Montesco y Capuleto

Montesco y Capuleto

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—Romeo, no, no y no. Mil veces no. ¿No lo sabías antes? Nunca pasaré mis vacaciones con tu madre, con una Montesco… ¡Entérate! en Florencia nadie nos va a invitar a ninguna fiesta. Ya sabes que allí son más de los Capuleto.

—Pero mi amor… ¿cómo le voy a decir que no? ¡Con la ilusión que le hacía! Además, me dijo que estaría encantada si va al mercadillo contigo porque tu gusto por los vestidos no lo tiene ninguna otra joven de Verona.

—¿Y quiere ir conmigo de compras…? ¡Ah, no. Por ahí, tampoco paso! Lo mejor será que me vaya con mi padre a Venecia, tiene una entrevista con el Dux y a mí me encanta escuchar cantar a los gondoleros.

—Si lo haces, yo me hago franciscano. Llevamos mucho tiempo planeando este viaje para que, ahora, unos y otros lo conviertan en imposible. ¿Y si viajáramos a Roma? Mi madre no querrá volver, estuvo el pasado año y no le gustó nada; dijo que mucha gente, mala comida, sucio y, todo lo antiguo, roto. 

—En Florencia, no me quería perder el Baptisterio, me han dicho que es precioso. Quería ir a la platería de Benvenuto Arsi en el ‘Ponte Vecchio’, ¿o te piensas que seguiré loca por ti sin antes tener un anillo de compromiso? Y por una vez, estoy de acuerdo con tu madre, Roma es una pocilga y, en el verano, hasta el Papa Gregorio huye de allí.

—Julieta, puedo comprártelo en cualquiera de las que hay en la ‘Piazza delle Erbe’, en estas de Verona hay tan buenos orfebres, si no mejores, que los de esas tiendas pequeñas y húmedas sobre el Arno. ¿Quién en su sano juicio se le ocurriría poner tiendas sobre un puente? Solo a los florentinos, que, si pudieran, por unas cuantas monedas venderían su propia alma a cualquiera.

—Está claro que no quieres mi felicidad…

—Sí, mi amor. Déjame hacerte feliz, subo esta noche a tu alcoba y te haré reír, soñar, tocar las estrellas con la punta de tus dedos.

—No piensas en otra cosa. Ya te he dicho que mientras que fray Lorenzo no nos case, las noches las pasaremos tú en tu cama y yo en la mía.

—Ahora que lo mencionas. Se me está ocurriendo algo. ¿Por qué no le das una excusa a tu padre, que tienes fiebre o el sarampión, y te quedas en casa. Yo emprenderé viaje a  Florencia con mi madre, pero en la primera posada, le digo a mamá que debo regresar porque el Conde de París nos reclama un impuesto enorme por el castillo. Regreso, nos encontramos en la Iglesia de San Francisco del Corso, fuera de la muralla será más discreto, y allí nos casamos. Y después, huimos de vacaciones a dónde tu quieras.

—No sé, ¿no será muy arriesgado… ?

—Julieta Capuleto, ¿tú me quieres? 

—¡Vaya pregunta! ¿Cómo lo dudas? 

—Porque nada te parece bien. Cuando no es mi madre, es cualquier otra cosa. ¿Te acuerdas de mi amigo Andrea, el arquitecto?, me ha invitado a Pisa. Están terminando una maravillosa torre campanario y me ha pedido que acuda a la inauguración. Tu vete con tu padre, te vas a enterar de lo que es una pocilga cuando huelas el aroma putrefacto del Gran Canal, que yo me iré a ver esa maravilla.

—Haz lo que quieras … solo deseo que esa ‘maravilla’ sea un fiasco y se caiga poco a poco. Adiós, Romeo Montesco

—Yo esperaba algo distinto de ti pero, a estas alturas, no creo que jamás nadie nos vea como ejemplo de enamorados. Aunque me han contado que hay un bardo inglés que está buscando historías de amor. Pero, supongo, que tú y yo nunca le inspiraremos dada esta relación tan rara que tenemos. Adiós, Julieta.


