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Dos veces en mi vida experimenté una extraña sensación de desdoblamiento. En ambas ocasiones se trató de un accidente en bicicleta que, por las circunstancias en que se produjeron, debían haber resultado mortales.
En la primera ocasión era un chaval de once o doce años. Competía en una carrera con un amigo, un evento particular entre ambos, descendiendo a toda velocidad por una estrecha y sinuosa carretera de montaña. Mi amigo, algo más mayor que yo y bastante más ducho en el manejo de su vehículo, me adelantó a toda velocidad en una recta, dibujando una sonrisa al pasar junto a mí que me hizo soltar el freno, encorvar mi cuerpo sobre el manillar de la bicicleta y esbozar una mueca de intrépido corredor aerodinámico, para poder entrar en la siguiente curva sin posibilidad alguna de evitar estrellarme contra el malecón que, por suerte me salvó de caer al precipicio.
El golpe contra el murete de cemento fue bestial y, tras rebotar en él, rodé carretera abajo un buen montón de metros, como un muñeco de trapo. Quedé inconsciente. Me despertó mi amigo, que al ver que no llegaba (él no había advertido mi accidente al ir un par de curvas por delante cuando éste se produjo) regresó, carretera arriba presumiendo mi caída. Cuando recobré el conocimiento, vi el rostro asustado de Virgilio, que así se llamaba mi competidor, desencajado; todavía me daba palmaditas en la cara, me rociaba con agua de su cantimplora mi magullado y sangrante rostro y repetía entre pucheros una y otra vez: “No te mueras, no te mueras, no te mueras”. Cuando vio que reaccionaba y que su deseo de que no muriese se había cumplido rompió en un llanto liberador y me aconsejó que no me moviese; podía tener alguna fractura; esperaríamos a parar un coche (aunque esa carretera conducía a una pequeña aldea y no era muy transitada) que me llevase al centro médico más cercano. Ni que decir tiene que en esa época lo más parecido a la telefonía móvil eran las señales de humo de los indios precolombinos.
Pero no le hice ningún caso; tras unos minutos (incuantificables para mí) en los que mi conciencia retornaba de muy mala gana a un cuerpo que sólo le ofrecía un extenso abanico de dolores donde destacaban, en dura competencia entre sí, los escozores de la abrasión (verano, manga corta, pantalón corto) con las contusiones traumáticas y algún irritante corte, decidí levantarme. Y fue en ese momento cuando sentí durante un instante que yo me levantaba pero que mi cuerpo seguía tendido, maltrecho, en el asfalto. Mi amigo, en cuanto estuve en pie me agarró, temiendo que me derrumbase de nuevo, que mi cuerpo no me mantuviese en pie, gritándome: “Estás loco” y cosas así, pero tratándome, a la vez, con delicadeza. Yo miraba un punto fijo en la carretera, como ausente. En ese punto veía mi cuerpo tendido y herido y comencé a palparme, constatando que era de carne y hueso, que no se trataba de la típica imagen que sale en las películas de fantasmas (como la pastelosa Gohst) en el momento que se muere el personaje y su alma abandona su cuerpo. No. Yo era un cuerpo completo y el abrazo de mi amigo constataba ese hecho, porque en esas películas al fantasma no lo abraza nadie por que ni siquiera le ven. Sin embargo mi cuerpo seguía ahí inerte.
La visión duró un tiempo que debió ser corto pero que para mí fue larguísimo (y es que esto del tiempo es algo que posee una relatividad muy especial… que no voy ahora a convertir en digresión alguna) y esa imagen nunca abandonó ni abandonará los anaqueles de mi memoria. Achaqué el fenómeno a algún tipo de alucinación fruto del tremendo porrazo que mi cráneo, por fortuna duro como un alcornoque, había sufrido, pero, ya en aquella tierna edad, me hizo fantasear y filosofar sobre la percepción, lo que denominamos realidad (que, en ocasiones, puede que no sea más que un engaño de la percepción) y en cuantos porrazos ( u otro tipo de sufrimientos) se daban los místicos en la cabeza, hasta conseguir que su percepción les mostrase de forma inequívoca la aparición de cualquier santo al que profesasen devota entrega. Esto pensaba por un lado, por el más racional con toda seguridad, pero por otro lado la parte de mi cerebro más propensa a deleitarse con cosas mágicas y sobrenaturales no desestimaba la idea de que pudiesen existir mundos paralelos (jeje, no para lelos, que es otra cosa) y que en un mundo yo hubiese muerto en la carretera y se desarrollase a partir de ahí una continuidad de ese mundo en el que yo ya no estaría (imaginaba mis parientes y amigos llorando en mi entierro y cosas así de lo más emotivas), mientras que en otro yo salía ileso (y como que en el anterior me había muerto, ese era el que yo iba a seguir viviendo con conciencia) y continuaba disfrutando de ese inmenso don que es la vida; el haber tenido la fortuna de conocer qué es esto de la vida y encima haberlo hecho en forma de ser humano, por que conocer la vida, tener ese privilegio, pero hacerlo siendo una bacteria o un berberecho, la verdad, no es lo mismo; digo más: ni para un vegano es lo mismo.
