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La madre Tierra acogió en su útero húmedo y oscuro al ser primitivo.
Lo resguardó de mil peligros, lo nutrió con su rica savia
y, al fin, en albor de una nueva era, parió a su criatura humana.
De repente, alimentarse, reproducirse, simplemente sobrevivir, ya no bastaba.
La esforzada garganta de aquel primer ser humano
emitió un sonido cargado de significado y la primera palabra fue dicha.
Mas aquello tampoco bastó: el hombre tenía un ansia infinita,
quería trascender su propia existencia,
buscaba a tientas su camino.
Entonces, mezcló su sangre con el barro y,
con esa materia cargada de vida, hizo un trazo sobre la roca:
el hombre acababa de parir el arte.