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El director general

El director general

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Ramón, nada más despertarse, sintió su frente llena de gotas de sudor. Al secarlas con la mano y bajar hasta el cuello, notó cada latido en unas venas que parecían a punto de estallar. Aunque ya no soñaba, todavía escuchaba un zumbido con los gritos de su jefe, cuyos ojos, como puñales afilados, seguían clavados en él. Había sido tan real la pesadilla, tan intensa, que se restregó la mejilla varias veces para apartar las salpicaduras de saliva que ese hombre lanzaba. Ramón acabó por levantar la nariz en busca del oxígeno que aquel individuo aún le robaba. 

Sentado sobre la cama, llenando varias veces el pecho de aire y soltándolo despacio, miró hacía las sábanas arrugadas y empapadas. Menos mal, empezó a pensar una vez en pie, que esos eran los únicos vestigios reales de su zozobra.

Puso la cafetera en el fuego y abrió el grifo de la ducha. Antes, y para acabar de calmarse, recurrió a mojarse con agua fría la nuca y la cara delante del lavabo. El espejo le devolvió la imagen de unos ojos muy abiertos y un temblor en las manos que no terminaba por desaparecer. Ya vestido, olió el aroma del café. Quiso olvidarse de aquel mal despertar delante de un trozo reseco de bizcocho. 

Pero la calma parecía estar lejos de la mesa sobre la que desayunaba. Una y otra vez, aunque volviera a insistir con la respiración, o ahora escuchando las noticias en la tele, sus intentos chocaban contra un muro de hormigón. El recuerdo de aquel sueño, como si fuera un parásito pegado a la memoria, le hacía volver a revivirlo desde el principio cuando su secretaria le dijo que debía subir a reunirse con el director general. A él y a otros dos responsables de departamento que, en cuanto entraron al despacho situado en la última planta del edificio, escucharon vociferar a su superior un largo listado de reproches por no haber cumplido los objetivos de productividad de la empresa. Por supuesto, sin tan siquiera mirarlos a la cara y culpabilizándolos del mal resultado. No acababa ahí la pesadilla, después llegaban los «inútiles, incapaces e ignorantes» hasta que aquel ser enfurecido concluía diciendo:—¡Están todos despedidos!

Por fortuna, en ese momento Ramón había abierto los ojos.  Los sueños, ni los buenos ni los malos, se cumplen; solo son el reflejo de nuestra ansiedad, se dijo al dejar la taza sobre el fregadero. 

Un monumental atasco de tráfico bajo una cortina de lluvia fría que teñía el día de gris, sumado al hecho de haber salido un cuarto de hora más tarde del  apartamento, hicieron las veces de narcótico sobre los anteriores pensamientos. Así, cuando llegó a la oficina, entre chanzas y saludos mañaneros con los compañeros, pensó que aquel mal sueño había quedado atrás. 

Encendió el ordenador, y siguiendo la rutina diaria, empezó a leer y a responder los correos. Entre aquel mar de propuestas, balances y convocatorias, se encontraba uno de la dirección. Nada más verlo, sin saber que diría, se le dispararon de nuevo las pulsaciones. En una hora debería presentarse a la reunión para la evaluación inicial de objetivos. Los rescoldos de la pesadilla parecían avivar un fuego casi apagado. Sin embargo, el mundo real era muy distinto del de los sueños, se dijo una vez más. No había motivos para preocuparse, conocía muy bien los indicadores económicos que juzgaban el trabajo de los empleados, incluyendo el suyo, y todos eran excelentes. Los beneficios que había obtenido la empresa eran superiores a los de otros años, su jefe quedaría satisfecho y solo cabrían las  felicitaciones. 

