Me la encontré en el pasillo del hospital. Yo había salido necesitado de desprenderme de aquel ambiente de dolor y pesimismo. Además, mi mujer no paraba de llorar y rogar. Todo muy repentino, como si no lo esperara. Por eso, ver a aquella joven en el pasillo me distrajo. Digámoslo con claridad, con valentía: me agradó. Aunque llevaba la blusa del hospital, su sonrisa inspiraba, curiosamente, salud, alivio. Así me sentí, aliviado. Me dijo que ella también había sentido la necesidad de salir de su habitación, que ya no le veía sentido a permanecer ahí dentro. Hablamos mientras caminábamos hacia el fondo del corredor. Me sorprendió su familiaridad. De pronto, me vi como un jovenzuelo ligando en mis tiempos de universitario. Amanda, me dijo que se llamaba. Amanda, qué nombre bonito, pensé.  Me cogió de la mano y continuó hablando como si fuéramos novios.  Que una belleza como aquella me cogiera de la mano me hizo sentir alagado y sonreí imaginando la cara de mi mujer si nos viera en aquel momento. Pero no nos vería, estaban todos demasiado ocupados llorando.

¿Vienes?, me dijo. ¿A dónde?, pregunté.  No lo sé, abramos esta puerta y vayamos más lejos a ver qué hay. Explorar el hospital más allá de sus habitaciones y de su cafetería me resultó una idea deliciosa. Asentí y abrimos la puerta juntos. Era hermoso. Desconocía que los hospitales tuvieran departamentos tan bien decorados. Fue entonces cuando un ruido, como unos timbales lejanos, me distrajo de su conversación. Cada vez sonaban más fuertes, aunque solo en mi cabeza porque ella me decía que no oía ningún timbal. Algo debía ir mal. Me puse nervioso, no sé, pensé en mi mujer, en mis hijos y le dije que debía volver a la habitación. Se entristeció pero no insistió. Ya nos veremos, me dijo. Corrí hasta alcanzar la habitación. El llanto había cesado. Todos miraban expectantes a los enfermeros que trataban de reanimarme con un desfibrilador. Comprendí entonces lo que estaba sucediendo y supe lo que debía hacer. No obstante, dudé. La sonrisa de Amanda seguía muy presente en mi ánimo.

Carlos Roncero

Carlos Roncero
Tengo dos grandes vocaciones, la enseñanza y la escritura. Como escritor he publicado cinco novelas: Clara dice, Los trenes perdidos, Mis ojos llenos de ti, Entre el esperpento y el escalofrío, y la Extraordinaria historia de Juan Barreto. En los próximos meses publicaré dos novelas más. Me gusta abarcar todos los géneros, desde la novela negra hasta la ciencia ficción, pasando por la comedia romántica. Mi novela más conocida es Clara dice, que, poco a poco, se ha ido haciendo un hueco en las redes, en los hogares y en los centros escolares, porque, sin ser una novela juvenil, gusta mucho a los adolescentes al tratar de los peligros de internet. Esto ha hecho que le novela sea lectura en muchos centros de España en tercero o cuarto de la ESO.
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