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Amé como muchos y lloré como tantos
las espinas clavadas en la carne.
Recé a los vientos y a las tempestades
una calma pasajera,
un buen puerto con un piano,
un oasis perfecto…

Pero como en cualquier desierto
la arena quema y desgarra,
la sal escuece las heridas,
y el alma se curte en cicatrices.

No lamento mi destino
de gato sobre el tejado,
no huyo bajo la lluvia
las canciones de lamentos.

Que soy ya viejo
poeta desdentado,
gris por no decir negro,
de raídas telas viejas
y botas desvencijadas
por piedras repetidas.

El camino torcido
que elegí caminando,
no fue tan malo
ahora ya que desde el final lo miro.
Con esta mirada ya aprendida
del que miró siempre sin querer ver.

Y ¿Qué es la vida de un pasajero,
en este tren de lo infinito?
¿Acaso importa tanto un destino?
De reyes y reinas con su orgullo vencido,
vagabundos y damas valientes con su piel ya ajada,
éste vagón va lleno
y este poeta lo escribe
con palabras gastadas y escritas.

Y nada es nuevo y nada es viejo,
lo decente puede ser indecente,
y lo digno, como puede lo digno nadar en el barro…
Y el orgullo, éste siempre muere en su altanería.

De soles, lunas, amaneceres y crepúsculos,
han vestido los días
que hacía mi han venido.
Y ahora sólo quiero
la misericordia de los cielos,
porque el amargor de esta boca
ya no tiene saliva que lo apiade.

Y soy en la cuenta
que sólo la palabra vuela
hasta donde nace el niño,
y sólo ella despide al muerto.

Fran Rubio Varela © derechos registrados. Octubre 2018.

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