Como en un espejo, los siguientes pasos de Ramón fueron similares a los que ya habían pasado por su cerebro en la anterior madrugada. Aunque, en esta ocasión, con  diferencias significativas. Donde antes hubo temblores y palabras a medio pronunciar, ahora reinaba una conversación fluida; donde antes solo escuchó gritos, ahora cada frase acababa con un ‘buen informe’ y un ‘muchas gracias’  del director general.

La reunión terminaba y entre los tres subordinados corrían las palmaditas en la espalda  y las sonrisas contenidas. Así fue hasta que el jefe, levantándose de la silla y en un tono monocorde y falto de inflexiones, pronunció la última frase:

—Los buenos resultados son gracias al esfuerzo de los otros trabajadores y no al de ustedes, cuya única labor es presentármelos. El Consejo de Administración y la Junta de Accionistas me exigen un mayor beneficio y, para lograrlo, empezaré por suprimir puestos improductivos. ¡Están todos despedidos!


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Rascacielos

Rascacielos

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Todas las mañanas son iguales para Luisa. Tras luchar contra las facturas sin pagar, los mocos del pequeño y el mal humor del marido, camina con prisas hacia la oficina. Tras subir cuarenta plantas y sin apenas saludar a nadie, se dirige hasta su puesto de trabajo. Recoge lo que necesita, abre la ventana y respira el aire gélido a la vez que contempla el mar de cristal y hormigón de más abajo, sabiendo que algún día —¿por qué no hoy?— sus sueños se convertirán en tozuda verdad. 

Sin dar tiempo a más, de un ágil salto atraviesa el ventanal abierto al exterior.

Cae sobre el pequeño andamio con el que limpia los cristales de la fachada. Se ajusta los auriculares y escucha los números premiados de la lotería. Por si alguna vez su maldita existencia equivocara el camino.


( incluido en el libro de relatos: Hojas Incendiarias. Editorial Tregolam 2018)

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Herida de besos

Herida de besos

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Herida de besos

Se sabe colibrí,

de larga cola amarilla

y plumas verdes,

atrayendo cuanto brilla

para aparentar ser feliz.

 

Bracea como  sirena

(pechos de espuma,

caderas de ola)

cuando se entrega

a otras bocas a tanto la hora.

Aloja dos lámparas felinas,

(garras cubiertas de seda 

suave pelaje de niña)

mientras guarda las monedas

y cierra el cajón de la mesilla.

 

Los profundos pliegues del talle,

son un reguero de batallas,

el mapa donde muestra las verdades,

también, lo que ninguno le lame,

solo el refugio del que nunca sale.

 

Aún vacía de palabras, 

pregunta si la amas.

Cómo no adorarte,

si besas sin preguntas,

si el deseo que derrochas 

lo entregas sin inmutarte,

a pesar de estar herida de besos

por los que pretenden ignorarte. 


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Cuando algo tuyo se quema

Cuando algo tuyo se quema

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Cada día, Juan Carlos corre cuarenta minutos por barrancos y veredas antes del amanecer. Vive en una cabaña de madera que está en medio de un bosque de pinos y encinas. No tiene más casas a su alrededor. En cuanto termina de hacer ejercicio, pero con las pulsaciones todavía revolucionadas, va a ordeñar una cabra que tiene en un pequeño establo. Una vez que la leche ha cocido, y cuando ya se ha duchado y vestido con ropa limpia, desayuna esa misma leche, el pan del día anterior con aceite de oliva virgen, una pera y un kiwi. 

Después, va hacía el trabajo pedaleando por una carretera que rasga ese bosque como una herida. Sube dos lomas y va dejando un reguero de sudor por el asfalto. Cuando llega al edificio del ayuntamiento ha pasado una hora. Siempre la misma rutina. Llueva, nieve o el aire parezca el del infierno, como hoy. 

Hace tres días que ni los más ancianos recuerdan tanto calor, y el riesgo de incendio es muy alto. Pero Juan Carlos siempre mantiene los ojos muy abiertos y, a veces, como si fuera un sabueso, también olfatea el aire. Puede ser entre los saltos que da de piedra en piedra cuando los rayos del sol empiezan a romper la oscuridad, al levantarse del sillín de la bici en las cuestas, o subido a la torre de vigilancia de los guardas forestales, su trabajo diario.

