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No tenía tiempo para lidiar con la etapa rebelde de su hijo adolescente, reconocía que había sido un mal padre ya que su profesión de piloto comercial le privaba de compartir en familia y fue la causa principal de su divorcio, sin obviar la atracción que sentían por él las azafatas. En su deseo de que se continuara con la tradición familiar de pilotos de guerra y comerciales, creyó buena la idea sugerida por un colega de llevarlo a un psicólogo con muy buenos resultados en terapia de hipnosis. A la semana de la iniciativa, recibe un whatsapp de su ex esposa notificándole que su hijo había saltado de la azotea del edificio. Dudó de la veracidad de la nota al leer que había planeado unos minutos antes de dejar la vida en el aterrizaje en el pavimento.