La llama de la soledad. Capítulo 6. Una noche en la ópera

La llama de la soledad. Capítulo 6. Una noche en la ópera

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Estaba casi lista cuando recibí el mensaje de Ricky comunicándome que me esperaba en el portal. Por poco me había vuelto loca buscando qué ponerme aquella cita improvisada. Mientras lo hacía fui consciente de la cantidad de meses que llevaba sin salir con nadie. Lo cierto es que tenía el armario a rebosar, pero me veía con nada. No encontraba un término medio: demasiado de trapillo o hecha una señorona. No te rías, mamá, pero vestida de tiros largos me parecía un poco a ti. Llevaba probado medio armario cuando de casualidad me topé con un vestido negro muy sencillo que hacía un par de temporadas que no me ponía. Lo tenía arrinconado porque las últimas veces que lo había llevado me apretaba demasiado y me marcaba tripa, algo que, como ya sabes, aborrezco con todas mis fuerzas. Pero como en los últimos meses había adelgazado un poco me volvía a quedar ponible.

La tormenta hacía horas que había diluido su furia hasta esfumarse por completo y cuando bajé a la calle me encontré con una noche serena. Yo, en cambio, estaba muy nerviosa y mi dolor de estómago de por la mañana había ido a más. Todavía sentía cierta prevención hacía Ricky, aunque no paraba de decirme a mí misma que no había ninguna razón, que estaba entrando sin remedio en otra de mis paranoias y luchaba contra mí misma para desterrar aquella idea loca que llevaba amargándome el día. Sin embargo, en cuanto salí del portal, una luna espléndida y suavemente irisada me transmitió sosiego. Siempre he sentido una extraña fascinación por el astro nocturno. ¿Recuerdas, mamá? Solías llamarme lunática cuando de pequeña me pasaba las horas muertas mirándola por la ventana.

Ricky se acercó y me saludó con un par besos. Al contacto con él me sentí abrumada, electrizada, paralizada, qué sé yo… Todo aquel cataclismo lo provocó su fragancia que en aquel momento fui incapaz descifrar: tal vez de hombre limpio, recién duchado; de cierta marca de tabaco o perfume que no supe o no quise reconocer; puede que a bosque, a lluvia, a mar… Lo cierto es que me recordó de manera irremisible el olor de papá que debía de llevar una eternidad sepultado en mi cerebro inconsciente, pues nunca había sido capaz de evocarlo por mí misma a pesar de haberlo intentado en ocasiones con todas mis fuerzas. Sin embargo, me dolió que me hubiera sobrevenido de aquella manera, tan de improviso y sobre todo, tan a mi pesar. Me pareció un golpe bajo, aunque no quise culpar a Ricky, que por supuesto no podía tener ni idea de todo lo que había desatado en mi interior. Me separé de él temblando como una hoja y tratando de ocultarle mi turbación.

—¡Madre mía, Sandra! Deja que te mire. Si estás que crujes —dijo tomándome de la mano y haciéndome girar en redondo.

Detesto que me halaguen por mi aspecto no solo porque me perece superficial, sino además porque no creo merecerlo. A mis treinta años sigo siendo una mujer tímida e insegura. De sobra sabes que tengo muchos complejos y nunca me veo lo bastante bien. Cuando alguien me mira, aunque sea con admiración, como ocurrió aquella noche, me siento vulnerable. Entonces aún creía que se trataba de una batalla perdida sin remedio y que seguiría siendo una acomplejada durante el resto de mi vida.  Pero eso va a cambiar a partir de ahora, te lo prometo, mamá. Estoy poniendo en ello todas mis fuerzas.

—Gracias, tú tampoco estás nada mal —contesté ruborizada y tratando de quitarme del foco de atención.

Era cierto, estaba muy guapo y elegante con aquel traje gris marengo. Además, con esa  barba tan casual me recordó Hugh Jackman, uno de mis actores preferidos. Ricky abrió la portezuela trasera y me invitó a pasar al coche. Me resultó extraño que viniera a recogerme con el coche oficial. Pero como yo no estaba al tanto de los usos y costumbres de los políticos de turno, me abstuve de hacer ningún comentario.

Era hora punta, el tráfico estaba imposible y tardamos mucho más de lo previsto en llegar al Palacio de las Artes Reina Sofía, que era donde tendría lugar la representación. Por suerte, enseguida pude comprobar las ventajas de llevar chófer. Nos dejó muy cerca de la entrada principal y se marchó Dios sabe dónde y ya no tuvimos que preocuparnos más por el coche.  Al final me pareció que había sido buena idea, porque llegábamos con el tiempo justo. Demasiado tarde incluso para alguien como yo, que no da demasiada importancia a ese asunto tan sobrevalorado de la puntualidad. No te rías, mamá, que la frase no es mía, en realidad es made in Raquel.

Yo estaba acostumbrada ver La Ciudad de las Artes y las Ciencias como parte del paisaje urbano de la ciudad, pero lo cierto es que hasta aquella noche no había pisado jamás ninguno de sus edificios. A pesar de los andamiajes presentes a causa de las obras de reparación, y que afeaban el conjunto, me subyugó el aspecto imponente de esos edificios tan futurista que hacía ya unos años que habían cambiado para siempre la faz de Valencia. La iluminación los realzaba todavía más y les daba ese aspecto de postal que a día de hoy todo el mundo tiene en la retina. Sin embargo, no pude recrearme, ya que entramos a toda prisa.