No ha cambiado de destino desde que aprobó las oposiciones, hace ya quince años. Siente suyos tanto a los pinos jóvenes como a los robles centenarios, incluso al brezo, a pesar de que sea la mejor mecha para lo que lleva unos años combatiendo: el fuego.

Esa mañana, al cruzar el empedrado de la plaza, ve en el portalón del consistorio a Encarni, la secretaria del alcalde fumando nerviosa.

—Juan Carlos, hay fuego en el ‘Robledal de abajo’. El alcalde ya se fue para allá hace rato… como a ti no hay forma de colgarte un teléfono móvil, no te he podido avisar. A la patrulla forestal, sí. Ya deben estar allí —le suelta de sopetón Encarni sin que todavía Juan Carlos haya dejado de dar pedales. 

—Muy bien —responde Juan Carlos tras bajarse de la bici y apoyarla en la pared.

Esta vez no comenta nada acerca del cigarrillo al que Encarni da chupadas nerviosas. «Nos matará a todos tu humo» le suele decir, pero hoy su cerebro rechaza mezclar cigarrillos y fuego. 

Juan Carlos sale del garaje municipal con el viejo ‘Nissan Patrol’ dejando huellas de neumático en la rampa. Antes, ha revisado si la máscara y la botella de oxígeno estaban en la parte trasera. Lleva más de ocho años solicitándolas. Por fin, con el cambio de gobierno autonómico, han aprobado el presupuesto y podrá mirar al fuego directamente a los ojos.

Sin dejar de conducir, pasa un buen rato hasta que consigue hablar por el ‘walki-talki’ con Jimenez, uno de los de la patrulla. Se han desplegado por el barranco del Treganes  porque el fuego, nada más llegar a la cima del monte, regresa sobre sus pasos convirtiendo en ceniza lo que antes no se había quemado. El viento empuja el frente hacia ellos y, si sigue aumentando, tendrán que retroceder y buscar la escapatoria por la carretera del aserradero. «¡Es Igual que el del 2002!»  le grita Jimenez antes de cortar la transmisión.

Juan Carlos va en dirección contraria. De un volantazo invierte la marcha y pisa a fondo el acelerador. Por la ventanilla bajada le llega olor a resina y a jara quemada. Todavía no ve humo, pero lo espera tras cualquier curva. 

«¡Puto fuego, puto monte que parece estar desando arder!» dice Juan Carlos en voz alta mientras que ante sus ojos  se muestran los titulares de los periódicos de hace dieciséis años:  Bosque arrasado; Las llamas quemaron varias casas en Sobrepinares; Más de mil hectáreas de cenizas. 

El incendio duró una semana y acabó con la vida de cuatro vecinos que intentaban apagarlo armados de palas. 

Él todavía no era agente forestal, pero nunca lo olvidará.

A lo lejos, Juan Carlos ve un ‘Ibiza’ rojo en sentido opuesto al suyo y, de inmediato, un pensamiento se adueña de su cerebro «también era rojo el mío, el primero que tuve, y de ese mismo modelo; claro que papá era muy generoso ya que, hasta entonces, yo había cumplido aprobando el primer y el segundo curso de derecho, aunque solo asistiera a clase y estudiara lo imprescindible»

El otro vehículo derrapa un poco al pisar el arcén y, en ese mismo momento, Juan Carlos  escucha el chirrido de las ruedas al dejar parte del neumático en el asfalto. Aquel ruido le desconcierta y le pone tenso, pero los recuerdos anteriores se imponen y vuelve a volar por los años cuando aún vivía en la capital y desde el viernes hasta el domingo, nunca se acostaba. Entonces, le habría sido imposible llevar la cuenta de los cubatas, chupitos, cajetillas de Ducados y porros que terminaba por acumular cada semana. El bumerán con esas imágenes regresa para recordarle a Juan Carlos aquellos años una y otra vez. Una vida que ahora no quisiera tener pegada a la suya.

