El inspector Tontinus y la nave alienígena. Epílogo

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Epílogo

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En Belenus algunos años después

Fuimos despertados de la suspensión por PADRE. El motivo fue la localización de una señal binaria que, en principio, creímos de auxilio. Descubrimos que PADRE había cambiado el rumbo de manera autónoma y nos había llevado al sistema extrasolar Epsilon YIII, fuera de los límites de la navegación estelar, más o menos allá por donde comenzó el Big Bang. El capitán Texas y el oficial científico Cash nos convencieron a todos los demás para descender al lugar de dónde procedía la señal, una luna que orbitaba sobre un planeta gigantesco.

El capitán Texas y los oficiales Kent y Lamberti bajaron a la superficie en misión exploratoria. Alucinaron en colores al descubrir lo que parecía ser una nave alienígena varada. En su interior pudieron observar un descomunal y grotesco esqueleto, lo único que quedaba de su piloto. También había un vivero con unos extraños huevos que creyeron en estado latente. Lamberti, con la curiosidad que siempre le caracterizó, se acercó a fisgonear en el criadero. De repente, uno de los huevos eclosionó. De él salió una criatura parecida a una araña gigante con cola. La muy desgraciada quedó adherida a la cara del oficial que, del susto, acabó subido en los brazos del capitán Texas.  Este, con la ayuda del oficial Kent, intentó quitársela por todos los medios, pero fue imposible. Para evitar daños mayores decidieron traerlo de vuelta a la nave con el bicho en la cara incluido. 

Mientras tanto, yo, que andaba con la mosca en la oreja, ordené a PADRE que decodificara la señal de manera pormenorizada para estudiarla mejor. Gracias a mi perspicacia descubrí que había gato encerrado: se trataba de una advertencia y no de una petición de socorro. Algún grandísimo BIIIIP había manipulado a PADRE para que nos llevara derechitos la boca del lobo, gastándonos la BIIIP del siglo.

Como oficial al mando de la nave, cuando volvieron los exploradores, activé el protocolo de cuarentena a fin de proteger a la Nostramo y su tripulación. Pero Cash, el BIIP de BIIP del oficial científico, desobedeció mi orden y les dejó entrar a la nave. Más tarde descubrimos que en realidad no era un ser humano sino un androide traicionero al que acabamos dando su merecido. Pero volvamos al tema principal, que no me quiero liar.

Enseguida llevamos a Lamberti a la unidad médica. Al día siguiente la criatura se desprendió de su cara de manera espontánea y pareció que habíamos sorteado la amenaza. Lamberti, todavía histérico por lo que le había pasado, no pudo evitar exclamar «¡BIIP! ¡BIIP! ¡BIIP! ¡Qué bicho más BIIP! ¡Menos mal que ahora ya no puede atacar, el BIIP de BIIP!», mientras lo remataba a pisotones como si se tratara de una simple cucaracha.

Pero todo eso no había sido más que el principio: dos días después, mientras comíamos, el pobre Lamberti, que parecía que todo le tenía que pasar a él, sufrió unas extrañas convulsiones. Su cuerpo explotó y de él salió una especie de engendro que huyó a toda prisa, refugiándose en las bodegas de la nave.

Dedujimos que la araña con cola tan solo era una forma vegetativa para introducir a la verdadera criatura en un huésped idóneo en el que iniciar su maduración. A partir de ese momento tratamos por todos los medios de localizar y eliminar al monstruo, que se desarrollaba y crecía a un ritmo frenético, ni que lo alimentáramos con colacao, al muy BIIIP.

Por desgracia, el monstruo aniquiló de manera espeluznante a todos mis compañeros en el transcurso de las siguientes horas. A que Kent y Montblanc se los zampó enteritos, no dejando ni rastro. A Bred lo despanzurró en menos que canta un gallo y cuando le llegó el turno al capitán Texas, como ya estaba saciado, lo mató limpiamente, de un certero golpetazo en la cabeza y ya no se lo pudo merendar. De modo que tan solo quedamos Jonás el gato y yo tratando de sobrevivir al ataque de la criatura.

Mi plan consiste en activar la secuencia de autodestrucción de la Nostramo para liquidar a nuestro enemigo —mis condolencias a los BIIP de BIIP de la Werth-Mukani Corporation, que van a perder como tropezientos mil millones de un plumazo—. Para cuando la nave se destruya Jonás y yo estaremos en la lanzadera Prometheus rumbo a la Tierra.  Después entraremos en suspensión y alcanzaremos la frontera dentro de unas veinticuatro mil horas espsilianas lo que viene a ser seis semanas terrícolas. Con un poco de suerte, la red me encontrará y despertaremos una vez en casa.

Llevaré conmigo esta grabación con la esperanza de que, si me sucediera algo que me impidiese contar estos hechos, lo aquí relatado sirva de advertencia para toda la humanidad: aquí fuera hay unos bichos que hacen mucha pupa.

Corto y cierro.

 

Soy Berg Smirnok. Han pasado veinte beleniaños desde que la teniente Ripli nos visitó a bordo de la lanzadera Prometheus y acabo de escuchar por enésima vez su fascinante historia. El encuentro con ella tuvo la virtud de trastocar unas cuantas vidas aquí en Belenus. Entre ellas la mía y la de mi hermana.

Desconozco si la teniente Ripli consiguió volver sana y salva a su planeta o se interpuso en su camino alguna tormenta galáctica. En mi fuero interno deseo que lo lograra. Es una gran «mujer» que entregó los mejores años de su vida al servicio de su país y de su raza. En el camino perdió a todos sus compañeros y ella misma casi perdió también la vida. Se merecía descansar de los viajes intergalácticos, rodeada de sus familiares y amigos y ser reconocida por sus muchos méritos, en su lejano planeta Tierra. ¡Larga vida a Ripli, allá dónde esté!

Jonás hubiera muerto ya de puro viejo de no ser por lo mucho que ha adelantado la ciencia en estos últimos años. Gracias a una nueva terapia biológica experimental ha conseguido rejuvenecer. Ahora mismo está en periodo de prueba, pero si funciona y no presenta efectos secundarios dignos de consideración, se hará extensible a los reptilianos y a otras razas de Belenus. Habremos conseguido dos propósitos, contribuir al bienestar de nuestros congéneres y disfrutar por más tiempo de nuestra querido y excepcional amigo. Hasta donde yo sé, es muy feliz entre nosotros, ya que se adaptó de maravilla a nuestro entorno a pesar de venir de un planeta tan lejano. Creo que agradeció de veras poder dejar de una vez la vida en el espacio, que no está hecha precisamente para gatos. Le encanta cazar a las pequeñas alimañas de Belenus y zampárselas tranquilamente bajo el sol, sobre todo en invierno.

Al principio, el coronel Quartich lo pasó mal por haber dejado que la teniente Ripli se le escapara delante de su hocico de reptil. Pese a ello, como tenía buenos contactos dentro del ejército, consiguió que se le echara tierra al asunto y pasados unos años logró su anhelado ascenso. Incluso tengo entendido que llegará a general antes de retirarse este mismo año. Sin embargo, dicen las malas lenguas que aquel incidente lo dejó tan escarmentado que desde entonces no quiere saber nada de temas espaciales. Prefiere marchitarse en la árida Actínia antes de encargarse de ninguna otra misión que implique riesgo, ni que sea remoto, de volver a tropezarse con extrabelenusinos.