La sala principal, que era donde se representaba la ópera, me sorprendió por su aspecto monumental y orgánico. La pared del fondo era como una concha gigante que quisiera engullir el escenario y también a los espectadores. Llegamos tan justos de tiempo que apenas unos segundos después de sentarnos se cerraron las puertas y se apagaron las luces. Nuestras localidades eran de las mejores: lo bastante cerca del escenario y con una excelente línea de visión. Pensé que le habrían costado un dineral, pero Ricky acabó por confesarme que se las habían regalado a cambio de un favor personal —pago en especie lo llamó—. Aquello me decepcionó un poco, ya que había pensado de antemano que habría buscado las entradas para mí y no al revés, pero estaba demasiado entusiasmada por estar allí como para darle mayor importancia a aquel detalle.

Las cerca de tres horas que duraba la obra con sus correspondiente descanso se me pasaron volando. La soprano cumplió con creces. La réplica en el papel de Pinkerton se la daba el español Domingo Valls, que también estuvo sensacional. Durante la última escena Korsakova hizo todo lo que sabía y el público la obsequió con una gran ovación. Yo no pude evitar que se me saltaran las lágrimas en aquel momento, sobre todo al acordarme  de papá. Pensé en lo mucho que habría disfrutado de haber tenido la oportunidad de asistir, aunque solo hubiera sido una vez, a una representación como aquella. El pobre se limitaba a escuchar sus discos de ópera en aquella antigualla que guardábamos como una reliquia y que verdaderamente lo era. Sabes que nunca consintió en comprar un reproductor de cedés de esos modernos, que por entonces ya los había a un precio asequible. Y mucho menos se permitió el lujo de acudir a un teatro. Lástima, quizás si hubiera sabido lo que le esperaba a la vuelta de la esquina no hubiera sido tan austero y se hubiese concedido algún capricho que otro.

Me pilló de sorpresa que luego me llevase a cenar, ya que no me había  dicho nada. Me di cuenta de que pretendía impresionarme y aquello me halagó. Como te he dicho, llevaba mucho tiempo sin salir con un hombre. Eligió un restaurante llamado La Mascarada, en pleno centro, muy cerca del Mercado de Colón. Yo, aunque conocía bien la zona, nunca había estado allí. El nombre me pareció de lo más apropiado, ya que la decoración era absolutamente teatral y barroca con pesados cortinajes cubriendo las ventanas y un millón de máscaras venecianas adornando las paredes. Me sentí agobiada en aquel ambiente tan recargado y de repente me dio por pensar en lo extraño que estaba resultando todo aquella noche.

Antes de sentarme pasé por el baño y pude comprobar que mi maquillaje no había sufrido grandes desperfectos a pesar de alguna que otra lagrimita derramada durante la función. Aun así me lo retoqué a toda prisa, respiré hondo y salí de nuevo al comedor donde Ricky ya me aguardaba sentado a la mesa tomándose una caña. De fondo sonaba My way en la voz de Sinatra. Pensé que un sitio como aquel le pegaría mucho mejor como música ambiental algún de Bach o de Vivaldi. Pero quién soy yo para meterme en los gustos musicales de nadie.

En cuanto llegué, Ricky se levantó y me retiró la silla para que pudiera sentarme. Estaba desconcertada ante tanta galantería. Carlos nunca se había molestado en dispensarme aquel tipo de atenciones. Es un buen tío, siempre lo he sabido, pero nunca había sido detallista, al menos conmigo. Y para ser sincera tampoco lo había sido ningún otro.

—¿Te pido algo de aperitivo? —dijo Ricky, otra vez tratando de adelantarse a mis deseos.

Miré de reojo su cerveza. Sin embargo, terminé decantándome por un Martini Bianco, que como sabes es uno de mis cócteles favoritos. Él se apresuró a pedir al camarero llamándole por su nombre, Mike. Mike trajo el Martini junto con la carta. Como aquel sitio era nuevo para mí decidí dejarme llevar por Ricky que parecía ser cliente habitual. Sin pensarlo demasiado pidió un menú degustación para dos.

—¡Te va a encantar! ¡Ya lo verás! —¡Pobre! Si hubiera sabido lo que me dolía el estómago y conocido mi desinterés por la comida, es probable que no se hubiera tomado tantas molestias en nuestra primera cita.

—Estoy  convencido de que a la señora le gustará mucho —ratificó Mike con un extraño acento que no acerté a identificar del todo. Tenía algo de parecido al francés sin terminar de serlo—. El menú degustación incluye las mejores especialidades de la casa. Es una apuesta segura —insistió con la mejor intención.

En aquel momento, Sinatra acometía los primeros acordes de Strangers In The Night. Traduje la canción mentalmente: «unos desconocidos en la noche, intercambiando miradas, preguntándonos en la noche, qué posibilidades había…».

Mi acompañante no escatimó en el vino y pidió un Chardonnay de las bodegas de Enrique Mendoza. No es que sea una gran entendida en la materia, pero como recordarás, es un conocimiento pasivo que se me había pegado de mi etapa con Carlos, que es el verdadero experto. No en balde, sus padres tenían unas bodegas en el pueblo. Nada más marcharse el sumiller, me sentí obligada a proponer un brindis para romper el hielo.

—¡Chinchín! —dije alzando mi copa hacia la de él—. Por nosotros —dije. Reconozco que es muy poco original, pero también muy socorrido.

—De verdad, Sandra, estoy muy a gusto contigo. Me gustaría volver a salir contigo otro día.

