Premonición

Premonición

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Aquella tarde lluviosa, Marga cogió el coche con lágrimas en los ojos. Tampoco es que le importaran mucho las miradas de dos compañeras, bajando en el ascensor. Al fin y al cabo estaba tan furiosa al salir de su trabajo, que cualquier pregunta o insinuación por parte de alguien, le hubiese parecido una impertinencia, que por supuesto habría sido contestada.
Abrió con el mando a distancia casi desde la puerta, y echó a correr todo lo que pudo.
Al poner la primera marcha, el móvil se iluminó en la oscuridad de la tarde, eran las seis en punto. Sonaba y pudo ver que era Marcos. Estrelló el teléfono contra el suelo dentro del vehículo, observando cómo saltaba la tapa y la pantalla se hacía añicos.
Arrancó a toda velocidad. Quería salir rápidamente de la ciudad, y coger la carretera secundaria, que la llevaba al pueblo donde vivía.
Era un sitio tranquilo, con pocos vecinos y lejos del mundanal ruido, que todos los días le reventaba los tímpanos, y le estaba haciendo perder audición.
Con luces de cruce, cayendo agua a mares, apenas el limpiaparabrisas era capaz de despejar tal cantidad, y la visibilidad era cada vez más escasa.
Faltaban unos quince kilómetros para llegar, cuando algo se cruzó en su camino y topó con el coche de lleno.
Frenó bruscamente pensando que sería un animal, y poniéndose la gabardina por encima de la cabeza, bajó del auto.
Miró por todos los lados, con una pequeña linterna que siempre llevaba en el bolso, pero no vio nada.
Pensó que habría sido un animalito; si estaba herido se habría metido en el bosque que existía a ambos lados de la vía.
Estaba mojada hasta los huesos cuando volvió de nuevo al coche. Fue en ese instante cuando de nuevo el móvil sonó de nuevo, iluminando la pantalla totalmente destruida.
Marga pensó que era una alucinación producida por el susto. ¿Cómo era posible que aquel trasto, siguiese funcionando?
Cogió y descolgó el teléfono, con un temblor en su mano, que creyó no poder sostenerlo.
El número apenas visible, era largo, como el de alguna centralita.
—Diga— dijo con voz entrecortada.
—Es usted Marga Hernández?

—Sí ¿quién es?

—Le llámanos del hospital María Vallejo;  su marido ha sufrido un atropello, tiene que venir ¡por favor!
Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Era como una especie de descarga eléctrica; pensó por un momento que su corazón se paraba.
El recuerdo que tanto daño le había hecho, volvía de nuevo a su cabeza.
Un montón de sentimientos encontrados, no dejaban pensar a Marga con claridad.
Todavía podía ver la imagen de Marcos, besándose con Claudia en su despacho.
Marga sospechaba desde hacía tiempo que su marido tenía una amante, pero jamás pensó que estaba liado con su mejor amiga.
Llevaban casados seis años, no tenían hijos pero ella pensaba que eran felices, hasta aquel cuatro de febrero desde hacía año y medio, que Marcos pasó la noche fuera, con la excusa de motivos de trabajo.
Llegando al hospital, no tenía claro si podría perdonarle.

— Soy la esposa de Marcos Arausa, dijo en recepción.

La doctora Gutiérrez salió de un pequeño cuarto en admisión.
—¿Marga Hernández? —preguntó.

—Sí, soy yo.
— Por favor, pase por aquí— le indicó la doctora. — Siéntese, por favor.
—Lo siento mucho, hemos hecho todo lo posible, pero el traumatismo cráneo encefálico era muy grave y ha fallecido.
—¿Qué? Murmuró Eloísa. — ¿Pero cómo ha sido?
—Hubo un aviso en la comarcal 505, en dirección al pueblo de Argabiso. Lo recogieron en medio de la carretera, el coche se dio a la fuga.
Marga tragó saliva y bajó las  escaleras hasta llegar a su coche.
Miró el faro derecho, y estaba roto, faltaba un cuadrante en la zona izquierda, el parachoques un poco abollado, aún tenía restos de sangre y cabello.
¡No era posible! ¡Había matado a su esposo!
Volvió a subir al hospital, y preguntó a la doctora, a qué hora sucedió el accidente.
—Sobre las tres treinta de esta tarde—contestó esta.
Marga empezó a marearse, no entendía nada.
Ella salió a las seis de la tarde de allí y había encontrado a su marido, con Claudia.
No coincidía en el tiempo ¿Qué estaba pasando?
No pudo saberlo. Tanto estrés le pasó factura y cayó desplomada en el suelo.
Abrió los ojos en una habitación del hospital, y lo primero que vio fue a su amiga Claudia.
—¿Tú? ¿Y Marcos muerto?
— ¿Quién es Marcos, Marga? —preguntó su amiga.
— No lo sé, debía de estar soñando.
—¿Que me ha pasado?— dijo Marga.