La subinspectora Holt también tuvo que dar algunas explicaciones por su insólita conducta de aquella noche. Aunque se tuvo en cuenta su expediente inmaculado y en su defensa alegó enajenación mental transitoria por el estrés provocado por la incompetencia de su inmediato superior, el «ínclito» Próculo Tontinus. Al final, tras un largo tira y afloja, fue exonerada y rehabilitada en su cargo de subinspectora. La trasladaron a la comisaría central. Una vez allí, libre del yugo de Tontinus, pudo demostrar toda su valía y la ascendieron primero a inspectora y luego a comisaria, cargo en el que aún sigue.

También consiguió su propósito de convertirse en la esposa de Clark Humble, el único reptiliano que la apoyó contra viento y marea, además de mi hermana y yo mismo. Tuvieron dos niños guapísimos, dos reptilianitos que son toda una monada. La niña tiene los mismos ojitos zalameros que ella y el chico ha salido tan guapetón y fuerte como su padre. Como admirador incondicional, no puedo decir otra cosa: ¡Vivan las reptilianas valientes como la comisaria Holt! Nuestro planeta avanza gracias a gente como ella.

En cuanto al inspector Tontinus, él fue quien corrió peor suerte. Todo el fracaso de la misión recayó sobre su persona. Se tuvieron en cuenta todos los agravantes: ocultó de manera deliberada el hallazgo de la nave a sus superiores; actuó por su cuenta y riesgo; desobedeció de forma expresa el mandato del coronel Quartich y, por último, pero no menos importante, cometió con la por entonces subinspectora Holt un abuso de autoridad. Ni que decir tiene que todos los testigos estuvimos de acuerdo. A pesar de ello, tampoco le ocurrieron grandes desgracias. Ni siquiera fue depuesto. Pero la mala reputación le acompaña desde entonces y hay comentarios mofándose de su ineptitud hasta en los libros de primaria.

Cris y yo tuvimos un nuevo hermanito al que mis padres pusieron de nombre Fred. Tanto mi hermana como yo, todavía disfrutamos contándole los detalles de aquella aventura que cambió nuestras vidas. Ahora tiene más o menos la misma edad que tenía yo cuando ocurrió todo aquello y me doy cuenta de lo afortunado que fui al poderlo vivir en primera persona.

Cris es una reptiliana guapísima y ha cumplido con creces sus expectativas, ya que se ha convertido en la primera reptiliana policía de nuestra flota de naves. Holt, que la ha tomado bajo su protección, está encantada por la forma en la que está llevando su carrera.

Por mi parte, hace mucho que abandoné el juego de Zórtex. Sin embargo me siguen fascinando los temas tecnológicos, pero ahora me los tomo más en serio. Durante todo este último beleniaño me he dedicado a reconstruir la historia de la teniente para su divulgación. De hecho, está a punto de salir el audioesteroscope sobre la visita de la terrícola a Belenus, titulado Toda la verdad sobre el caso Ripli, en el que he sido el principal asesor. En el aspecto profesional también a mí me va bien. Estudié ingeniería aeroespacial y ahora trabajo como responsable del mantenimiento a bordo de las naves belenusinas que andan por ahí surcando los cielos en busca de otras civilizaciones y no os podéis imaginar la de aventuras os contaré muy pronto.

FIN

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 12

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 12

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Cuando todos se marcharon en busca del supuesto monstruo alienígena, Ripli salió de su escondite junto con los dos niños reptilianos.

—Nunca me hubiera podido imaginar que una reptiliana tan seria como la subinspectora Holt llevase a cabo una interpretación tan magistral para salvarle el pellejo, teniente Ripli —dijo Berg aguantándose la risa.

—Ya lo creo —contestó Ripli—. Se merece un óscar a la mejor actriz por esa actuación tan brillante.

—¿Qué es un óscar? —preguntó Cris, que siempre estaba deseosa de meter su pequeño hocico de reptil en todo.

—¡Pues qué va a ser, Cris! ¡Seguro que algún tipo de condecoración que deben de dar en la Tierra! —repuso Berg convencido de que su hermana era una ignorante—. ¿A qué sí, teniente?

Ripli, que en ese momento necesitaba sus cinco sentidos para poner a punto a la Prometheus y despegar cuanto antes, sopesó si le merecía la pena sacar a Berg de su error. Llegó a la conclusión de que no era el momento de entretenerse en largas explicaciones. De modo que contestó de manera escueta.

—Algo así, guapo. Bueno… más o menos —dudó un instante, aunque después de todo no era una mentira tan grande.

Ripli abrió la cabina con el mando a distancia y ella y los niños subieron a la nave.

—¡Oh, por dentro es todavía mucho más bonita! —exclamó Cris que seguía cargando con Jonás en todo momento.

—¡Pero cuántos mandos! ¿Teniente, me enseñará a conducirla?

La teniente optó por la respuesta fácil.

—¿Tienes más de dieciocho años?

—Todavía me faltan unos pocos —contestó Berg desilusionado.

—Entonces, ya sabes que la contestación es no. Pero puedes ayudarme a reprogramar a la Prometheus.

La cara de Berg se iluminó. La siguiente cosa que más le gustaría hacer después de pilotar la nave, era toquetear los mandos, aunque fuera en parado.

—Este que va a hablar ahora es Icarus, el ordenador de abordo. No le tengáis miedo, es un poco limitado en sus prestaciones, pero inofensivo. —Mientras hablaba la teniente había apretado el botón de on para reactivarlo.

—Buenos días, teniente Ripli. Bip. ¡Por la memoria de Neil Armstrong! Bip.  ¡El primer humano en pisar la luna! Bip. ¿Quiénes son estos lagartos tan feos? Bip —dijo al ver que llegaba acompañada.

—Sin ofender, que somos reptilianos —saltó Berg como impulsado por un resorte. Ya estaba bien de tanto cachondeo con el temita.

—Son mis amigos —dijo Ripli en un tono serio.

—Siendo así, nada que objetar. Bip. La pondré al corriente de los datos. Bip. Amanecerá en unos treinta minutos. Bip. ¿Dispuesta a pasar otro día en este estupendo planeta? Bip

—No, Icarus. En realidad, nos vamos a marchar ahora mismo. Proporciona a este gentil muchacho reptiliano las coordenadas de la Tierra mientras yo compruebo la secuencia de ignición.

—Teniente, le recuerdo que esta lanzadera es unipersonal. Bip. Con tres individuos y Jonás, no habrá manera posible de hacerla despegar. Bip.

—Tranquilo, Icarus, que ellos se quedan. Solo han subido para ayudarme. Berg, en cuanto Icarus te dé las coordenadas, las introduces en este navegador. Y fíjate bien en los decimales, no me vayas a mandar a la otra punta del universo.

—No se preocupe que soy el mejor en mates de toda la clase. Lo haré a la perfección.

—¿Y yo? ¿En qué la puedo ayudar, teniente? —le preguntó Cris que también quería ser útil.

—Ya lo estás haciendo, cielo. Tienes a Jonás bajo control y eso ya es una gran ayuda. Pero si quieres hacer algo más, serás la vigía: mira la pantalla y me avisas si se acercan los militares. —Cris se mostró encantada con el encargo.

