Tino   (segunda parte)

Tino (segunda parte)

[Total:0    Promedio:0/5]

Tino no se ha movido del rincón durante las últimas horas. A veces durmiendo, en otras despierto. Ha anochecido y la habitación parece haberse cargado de un manto de plomo. Cuando alguien se mueve, la luz de los velones que hay junto al amo le hacen ver unas sombras sobre las paredes. Son alargadas y temblorosas. Tino abre mucho los ojos y  las acecha hasta que aquella danza se funde y las figuras desaparecen. 

Durante todo el día no ha dejado de escuchar un murmullo de voces. Sigue oliendo al amo, sabe que está dentro de la caja, pero ese tufo que no le gusta es cada vez más fuerte. Algo le dice que ese olor no es bueno y que él no debería permanecer en la habitación. Sin embargo, no puede salir de allí, debe permanecer con su dueño aunque de la boca de este no salga palabra alguna.

Por una de las ventanas ve como las primeras luces del alba empujan la oscuridad hacia las esquinas de la habitación. El cansancio le hace entornar los ojos. Vuelve a soñar con el mismo mar, con los mismos juegos de antes.

Un torrente con muchos haces de luz se empiezan a filtrar por la persiana a medio bajar. En la habitación ya casi no queda nadie. Ha escuchado como entraban en la casa unos hombres. Van hasta ese lugar. Retiran sillas. Apagan las velas. Alguien ha subido las persianas y aquel foco permite ver millones de motas de polvo corriendo por él. Incluso sobre el rincón dónde Tino se encuentra. 

Los hombres intercambian frases entre ellos. Son enérgicas y rápidas. Ya no escucha murmullos ni lloros.

Se ha sentado. Ve cubrir con algo la caja y como, entre varias de esas personas que entraron, la cargan sobre los hombros. Se dirigen a la entrada. Sin que nadie escuche sus pasos, los sigue. Tino y los hombres salen a la calle. 

El sol, que no hace tanto asomó por el horizonte, es como una gran llamarada. Tino siente que el aire es cálido. Muy tieso sobre sus patas, levanta un poco la derecha y adelanta la cabeza. Quieto como una estatua que hubieran esculpido un instante antes de echar a correr. 

Ve como introducen la caja en la parte trasera de un automóvil. A continuación, también los ve cerrar el portón levantado y se sobresalta cuando las ruedas empiezan a girar.

No lo duda, deshace la figura y galopa tras ellos. Por fortuna, son muchos más los vehículos que marchan a continuación del primero. Eso, y el circular por estrechas calles junto a algún semáforo en rojo, le permite no perderlos de vista siguiendo el rastro de su amo.

Tino sabe que está en la caja, aunque aquella mezcla pestilente todavía le confunda. Lleva la lengua fuera y las babas chorrean abajo del belfo. En los ojos se le forma una cortina acuosa por el roce del viento. Corre todo lo deprisa que puede cuando la comitiva acelera. Es su olfato el que lo guía las tres veces que los pierde. La última, poco antes de haber cruzado una verja y entrar en un recinto rodeado por una tapia mohosa. 

El lugar está plagado de puntiagudos cipreses, de algún pino y de enrojecidos prunos. Allí, en las calles no caben más de dos coches y no hay casas, tampoco hay luces que los hagan detenerse. Sin embargo, se alegra cuando comprueba que empiezan a rodar más despacio. Eso le permite alcanzarlos sin correr muy deprisa. Poco a poco, su jadeo deja de ser exagerado.