Mike nos trajo un entrante con foie y manzana. Yo, que no soy especialmente amante esa delicatessen, disimule como mejor pude el asco que me producía e hice como que comía un poco. Ricky en cambio se lo zampó en dos bocados. Al terminar dijo:

—Entonces, ¿eres escritora de novela negra y además te gusta la ópera? ¡Qué curiosa combinación!

Enseguida llegó otro plato. Me resultó más atrayente que el anterior, de modo que pospuse la respuesta para saborearlo. Mientras, Sinatra continuaba, machacón, a lo suyo.

—Pues sí, ya ves… ¿Tan raro te resulta? —repuse al fin.

—Compréndelo. Por separado ya son dos aficiones llamativas. Su coincidencia en la misma mujer la hacen fascinante. A esa mujer, quiero decir. —Noté como el color se me subía de pronto a las mejillas.

—La afición a la ópera la heredé de mi padre. La única música que sonaba en casa. Precisamente Madama Butterfly era una de sus favoritas junto a La Bohème. Era un pucciniano de pro…

—¿Has dicho: «era»?

—Así es. Murió cuando era una cría. Lo otro seguramente también es legado suyo: era inspector de policía. ¡Y de los buenos! Así que la afición por resolver crímenes debo de llevarla en los genes. ¡No te imaginas cómo lo echo de menos…! —Otra vez se me volvían a escapar unas lágrimas.

—Lo siento mucho, Sandra. De verdad. Si llego a saber que esto te iba a hacer llorar no saco el tema. ¡Joder! —dijo apurado mientras me tendía un clínex.

—No, si no pasa nada, Ricky. La culpa no es tuya. Ya se me ha pasado —dije queriendo cortar de raíz con una situación que me avergonzaba.

Bien sabes, mamá, que nunca me ha gustado llorar en público y la llegada del tercer plato me liberó de tener que seguir dando explicaciones embarazosas. En aquel momento quise cambiar la tendencia de la conversación, que únicamente estaba versando sobre mí.

—¿Y cómo va la política, señor concejal —ironicé en cuanto vi la ocasión.

—Mucho menos interesante de lo que pudiera parecer a primera vista —respondió sin entusiasmo—. Los plenos del Ayuntamiento son bastante aburridos. Un auténtico coñazo, para entendernos.

Quiso esbozar una sonrisa pero en su lugar me enseñó un colmillo en una mueca extraña que por un momento me desconcertó. Al cabo de un tiempo me acostumbré de tal modo a aquel rictus suyo tan peculiar que llegó a pasarme completamente desapercibido. Incluso creía que le acrecentaba su atractivo de hombre curtido.

—¿Y cómo es que te metiste en la política si no te gusta? —me animé a preguntar de nuevo. Su desmañada respuesta había despertado mi curiosidad.

—No sabría decirte. La casualidad quizás… —seguía mostrándose lacónico—. Alguien me hizo una propuesta en el momento oportuno. Fue al poco de divorciarme. Tampoco hay mucha historia detrás, no pienses…  —capté el mensaje y dejé de insistir sobre el tema.

Estábamos concluyendo la cena cuando sonó intempestivo mi móvil. Me disculpé por no haberlo puesto en silencio y miré de soslayo quién me llamaba a aquellas horas. ¡Menudo fastidio! ¡Por el amor de Dios! Si era Carlos, mi ex. ¿Podría haber sido más inoportuno? ¡Menudo momento que había elegido! ¿Qué cosa tan importante tendría que decirme para no poder esperar a llamarme por la mañana? Traté de disimular mi contrariedad lo mejor que pude. Ese era el tipo de situaciones odiosas en las que Carlos era un auténtico especialista. La verdad, a veces me desquiciaba. Rechacé la llamada y apagué el teléfono. No quería otra interrupción y mucho menos de él.

—Solo era una amiga. Nada importante. Ya hablaré con ella en otro momento, no te preocupes —me molesté en mentirle a Ricky.

En aquel mismo momento Sinatra le pasaba el testigo a un melifluo intérprete que también cantaba en inglés y al que no supe reconocer. Tampoco es que me quitara el sueño el hecho de no poder identificarlo, pero como aficionada a la música me fastidió un poco. No sé si por efecto de aquella canción soporífera a más no poder o porque simplemente había llegado el momento, Ricky y yo convinimos de manera tácita que era la hora de retirarnos. Le envió un mensaje al chófer y en menos de dos minutos ya lo teníamos en la puerta del restaurante. En el coche no cruzamos ni palabra. Me encontraba lo bastante cansada cómo para que no me incomodara en absoluto aquel silencio sobrevenido de manera repentina. Antes de despedirse me dijo que lo había pasado muy bien y quedó en que me llamaría pronto. A mí me pareció perfecto. Ese hombre había conseguido que me interesa por él, que ya era mucho más de lo que hacía la mayoría.

Al entrar en casa me sorprendió una arcada repentina que me llevó directa al váter, fastidiando así mi buena racha de la semana. A continuación concluí con mi ritual de aseo nocturno y me dejé caer exhausta sobre la cama. Aunque antes de dormirme aún saqué fuerzas para mandarle un mensaje a Carlos: «eres un pesado. Mañana te llamo». Luego le puse una carita de demonio. De verdad que me había fastidiado su llamada.