Al cabo de unos pocos minutos, mucho antes de lo que había calculado, Ripli tenía la nave lista para volar de nuevo. ¡Por fin había llegado el gran momento! Después de tantas idas y venidas, y tantas aventuras descabelladas, la teniente Ripli podría marcharse. Un sentimiento de profunda añoranza por su planeta natal la embargó por completo. Deseaba, anhelaba con todas sus fuerzas regresar a la Tierra para siempre. Ya estaba cansada de tanto viaje interestelar y deseaba retirarse a una casita tranquila donde poder dedicarse a su afición favorita, el cultivo de hortensias replicantes. Esta vez no habría tormenta magnética capaz de desviarla de su destino.

En ese momento tan trascendental tuvo un pensamiento para Holt. La subinspectora le había prestado una ayuda inestimable a la hora de despistar a sus enemigos. Tal vez se había metido en un lío al ayudarla, pero estaba segura de que ella encontraría la manera de salir bien parada de toda aquella locura.

La teniente se abrazó por última vez a Berg y a Cris, ya que les había tomado mucho cariño.

—Estaré aquí mismo —le susurró al oído a la niña instantes antes de besarle la mejilla.

—¡Sí! Pero ya no la veremos nunca más —dijo la niña con lágrimas en los ojos—. ¿No puede llevarme con usted? ¿Sabe que la subinspectora tenía razón? Los besos hacen cosquillas. —Y sonrió con timidez al mismo tiempo que seguía llorando.

—¡No, cielo! Sabes muy bien que no puedo llevarte. En mi planeta no podrías llevar una vida normal. Pensarían que eres un bicho raro, como me ha pasado a mí con Tontinus y esos militares que solo quieren cazarme para convertirme en un espécimen de laboratorio.

Cris negó con la cabeza en señal de desaprobación. No le gustaba nada pensar que a su nueva a amiga terrícola le pudieran hacer aquellas cosas horribles.

—No tienen ningún derecho, teniente. Usted también es una reptiliana, o cómo se diga en su lengua.

—Nosotros somos seres humanos —dijo Ripli emocionada—. Y sí, Cris: siento tener que despedirme, pero tienes que quedarte aquí, con tus padres y con tu hermano. ¡Con los de tu especie! Dentro de unos años serás una reptiliana adulta. Tal vez entonces, si algún día tienes hijos, podrás contarles que una vez conociste a una terrícola que se perdió por el espacio, terminó en Belenus y se convirtió en tu amiga para siempre.

—Sí, pero no la creerán. Se burlarán de ella… —intervino Berg sin poder contenerse.

Era lo que solía pasarle a él. Lo característico de sus amigos es que eran muy guasones y en ocasiones se reían de él porque no se tragaban las cosas que les contaba. Es que tenía una fantasía prodigiosa.  Resultaba bastante rarito por lo exagerado que era, así que no les podía culpar por ello. Salvo por ese pequeño detalle eran unos tíos fenomenales, los mejores amigos del mundo.

—Aunque esta vez hay pruebas gráficas —dijo entusiasmado al recordar las imágenes que había tomado—. Por fuerza ahora me creerán. ¡No te preocupes Cris! ¡Te dejaré las fotos para que tú también lo puedas demostrar!

—Además —añadió Ripli—, he pensado que Jonás se podría quedar con vosotros. Así sería una prueba viviente de todo lo que ha sucedido.

—¡Hala…! ¿Sííííí? ¿De verdad? ¡Qué bien! ¡Muchas gracias teniente! —dijo Cris loca de contenta.

—No se preocupe teniente, que yo vigilaré que cuide bien de él, como hermano mayor que soy.

—Creo que estará encantado con la idea. Ya es hora de que deje atrás la época de astronauta. Diez años en el espacio son demasiados para un gato. ¡Toda una vida! Se merece tener una vejez tranquila. Además, tengo entendido que le fascina esa dieta vuestra a base de gusanos vivos —bromeó la teniente—.  Seguro que será muy feliz aquí.

A Ripli también se la veía encantada con la idea de deshacerse del peludo que tantos quebraderos de cabeza le había ocasionado. ¡Una preocupación menos! Jonás, que continuaba todavía en el regazo de Cris, ronroneó de placer. Parecía feliz con la idea.

—También tengo algo para ti, Berg. Se trata del cuaderno de bitácora de la Nostramo. Cuando lo escuches podrás conocer todas mis aventuras. Pensaba llevarlo de vuelta a la Tierra, pero creo que es mejor que te lo quedes tú.

—Cuando sea mayor estaré muy honrado en dar a conocer su historia a todo Belenus. Estoy seguro de que el planeta entero alucinará con ellas. Cyrus, el protagonista de Zórtex, a su lado parecerá un simple aficionado.

Se despidió de Ripli con un apretón de manos, como hacen los mayores. Luego bajaron de la lanzadera dejando a la teniente sola.

—Dicen que la vida surgió del polvo de las estrellas. Quizás no estoy volviendo a casa. Quizás me estoy marchando de ella —dijo Ripli muy solemne antes de accionar el cierre de la cabina. Una lagrimita indiscreta rodó entonces por su mejilla. En el fondo, había tenido mucha suerte al aterrizar en Belenus. Allí dejaba los mejores amigos del universo.

—¡Dese prisa, que pueden volver en cualquier momento! —le gritó Berg—. ¡Ya verá cuando se den cuenta de que no hay ninguna cueva ni ningún monstruo! —río divertido.

—Cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero…. ¡Ignición!

Los motores se encendieron y de ellos salieron unas potentes llamaradas y un estruendo portentoso. El aparato, poco a poco, se fue elevando.

Quartich y Tontinus, seguidos de la tropa, regresaron al lugar donde había estado posada la nave tan pronto como oyeron el ruido de los motores, pero ya era demasiado tarde para que pudieran hacer nada más que observar embobados como se perdía sobre el claro amanecer de Belenus.

 

 

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 11

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 11

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—Como supongo que ya sabrán, el inspector Tontinus me dio permiso para que me marchara a casa mientras él continuaba con las pesquisas.

En ese momento Tontinus la miró sorprendido. ¿Cómo era posible que supiera que había mentido a Quartich y encima le siguiera la corriente? ¡Acaso había llegado por fin a su corazoncito! ¿Aún había una esperanza para él?

—Cuando aguardaba a que viniera a recogerme otro transporter patrulla, alguien me asaltó por detrás. Fue tan de repente que no lo vi llegar y tampoco me dio oportunidad de sacar mi arma reglamentaria para defenderme…

—¡Permítame un inciso, subinspectora! —dijo Quartich movido tan solo por la curiosidad—. ¡Por favor, no se ofenda!  ¿Pero dónde lleva usted el arma cuando… viste de esta manera?

Se puso verde porque le daba vergüenza formular la pregunta de una manera tan directa. No quería que ella le tomara por quien no era. Se vanagloriaba de haber respetado siempre a las reptilianas incluso en un ambiente tan machista como el del ejército. Holt, que se dio cuenta de su azoramiento, continúo por ese camino. Pensó que era una buena manera de desviar su atención.

—¿Se refiere al vestido que llevo? Le parece demasiado ceñido, ¿no? Le confesaré una cosa —dijo poniendo morritos y lanzándole la lengüecita bífida de aquella manera que Tontinus encontraba tan encantadora—: no es que suela ir así vestida cuando voy a trabajar. Pero el inspector me llamó de improviso en mi noche libre para que lo acompañara en esta misión y no me dejó tiempo para ir a cambiarme. No sé por qué, pero creo que usted jamás haría algo así a sus subordinadas.