—Nada importante— contestó Claudia. Has tenido un pequeño accidente en la comarcal 505…debiste atropellar a un pequeño animal, y te saliste de la carretera.

Carmen Escribano.

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Un disfraz de hada para Eloísa

Un disfraz de hada para Eloísa

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Eloísa se miró al espejo y sonrió complacida. El vestido de hada que le había hecho su madre para el baile de carnaval, era maravilloso. Las capas de tul se superponían sobre una falda tornasolada, creando un efecto de luz que hacía que el vestido pareciese brillar.

Sobre la cama, un par de alas traslúcidas completaban el disfraz.

«Un poco más de purpurina en los ojos y labios y ya estaré lista», pensó con satisfacción.

La fiesta de carnaval, que culminaba con el baile tan esperado por Eloísa, se desarrollaba en el salón de actos de la escuela Nº22, a pocas cuadras de donde ella vivía.

Eloísa cerró la puerta de su casa y fue a pie hasta llegar al colegio. Este estaba adornado con mil banderines multicolores de papel crepe e iluminado con luces navideñas que parecían titilar al son la música.

Su timidez, propia de muchas jóvenes de trece años, hizo que se quedara en un rincón de la estancia. Miraba embelesada  cómo algunas parejas bailaban, riéndose. No se animaba a acercarse a la pista de baile ya que acababa de ver a Juan, su eterno amor imposible, bailando con Laura.

Eloísa se escondió detrás de una columna y se quedó allí viendo como todos se divertían. En ningún momento se dejó ver. Sentía que su traje no era tan hermoso como había creído y que su maquillaje inexperto había quedado mal.

Veía a Laura bailar, dando vueltas por el salón, poniéndose y quitándose el antifaz con un aire pícaro.

«El año próximo quizás me anime. Seré mayor y Juan podría fijarse en mí», pensó, sintiéndose reconfortada ante esa idea.

Antes que el baile finalizase, Eloísa se marchó a  su casa. Aún sin haber bailado, se sentía feliz.

 

Lucía fue hasta la habitación de su hija, vio el disfraz de hada sobre la cama y lo dobló; plegó cuidadosamente las alas y guardó todo en el ropero.

Las lágrimas bañaban su cara al recordar el accidente de la semana anterior. Aún podía ver la cara de ese conductor borracho que embistió en la vereda a su niña, matándola instantáneamente.

«Hubiera sido un hada preciosa; la más bonita del baile de carnaval», pensó llorando, mientras cerraba la puerta del cuarto de Eloísa.

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Gracias, mi amor

Gracias, mi amor

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Qué tenso el silencio. Siempre lo era cuando discutían, y más si iban en el coche. Lorenzo conducía; miraba al frente, evitando la mirada de su esposa, quien, cruzada de brazos, esperaba cualquier palabra de su marido para rebatírsela. Ambos sabían que tras las riña llegaba la reconciliación, con arrumacos y caricias, aunque no en el coche, no al menos mientras estuviera conduciendo.

Aquella noche el silencio estaba siendo más prolongado de lo habitual.

  • -¿Es que no vas a decir nada más?- Le espetó su esposa-, ¿te vas a quedar callado todo el camino?
  • -¿Y qué quieres que diga? Ya lo has dicho todo tú- respondió él sin mirarla.
  • -Ya estamos con tus palabritas de siempre, como si yo aquí tuviera la última palabra en todo, ¿no?-Lorenzo no le respondió- ¿no? Habla, por dios, di algo.
  • -No sé qué decir- dijo al fin.
  • -Pues, entonces, despierta- le ordenó ella.
  • -¿Cómo dices?
  • -Que despiertes.
  • -¿Pero qué tonterías dices? Estoy despierto.
  • -Que no, hombre, que no, que no estás despierto.
  • -Que te digo que sí.
  • -¡Que despiertes de una vez!