Aminora la marcha y, a punto de cruzarse con el otro coche, escucha lo que le parece música atronadora. Solo unos segundos más tarde, lo rebasa y observa que viajan cuatro jóvenes dentro. Uno de los del asiento trasero saca el brazo por la ventana y estira el dedo meñique junto al índice mientras que los demás le ríen la gracia. 

Aquel Juan Carlos, que ojalá no fuera él mismo, también sacó una mano afuera en un día tan caluroso como este; aquel Juan Carlos había acampado en los alrededores con sus colegas de farra y circulaba por esa misma carretera; fumaba y, sin apagar el cigarrillo, con el dedo índice a modo de catapulta, lo tiró lejos… Después de la catástrofe, de la culpa de la que sólo él se sabía culpable, no siguió en la universidad y, tras amortiguar los remordimientos entre psicólogos de ciento cincuenta euros la consulta, cambió  de vida. Así pensaba que cumpliría con la penitencia que lo absolvería de aquellas pesadillas. 

El humo apenas deja ver la carretera cuando por el retrovisor desaparece el ‘Ibiza’ tras una curva. Los pinos del barranco parecen bailar con las llamas. Ve a varios hombres de la patrulla retroceder; el resto los ha dejado atrás en el aserradero. Salta del Nissan, se pone la máscara y abre la botella del aire. Con el rastrillo en una mano y el hacha en la otra, grita a todos que se retiren. Lucha contra el incendio como si tuviera más de dos brazos.

Juan Carlos consigue que unas matas de brezo solo humeen y avanza barranco arriba. Entonces lo ve. Desperdigados por el suelo están los rastros de una fogata y, en un pequeño llano, lo que tuvo que ser una tienda de campaña casi calcinada. Remueve los restos y, debajo de todos ellos encuentra un paquete de Ducados abierto con varios cigarrillos. Increíblemente, no se han quemado. Duda si agacharse a recogerlo como prueba de la mano del hombre en el incendio o dejarlo allí. Si pudiera, junto con su pasado, lo cubriría de arena, apagaría también las llamas que arden por su interior. Durante unos segundos permanece inmóvil hasta que acaba por doblar las piernas y guardar el paquete en el bolsillo del pantalón. No sabe si lo ha hecho porque escucha crepitar a su espalda o porque está convencido que, como ha hecho él, mudar la piel nunca es la solución.

De inmediato, se gira y golpea repetidas veces una jara cercana en llamas. Aunque parezca un boxeador lanzando sus puños, el recuerdo de aquel lejano día se mezcla con el de los jóvenes con los que se acaba de cruzar y con los del tabaco. De nada sirve arrepentirse cuando el daño ya está hecho, piensa sin descanso. 

No puede creer que lleve ya una hora removiendo piedras y matorrales, por eso mira dos veces consecutivas el reloj de su muñeca. Su contrincante, un coloso, ni se cansa ni tiene agotado el oxígeno cómo él. Debe regresar al vehículo a por otra botella. Barranco abajo empieza a darse cuenta que ha sido un juguete de peluche en manos de una fiera. El fuego ha ido extendiéndose por sus flancos y el humo ya está detrás de la explanada donde dejó el Nissan. 

Dentro del coche, el calor es insoportable. Con su pañuelo empapado, retira el sudor pero es inútil. Si no se asfixia antes, se deshidratará.  Mira a derecha e izquierda y ve como las llamas avanzan igual que si fueran un río de lava. Mentalmente, calcula cuánto tiempo tardarán en hacer explotar el gasoleo del depósito, ¿quince minutos, tal vez veinte?  se responde. El instinto le hace girarse a los asientos de atrás para recoger el otro cartucho de oxigeno. Cuando lo tiene sobre sus piernas, levanta la cabeza y, asustado al ver las columnas de fuego, dice en voz alta: 

—¡Oh, no, están ya aquí! —ha calculado mal, en menos de cinco minutos el coche arderá.