Son muchas las personas que bajan de los automóviles. Tino serpentea entre ellos hasta que se sitúa cerca de la caja. La acaban de sacar del auto en el que estaba. No entiende porqué no la abren ni porqué le sigue llegando esa mezcla de olores que le desconcierta. Al acercarse un poco más, ve un montículo de tierra húmeda y, un par de pasos después, un gran hoyo. Se sienta sobre los cuartos traseros y espera. Todos miran hacia el negro cajón, ninguno lo abre. No sabe lo que ocurre pero le huele a tristeza y a lágrimas. También parece como si su estomago estuviera hueco, algo que nunca antes sintió. Esa misma agitación interior le lleva a desplazarse nervioso por uno de los costados de la caja, a olerla arriba y abajo. Con suavidad, una mano femenina lo acaricia y lo agarra por el collar.

Esa misma mano lo retiene con fuerza cuando, tras sujetar la caja entre cuerdas, unos hombres la van dejando caer por el agujero. Tino hace la intención de ir tras la caja sin poder dar un paso y haciéndose daño en el cuello. Suelta un ladrido seco y agudo con las primeras paletadas de arena. Se convierte en un gemido, como si sangrara por una herida, y termina siendo un leve aullido porque cada vez más el olor de su amo se difumina entre otros.

 

(Continuará)

                                  ***

Tino   (primera parte)

Tino (primera parte)

[Total:0    Promedio:0/5]

Tino se ha levantado varias veces. En cada ocasión, mueve el rabo y jadea, pero no ladra. Tampoco corre aunque dé pasos ligeros. Lo hace al oír que llaman a la puerta, a donde acude antes que nadie. 

Tino oye el timbre otra vez y vuelve a ir hasta la entrada. Nada más llegar, se sienta y espera a que abra la mujer que hoy le dio de comer. En cuanto ella descorre el cerrojo, un manantial de luz deshace la oscuridad del pasillo. Tino entorna los ojos y levanta las orejas  mientras escucha hablar a las dos personas que acaban de llegar: un hombre y una mujer. Pero aquel hombre tampoco es su amo. Poco después, ve abrazarse a las dos mujeres.

Tino estira el cuello hacia ellas en el momento que unas gotas chocan contra sus ojos avellana y, al sacudírselas, contra sus fauces. Nadie repara en él, aunque con la cabeza llegué hasta las rodillas de esas mujeres, incluso a las del hombre. 

Tino sabe auparse sobre las patas traseras. Cuando apoya las delanteras en el pecho del amo, le lame  la barbilla sin necesidad de estirar mucho el cuello. Una vez que acaba con el plato de comida, siempre intenta pasar la lengua por la cara de su amo. Es con la única persona que lo hace. 

Nadie de los que han entrado le ha pasado la mano por el lomo o por la cabeza. Tino lo ha aprovechado para olerles los pies o las piernas. Aunque no sean de quien él espera, lo guardará en la memoria.

Según las mujeres y el hombre se adentran en la vivienda, Tino camina junto a ellos y los mira. También levanta el hocico buscando una de esas bolitas crujientes que tanto le gustan.  

Al final del pasillo está la habitación a la que todos se dirigen. Dentro hay muchas personas y las paredes están llenas de  libros. Tino va hasta uno de los rincones y se hace un ovillo. Ya tumbado, huele  a madera húmeda, lo que le recuerda al amo cuando le rasca el pelo antes de abrazarlo. Piensa que no debe estar lejos. En cuanto le llame, acudirá a su lado. 

Tino está deseando salir al jardín para que el amo le lanza la pelota de goma. Le gusta buscarla, agarrarla con la boca y llevársela. Es su juego favorito.

El timbre ha vuelto a sonar pero Tino está adormilado y, esta vez, no ha ido hasta la entrada. Aún así, se ha incorporado hasta quedarse sentado doblando hacia un lado las patas y las manos. Pone atención y escucha. Sus orejas caídas se estiran cada vez más. Pero no, no es el amo. 

Hay mujeres y hombres en el salón, la mayoría sentados en sillas. Tino no sabe por qué casi todos se llevan las manos hasta los ojos y sueltan el aire haciendo un extraño ruido. Nunca vio que el amo lo hiciera. Por eso, vuelve a tumbarse con las cuatro extremidades estiradas sobre el piso de madera. En el rincón oscuro en el que está, su pelo amarronado aunque jaspeado por pequeñas hebras blancas, apenas se distingue de la tarima. 