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La llama de la soledad. Capítulo 5. Una cita extraña

La llama de la soledad. Capítulo 5. Una cita extraña

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Como te iba diciendo, aquel martes otoñal, después de hablar contigo quise seguir con lo que estaba haciendo, pero la conversación me había puesto depre o quizás me carcomían los remordimientos por la forma en que te había hablado. Intentaba concentrarme, pero la intranquilidad que rebullía en mi interior no me dejaba. En aquel momento la tormenta había alcanzado su máximo apogeo y tampoco me ayudaba en nada, recuerda que siempre les tuve miedo. El resplandor de los relámpagos se colaba por el ventanal del despacho y los truenos retumbaban sin parar entre los acordes de Una furtiva lagrima. Sabes que necesito la música: me ayuda a escribir. Es una manía que me ha acompañado desde pequeña, desde la época en que papá escuchaba sus óperas en el viejo tocadiscos del salón. El silencio tiene algo que me asusta sin remedio, hace que me sienta desprotegida y vulnerable ante todos los peligros del mundo.

En medio de la tormenta hice una pausa para prepararme otro café, porque el que tenía sobre la mesa, junto al esqueleto marchito de aquella planta que me habías regalado por mi cumpleaños —exacta a la de Raquel—  y de la cual no me animaba a desprenderme por pura pereza, llevaba frío un buen rato. De camino a la cocina me asomé al balcón. Fuera, la lluvia seguía cayendo, aunque parecía que el aguacero comenzaba a aflojar por fin. Unos rayos de sol incipientes surgían entre los nubarrones que parecían teñidos de hollín, dándole al cielo un aspecto de dibujo al carboncillo. Me pareció bello, pero de una belleza ajada y deslucida, tal vez llena de nostalgia por el recién acabado verano. La tenue luz destellaba en las gotas de lluvia adheridas a los cristales. No me cabía duda: la mañana estaba apagada y triste. Como yo.

Regresé al escritorio con mi café extralargo y sin azúcar y cambié la música. La ópera era demasiado brillante, incluso dentro de la tragedia que acostumbra a acompañarla, y yo necesitaba algo más opaco, acorde con mi estado de ánimo. Los blues me metieron en faena y por fin pude escribir un capítulo entero casi de tirón. Estaba terminando de perfilar la escena del crimen cuando sonó la sintonía de mi móvil —sí esa que a ti te gusta tanto, Tubular Bells, o las campanas, como tú la llamas—. Era un número desconocido. Aun así contesté.

—¿Diga?

—Hola… ¿Sandra…? ¿Sandra Rojas?

—Sí…

—Soy yo, Ricky. ¿Te acuerdas de mí?

De momento me quedé algo desconcertada y vacilé antes de responder. De hecho, no creía conocer a nadie con ese nombre.

—¡Humh…! ¿Ricky? ¿Qué Ricky? ¿Podrías especificar un poco más?

—¡Sí, mujer! ¿No me recuerdas? Nos vimos hace como dos semanas, en la inauguración del Nuevo Ateneo. Soy aquel concejal tan resultón que iba con Amalia Lozano.

No me hizo gracia la broma, pero decidí no juzgarlo por un detalle tan insignificante. En cuanto a Amalia, como sabes era mi agente y también una de mis mejores amigas a pesar de ser algo mayor que yo. A ella era a la única a la que por entonces se lo contaba todo, porque conseguía entenderme y aguantar todas mis neuras sin hacerme reproches. Además le encantaba aquel papel de hermana mayor yo que le había adjudicado desde el momento en nos conocimos. La mención de Amalia me situó enseguida y me hizo recordar aquella noche a la que se refería. Era cierto que me había presentado a Ricky, pero por su nombre completo: Ricardo Ballesteros. De ahí mi despiste inicial.

Fue ya de madrugada. El evento daba sus últimos estertores y yo estaba harta de lucir mi mejor falsa sonrisa y seguir con aparente interés conversaciones de lo más intrascendentes, que me importaban lo que se dice nada. Qué quieres que te diga, a esos sitios no se va a divertirse sino a relacionarse con la gente que puede abrirte puertas. Además, ya me había entrado el bajón y daba por amortizada la velada. Permanecía sentada en una butaca solitaria situada estratégicamente en un extremo de la sala, muy cerca de la mesa donde se había servido el bufet. Mientras tanto, hacía acopio de las últimas fuerzas para comenzar con las consabidas despedidas. Los restos de los canapés y las copas a medio terminar componían una triste estampa de lo que había dado de sí la fiesta. Al mismo tiempo, una legión de camareros se afanaba por poner un poco de orden en aquel caos. Los maquillajes de las mujeres empezaban a correrse por el paso de las horas y dejaban traslucir los rostros cansados de sus propietarias. Quizás, al mío le habría sucedido igual, pero poco me importaba. Tampoco los hombres habían quedado indemnes por el inclemente paso de las horas: por aquí, alguno con el nudo de la corbata a medio deshacer; por allá, alguno más con la camisa descompuesta o con la incipiente sombra de la barba asomando después de tantas horas del rasurado. En medio de aquella resaca festiva vi acercarse a dos figuras impolutas, como recién salidas de una revista de moda. Eran Amalia y Ricky.  A él le eché a ojo de buen cubero unos cuarenta y cinco años, aunque luego supe que tenía alguno más. Pertenecía a esa clase de tíos que parecen quedar congelados en el tiempo llegados a cierta edad. Bajo su impecable traje hecho a medida se adivinaba un cuerpo cincelado a golpe de gimnasio. «Atractivo si es que te gustan mayores», pensé de inmediato. La verdad es que no me había vuelto a acordar de él hasta aquella llamada.