Entonces siente que algo le pesa en la pierna. Mete la mano sudorosa en el bolsillo y saca el paquete de tabaco. Lo mira fijamente como si fuera una foto antigua antes de sostenerlo entre los dedos temblorosos durante un buen rato. Siente que le falta el oxigeno y tose porque tiene una lija en la garganta. Se remueve en el asiento varias veces al creerse que el plástico lo engulle, pero al notar algo de alivio en los glúteos, saca uno de esos cigarrillos y sale un instante fuera del Nissan. Primero escupe hasta sentir que la garganta no le pica, después recoge una pavesa que ha caído a dos pasos. La aproxima a sus labios y con ella enciende el cigarrillo para, nada más hacerlo, volver a refugiarse en la cabina.

Escucha explotar algunas piñas y las primeras pinochas ardiendo caen sobre el capó. Quince años sin fumar, quince años para pagar mi culpa, piensa mientras el humo inunda sus pulmones. Tras haber dado varias chupadas, abre el cenicero adonde tira los restos quemados del cigarrillo antes de que estos caigan al suelo. Dentro de un par de minutos por fin todo será ceniza, piensa por última vez.


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Fobias

Fobias

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Señor Juez, me llamo Leonardo Cienfuegos Pérez, tengo treinta y cinco años, y trabajo como traductor de alemán para varias revistas. Estoy soltero. Sufro ‘glosofobia’ y ‘enoclofobia’ desde niño… ¿Que no sabe lo qué es? El miedo irracional a hablar en público y a estar con personas alrededor. Sería más atinado decirle que es tener cosidos los labios cuando estás rodeado de gente, pero también que el humo llena tu cabeza y todo tu cuerpo siente que lo centrifugan. Eso es, sí. 

Créame, mis desmayos son reales, sin que ningún médico haya encontrado una solución. Fui estudiado a fondo tras la primera crisis, tenía doce años. Fue en el colegio, en la función de navidad. El Padre Emilio, que año tras año coordinaba las actuaciones de cada curso, se había empeñado en que yo fuera el maestro de ceremonias. No me enfurruñé cuando me lo dijo, vestirme con las babuchas y el chaleco de Aladino, como harían los de mi clase, era peor. Al menos, llevaría un esmoquin. Los ensayos no fueron mal del todo. Podía pararlos en mitad de la presentación para desocupar mis tripas. Tal vez, el anticipo de la tormenta que vino después. Comenzó nada más salir al escenario y al entrar por mis ojos el mar de padres, abuelas y hermanos mayores que estaban delante y dos metros por debajo de mí. Siguió cuando el foco más grande trazó un círculo sobre mis pies y el micrófono silbó. Entonces, me vi subido en una de esas sillas voladoras de la feria. No tardé en abrazarme a la madera del suelo para entrar en un sueño del que no me despertó ni  la botella de agua que me tiró sobre el rostro el Padre Emilio. Lo siguiente que recuerdo es la luz fría del hospital y el bip-bip del monitor al que me conectaron.

Pero no crea que solo me ocurrió esa vez, no. Me hice famoso entre los enfermeros del SAMUR porque también mi cerebro se desenchufó cuándo quise tomar la palabra en una asamblea de la universidad, en la junta de vecinos de mi edificio o en una multiconferencia entre traductores de diversas partes del mundo. Me fui aislando, evitando el contacto con las personas y montando mi propia oficina en el dormitorio. 

Así hasta hoy, bueno hasta esta mañana en la que tuve que tomar el AVE a Barcelona. Al cliente no le bastaba con recibir la traducción del libro de filosofía por ‘mail’, el ‘community manager’ de la editorial quería comer conmigo y que le ‘contara’ el libro. Le advertí que únicamente consentiría si éramos él y yo solos. Si aparecía alguien más, me volvería de inmediato. Accedió y yo, aún con dudas, imprimí el billete que él me había mandado. 