Un soplo de aire llega hasta la nariz de Tino. Levanta el cuello y mueve el hocico varias veces.  Es el olor del amo y  empieza a mover el rabo sobre la superficie encerada. Se queda atento esperando la llamada. 

En cuanto le oiga decir su nombre, sabrá lo que quiere. Una orden si es  rápido, y si es lento será para jugar y rascarle la trufa. «Tino, ¡ven!», «Tino, ¡toma!», es cuanto quiere oír ahora. Pero ni el amo ni nadie le llama.

Desde el suelo ve entrar en el salón a más personas. En el centro de la habitación hay una caja negra, grande y alargada. Tino no sabe lo que es, nunca la había visto. 

Hay un grupo de mujeres que no paran de hablar en voz baja desde que llegaron. No lo hacen entre ellas sino solas. Tino las ve mover los labios y no le gusta el murmullo que hacen. Es igual al vuelo de una mosca.

Muy despacio, los párpados se le cierran. En su cerebro aparece la playa donde corría persiguiendo y ladrando a las olas antes de que estas se fundieran con la arena. Arruga la nariz y siente la humedad y la sal, pero también le llega otro olor que no le gusta. Entonces, sobresaltado, abre los ojos de golpe y se sienta con los brazos estirados. Sin pestañear, observa todo el cuarto y se da cuenta que esa corriente de mal olor viene del punto central de la habitación. Por segundos, percibe briznas de hedor mezcladas con el olor al amo. Ese olor desagradable es igual al de la última rata que escondió en el jardín tras haberla cazado, o el que tenía la herida de su pezuña hasta que el amo se  la curó. 

Intrigado, se incorpora y, dando pequeños pasos, camina entre un mar de piernas y sillas hasta alcanzar el medio del salón, el lugar preciso de donde emana el olor que le confunde. Se incorpora sobre las patas traseras apoyando las delanteras en el borde de la caja. Entonces lo ve. Es el amo. Tiene los brazos cruzados en el pecho y los dedos entrelazados sobre el estómago. Parece dormir. Tino adelanta los omóplatos y le lame las manos para que le mire. Repite el mismo gesto que siempre hizo al terminar de jugar aunque en esta ocasión lo acompañe de gemidos y un pequeño ladrido.

No lo puede hacer más, alguien por detrás lo agarra del collar y lo retira. 

El amo no se ha despertado.

 

(Continuará)

    ***

FUGA DE LATIDOS

FUGA DE LATIDOS

[Total:0    Promedio:0/5]

Es ver pasar la vida,

en la manera de soñar,

son tantas horas perdidas

en las que abracé la soledad

que ahora sangran mis heridas

batidas por el viento y el mar.

 

Entró la vida por aquella caricia,

y dejó un huracán con aquel beso,

fue en el horizonte de tú mirada, 

por la que vagan ahora estos recuerdos.

Ganó la pereza a luchar

contra gigantes o molinos,

contra el sueño de la verdad,

que naufragué en tanto sinsentido

mientras me apuñalabas sin piedad 

bailando pegado a tu olvido. 

 

Aquel adiós voló alto y deprisa,

nunca se reflejó en mi espejo,

apenas escribí de tu sonrisa 

fui otro loco más entre los cuerdos.

 

No está asfaltado este camino

que conduce a la eternidad.

y es imposible volver atrás,

son huellas vírgenes del destino

que jamás nadie podrá  pisar.


LA MERIENDA

LA MERIENDA

[Total:0    Promedio:0/5]

 Pantalones cortos, algo más de un metro de estatura, las uñas sucias y los libros del colegio en la mochila. Corre entre el barro, salta sobre cada charco y en ocasiones cae en alguno. Entonces, ríe, sintiendo que la felicidad es el golpe seco de su zapato sobre el agua sucia, es el hacer cuanto quiera sin importar el después. 