—¡Ah, sí… claro…! ¡Ya me acuerdo! —respondí tras el ejercicio de memoria.

—Fui yo quien le pedí a Amalia que nos presentara —insistió él con vehemencia.

Curiosamente, su voz, a través del teléfono me resultó seductora. Mucho más de lo que la recordaba al natural. Achaqué mi falta de interés a lo tardío del encuentro. Como buena escritora suelo fijarme mucho en los detalles, pero en aquella ocasión, según parece, no lo hice.

—Soy un gran admirador tuyo y tenía muchas ganas de conocerte —me soltó a bocajarro.

Me puse un poco recelosa por aquel halago tan facilón, pero lo dejé continuar.

—¿Qué haces?

—Ya sabes, intento escribir…. ¡Soy novelista! ¿O es que no te acuerdas? —respondí algo borde. Pero esa vez fue él quien no pareció tenérmelo en cuenta.

—Mujer, no me refería a ahora mismo, sino a esta noche. He conseguido dos entradas para Madama Butterfly y enseguida he pensado en ti. Me preguntaba si querrías abandonar la literatura por un rato y acompañarme a ver la función. Canta Karina Korsakova. Ya sé que nadie como la Callas para el papel, pero creo que sabrá dar la talla. Es a las ocho. ¿Vendrás?

Para mi sorpresa hablaba como un verdadero entendido en el cante lírico y son difíciles de encontrar, lo sé por propia experiencia. Casi siempre me tratan de friki al confesar esa afición que me había inculcado papá. Por eso me preguntaba qué habría de verdad y qué de postureo en las palabras de aquel concejal buenorro y entrado en años que se había tomado la libertad de irrumpir sin previo aviso en mi santuario. Pese a mis reservas, aquel plan tan poco convencional tenía los ingredientes necesarios para despertar mi interés. Terminé aceptando la proposición, aunque no paré de darle vueltas al asunto durante el resto del día. Seguía teniendo alguna duda. En algún momento estuve a punto de devolverle la llamada Ricky y cancelar aquella cita tan extraña. Pero la posibilidad de ver Madama Butterfly en vivo, algo que nunca había tenido la oportunidad de hacer, pesó más en la balanza. Además, ¿qué de malo podía haber en ir a ver una función de ópera?

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La llama de la soledad. Capítulo 4. El parte

La llama de la soledad. Capítulo 4. El parte

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No tardan mucho en hacernos entrar en un despacho impersonal iluminado con ese tipo de tubos fluorescentes que hacen que todo el mundo se vea pálido. Nos espera un médico ataviado con un pijama de un malva desvaído, que por lo visto, ahora ha desbancado de la UCI al blanco de toda la vida. Hasta eso va por modas. Es jovencísimo, casi imberbe; por su aspecto apenas podría creer que hubiera acabado la carrera, cuando menos que esté a tu cargo, mamá. Es educado. En realidad, más frío que educado. En todo caso, con una cordialidad estudiada y aséptica, como corresponde a un lugar como este. Empieza diciendo que estás grave, pero estable. Ya ves: ¡Pim, pam! Una de cal y otra de arena. Raquel y yo preferimos ser optimistas y aferramos a lo de «estable». Estamos agarradas de la mano como cuando éramos pequeñas y lo escuchamos mientras continúa hablando acerca de tu estado.

—Como ya sabéis, vuestra madre ha sufrido un infarto cerebral, lo que se conoce como un ictus o un AVC. En su caso se trata de una trombosis. Si hubiera sido un derrame no habría más remedio que esperara que el hematoma se reabsorbiera por sí mismo, pero en este caso hemos podido aplicar un fármaco trombolítico de última generación a fin de restablecer cuanto antes la circulación de la zona afectada.

—Entonces, ¿el pronóstico es bueno? —se aventura a preguntar Raquel con los ojos todavía enrojecidos, mientras le clavo las uñas en la mano sin darme cuenta de que casi le hago sangre.

—Como os acabo de decir en otras palabras, los daños están limitados a una parte no vital y es previsible una recuperación en los próximos días o semanas. Depende de ella. Vuestra madre parece fuerte y somos moderadamente optimistas, aunque casi con toda seguridad necesitará sesiones de rehabilitación para recuperar las funciones dañadas. Por mínimo que sea el infarto, debo advertiros de que siempre queda alguna secuela.

Siento como si el médico hubiera masticado lentamente la palabra «secuela» hasta escupírnosla a la cara.

—¿Secuela? ¿De qué tipo? —esta vez soy yo con un melindre de voz la que pregunto al doctor.

—Bueno, después de la última resonancia que le hemos practicado y por el área afectada es posible que tenga dificultades con la movilidad, incluso con el habla. No podemos precisar más. Habrá que ir viendo la evolución —es todo lo que nos dice dejándonos casi con la misma incertidumbre que antes de hablar con él.

Ya en casa, por la noche, esa frase: «grave, pero estable» me atormenta, aunque no me hace perder la esperanza de que puedas recuperarte y escuchar todo lo que todavía me queda por contarte. No te puedes ir todavía: no solo por mí, sino también por Raquel y por tus nietos. ¡Mamá, sé fuerte como siempre lo has sido!