Armado de mi reproductor de música y del escudo de los auriculares, entré en la estación de Atocha. Nada más subir al tren noté el primer escalofrío. Mi asiento era individual con mesita delante, pero iría de espaldas al sentido de la marcha y, lo que era más preocupante aún, enfrente tendría todos los ojos del resto de viajeros. Vamos, señor juez, lo mas parecido a un escenario con todo su patio de butacas. Intenté no pensarlo más y saqué de mi mochila la última novela de Eduardo Mendoza. Sus hojas serían el muro tras el que me podría esconder. No fue así.

Ninguna persona más ocupaba los dos asientos que tenía al otro lado del pasillo. No ocurría lo mismo con quien tenía en frente ni con el resto del vagón, iba lleno. Todos parecían turnarse y siempre que levantaba la vista, encontraba a alguien mirándome. El que más, mi vecino al otro lado de la mesa. La mala suerte se había cebado conmigo.  Vestía con corbata y había colgado la chaqueta de alpaca en el gancho de la ventanilla, pero su grasa abdominal empujaba la mitad del tablero que nos separaba. No paraba de hablar por su teléfono movil y, cuando lo hacía, me tomaba por su interlocutor invitándome con gestos a responderle. Cada vez me fui hundiendo más en mi asiento. Con el libro de Mendoza apenas lograba taparme la cara. No atinaba a leerlo, todo me empezaba a dar vueltas. Me tuve que quitar  el jersey porque las gotas de sudor parecían riachuelos por mi rostro. 

Paramos en una estación, creo que en Zaragoza. Me había  prometido no salir de mi refugio bajo ninguna circunstancia y no sacar la cabeza afuera del libro a pesar de las oleadas de arcadas que me llegaban hasta la garganta. Sin embargo, en cuanto reemprendimos la marcha, mis esfuerzos fueron inútiles. ¿Sabe aquello de ‘como un elefante en una cacharrería‘? Igual hizo mi vecino de mesa. Se levantó y sin dejar de sujetar con una mano el movil por el que hablaba, de un manotazo tiró mi libro al suelo junto a la taza de café que él acababa de tomar. No se disculpó y caminó hacia el principio del vagón. Pensé que iría al aseo. 

No volví a preocuparme porque enseguida desaparecieron las náuseas y los mareos. Al menos hasta que distinguí el humo… ¿Qué si no vi llamas? No lo recuerdo, cerré los ojos y creo que me dormí… No, por supuesto que no me levanté tras él. Si el revisor se lo ha dicho, se confunde de persona. Me despertó el jaleo y sentí que el tren estaba parado. Entonces, vi a los bomberos sacándole chamuscado del baño. Pobre hombre, todo quemado. Seguro que era fumador, si es que no aguantan ni dos horas… ¿La cajetilla y el mechero? ¿Y yo cómo iba a saber lo que llevaba en la chaqueta?… ¡Por supuesto que me lo han recetado! ¡Por supuesto que lo llevaba en mi mochila, ya sabe que la policía me ha registrado!… No, no puedo explicar lo de los restos en su café ¿Tranquilizante? ¡Claro que tomo ‘Trankimacin’! ¿Y qué? ¿Pero están seguros? ¡Es imposible, será otro fármaco!… Señor juez, creo que me voy a desmayar de un momento a otro. Ya le he advertido acerca de mis miedos. Yo solo soy un pobre enfermo, un ser incapaz de hacer daño a nadie, no como el ejecutivo ese, gente sin escrúpulos que viven solo preocupados por el dinero, por avasallar a todo aquel que esté enfrente… ¡Qué yo era quien ese hombre tenía frente a él! ¿Qué me está insinuando?… Deprisa, llamen a un médico, llevo mucho rato hablando y, además de su señoría, hay muchas personas en esta sala. Todas me miran…

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