Al alcanzar la calle, tras cruzar el descampado, se sacude los pantalones y golpea con fuerza el suelo. No para estar menos desastrado, no para evitarse la regañina —que no la evitará— sino porque se siente pesado y pegajoso por el lodo acumulado.

Nota una punzada en el estómago y la imagen del pan junto a las cuatro onzas de chocolate que su abuela le habrá preparado, acuden de inmediato a él. Deberá darse prisa, al entretenerse atravesando solares vacíos está comprometiendo otro castigo y el hambre, junto a su ansia por lo  dulce, no se lo perdonarían.

Arranca a correr, y entre dos coches que apenas le dejan sitio para pasar, atraviesa la calzada solo pensando en el bocadillo. No oye el chirriar de neumáticos, el estruendo de la sirena del coche de policía y menos aún cuando este embiste al vehículo que circula muy deprisa delante, desplazándolo de costado hasta ese lugar.

El ruido de la chapa arrugándose, los trozos de cristales que saltan disparados en todas las direcciones, las explosiones secas del motor, lo pillan alargando su zancada para patear otro charco, esta vez formado sobre un pequeño socavón del asfalto.

Humo y gritos coinciden con su pisotón y, aunque algo contrariado por el estruendo, ignora el caos que se ha producido muy cerca de él. Vuelve a reír y sigue corriendo sin parar en pos de la merienda.


 ( incluido en el libro de relatos: Hojas Incendiarias.)

¡Voy a mandar a todos los escritores a la porra!

CONTRADICCIONES

CONTRADICCIONES

[Total:0    Promedio:0/5]

La botella de Cardhu vacía, 

o el suelo plagado de papeles arrugados, 

o la Olivetti ni con medio folio escrito en el carro, y yo me despego de otra sucesión de horas invertebradas, peligrosas e inconsistentes como medusas y que se irán acumulando en el maletín de las frustraciones mientras que, entre sombras alargándose dentro de esta habitación con vistas a un mar inquieto, inhalo y exhalo profundamente para dejar que así el aire, irrumpiendo a través de la ventana, acuchille mis pulmones 

o desborde el torrente sanguíneo, 

o alimente mis músculos, 

o riegue mi cerebro, convirtiendo la esencia de eso llamado vida en una tela de araña en donde débilmente me sostengo, porque soy esclavo de tan profundas contradicciones que apenas distingo si soy ese mediocre escritor de novelas históricas, que unos dicen, en continua lucha contra el reconocido periodista, también columnista semanal en una decena de diarios y de tres periódicos digitales, que otros soplan a mi oído, si me creo alguien en la flor de la vida: deportista, conquistador, exquisito gourmet, en contraposición con el cincuentón aficionado a la bebida y a otros placeres inconfesables que se asoma a una pendiente vertiginosa y cada vez más inclinada, porque el mal de quererme bien me hace ser injusto con quienes me aman, porque la felicidad es tan efímera, tan volátil que no sé dejar que marche a mi lado, como tampoco sé dejar que me acompañe la noche, presentada de improviso dejando que la humedad parezca niebla rastrera bajando desde las cumbres hasta el valle con mi vista, 

o mi oído, 

o mi gusto, 

o mi tacto embotados por el alcohol, pasando de manera vertiginosa y sucesiva de estar reptando como un gusano, a volar igual que si fuera un águila imperial, a girar y girar sin parar en un desenfrenado carrusel por el que aparecen, y se quedan, frágiles lloros infantiles, gritos de desesperación ante el dolor, ardientes miradas que se pierden en lo mejor de la vida, frustraciones profesionales, risas que siempre saben a poco, junto a toda esa panoplia que nos hace ser cristales rotos, 