 

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La llama de la soledad. Capítulo 3. Cuando todo empezó

La llama de la soledad. Capítulo 3. Cuando todo empezó

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El día en que me llamó Ricky por primera vez era martes, había refrescado y llovía a mares.  Yo llevaba escribiendo desde buena mañana. En un día como aquel, cualquier excusa me parecía buena para quedarme en casa. Como sabes, acababa de empezar una nueva novela y el trabajo fue, una vez más, la excusa que te di para aplazar aquella comida pendiente con vosotras y que tanta ilusión os hacía. Te llamé por teléfono para decirte que no pensaba ir de ninguna de las maneras. Ya sabía de antemano que mi llamada te iba a oler a cuerno quemado.

—¿Pero, por qué no me has avisado antes? —me gritaste incluso más enfadada de lo que yo me había imaginado—. Y encima que Raquel ha cancelado una reunión superimportante en el banco para poder venir. Ahora, ¿qué le digo?

—Dile la verdad: que no puedo. 

—¡Dirás mejor que no quieres! —Te oía resoplar a través del auricular—. Siempre nos haces la misma jugarreta: quedas con nosotras y luego nos das plantón. Te lo advierto: tu hermana empieza a estar muy cansada de estas rarezas tuyas. Y si te digo la verdad, yo también.

—No es para tanto, mamá. Podemos comer mañana, el domingo o la semana que viene. ¿Qué más te da? Total, no te vas a morir mañana… —cómo me duelen ahora aquellas palabras.

—¿Sabes qué te digo? —respondiste pasando olímpicamente de la burrada que te acababa de soltar—: ¡Que hagas lo que te dé la gana! Nosotras también tenemos una vida y no podemos estar siempre pendientes de ti.

Podía imaginarte negando con la cabeza y a punto de llorar de pura impotencia. Pero te conozco bien y sabía que el disgusto no te duraría demasiado. Al final, incluso a tu pesar, siempre termina saliéndote la vena maternal.

—No te pongas así. ¿Sabes? Es que me he levantado otra vez con el estómago revuelto y no estoy de humor. Mejor lo dejamos para otro día.

Aunque te lo dije tan solo para que me dejaras tranquila, era verdad que no me acaba de encontrar bien, pero tampoco le quise dar demasiada importancia. Estaba harta de que siempre me tuviera que doler el estómago.

—Si es que trabajar tanto no te sienta bien, Sandra… Date un respiro y vente a casa, que ya te prepararé a ti algo más ligerito. Si no tardas ni veinte minutos en llegar, mujer…

—Hoy no puedo, que te lo acabo de decir —protesté con vehemencia—. Además, con la que está cayendo tampoco me apetece. Pero te prometo que el domingo iré.  

—Está bien, Sandra. ¡Si es que contigo no hay manera, hija…! Al final acabas siempre haciendo lo que quieres.

Conseguí que te contentaras con aquella promesa. Nos despedimos y colgué. No me gustaba ir a comer a tu casa. Lo cierto era que no me gustaba comer y punto. Aún hoy sigue sin gustarme, aunque me esfuerzo cada día por superarlo. Pero tú te mostrabas incapaz de comprenderme en ese sentido y me lo afeabas cada vez que comíamos juntas. Llegó un momento en que ya no podía soportar aquella fiscalización constante de mi estado de salud y de mi peso. Era algo que me exasperaba. Mi delgadez era tu cruz o eso me decías. Y por el contrario, yo pensaba que tu insistencia monolítica sobre el tema, sin duda, debía de ser la mía. No veía a qué venía estar dándole siempre vueltas a lo mismo. La cosa no era para tanto o al menos eso creía yo. No entendía que lo que pasaba es que tú veías más lejos que yo, que te preocupabas porque me querías, porque es algo natural que las madres hacen por sus hijos. Muchas veces, resentida por lo que yo creía un rechazo, me solía preguntar por qué nunca regañabas a Raquel. Pensaba que para ella solo tenías elogios y buenas palabras. Y estaba convencida de que no era tanto por mérito suyo como por favoritismo por tu parte y aquella sensación me reconcomía. Ya ves, al final ha resultado que tu hija, esta que te habla, es una envidiosa incorregible.

En realidad siempre había envidiado a Raquel por esa capacidad que tiene de echárselo todo a  la espalda y continuar con su vida sin que nada sea capaz de perturbar su felicidad. Al fin y al cabo hemos vivido experiencias similares y sin embargo, ahí está ella, más fresca que una rosa: madura, centrada y cada día más guapa, a pesar de esos kilos de más que se ha echado en los embarazos. Yo entonces no entendía cómo no había pensado en ponerse a dieta un tiempo a ver si bajaba de peso, porque para mí mantenerme lo más delgada posible era algo muy importante, ya comprendo que demasiado en realidad. Pero no me hagas caso, que está estupenda y tan serena como siempre. Al contrario que yo, que todo me produce ansiedad y que soy un puro nervio. Pero eso también será historia. No quiero que vuelva nunca más la Sandra malhumorada e insatisfecha que habéis tenido que soportar durante tanto tiempo. Os demostraré que solo era una fachada para ocultar lo mucho que sufría, porque siempre se me ha dado bien el papel dura.

 

Raquel acaba de llegar. Veo que tiene los ojos llorosos y me imagino que es por ti, por lo que te ha sucedido, así que paso de preguntarle nada. Nos fundimos en abrazo cálido, intenso, como creo que hacía años que no nos dábamos. Es mucho más íntimo que los dos besos rutinarios que solemos nos darnos en la mejilla. Me pregunta en voz baja, porque hay más gente en la sala de espera, si hay novedades y le digo que no, que los médicos todavía no han llamado para informar a los familiares y que seguimos aguardando para poder saber algo de nuestros seres queridos. La sala está atestada, pero hasta la llegada de mi hermana me he sentido sola. Ahora ya no. No «creo que tarden ya», añado sin dejarle entrever mi inquietud.

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La llama de la soledad. Capítulo 2. Confidencias

La llama de la soledad. Capítulo 2. Confidencias

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Nunca hasta ahora te lo había reconocido a pesar de que tú lo sospechabas, pero todo volvió a empeorar cuando rompí con Carlos. Me convertí otra vez en esa persona triste y solitaria. Volví a perder la alegría de vivir, aunque en realidad pienso que nunca la tuve: me encerré en mí misma y me centré por completo en la literatura, pensando en que como escritora podría labrarme un futuro. Me sentía muy orgullosa de mi misma «la intelectual de la familia», me solíais llamar Raquel y tú medio en serio, medio en broma. Pero no era feliz y creo que después de todo, vosotras dos siempre lo habéis sabido. A ver, que no era una ñoña, ni entonces ni ahora. Sé de sobra que la felicidad total y absoluta no existe. Todos tenemos nuestros altos y nuestros bajos, pero lo que me pasaba era algo mucho más profundo que la simple molestia de tener que hacer frente a los contratiempos del día a día. Me sentía vacía por dentro. Es algo que me ha ocurrido durante tanto tiempo que no sabría precisar. Y cuanto más me aumentaba la sensación de vacío interior, cuanto más vértigo me daba, más perseveraba en esa actitud autosuficiente que nos ha hecho mucho daño a las tres. Ya sabes pues cuál fue el momento preciso en el que retomé el camino que me condujo a esta espiral descendente que tanto me está costando remontar.

Yo seguía haciendo mi vida como si nada ocurriera. Salía con mis amigos y en apariencia me divertía con ellos, hacía gala de mis dotes de buena conversadora, se reían con mis ocurrencias. Los engañaba a ellos y me engañaba a mí misma: de verdad que no podía sentirme más desgraciada. Si un amigo o amiga pasaba por un mal momento me buscaba para llorar sobre mi hombro, ya que siempre tuve un don para saber cuándo y cómo consolar a los demás o simplemente escuchar de manera discreta y con una cremallera en los labios si era lo que la ocasión requería. Sin embargo, yo no nunca he sabido pedir ayuda, jamás he buscado un hombro en el que consolarme. Hasta ahora siempre había pensado que yo sola me bastaba me bastaba para lo bueno y lo malo. De manera especial para lo malo. Éramos yo y mis problemas; yo y mis desgracias; yo y mis neuras. Yo, yo y siempre yo.

A veces, al quedarme sola por las noches, en ese ratito en que el sueño se resistía a su obligación cotidiana de visitarme, no me sentía a gusto conmigo misma y comenzaba a hacerme preguntas existenciales a la mayoría de las cuales aún no les he encontrado una respuesta que me satisfaga. Entonces creía que no había soledad más grande que una noche de insomnio, pero estaba equivocada, porque la noche termina por pasar y al final llega un nuevo día cargado de esperanza. Sin embargo, la vida es larga y cuando te empeñas en poner una barrera entre tú y los demás, la soledad te envuelve con un abrazo infinito. ¿Crees que ya es tarde para poner también remedio a eso?

Pero estoy divagando, volvamos al tema que nos ocupa: la historia de mi vida, en la que tú y Raquel también sois elementos fundamentales.

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La llama de la soledad. Capítulo 1. Una conversación pendiente

La llama de la soledad. Capítulo 1. Una conversación pendiente

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Valencia, octubre de 2018

 

Cuantas veces quisiste hablar conmigo, mamá, y yo no lo admití. Prefería mantenerme en aquel silencio hermético y autoimpuesto que tanto daño te hacía. En realidad, nos lo hacía a las dos. Y ahora que te veo ante mí indefensa, inerte, cómo me arrepiento… Sé que tu vida ha sido dura y que yo he contribuido a hacerte más infeliz si cabe. No fui una niña fácil, lo sé. No te perdoné que papá nos dejara tan pronto, como si la culpa en alguna medida hubiese sido tuya; como si tu vida no se hubiera truncado también aquel día en que falleció de un ataque al corazón, con solo cuarenta y cinco años. Era tu marido, nuestro padre y qué solas nos dejó a las tres. Y yo me sentí tan triste de repente. Cómo decirlo: tan… tan huérfana. Yo, que había sido la niñita de papá, de la misma manera que Raquel era, y es, tu ojito derecho. ¡No, no me lo niegues! Sé que fue así desde el primer momento, desde el día en que nacimos. Porque Raquel y yo seremos gemelas idénticas, pero en el fondo siempre hemos sido muy diferentes. Y mientras vivió papá, nuestra familia estuvo equilibrada.  Pero al morir él, todo se descompensó y yo creí llevarme la peor parte. Sentí que me quedaba sola. Y mientras que Raquel y tú compartíais la pena, yo me lamentaba en solitario. Cuando ella suspiraba al recordar a papá, conseguías consolarla a base de carantoñas. Pero yo no podía aceptar tus caricias y me enrabietaba porque tus besos no me lo podían devolver. Pensaba que a vosotras no os podía doler su ausencia tanto como a mí. Al fin y al cabo os teníais la una a la otra, mientras que yo… yo ya no tenía en quien apoyarme.