Entonces decidió desplegar todas sus dotes de seducción. Se contoneó delante del coronel mientras le hablaba. No quería revelarle que en realidad no iba armada, algo que Tontinus tenía que saber por fuerza. Esperaba que, igual que ella había tapado su mentira, él le devolviera el favor ahora. Cruzó los dedos de su garra, porque con Próculo Tontinus nunca se sabía…

—Claro está, que una reptiliana policía que se precie siempre tiene un recurso a su alcance para esconder su arma. No pretenderá que le confiese mi pequeño secreto. ¿Verdad, coronel? No sería apropiado. Además —añadió por si acaso insistía—, me temo que en algún momento de la refriega se me debió de caer: ya no la tengo.

Dijo esto mirando por el rabillo del ojo la temida reacción de Tontinus ante su flagrante mentira, pero esta no se produjo. Parecía que por una vez había captado el mensaje. Por su parte, el coronel, turbado por el cariz que estaba tomando la conversación, decidió dejar el asunto del arma a un lado.

—¡Cuéntenos, subinspectora! ¿Qué pasó después?

—¡Eso! —por fin Tontinus se atrevió a meter baza—. ¿Qué le ocuguió? ¡Estamos impacientes pog sabeglo!

Quartich lanzó una mirada de desaprobación a Tontinus que le hizo temblar de la cabeza a los pies. Había que ver cómo ese reptiliano destilaba autoridad por todos los poros de sus escamas.

—El asaltante, me llevó por… por allí.

Señaló de manera improvisada la dirección opuesta a donde había dejado a Ripli y a los niños, que seguían los acontecimientos atentos a la magistral actuación de la reptiliana.

—¿Y después…? —preguntó Quartich cada vez más intrigado.

—Me llevó a su guarida, una especie de cueva. Estuve un rato allí, tumbada en el suelo y sin poder ver nada a causa de la oscuridad reinante. ¡Como comprenderán estaba aterrorizada y temiendo por mi vida!

—¡Muy comprensible! —intervino el capitán Farrus, simplemente para demostrar que seguía allí.

—Sí, muy comprensible, en efecto —corroboró Quartich—. Por favor, continúe con su estremecedor relato, subinspectora.

—Entonces, ese ser inmundo y repugnante —Holt puso cara de asco y suspiró—, ese monstruo, ese engendro, se apartó de la entrada y al penetrar algo de luz lo pude ver a un palmo de mi cara.

Para resultar más creíble, recurrió a los evocadores recuerdos de cuando sufrió el pequeño asalto por parte de Jonás, e hizo una descripción muy exacta del gato, salvo por el tamaño, ya que en su relato acabó convertido en un felino gigante de dos metros.

—Era… era negro y peludo y con unos colmillos así de grandes —dijo extendiendo los miembros superiores cuanto pudo—. Además, tenía unas garras enormes, capaces de partir a un reptiliano por la mitad de un solo zarpazo —seguía adornando su narración con todos los detalles que se le iban ocurriendo.

Pego entonces —se atrevió a decir Tontinus, que espantado ante los hechos que narraba Holt olvidó por un momento las miradas amenazantes de Quartich—, es un vegdagego milaggro que haya conseguido salig con vida de esa cueva.

—Así es, inspector —Holt continuaba añadiendo dramatismo al asunto—. El monstruo se quedó dormido y yo aproveché para escapar de la cueva. Pero luego tropecé con una rama y me caí al suelo. Entonces él se despertó y vino hacia a mí, pero yo reculé como pude y me escondí en un hueco entre unas rocas, donde el monstruo no cabía. Luego, enfurecido por mi astucia metió su zarpa con muy malas intenciones, y yo le aticé el mordisco más grande que pude. En aquel momento se retiró retorciéndose de dolor y yo corrí y corrí y seguí corriendo como una posesa, hasta llegar a donde estaban ustedes. Fue entonces cuando mis fuerzas flaquearon y me desvanecí en los fuertes brazos del coronel.

Terminó su relato poniéndole ojitos lánguidos a Quartich. No se atrevió con la mirada zalamera porque hubiera resultado demasiado obvio para todos los presentes. Con tanto halago, al coronel se le aceleró el pulso y se le subió el verde. Pero al verse tan cerca de su objetivo trató de centrarse de nuevo en él: capturar a ese alienígena y trasladarlo junto a su nave al área 31. Lo que el ejército o el gobierno hiciese después con ellos ya no era cosa suya. Él se limitaría a cumplir órdenes. Con esa actitud demostraba hasta qué punto era un militar disciplinado y bien entrenado.

—Y dígame, subinspectora: ¿Cree que hay alguna probabilidad de que ese monstruo, ese ser gigantesco y extraño que la secuestró, sea el alienígena de esta nave?

—¿Qué si estoy segura, coronel? ¡Segurísima! No me cabe ninguna duda de que se trataba de él.

En esas, llegaba el destacamento que esperaban. En total eran unos ocho o diez reptilianos y cinco vehículos entre los que destacaba un descomunal destructor CTX25 último modelo y una grúa Saurona BTH40, la más grande de entre todas las que disponía el ejército. Al verlo, Holt intuyó de inmediato las intenciones de Quartich. Tenía que impedir a toda costa que se llevaran la nave de allí o Ripli estaría perdida y jamás podría regresar a su planeta. Entonces improvisó sobre la marcha.

—Coronel, ¿no cree que sus soldados deberían buscar primero a la niñita reptiliana antes de llevarse la nave? —esta vez empleó un tono lastimero—. ¡Estaba muy cerca de la cueva cuando la vi por última vez! ¿Se imagina si ese ser llegara a atraparla? Seguro que no encontraríamos de ella ni un cachito así de pequeño —dijo mientras lo indicaba con un gesto—. Lo he visto actuar y sé que se la podría tragar de un solo bocado…

—¿Por qué no nos habló antes de la niña? ¡Estoy seguro de que no la ha mencionado hasta ahora! —inquirió Quartich confuso.

—Lo siento, coronel —se disculpó Holt con lágrimas en los ojos—. Estaba tan aturdida… que no lo he recordado hasta este mismo momento. ¡Pero prométame que hará todo lo posible por salvar a esa criatura inocente! Tiene usted que hacerlo, por la reliquia del Huevo de la Gran Madre Reptiliana, aquella que puso el primero de nuestra especie. Emplee a sus reptilianos para rescatar a Cris de las garras de ese terrible monstruo. Es una niña tan dulce e indefensa que se lo merece todo. ¡Piense en sus padres, coronel…!

Como vio que ya casi lo tenía en el bote pero que aún estaba dudando, añadió:

—Yo he estado allí y les puedo guiar hasta ese lugar. ¡Por favor se lo pido, coronel Quartich! No interponga su fama a la vida de una niña inocente. Cuando esté a salvo, ya podrá volver aquí y llevarse su nave. No habrá nada que se lo impida. Al fin y al cabo, la nave seguirá aquí, no creo que pueda moverse sola —concluyó su perorata con un cinismo impropio de ella, pero las circunstancias así lo requerían.

El coronel Quartich quedó plenamente convencido ante esos argumentos incontestables. Si salvaba a Cris, lo aclamarían como a un héroe y además luego podría terminar de cumplir la misión que se le había encomendado. Ya se veía luciendo los galones de general y la Medalla de la Primigenia Orden de los Reptilianos de Belenus, la condecoración más codiciada de todo el Imperio.