o frágiles ramas, 

o espuma de olas movidas por el viento, y así secuestrarnos de la única realidad que nos permitiría no aborrecer el ansioso respirar de cada día, el incesante boqueo que es nuestro santo y seña, el señuelo por hacerlo con el único fin de drogarnos con más preguntas sin respuesta y con las que cualquier hombre sustentado por nuestro atávico miedo conseguiría restablecer el orden natural pero que yo, con mi sesera como una esponja empapada en güisqui y mi cuerpo no solo alambicado de licor en cada una de las gotas de sudor que desbordan los poros de la piel sino magullado en pasadas batallas como esta, intento sublevar una y otra vez —porque sé que ese miedo es el que nos ha llevado a inventar todos los cuentos, esos que algunos denominan creencias— haciendo por prescindir de todas estas emisiones irrespirables de anhídrido carbónico, 

o de descomposición por ácido sulfúrico, 

o de metano con el que se cubre el averno, del río de lava que atraviesa mis pensamientos, del terremoto que me convertiría en barro y cenizas, intentando fijar mi aturdida atención en el discurso del que antes solo fui capaz de juntar unos pocos renglones, pudiendo solamente añadir incoherentes y rancios razonamientos, 

o débiles argumentos, 

o filosofía barata de consumo fácil y rápido como le gusta a esta sociedad mercantilista, 

o morbosa con el dolor, 

o en nada solidaria con los menesterosos, y que espera mis opiniones como si yo fuera un gurú que supiese impartir contundentes remedios a su infelicidad, sin darse cuenta del naufragio y de la impotencia cuando mi editor, ese colega que acomodado en su sillón de jefe siempre te susurra el imperativo de qué escribir o no con la persuasión de su cargo, esta semana me sugirió que lo hiciese acerca de las contradicciones, de esas, como respondí sin reflexionar en cuanto al otro lado del auricular lo escuché, de las que soy todo un experto, pero también sin comprender que tras una tarde y consiguiente noche ya adentrándose en la madrugada, tras emborracharme de impotencia con una graduación alcohólica de cuarenta y dos grados, 

o tras vomitar toda mi amargura, 

o sangrar con cada espina presente en esta maldita flor, la primera incoherencia con la que me topo gana esa batalla, me anula en cuanto me estrello ante lo que no soy pero que, sin duda, algún día seré, incapaz, hasta este momento pero me temo que durante mucho tiempo más, de continuar escribiendo tras haber tecleado con dedos nerviosos la única frase que figura ante mis ojos: 

«No hay mayor contradicción que el vivir condenado a morir, 

o a perder a cuantos amas, 

o a que todo cuanto ahora ves, 

o sientes, 

o imaginas, algún día desaparecerá».


 ( incluido en el libro de relatos: Hojas Incendiarias

AL DÍA SIGUIENTE

AL DÍA SIGUIENTE

[Total:0    Promedio:0/5]

En cuanto la mujer entra en la habitación y ve la cama, siente el deseo de tumbarse y dormir; dormir y despertase teniendo otra vida, o ninguna. Pero no lo hace. Aunque es aún de día, la luz mortecina del techo deja una niebla amarillenta por cada rincón. Enseguida, el olor le hace arrugar la nariz, cubrírsela con la mano hasta que se acostumbra. Es ácido y la ropa que se va quitando se impregna de él. Va hasta la ventana, un poco más grande que un ventanuco, descorre las cortinas y la abre. Apenas entra aire. Tampoco el sol deja sus rayos dentro, solo unos pocos metros la separan de otras ventanas que están enfrente y a los lados, arriba y abajo.