¿Te das cuenta, mamá, de que todo empezó el día en que murió papá? Fue entonces cuando se me cerró el estómago por primera vez. Simplemente dejé de comer. Cuando me insistías, se me hacía un nudo que me impedía tragar y que me dolía. Me dolía como si toda la congoja que sentía se me quedara atascada en la garganta. Sí, aquel fue el primer tropiezo, pero he tenido tantos después…

Recuerdo que como no paraba de adelgazar me llevaste al médico, a don Matías. Todavía puedo ver su rosto ancho y moreno explicándote no sé qué de los nervios. Yo entonces aún no podía entender la relación que había entre los nervios y las ganas de comer y lo miraba con cara de incredulidad. Si me concentro, aún noto sus manos enormes, pero suaves y delicadas palpándome la barriga, que viéndolo tan grandote, nadie hubiera adivinado que era pediatra.

—Es que, además, encima la niña no me duerme nada, se pasa la noche en vela danzando por toda la casa —te quejaste con un tono de impotencia que hoy, al verte tendida en esta blanca cama de hospital y luchando por recuperar tu vida, por recuperarte tal como eras hace apenas unas horas, hace que se me salten las lágrimas.

¿Por qué no hemos sido capaces de cuidar de ti, mamá, como tú siempre lo has hecho de nosotras? ¿Por qué no te quejabas? ¿Por qué ponías tan buena cara cuando te veíamos?  Siempre tan bien maquillada, siempre tan alegre y dicharachera, como si nada te pasara. ¿Por qué…? Supongo que un ictus no es algo que anuncie su visita con antelación. Da de repente y punto. No, es verdad. No tengo ningún derecho a reprochártelo. Si pudieras, saltarías ahora mismo de la cama y me lo dirías a la cara sonriendo con picardía, con ese gesto tan tuyo: «Nena, nenita, cómo querías que te dijera nada, si yo misma no tenía ni idea de lo que me iba a pasar. ¿Acaso crees que quiero estar aquí?». ¡Ojalá me lo pudieras decir!

—Tranquila, doña Blanca. Ya se le pasará. Dese cuenta de que hace todavía muy poco tiempo de… ya sabe —dijo entonces don Matías, sin atreverse a nombrar directamente a papá—. Tenga confianza, mujer, que no hay mal que cien años dure —volvió a insistir, tirando de refranero.

Tras un análisis de sangre, que demostró que no me pasaba nada, todo se resolvió con unas vitaminas y un jarabe para abrirme el apetito.

—Solo son los nervios. Ya verá como en poco tiempo mejora —concluyó don Matías muy convincente.

El tiempo dio la razón al buen doctor acerca de que no tenía ninguna enfermedad —al menos física— y poco a poco fui recuperando el peso perdido, aunque nunca alcancé a Raquel. Pero tú y yo sabemos que ya no volví a ser la misma. La muerte de papá me dejó una cicatriz cerrada en falso que todavía me duele. Me cambió el carácter, me convirtió en una niña solitaria y atormentada. Desde entonces, en pocas ocasiones he podido ver el lado bueno de la vida.

Luego de aquello y durante mucho tiempo pensé que todo lo malo venía de fuera, de lo que la vida me hacía. De los palos que me daba, siempre quitándome a mi gente, a los que me importaban. Porque papá tan solo fue el primero. Luego me quitó también a Elena en aquel estúpido accidente de metro que nadie sabe a día de hoy por qué tuvo que pasar, pero pasó. Y un tiempo después, aunque de otra manera, también me quitó a Carlos: quizás el único hombre al que he amado de verdad y al que puede que ame todavía. Quién sabe, después de todo lo que ha pasado entre nosotros. Y ahora la vida me quiere dejar también sin ti. Precisamente ahora, que sé lo mucho que te necesito. Mamá querida, no le abras la puerta a la muerte. Niégate a ella, que te quiero aquí conmigo, que tengo que hablarte de tantas cosas que teníamos pendientes. Porque si bien lo piensas, tú y yo nunca tuvimos una conversación como es debido y sé que fui yo quien la hizo imposible. Pero se acabó. De ahora en adelante serás mi primera confidente.

Ya sé que hice de la queja permanente mi modo de vida, sin concebir que también yo, con mi manera de actuar, contribuía a mi desdicha. Tampoco era consciente de que mi infelicidad era contagiosa, capaz de trasmitirse a los demás como se si fuera una mala gripe. Mi cortedad de miras hacía que me envolviese en una coraza de acero para que aquel mal imaginario proveniente del exterior no pudiera atravesarla, pero lo que ocurría es que me aislaba de todo lo bueno que la vida me ofrecía. La coraza, en lugar de protegerme como yo pensaba, me mantenía prisionera, rehén de mi misma, imposibilitando mi sanación. Porque si don Matías acertó de pleno en que a mi cuerpo no le pasaba nada, ignoró que estaba devastada por una enfermedad del alma. Sí, estaba enferma de egoísmo, de melancolía y de una rabia que volcaba principalmente contra mí misma. Mi amargura era como la heroína para un adicto: cuanto más me recreaba en ella más la necesitaba. He tardado mucho en reconocer que necesitaba una cura de abstinencia, que debía pedir ayuda para pasar el síndrome. Pero por fin ahora lo sé, me he dado cuenta, mamá y te lo quiero decir, aunque he tardado demasiado y ahora ya no sé si me podrás oír. ¡Tienes que recuperarte! Me has aguantado tantas impertinencias, tantas salidas de tono. Has sufrido tanto por mí, y ahora que quería darte una alegría, no me puedes escuchar. No importa, te lo diré igualmente, lo escribiré si es necesario para que no te pierdas una palabra de todo lo que te quiero decir.

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