Entonces Quartich instó a Holt que los guiara inmediatamente hacia la guarida del alienígena y ordenó a todos que la siguieran. Tontinus, que también esperaba sacar tajada del éxito del coronel Quartich, se sumó a la batida. Holt consiguió así que el lugar quedase completamente despejado para Ripli y los niños.

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 10

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 10

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—¡Venga Holt, que ya tendrá tiempo para eso! —Berg tuvo que zarandearla por los hombros para que saliera de la ensoñación romántica en la que había caído.

—¡Ay, sí, que hemos de continuar! Actuaremos antes de que esto se llene de militares porque como lleguen a desplegarse, esto se pondrá imposible. ¡Tengo una idea! Usted, teniente… ¿Cuánto tiempo necesitaría para poner a punto a la Prometheus y despegar?

—A ver, déjeme pensar… Unos ocho o diez minutos para obtener las coordenadas, otros diez o doce para la reprogramación, unos quince más para comprobar todas las secuencias de ignición… creo que eso es todo. En total, entre treinta y cinco y cuarenta minutos.

—Bien. Siendo así creo que mi plan puede funcionar. Me inventaré algo para que dejen la zona libre. En cuanto quede despejada, póngase manos a la obra, Ripli. Tiene que hacer todo lo más rápido que pueda y si es necesario que le echen una mano los niños. Me consta que Berg puede serle de gran ayuda. También Cris, que es muy lista, puede encargarse de alguna tarea.

La niña le dedicó una gran sonrisa al ver que se acordaba de ella, porque hacía mucho rato que se aburría al oír hablar a los demás entre sí sin poder meter baza en esas cosas de las que no tenía ni idea.

—Cuando sea mayor seré policía como usted. ¿Sabe que es casi tan guapa como mi mamá?

—Mírala, qué mona. Cris, eres un cielo —dijo Holt, que se sintió halagada por la comparación.

—¿Pero hace un rato no me dijiste que querías ser astronauta? —dijo la teniente decepcionada por ese repentino cambio de parecer.

Cris trató de arreglar su pequeña metedura de pata con una enorme dosis de ingenuidad.

—¡Claro, seré las dos cosas! Una astronauta policía. ¿Es que no se puede?

Los demás le rieron la gracia a la niña. Entonces Holt decidió pasar a la acción de inmediato. Pero antes tuvo un parlamento con sus amigos.

—Teniente Ripli —le dijo con solemnidad—, creo que ha llegado el momento de la despedida. El encuentro con usted ha sido breve en el tiempo, pero la llevaré para siempre en el corazón. Por su valentía y coraje, de ahora en adelante será mi ejemplo a seguir.

—Subinspectora Holt, gracias por mostrarse tan comprensiva conmigo y, sobre todo, por tenerme en tan alta consideración. ¡Créame, si le digo que yo también la estimo mucho!

—Las gracias no se merecen, Ripli. ¡De verdad que no! Estoy segura de que si hubiera estado en mi lugar habría actuado de la misma manera. Entre féminas tenemos que ayudarnos. Además, si de paso, lo que hago fastidia en algo a ese imbécil de Próculo Tontinus, mejor que mejor. ¡Ojalá pudiera llevárselo a la Tierra con usted! Belenus sería sin duda un lugar mejor —dijo esbozando una media sonrisa.

—Holt, la aprecio, pero no hasta ese punto. Me parece que a Tontinus tendrán que seguir aguantándolo en Belenus —respondió Ripli sonriendo también.

Las dos oficiales se abrazaron de manera efusiva. Si las cosas salían según el plan de Holt aquella sería la despedida definitiva.

—¡Adiós, teniente Ripli!

—Adiós, subinspectora. ¡Que la fuerza la acompañe!

Entonces se separó de la teniente y les habló a los niños.

—Cris, Berg, vosotros permaneceréis aquí, en Belenus, por lo que estoy segura de que lo nuestro es tan solo un hasta luego. Chicos, sois unos reptilianos excepcionales. Tú, Berg, eres el muchacho más inteligente y decidido que conozco y sé que estás llamado a hacer grandes cosas cuando seas mayor. ¿Quién sabe si algún día ganarás el Belenonobel en alguna de las Ciencias?

Berg la miraba embobado, porque nadie hasta el momento, ni siquiera sus padres o alguno de los profesores más afines a él, había hablado acerca de sus aptitudes en unos términos tan entusiastas.

—Y tú, Cris —continuó hablando la subinspectora—, eres la niña más buena y más lista que hay en todo Belenus. Y claro que se puede ser astronauta y policía a la vez. Si nadie lo ha hecho hasta ahora, tú serás la primera… ¡Seguro que podrás!

—Ahora me toca hacer mi trabajo —añadió muy solemne—. En cuanto todos se hayan ido, ya sabe, teniente: ¡manos a la obra!

Holt se desgarró el maltrecho vestido y las medias de rejilla y se pringó toda con tierra. El efecto conseguido fue estremecedor: parecía que le había pasado por encima un transporter de los grandes.

—No tengo ni idea de qué es lo que se propone —dijo Berg—, pero sea lo que sea lo que se le haya ocurrido, sepa que confiamos es usted.

—¡Qué remedio! De perdidos, al río —repuso Ripli algo escéptica.

—No sea así, teniente Ripli. Tenga un poco más de fe. Estoy seguro de que la subinspectora va a poner toda su carne de reptil en el asador —dijo Berg tratando de animar a la teniente, que aún no las tenía todas consigo.

—¡Claro que sí! Lo siento, subinspectora, pero es que después de todo lo que llevo pasado estoy un poco baja de moral. No me malinterprete, agradezco de todo corazón lo que está haciendo por mí, pero hasta que no deje atrás Belenus en mi lanzadera no podré sentirme a salvo.

—No hace falta que se disculpe. Me pongo en sus escamas y la comprendo perfectamente, teniente. Le deseo toda la suerte del universo.

Por fin Holt se marchó de allí y, dando un pequeño rodeo para no descubrirles, llegó tambaleándose hasta la nave.

—¡Ayuda! ¡Socorro! ¡A mí…! ¡Ayuda, oficiales!

De una manera un tanto teatral, se acercó hasta los dos militares y Tontinus, que todavía permanecía con ellos, y fingió desmayarse. Tontinus quiso sujetarla al vuelo, para hacerse el héroe con ella, pero fue Quartich quien demostró ser más rápido de reflejos y terminó agarrándola él.

—¡Pero si es la subinspectora…! —dijo el coronel Quartich.

—¿Qué le habrá podido pasar a esta reptiliana? —exclamó el capitán Farrus.

El coronel estaba desconcertado. No sabía qué le urgía más, si atender a la desvalida Holt o abroncar al inepto de su jefe. Se decantó por lo último.

—¡¡¡¡Tontinus!!! ¿No me acaba de decir que había enviado a la subinspectora Holt a casa a descansar? ¡Explíquese!

—Hummm… ¡Yo…! ¡Yo…! ¡Yo no tengo ni idea, cogonel! —dijo Tontinus, más asombrado si cabe que Quartich, mirando al suelo y tratando de escurrir el bulto como siempre solía hacer cada vez que tenía uno de esos momentos «Belenus trágame».

Mientras tanto la subinspectora fingió que volvía en sí.

—¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado…? Ah, si es usted, coronel Quartich.

Holt estaba disfrutando de aquel momento de desquite con Tontinus. Además, en los robustos brazos del coronel no se estaba nada mal. ¡Por suerte, su novio no estaba allí para verla!