La mujer se pasa un pañuelo por la frente, busca algo con lo que secarse las axilas pero sacar la cabeza al exterior le parece mejor idea. Aunque es un patio interior, lleno de papeles y desperdicios, coge aire y siente alivio. Oye el llanto de un bebé y el trajín de pucheros en las cocinas que parecen estar en la planta baja. Regresa adentro y se fija en el papel pintado de las paredes. Sobre un fondo agrisado, aunque fuera blanco años atrás, están dibujados un perro perdiguero con la presa en la boca, un cazador con la escopeta a punto de disparar y un grupo de perdices abatidas. Esas imágenes se repiten una y otra vez.

Siente una opresión en el pecho pero se repone de inmediato cuando comprende que solo es un cuarto de hotel barato donde ganarse el dinero para subsistir.

Cuando el cliente llega, apenas conversan. Ni ‘Buenas tardes’ dice él; ella solo el precio. No se besan y las manos del hombre están ocupadas bajándose el pantalón. Las de ella tiemblan cuando él la penetra sin esperar a nada más. 

La mujer no se molesta en falsear movimientos y gritos. Intenta pensar en su infancia, en los campos de amapolas movidas por el viento a las afueras del pueblo. No lo consigue. Tiene atravesadas en la tráquea miles de arcadas que nunca llegan hasta su boca. 

Permanece con el sujetador abrochado, solo se quita lo imprescindible, y cuenta cada segundo que el hombre está encima de ella sin dejar de pronunciar repetidos «ay, ay» o «sigue, sigue». Cuando el olor a aceite requemado del hombre se mezcla con alguna bocanada a alcantarilla que sale de su dentadura, suplica a ese dios cruel en el que ya no cree que con algún gemido también se le escape el aire para siempre. 

El hombre acabó pronto. Se subió los pantalones, soltó un gruñido y salió por la puerta. De esto hace ya  un rato. Ella, después de lavarse, está delante del espejo que hay en el baño. Ve un rostro lleno de arrugas y de maquillaje con churretes de rímel por la mejilla. Se aleja unos pasos y tampoco le gustan los pliegues en el abdomen ni, al girarse, las estrías en los glúteos o los trozos de piel colgando de los brazos. 

Regresa a la habitación y no se molesta en contar los billetes que el hombre  dejó sobre la mesilla. Los guarda en el bolso que escondió en el armario mientras busca las medias, no se acuerda dónde las puso. 

Ya vestida, sentada en la cama, desliza su zapato de charol arriba y abajo del talón y apura el botellín de agua que compró al encargado de la recepción cuando alquiló la habitación. De la hora que contrató, faltan aún unos minutos. Enciende el televisor sin sonido y mira las imágenes de un documental sobre la caza de elefantes. Ve la sonrisa de los cazadores, su pecho hinchado con la frente casi mirando al cielo. A su lado, el animal muerto, sus colmillos en primer plano. Piensa que enseñaran la foto a todas las amistades, que la colgaran en la repisa de la chimenea. Al menos, los inmortalizan -se dice- no como a ella.

Está cansada. Cierra los ojos y se recuesta. Quisiera estar ya en su propia cama, en su casa, haber ya apartado el dinero para el alquiler y el recibo de la luz. Dormirse y soñar con ser todavía niña o, únicamente, con no tener otro día como este, como cualquiera de los anteriores.

Pero a su cerebro solo le llegan imágenes del cemento del patio, de su cuerpo reventado por la caída y de un hilo de sangre que se ensancha cada vez más. Eso sí sería descansar, descansar de una vez por todas. 

Se incorpora y va hacia la ventana. Cierra los ojos y, como a cámara lenta, respira el aire de afuera unas cuantas veces. Se agarra con sus manos al borde hasta que le duelen y grita un «no» que hace levantar el vuelo a una paloma del tejado. 

Pero igual que en tantas otras ocasiones que lo ha deseado, el vacío no la recibe. Poco después, corre  las cortinas y sale de la habitación. 

Cuando está en la calle camino hacía la estación de metro, piensa en las húmedas paredes de su dormitorio y en la almohada donde soñará que mañana, mañana sí, su vida será diferente.


A %d blogueros les gusta esto: