviendas de una planta con patio trasero. Entremezcladas con ellas, dejamos atrás un par de chabolas con muros que desafían a la plomada, con tejados desiguales compuestos por tablones de maderas  y uralitas, con puertas formadas con cortinas de  hileras con chapas aplastadas. No hay tiendas y pasamos de largo por una taberna que imagino  refugio de rateros y buscavidas. Todo ese lugar es un espacio gris y descarnado como si estuviera abandonado. Huele a  tristeza y a refritos de aceite.

‘We shall dance’ avanza y su  siamés, mi recuerdo, me llevan a adentrarme en él…

Yo vivía en un barrio limítrofe, al otro lado de aquellos solares vacíos que hacían de frontera entre aquel mundo gris y el mío, cuya población estaba compuesta por la clase media con la que aquel régimen dictatorial pretendía disfrazar la tiranía con la que gobernaba. Cruzar la frontera que separaba esos dos territorios era retroceder un siglo, en solo unos cuantos pasos te adentrabas en el tercer mundo. Poderlo contemplar y tocar con mis dedos, me hizo despertar e indignarme por los privilegios de unos y las miserias de otros.

Traspasé en muchas ocasiones la barrera que separaba esos dos mundos.  Unas para romper mis zapatos jugando al fútbol en descampados llenos de piedras y en los que las porterías quedaban delimitadas tan solo por un par de montículos con apenas dos pedruscos y algún ladrillo roto. Otras, como aquella vez en la que ‘We shall dance’ entró en mi vida para formar siempre parte de mí. 

Solo logro recordar que fue un amigo del amigo al que acompañaba, quién me había invitado a esa ‘reunión’ que tendría lugar en una de aquellas casas de patio trasero, en aquel momento deshabitada. Decir ‘reunión’ era un eufemismo usado por  los jóvenes de esos años. En realidad se trataba de un guateque o fiesta en la que los chicos y las chicas nos juntábamos para bailar.

Dos escalones conducían a la puerta principal de aquella casa. Nada más entrar, un minúsculo recibidor dejaba a un lado la cocina y el baño, quedando el resto de habitaciones al otro. Dos o tres, pensé mientras que mi amigo me presentaba a quien había organizado el guateque. Enseguida fuimos hasta el cuarto que hacía las veces de salita de estar y comedor. Se encontraba en penumbra y repleta de muebles viejos que imaginé con una película de polvo por encima. En una de las esquinas había un tocadiscos compacto con radio y  cuya  luz del dial sobresalía en la oscuridad. Aunque no había anochecido del todo, la persiana  estaba bajada y solo filtraba unas varitas de luz que se estrellaban contra un suelo de losetas imitación  de granito. Por el altavoz se escuchaba la voz de un cantante francés cantando en español pero en cuanto la canción terminó, con mis ojos distinguiendo ya algo más que sombras, vi a un muchacho retirar el disco, casi como si fuera un prestidigitador, y poner otro en pocos segundos. Cuatro parejas estaban bailando y varias chicas y un chico estaban sentados en un tresillo cuarteado de escay. No había pasado mucho rato cuando mi amigo, al que había dejado en la entrada, me vino a buscar. Agarrándome por el brazo, me llevó hasta la cocina. Allí, sobre una mesa de madera forrada con un hule de plástico, se encontraban las bebidas: refrescos, zumos y varias botellas de ginebra y vodka. Todos habíamos pagado quince pesetas a la entrada para cubrir ese gasto. Pegado a la cocina estaba el aseo, estrecho, oscuro y con los baldosines respirando churretes de humedad. 

Volví hasta el salón, ahora sosteniendo en mi mano un vaso alargado con hielo, naranja y vodka. Lo crucé evitando a las parejas hasta ver que desembocaba en un distribuidor que daba acceso a dos dormitorios. Uno tenía la puerta cerrada pero en el otro distinguí a una pareja tumbada en la cama además de a otra chica sentada sobre un chico en una butaca con orejas que estaba al fondo. Estos se estaban besando. Supuse que serían novios aunque entonces usábamos un término más aséptico: «salir juntos». Merodeando estos cuartos, también mirándolos con el rabillo del ojo, había tres o cuatro parejas esperando a que quedaran desocupados para así poder explorarse con algo de intimidad. Me pregunté si todas ellas estarían ‘saliendo’ o si alguna se habría conocido en aquel lugar. Yo me conformaba con bastante menos, todavía ‘no había salido’ con ninguna chica y mi aprendizaje sexual no había pasado de la primera lección. 

Fin primera parte. Continuará 

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Satin Doll

Satin Doll

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Vibran las estrellas,

suena una trompeta;

el blues se enciende

cuando la noche se apaga…

en la mirada que vende,

con las risas que regala.

 

El aire trae fragancia y sudor,

solo sombras como único sol;

la piel manoseada y húmeda 

con besos que nunca besan,

entre paredes que la empujan,

bajo deseos que otros desean.

 

Retumban las baquetas

la melodía frasea abierta;

Satin Doll se pierde

cuando ella acaba…

en los lamentos que desprende,

con el vacío que le amarga.


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Solidaridad

Solidaridad

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Solidaridad  ( tercera parte y última )

-Pregunta. En esta última década tanto las masacres como las guerras, las mayores expresiones de violencia, no han aumentado sobre otros períodos anteriores, sin embargo ahora asistimos en directo y de forma global a su realización. Parece que no solo hay el deseo de aplastar a otro congénere, sino que se lleva a cabo con un plus al mostrarlo, imagino que con orgullo, al resto de la humanidad. Las redes sociales, la comunicación entre personas llevada hasta este extremo, ¿cómo piensa que nos afecta y cómo cree que evolucionará? 

-Respuesta. Escuche lo que le voy a contar. Cuando de niña estuve en Mathausen, una de las presas, de profesión periodista, cada día redactaba un artículo sobre lo que hubiera acontecido en el campo, imagínese: fulanita la llevaron a las duchas, menganita está en la enfermería. Pero no teníamos derecho ni a papel ni a un lápiz. ¿Cómo lo hacía?  Lo memorizaba para luego relatarlo en voz baja a cualquier compañera que la quisiera escuchar; a veces media docena de mujeres aguardaban turno para ponerse cerca de ella. Con esto intento decirle que el deseo de expresar lo que nos ocurre no se pierde ni bajo las peores circunstancias. Comunicarnos es tan vital como respirar. Dicho esto, a mí no me parecen mal los avances tecnológicos, es maravilloso saber lo que piensa casi cada persona que vive sobre la tierra, qué decirle si se trata de poder hablar, incluso ver en directo, a los amigos que tengo en otros continentes. Siempre habrá personas que confundan el uso de algo, que lo retuerzan para así obtener un beneficio, bien sea personal o de un determinado grupo. Si ellos son quienes generan ese, lo llamaremos: ‘problema’, el auténtico mal, el virus que lo propaga es cada persona que, con agrado o sin él, lo mira. No creo que la censura sea la solución. Al igual que con tantas otras cosas, la educación y una cultura basada en principios morales muy diferentes a los que en la actualidad se nos propone desde todos esos entornos, será lo único que nos podrá salvar. Ver a alguien consolando a una mujer violada, abrazando a un niño que acaba de ver perder a su madre, solo debería hacernos pensar en si merecemos considerarnos seres inteligentes. Cuando lo que se consigue es, en el mejor de los casos porque para algunos es también una bandera de enganche, cuando, como le decía, lo que provoca es la burla y la risa, nos deberíamos plantear si esa dirección en la que avanzamos no nos estará llevando hacía un precipicio… 

-P. Entonces, ¿a dónde piensa que está sociedad va? ¿Nos despeñaremos? 

-R. Ojalá que no, ojalá los niños de hoy sintieran ya ese horizonte lleno de oscuridad al que, yo creo, que caminamos. Pero si le soy sincera, no lo sé. Tampoco quiero ser alarmista. Los parisinos de finales del siglo XIX pensaban que la Torre Eifel se desplomaría sobre los tejados y, desde entonces, no solo ese monumento sino muchas otras cosas siguen en pie y, lo que es mejor, nos hacen la vida más fácil. Quedémonos con esto pero sin dejar de ser críticos con todo aquel uso que nos devuelve a las cavernas, como usted planteaba antes.

( La entrevista siguió, perdí la noción del tiempo escuchando a Eva, disfrutando de su conversación, aprendiendo con cada una de sus reflexiones y vivencias. En este obituario emocionado y urgente, he querido incluir también las últimas preguntas que le hice)

-P. ¿Qué espera del futuro? ¿Se sentirá orgullosa de lo que ha logrado?

-R. Estamos muy lejos de llegar a la última estación. El hombre, si algún día quiere conquistar las estrellas, desarrollarse por este vasto universo, y no me refiero solo a poblar todos esos puntitos brillantes que aparecen en el cielo cada noche ( yo creo que hay un universo aun más grande en el interior de cada persona ) debe acabar de dar el paso que inició cuando se supo inteligente. El odio, la envidia y la destrucción entre los mismos seres son gigantescas piedras a dinamitar si se quiere proseguir por ese camino. ¿Ocurrirá? Quiero pensar que sí. Aunque en la actualidad no sean los estados quienes lo lideran ni la sociedad al completo, como debería ocurrir,  y solo tengamos pequeños grupos del estilo a las organizaciones privadas y sin ánimo de lucro como aquellas que difunden y practican el legado solidario. Tengo la esperanza de que, algún día, cada hombre y cada mujer de este planeta comprenderá que es toda la especie la que debe mejorar y no solo unos pocos pisoteando al resto … Perdone, ¿cuál era su segunda pregunta? Esta cabeza mía, en ocasiones, se cubre de niebla …

-P. No se preocupe, llevamos tres horas hablando. El sol empieza a huir por el horizonte y pronto anochecerá. Su esfuerzo ha sido más que generoso. Le preguntaba sobre si se siente orgullosa por lo que ha logrado.

-R. No, en absoluto. Reincidir en todo lo que le he dicho, sería aburrirle … y lo he pasado tan bien esta tarde que nada más lejos de mi deseo… No me siento satisfecha pues el resultado aun es ínfimo. Sin embargo, no puedo dejar de creer que algún día se logrará.

Se hizo un largo silencio entre los dos. Dejó de mirarme tras la respuesta y enfocó muy lejos, más allá del horizonte dorado y azul del mar que había sido mudo testigo de aquella conversación. Me levanté, la tomé del brazo y fuimos caminando juntos hasta la entrada de la vivienda.  Un par de besos y un prolongado abrazo fue lo último que recuerdo. No quise volver la cabeza hacia atrás, ella debía seguir en la puerta. 

El taxista no paró de hablar, se sabía de memoria los resultados de la liga de futbol española. Apenas le escuché ni contesté. Mi cabeza, yo creo que todo mi ser, seguía en aquel jardín frente al mar con la voz profunda y firme de aquella luchadora retumbando dentro de mí.

Solo me queda añadir: Descanse en paz.

( Fin)

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Solidaridad

Solidaridad

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( segunda  parte)

En ocasiones, entrevistar a alguien es una experiencia inolvidable, una lección magistral más que una tarea periodística. Este es  uno de esos casos. He tenido que aterrizar y despegar tres veces, cada vez en un aparato con menor número de asientos y motores, cada vez en un aeropuerto más pequeño hasta llegar a una de las zonas más despobladas del planeta. Después, un taxista local con vocación de guía turístico me ha explicado la fundación de la población que dejábamos atrás, la leyenda del ermitaño de la montaña que atravesamos y las distintas especies de tortugas que desovan en esta larguísima playa de arena dorada en la que está situado mi destino. Mientras le pido que me espere, ningún rastro de señal de telefonía para pedir que alguien me devolviera a la civilización, veo la pequeña casa y también su minúsculo jardín (mesita de mármol, dos sillas, un sillón y una palmera) que, a modo de vestíbulo, conduce hasta el mar. Desde una elevación se asoma a las dunas y a unas olas que, aunque agitadas, llaman a zambullirse en ellas. Las paredes de cal, las ventanas abiertas y el graznido de las gaviotas nos reciben. Al ir a llamar a la puerta, veo a nuestro personaje descansando en una butaca de enea en el jardín. Agita uno de sus brazos para que vaya hasta ella. Aún sentada, su porte impresiona. Tanto que, a modo de saludo cuando estoy a su lado, extiendo mi  mano y la noto temblorosa. Ella la sujeta con las dos suyas. Al sentir su calidez, desaparece mi estremecimiento. Entonces, tira con suavidad de mí incorporándose para darme dos besos en la mejilla. Ya sentados, frente al mar ella y yo a su costado, pongo la grabadora en marcha.