—Parece que tan solo está un poco magullada. Menos mal —dijo Quartich tomando la iniciativa—. ¿Pero cuéntenos? ¿Qué le ha pasado?

Remoloneó un poco en los fornidos y acogedores brazos del coronel, pero al final se deshizo del abrazo de Quartich y se incorporó. Se arregló un poco el vestido y comenzó con su fantástico relato.

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 9

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 9

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Tontinus no había regresado de inmediato junto a la nave, sino que se había tomado un tiempo para meditar. Los sonidos nocturnos del bosque habían desatado su lado más romántico. Pensó sobre todo en la relación con Holt. Su obsesión le estaba afectando mucho más de lo que jamás hubiera pensado. Encima, que pese a todos sus esfuerzos ella no le hiciera caso, constituía una tortura que lo tenía sumido en un abatimiento total. ¡Hasta el caso del alienígena y la desaparición de Cris habían pasado a un segundo plano! Estaba enamorado sin remedio. ¡Colado hasta las ancas!

¿Pero qué más podía hacer si ya lo había intentado todo? Y ella, erre que erre. Haciéndose la estrecha y mirándole por encima del hombro, como si él no fuera lo bastante bueno. Se tocó la cara. La tenía un poco hinchada y todavía le dolía el bofetón que le había soltado por culpa de aquel desgraciado malentendido. ¡Y además le dijo que fuera al logopeda, la muy…! ¡Si total, no era para tanto aquel defectillo suyo! ¡En su casa siempre le habían entendido a la perfección! ¿O no?

¡Pero aquello con Holt tenía que mejorar! Le iba en ello, si no la vida, que sería demasiado decir, sí la autoestima y su orgullo masculino, que ahora mismo tenía bajo mínimos. Si la vía directa no funcionaba, quizás tendría que pensar en algún modo indirecto de despertar su interés. Entonces recordó a aquella tentadora amiga suya conocida por poner los ojitos zalameros a todo reptiliano viviente. No era tan atractiva como Holt que, aunque a veces se comportara como una desaborida, quisquillosa y estirada, había que ver la clase que tenía. Pero si la subinspectora pensara que él cortejaba a otra reptiliana, tal vez se pondría celosa y le prestaría más atención. ¡Eso era! Llamaría a su amiga en cuanto tuviera un hueco, quizás en cuanto ese asuntillo de la nave espacial estuviera resuelto del todo. Ahora tenía que concentrarse en el caso.

Estaba a punto de salir hacía la nave cuando le sonó el móvil. Al mirar la pantalla vio que era su madre. La verdad es que la quería y la respetaba como la reptiliana que había puesto su huevo, pero a veces se ponía muy pesada. ¿Qué tripa se le habría roto a esas horas?

—¿Qué pasa madgre? ¿Pog qué me llama tan tagde? ¿Le ocugue algo?

—¿Qué me va a ocurrir, Próculo? ¡Fíjate la hora que es y todavía no has vuelto a casa? ¿Se puede saber por dónde andas?

Madgre, no se ponga así que ya soy un gueptiliano adulto. Hace vaguias décadas que me afeito las escamas de la caga.

—¡Sí, pero todavía vives conmigo y tengo derecho a saber dónde estás! ¡Parece mentira, mal hijo!

Pego, madgre… si es que estoy en una misión secgreta. No puedo decigle nada más. ¿No compgrende que es guidículo que siendo inspectog y a mi edad, tenga que seguig dándole explicaciones?

—¿Ridículo? ¡Ya te diré yo lo que es ridículo! ¡Que una madre pase toda la noche en vela porque a su hijo no le importa un pito lo que le ocurra: eso sí que es ridículo!

—¡Jobag…! ¿Es que no ve que estoy tgrabajando? ¿Cómo quiegue que se lo diga?

—¡Estoy segura de que si tu padre viviera todavía te comportarías mejor y nos guardarías un respeto! ¡Ya hablaremos por la mañana tú y yo!

Tontinus oyó un clic seguido de bip, bip, bip…

—¿Segá posible? ¡Mi pgropia madgre me acaba de colgag! ¿Qué segá lo pgróximo? ¿Que me denuncie en la comisaguía? ¿Y qué escamas pintagá mi padgre en todo esto?

Tontinus se quedó cabizbajo tras la reprimenda que acababa de recibir. Ya podía prepararse para la que le iba a caer al llegar a casa. A veces envidiaba a otros reptilianos cuyas madres parecían tiernas y afectuosas, no como la suya, que era la «antimadre» por excelencia. No podía decir que no fuera una buena reptiliana, pero parecía que su lema fuese «nunca cariñosa, siempre regañona». Había sido así desde siempre, incluso cuando él era un huevo. De hecho, había llegado a saber que en una ocasión ya próxima a su nacimiento estuvo a punto de hacerle rodar escaleras abajo porque tardaba demasiado en eclosionar. Gracias a que su padre se interpuso entre ella y el huevo, de lo contrario a saber qué secuelas le hubiera podido ocasionar semejante trompazo. Pero Tontinus tenía claro que no iba cambiar siendo ya una octogenaria. Deprimido pero resignado ante lo que no tenía remedio, el inspector decidió volver a la acción.

Cuando llegó, Quartich y Farrus estaban organizando un dispositivo para trasladar la nave al área 31. Todo el mundo sabía que en esa área se llevaban a cabo experimentos militares y científicos pretendidamente secretos.

—Inspector Tontinus, no es bienvenido en este momento. ¿No le dije alto y claro que se marchara? ¿Qué parte de esa orden no entendió usted?

—Lo siento cogonel —dijo poniendo cara de circunstancias, lo que, dado su estado de ánimo, tampoco le costó mucho—. La situación ha cambiado pog completo. La niñita que estaba con nosotgros, Cgris, se ha pegdido y mi pgrioguidad es encontgragla cuanto antes. ¡Quédese usted con la nave y deje que me ocupe yo de la niña, pog  favog!

—Sí, ya oímos el comunicado de Holt y en cuanto llegue el destacamento que estamos esperando, ordenaré a algunos de los reptilianos que organicen una exploración para encontrarla. ¡Mientras tanto puede buscarla usted! —le concedió Quartich a pesar de no estar convencido del todo—. Pero cómo le vea interfiriendo en nuestro trabajo o dirigiendo su mirada hacia la nave, aunque sea una sola vez, lo mando a tomar el viento desértico de Actínia. ¡Queda usted avisado! Y, por cierto. ¿Cómo es que no ha venido también la subinspectora?

—¿La subinspegtoga…? —repitió para darse tiempo a pensar una respuesta coherente—. ¡Oh…! Ya que me lo pgregunta, le digué que se encontgraba demasiado cansada paga continuag y la envié a casa a dogmig. Y por lo otgro no se pgreocupe, ya no estoy integuesado lo más mínimo en esa nave —mintió sin cortarse ni una escama.

—Lástima —dijo Quartich en quien Holt había causado una honda impresión—. Me hubiera gustado despedirme de ella. Además —admitió ya sin tapujos—, da gusto gozar de la compañía de una reptiliana tan guapa como ella en cualquier circunstancia. ¡Qué caramba!

Tontinus le lanzó a Quartich una mirada de pocos amigos. Lo único que no necesitaba era más competencia. Sin embargo, no dijo nada ya que no quería desvelarle al coronel la debilidad que sentía por la subinspectora.

Holt, que seguía la conversación escondida junto Ripli y los niños perdió los nervios.

—¡Será hijo de cocodráctila este Tontinus! ¡Pedazo de mentiroso! ¿Cómo puede menospreciar así mi trabajo? ¡Está echando a perder mi reputación!

Berg y Ripli tuvieron que emplearse a fondo para contenerla porque estaba decidida a salir del escondite y partirle su hocico de reptil allí mismo. La bofetada que le había atizado cuando se produjo aquel malentendido acerca del liguero era una caricia en comparación con la tunda que deseaba propinarle en aquel momento.

—¡Dejadme, que le voy a dar su merecido! ¡Lo mato! ¡Es que yo lo mato ahora mismo! —decía mientras pataleaba sin parar, tratando de librarse de ese lío de brazos y zarpas que la retenían contra su voluntad.

—¡Tranquilícese, Holt! ¡Con esa actitud no solucionará nada! —afirmó Berg tratando de convencerla, al mismo tiempo que seguía sujetándola por detrás—. ¡Además, si sigue gritando así nos descubrirá! ¡Por favor, baje la voz!

—¡Toma ya! —añadió Ripli—. Y yo que hubiera pensado que los reptilinos serían de sangre fría.

—Reptilianos, teniente. ¡Acuérdese: reptilianos! —esta vez fue Cris quien la corrigió—. ¡A ver si se le mete en la cabeza de una vez!

—Bueno, lo que sea —contestó Ripli harta de tanta corrección. Reptilinos, reptilianos… ¿Qué más daba? No era momento de pararse en esas tonterías.

—¡Caray, subinspectora…! ¡Menudo temperamento que se gasta! ¡Cualquiera le tose! ¡Ya me hubiera gustado tener a bordo de la Nostramo a alguien con tanto brío como usted!

—¿La Nostramo? ¿Y eso qué es? —preguntaron todos a coro.

—Hummm… Creo que es demasiado largo para contarlo ahora. Quizás mejor en otro momento.

—Teniente Ripli —Holt adoptó un aire muy serio—. Sé que esta decisión me puede costar la carrera y quién sabe cuántas cosas más: pero la ayudaré a regresar a su planeta. ¡Que le den al imbécil de Próculo Tontinus!

—Subinspectora —dijo Ripli con la mirada vidriosa, conteniendo a duras penas las lágrimas por la emoción—, nunca le podré agradecer bastante lo que está a punto de hacer por mí.

Luego la abrazó y quiso darle un beso en la mejilla. Al principio, Holt, que desconocía esa costumbre humana, retrocedió temerosa, pero Ripli la sujetó hasta conseguir su propósito. En cuanto lo hizo, la subinspectora sonrió complacida.

—¡Anda! ¿Esto qué es? ¡Pero sí hace cosquillitas!

—Se llama beso. En la Tierra es algo muy popular. Todo el mundo se besa constantemente: los padres con los hijos y viceversa, las parejas, los amigos…

—¿Ah… las parejas también? —Holt sonrió con picardía—. ¿Cree que si se lo hiciera a mi Clark le gustaría?

—¡Pues claro, pruebe en cuanto tenga ocasión! ¡Ya verá qué bien! —la animó la teniente.

La subinspectora se quedó embobada al acordarse de su novio y del anillo que pronto luciría en su dedo anular. Esa caricia que acaba de enseñarle la terrícola era la caña. Estaba convencida de que a él le encantaría. Además, aunque Clark hubiera salido con otras reptiliana antes que con ella, algo en lo que no le gustaba pensar porque se la comían los celos, al menos en lo del beso ella sería la primera.

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 8

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 8

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Como solía decir Tontinus, a grandes males grandes remedios. Las cosas se habían complicado cada vez más. La misión que habría tenido que encumbrarle estaba siendo un completo desastre. Primero apareció el entrometido ese de Berg, al que tuvo que poner en su sitio y meterle un poco de miedo para que se mantuviese alejado del tema. Luego la intrusión de los militares en aquel asunto que él y solo él estaba llamado a resolver. Y ahora, para colmo, había perdido a la niña antes incluso de poder averiguar quién era o cómo había llegado hasta las proximidades de la nave. Llegado a este punto, no le quedaba más remedio que dar la alerta. Una niña extraviada era una cosa muy seria en Althea. Si llegara a pasarle algo, la opinión pública se le echaría encima y adiós a ese ascenso por el que suspiraba desde hacía años.

—Holt, pase el aviso de manega inmediata. A nuestgros amigos los militagues, también —añadió con un toque de ironía—. Hay que encontgrar a esa niña, Cgris,  como sea.

—¡Lo que usted diga, inspector! —Holt cumplió la orden de Tontinus y luego le dijo—: Ya he pasado el parte. ¿Ahora qué quiere que haga?

—¡Hummm…!  ¡Déjeme pensag un momento…! A veg, cgreo que lo mejog segá que nos dividamos. Así abagcaguemos más campo. Usted, ya que está empeñada en que el grgito salió de aquí, quédese pog esta zona. Yo guegrguesagué a la nave con el tgranspogteg. Ahoga que la niña ha desapaguecido, el cogonel Quagtich no tendgrá excusa paga echagme otgra vez de allí

—¡Como quiera! —respondió lacónica.

En qué mala hora se le había ocurrido a Tontinus contar con ella para esa estúpida misión. Pensó en Clark, que a esas horas debía dormir a pata suelta y deseó con todas sus fuerzas estar junto a él al calor del hogar. Pero no le quedaba más remedio que cumplir con su deber. Sabía, desde el día en que sintió la vocación de policía, que aquella era una profesión de lo más sacrificada, y lo había aceptado con todas sus consecuencias, aunque en ocasiones le resultase duro.

Tontinus se marchó en el vehículo dejando sola otra vez a Holt, que se dirigió hacia el lugar del que ella estaba convencida que había salido el chillido. Era una avezada exploradora y sin la molesta compañía del inspector pudo husmear a sus anchas y encontrar un rastro fresco de pisadas. Algunas parecían de reptilianos, pero de las otras no tenía ni idea. Tal vez fueran de animales exóticos, pero estaba segura de que nunca había visto aquel tipo de huellas. «¡Mira qué bien! A Tontinus no le va a gustar tener que darme la razón otra vez. Sin duda, me acabo de llevar el premio gordo. ¿Pero sabes qué te digo? ¡Qué se jorobe! ¡Menudo pedazo de inútil está hecho! ¡No sé cómo habrá podido llegar a inspector!».

Siguió las huellas y al cabo de un rato se dio cuenta de que se dirigían hacía la nave. Cuando ya estaba muy cerca, oyó unas voces que hablaban en un extraño idioma.

—Teniente, ahora es imposible que pueda acceder a la nave. Sigue vigilada. El coronel Quartich y el capitán Farrus no se han movido en toda la noche. ¡Para colmo, se les acaba de unir Tontinus! ¿Qué hacemos? —le preguntaba Berg a la teniente.

—Tendremos que pensar en alguna maniobra de distracción. El caso es que ahora mismo no se me ocurre nada. A ver… —Ripli se quedó meditando durante unos instantes con aire de preocupación.

Se daba la casualidad de que como Holt, y en realidad todos los belenusinos, también tenía su chip instalado el cerebro, sin proponérselo siquiera, entendía aquella lengua extranjera. Aunque como a Berg le había ocurrido primero, también tuvo que descargarse la última versión para poder traducir bien todas las palabras.

La subinspectora caminó un poco más hacia las voces para ver quiénes eran. Se quedó ojiplática al observar el extraño grupo conformado por la pareja de belenusinos y la de terrícolas. Tuvo que emplear toda su capacidad de autocontrol para reprimir un grito de asombro que pugnaba por salirle de la garganta, pero necesitaba observar un poco más antes de actuar, de modo que acabó conteniéndose.

—¿Por qué no nos vamos a casa? —dijo Cris que estaba muy cansada.

Para alguien que todavía dormía más de doce belenihoras al día, pasarse toda la noche en vela yendo de acá para allá, estaba resultando una tortura.

—¡Ah, pues no sería mala idea! —contestó Berg, que también estaba agotado—. Nuestra casa es el último sitio donde la buscarían, teniente.

—¿Pero os habéis vuelto locos? —saltó Ripli—. ¿Qué iban a decir vuestros padres? Creo que no se mostrarían conmigo muy comprensivos…

—¡Ellos no tienen por qué enterarse! Mi hermana y yo nos ocuparemos de todo. ¿A qué sí, Cris?

—¡Claro! Tú puedes esconder a Ripli en tu habitación y yo a Jonás en la mía. —Se había encaprichado del gatito, que se mostraba especialmente cariñoso con ella—. ¡Así los papás no los verán!

—¡Chicos, recapacitemos un momento! —dijo Ripli con cara de escepticismo—. A ver, Berg: ¿Pero no era a ti a quien Tontinus tenía entre ceja y ceja?

—¿Ceja…? ¿Eso qué morros es? —preguntó Berg.

—¡Ah, sí! Que los reptilinos no tenéis —reconoció Ripli mientras señalaba esa parte de su anatomía.

—¡Reptilianos! Ya se lo he dicho un montón de veces. Se dice reptilianos. ¡No es tan difícil, caramba! —Berg, se molestó por tener que corregirla de nuevo.

—Claro, reptilinos, lo que yo he dicho.

—¡Lo que usted quiera…! ¡Ya veo que no hay manera de que lo diga bien! Además, no se ponga tan chulita, que no tendremos cejas de esas, pero tenemos tres párpados en cada ojo y usted solo dos.

—Me refiero a que el tal Tontinus no se tragó para nada lo que le contaste en el interrogatorio. —Ripli trató de centrar de nuevo la conversación, que se estaba saliendo de madre por momentos—. ¡Ea, que no se fía de ti! ¡Ergo: te tendrá vigilado! —Parecía que Ripli le presuponía a Tontinus más inteligencia de la que verdaderamente atesoraba.

—¿Y ahora por qué habla tan raro? —dijo Cris—. No entiendo lo último que ha dicho, teniente.

—No importa Cris, guapa. Que Tontinus tendrá vigilado a Berg porque desconfía de su palabra, solo eso. Volviendo al tema que nos ocupa: en vuestra casa no estaré segura. Habrá que pensar en algo diferente.

—Aún así, será más seguro que quedarse aquí, al menos por esta noche. Conozco mis derechos como ciudadano y no pueden entrar en una casa sin una orden judicial. Nadie se atrevería a despertar a ningún juez a estas horas para obtenerla —concluyó Berg con una sonrisa triunfal en los labios.

«¡Oh…! ¡Este niño sabe más que la Belenipedia! ¡Hay que ver lo espabilado que está para su edad! —musitó Holt todavía incrédula ante lo que acababa de oír—. ¡Por la Gran Madre Reptiliana! ¡Pero si es que están todos compinchados!».

Mientras discutían sobre si volver o no a casa, Jonás había saltado de los brazos de Cris y se dedicaba a juguetear con las alimañas silvestres que había por la zona. Desde que estaba en plena naturaleza se le había despertado su instinto depredador, y de qué manera. Persiguiendo a una especie de roedor diminuto se escabulló hasta donde Holt los observaba escondida. En cuanto estuvo a su lado perdió el interés en la presa y se puso a husmear y restregarse por sus patas. El gato estaba feliz por encontrarse con otro ser de esos tan amigables. Pero la reacción de la subinspectora ante su presencia fue muy diferente de la que tuvieron los hermanos Smirnok.

—¿Y tú de dónde has salido, sabandija? ¡Apuesto a que también eres alienígena! ¡Quita, bicho! ¡Déjame en paz! ¿Pero qué es lo que quieres?

Holt quería mantener la posición para no perder ripio de lo que decían, ahora que la conversación estaba candente, pero no podía evitar ir retrocediendo conforme Jonás avanzaba en su exploración. Aunque le avergonzara admitirlo, ese animalejo extraño le daba miedo. ¡Mucho más que los delincuentes del tres al cuarto con los que solía vérselas a diario! Al recular, tropezó con una raíz y se cayó de espaldas. Jonás aprovechó el momento para acercársele a la cara y comenzó a chupeteársela con gran entusiasmo.

—¡Puaj! ¡Qué asco! ¡Deja de lamerme de una puñetera vez, que empiezo a perder la paciencia! ¡Te vas a enterar, bicho inmundo!

Mientras tanto, Ripli se había dejado convencer por los niños de que lo mejor sería ir a su casa. Iban ya a marcharse cuando la teniente advirtió que Jonás había desaparecido. —¡Es que no puede parar ni un momento, el condenado! —se lamentó la teniente.

—Se fue por ahí —apuntó Cris, que era la única que lo había visto marcharse.

—¡Pues todos a buscarlo, que no lo podemos dejar aquí solo! Como lo pillen y averigüen que venía con usted, no sabemos qué cosas tan horribles le podrían llegar a hacerle—dijo Berg preocupado.

—¿Quién ha dicho que no podemos dejarlo? —le contestó Ripli, que estaba más que harta de los caprichos del minino y ya le daba igual la suerte que corriera.

Pero los niños no le hicieron caso y fueron tras él. No habían andado ni diez pasos cuando se lo encontraron subido en el torso de Holt y mortificándola a base de lengüetazos. La subinspectora, que era muy aprensiva, aguantaba el chaparrón de lametones inmóvil y con los ojos y la boca bien apretados. ¡A saber qué clase de microbios le podría contagiar aquel ser de otro mundo!

Cris agarró enseguida al animal. En ese momento, Holt, que no sabía muy bien cómo había terminado por librarse del «feroz atacante», abrió los ojos todavía conmocionada.

—¡Subinspectora, usted también…! —exclamó Berg decepcionado—. Pensaba que estaba hecha de otra pasta, pero ya veo que es igual que Tontinus.

—¡Eh, sin insultar! ¡Que aunque no lo parezca, tengo mi dignidad!

La verdad es que, tirada todavía en el suelo, con el vestido arremangado por la cintura, descalza de una garra y con todo el maquillaje corrido por obra y gracia de los chupetazos de Jonás, no lo aparentaba en absoluto. Sin embargo, estuvieron de acuerdo en concederle el beneficio de la duda.

—¡Para que quede bien claro: yo también odio a Tontinus! —les dijo mientras se incorporaba y se estiraba el vestido para colocárselo bien—. ¡Tengo pesadillas con ese reptiliano! ¡Ojalá me pudiera librar de él de una pastelera vez!

—¡Fantástico! —repuso Berg guiñándole con descaro el ojo a la subinspectora bajo la atónita mirada de todos las demás—. En ese caso, estará dispuesta a ayudarnos. ¿No?

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

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