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Lo que él quería más que todo era poder vivir, ir más allá de sus limitaciones, ampliar sus posibilidades y engrandecer sus horizontes; pero lo frenaba esa cosa que no parece estar bajo el control de nada ni de nadie; algunos le dicen karma, otros, predestinación, los muchos lo llaman Dios; más lo cierto es que esa cosa lo contenía. Aquella cosa era capaz de levantar un muro en cuestión de milisegundos, cuando al fin él creía o sentía estar a poco de conseguir su propósito. Esa cosa podía armar los obstáculos más inconcebibles e inesperados, para que él no diera los pasos cuando debía. La cosa; siempre la cosa; armando condiciones, creando vicisitudes, conspirando contra él, sus sueños, sus deseos de vivir, de ser realmente libre.
Lo que él quería más que todo era simplemente vivir, ir más allá, ejercer su naturaleza, correr como lo que sentía ser: un espíritu libre. Pero esa cosa lo contenía, esa maldita cosa, inexpugnable por defecto, lo confrontaba diariamente, con el poder de incluso hacerlo chocar con sigo mismo, retorciéndolo hasta el escarnio. Aquella cosa existía, al parecer, con un solo designio: aminorarlo, desbaratarlo, acabarlo, asesinarlo.
Y la cosa, venció.