Lorenzo despertó justo a tiempo de dar un volantazo y esquivar así el coche que le venía de frente. Con el corazón a punto de escapársele por la boca fue reduciendo la velocidad para detenerse en la cuneta. Respiró profundamente, como si lo hiciera por última vez y miró al asiento vacío del copiloto.

Cuando llegó a casa lo primero que hizo fue acercarse al dormitorio. La puerta estaba cerrada. Dudó en abrirla. Llevaba casi tres semanas sin entrar. Por fin, la abrió. Todo seguía tal y como lo había dejado la última vez, tal y como le gustaba a ella. Se sentó en la cama y miró la fotografía de ambos sobre la mesilla de noche. Sonreían. Eran felices. Lorenzo cogió la fotografía y acarició la imagen de su mujer.

-Gracias, mi amor- dijo con la voz quebrada por el llanto.

 

 

 

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SALIR DE VACACIONES

SALIR DE VACACIONES

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Viajar siempre implica un riesgo.
Cuando salimos de casa con la ilusión flotando en la sonrisa y el coche sudando bajo el peso del equipaje, lo que ocupa nuestra mente es el destino que nos hemos marcado. Por fin unos días para relajar la mente de lo cotidiano, de aquello que marca nuestras vidas convirtiéndolas en esclavas de una forma de vivir, o de subsistir, según se mire.

Vamos a dejar todo atrás porqué un mundo nuevo con grandes expectativas nos espera, aunque sean solo unos días, saboreamos aquella palabra tan preciada, libertad. Por lo menos yo, así lo vivo. Tengo la suerte de dejar todo atrás. Nunca me llevo dentro de la mochila de las nuevas vivencias, el día a día del resto del año.

Nunca pensamos que nuestro amado coche, amado sí, porque nos permite conquistar nuevos espacios, a nuestro aire, sin tiempo…pueda convertirse en nuestra tumba. Y menos mal, sino nadie viajaría. Aún y así es muy posible que veas a otros con menos suerte o porque estaba escrito en este libro que traemos bajo el brazo, al nacer, y nos toca vivir…lo que hay que vivir, porque vivir es evolucionar y esto implica el mayor de los riesgos: lidiar con la propia vida y a veces con la de los demás.
Y ¿Por qué me permito compartir estas reflexiones? Porque en estos día de asueto, bien ganados, salí de viaje y vi dos accidentes.

Cuando tragas kilómetros por la autopista, con la alegría de absorber nuevos paisajes, con la ilusión de vivir nuevas experiencias, contagias incluso a las ruedas del coche que, inocentemente se deja llevar por las manos expertas de quien lleva el volante. Pero cuando un atasco te corta la carrera, pueden ocurrir dos cosas: Una que nos fastidia: El cartel de “Cuidado, obras” y otra que nos encoge, un accidente. Esta vez fue un accidente.
Una reacción muy humana es querer indagar qué ha pasado. ¿Habrá heridos, o la muerte está presente en aquel pequeño espacio? Y, cuando nos toca pasar, todos miramos y comentamos… “Parecen dos coches que han chocado de frente, o, se ha salido de la carretera ¡Pobre gente! Se les han acabado las vacaciones” Comentaros que se perderán en el aire tras la primera curva porque nosotros estamos de suerte y continuamos el viaje hacia nuestro destino.
Pero esta vez no fue así, al menos para mí. No vi el accidente pero sí una madre con un niño de tres años en brazos y detrás de ella, un policía con un bebé. No vi que pasó. Pero no importaba. Me sentí dentro del cuerpo de la madre, sentí su angustia y hasta pasados varios cientos de kilómetros no pude apartar de mí aquella visión ni aquella sensación. Estaban vivos sí, pero su vida había dado un vuelco. Era su vida, les había tocado vivir eso, pero yo, “felizmente” seguía el guión de la mía que, esta vez, había sido generosa conmigo y el resto de ocupantes de nuestro coche.