  • Pregunta. Buenos días, sabemos que los achaques hacen que deba guardar reposo, le agradezco el esfuerzo al recibirnos, por eso mismo lo primero es preguntarle: ¿cómo se encuentra?

No ha perdido el brillo azul de sus ojos desde los cuales es fácil ver una catarata de bondad. Percibo el lento latir de su corazón en una respiración pausada y profunda. Entrelaza los dedos haciéndolos reposar sobre la mesa,  levanta la frente hacía el horizonte del mar y empieza a hablar. 

  • Respuesta. Buenos días, joven. Aunque algo cansada, debo confesarle que estoy animada, ya ve que el día nos permite estar al sol sin acalorarnos y que huele a hierba y a sal. Esto, junto con su presencia, pocos se preocupan ya de mí, lo ha convertido en algo especial. Le digo más, la alegría es la mejor medicina que se puede recetar y hoy, con su llegada, tomé doble dosis.

Parece que nos conociéramos desde siempre. Su ternura, a la vez que el aplomo desprendido tanto por sus palabras como por la mirada, me llevan a imaginar que estoy frente a esa abuela sabía y generosa que si no tuvimos la suerte de tener, hemos visto y admirado en películas y libros.

  • P. Muchas Gracias, para mí es un placer escucharla, se lo aseguro. ¡Ojalá este remedio  tan natural de encontrarse con otros le ocurra más a menudo!. Al vivir tan retirada del mundo, ¿no es, por otro lado, una manera de reconocer que ‘me han derrotado’, o que ‘ya no puedo hacer nada más’?

  • R. Sí y no. Y me explico. Llevo tantísimos años intentando que los hombres se abracen en las guerras, en vez de dispararse unos a otros, luchando para que los niños descalzos, de ojos hundidos, para que los huesudos y de vientre abultado, les llegue algo de lo que los otros bien vestidos y con ‘play station’ desperdician cada día … es tan grande el derroche de sentimientos realizado por la sociedad, que el más pequeño esfuerzo consigue importantes logros. Pero también le diré, ese no es mi caso. Aunque alejada de lugares poblados, aunque esté postrada en la cama, mi actividad es intensa todavía. Joven, contestar cartas y escribir contando lo que viví, me ocupa casi todo el tiempo. Qué duda cabe que no como antes, reconocerlo es sentirme muy cercana a esas lágrimas amargas e impotentes que intento erradicar.

  • P. De sus palabras deduzco que estamos ante un retroceso de aquello que nos hizo salir de las cavernas y progresar. ¿Así lo ve?.

Sonríe y me muestra una blanca dentadura. La brisa le hace cerrar varias veces los párpados y levanta su flequillo plateado.

-R. Sus preguntas son difíciles de responder en un solo sentido en el que no aparezca, a la vez, la noche y el día, el ying y el yang, del que se compone la existencia de los seres vivos. No sabe como me gustaría ser tan inequívoca en mi exposición como lo es mi deseo y esfuerzos para que la ayuda entre las personas triunfe. Sin embargo, mi contestación no puede serlo de ninguna manera. ¿Desde las cavernas hasta hoy en día, dice usted…? Cualquier persona, por aislada que viva, puede compartir su pensamiento con el resto, eso son avances, por supuesto, pero ¿han contribuido estos a que lo más básico como es el hambre, la salud o la cultura sea una prioridad entre los seres humanos ? Ahí ya no estoy tan segura. Le decía que hoy comunicarnos con cualquiera se logra con solo pulsar un botón, pero, eso mismo, ¿no nos hace más solitarios, menos auténticos también? Tanto la soledad, lo menos malo, como la falsedad, un cáncer, son igual que el aceite cuando entra en juego el agua limpia y cristalina, es decir, la solidaridad. Tales ingredientes es imposible que se mezclen.

( Continuará. Fin de la segunda parte) 

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