Todavía me pregunto si esa sensación tan fuerte que me golpeó es Unidad. Esa unidad que nos dice que todos somos uno, o sea una célula de un cuerpo mayor y lo que les ocurre a los demás también le ocurre a uno. Sentir así, pienso que es otra forma de ver la vida, otra forma de vivirla, con respeto hacia las circunstancias de los demás, sin el dolor provocado por el sentimentalismo, que no sirve para nada, pero sí con comprensión y admiración por la dureza que viven los demás, sabiendo, que en otros momentos, la vida, nos marcará las experiencias que necesitamos para endurecer nuestra debilidad ante el camino que todos recorremos. El de evolucionar.

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El accidente

El accidente

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Genau pisó a fondo el freno del camión. Un coche a toda velocidad venía por el carril contrario adelantando, temerariamente, a cualquier vehículo que le impedía el paso. Tras él, la policía con la sirena a todo volumen, trataba de cortarle el paso, cosa casi imposible debido a que la carretera secundaria por la que transitaban era sumamente estrecha y peligrosa. Sólo diez minutos antes, había tomado la salida de la autopista y le faltaban unos pocos kilómetros para llegar a su destino.

Desde la altura de su camión divisaba el cementerio de la ciudad junto al polígono industrial donde tenía la base su empresa. Aquel tramo de carretera era un tanto peligroso, pero la gente que transitaba por ella lo conocía bien y no se producían incidentes importantes. La mayoría eran trabajadores del polígono y vecinos de la zona. El mercedes negro iba directamente hacia hacia él y sólo podía girar a la derecha. Estaba peligrosamente cerca del puente que cruzaba el río y si no conseguía parar antes, el golpe iba a ser mortal a aquella velocidad.

Las ruedas del camión chirriaron contra el asfalto cuando pisó el freno. Sujetando fuertemente el volante, levantó el pie durante un segundo y volvió a frenar para controlar el vehículo y girar hacia el campo de girasoles, evitando así la entrada en el puente. Sin embargo, su mayor preocupación era la reacción del remolque cuando la cabeza tractora rodase por la tierra, un terreno completamente diferente que haría cambiar la estabilidad del vehículo. Genau intentó con todas sus fuerzas dominar aquel monstruo pero sucedió lo que se temía. Por el espejo retrovisor, vio cómo el remolque seguía la inercia del movimiento y escuchó el chasquido que se produjo cuando el gancho que lo unía a la cabina se rompió. Ahora el peso era menor pero el peligro había aumentado. Las ruedas delanteras del remolque entraron en el sembrado hundiéndose en la tierra y perdiendo la estabilidad. A cámara lenta tuvo la visión de lo que sucedía tras él e intentó girar el volante para ir hacia la izquierda, mejor darse un baño en el río que morir aplastado por su propio camión.

Fue en vano. Sintió el terrible golpe propinado por el remolque en la parte derecha de la cabina. Ésta perdió el equilibrio y se quedó durante un instante como suspendida en el aire. Después, comenzó a caer girando sobre sí misma pendiente abajo al igual que un fardo de hierba. Genau intentó abrir la puerta para saltar pero estaba atascada y no pudo. A pesar de la desesperación que le llegaba a oleadas, consiguió sujetarse fuertemente el volante y se hundió todo lo que pudo en su asiento, quizá podría minimizar el impacto de su cuerpo contra el techo y las paredes al girar. No llevaba puesto el cinturón de seguridad por lo que no pudo evitar salir despedido hacia el lado del copiloto golpeándose la cabeza. Se acordó de su mujer que siempre le recriminaba esta costumbre y pensó en su hija mientras se golpeaba contra el techo y la litera, intentando sujetarse a cualquier punto sin conseguirlo. Sintió un dolor insoportable en la cabeza, como si algo se hubiese introducido en ella, después….nada.

La cabina siguió dando tumbos pendiente abajo y quedó con las ruedas hacia arriba medio sumergida en el río. A pocos metros, el remolque también se había detenido contra unas rocas y la carga que llevaba se desparramaba por el campo de girasoles

Desde la carretera, algo alejado del lugar del accidente, un hombre de negro con gafas oscuras miraba la escena. En su rostro se dibujó una sonrisa que más parecía un rictus. El Mercedes había conseguido escapar de la policía. Todo había sucedido como lo tenía planeado. Caminó hasta el lugar donde había dejado la Harley y se marchó en dirección a la autopista.

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