Esta vía de reflexión me conducía a la ineludible deducción de que de ser esto así (que cuando uno muere de accidente se produce un desdoblamiento cósmico y sigue un mundo con él y otro sin) las permutaciones de diferentes mundos serían cuasi infinitas y las calidades de vida en ellos inimaginables, por que, pensemos… un mundo en el que el dictador Franco hubiese muerto de aquel balazo en África en el que él salvó la vida de milagro y por el que se sintió (tras aparecérsele la virgen en esas circunstancias de balazo en la barriga) un enviado divino que debía hacer la cruzada para salvar a España de los demonios marxistas (pues así se lo comunicó está simpática señora y esto es absolutamente cierto, de ahí que él se proclamase “caudillo de España por la gracia de Dios”); es decir un mundo sin esos años de oscuridad; ¿cómo será España en ese otro mundo? Esto era un ejemplo sencillo para que los lectores, sobre todo los españoles, entiendan de qué cosa estoy hablando. Pero si, anulamos la existencia de personas (y no es necesario que sean relevantes o conocidas; habrá actos cometidos por personas que ahora nos son anónimas, que igualmente, de haber desaparecido esas personas y sus actos y consecuencias, nos habrían ofrecido muy dispares mundos) remontándonos a la noche de los tiempos, es muy posible que encontrásemos desde la tierra convertida en un auténtico paraíso, a la tierra ya arrasada por cualquier humana hecatombe o al mundo que conocemos, que para todos nosotros que leemos esto ahora es el mundo real, y que es el mundo al que, por sobrevivir nuestras potenciales muertes, nos ha tocado pertenecer en un proceso similar a una decantación. Resulta curioso pensar según este explícito planteamiento, que el hecho de que nuestro querido planeta sea un paraíso y se muestre como un estercolero devastado, sometido constantemente en una u otra región al fuego de los infiernos, no depende de ninguna deidad o poder macrocósmico, sino del grado de sensatez (bastante bajo) y de sabiduría para saber disfrutar del regalo del mundo y no tener que convertirlo en inexorable sufrimiento (grado también bastante bajo) que atesoren los habitantes que lo pisotean y violan en cada tiempo y lugar, siendo el grado de creencias supersticiosas que se mantengan inversamente proporcional a la sabiduría y capacidad necesaria para afrontar la modesta empresa de construir un mundo mejor; ya vimos a que condujo la superstición de aquel general bajito, católico apostólico y romano, para ilustrar esta sentencia. También podemos decir que la época donde el conocimiento se estanco por completo, nublado por una oscuridad que se prolongó durante siglos, la edad media, fue una era en la que las supersticiones y las creencias religiosas dominaban todas las áreas de la actividad humana y se quemaba en la hoguera a quien cuestionase sus insensatos y estúpidos planteamientos.
Todos estos pensamientos -que para mí, tras mi experiencia de desdoblamiento, trascendían la mera calidad de pensamiento, para convertirse en algo mucho más tangible, en esa, entonces, mi tierna edad- me conducían inevitablemente a reflexionar sobre qué es eso de los milagros y he encontrado unas notas escritas en aquellos tiempos y que son las que me han movido a escribir este relato que decían esto al respecto (les he dado una adecuada redacción, más propia de adulto que de infante y añadido algunos datos que facilitan la comprensión de esta tesis; pero la esencia del texto inicial perdura):
Si cuando se produce una situación en la que el azar nos viene de cara (por ejemplo una cura milagrosa de cáncer que no es más que una regresión espontánea, cosa que ocurre en según que cánceres en una proporción de uno entre cienmil, acerca de la cual la ciencia comienza a dar luz) lo denominamos milagro y atribuimos al suceso calidad sobrenatural, deberíamos otorgar la misma calidad pero de signo contrario cuando el azar nos viene mal dado. Es decir, si cuando por alguna casualidad salvas la vida de manera inverosímil y crees en la magia y los milagros o las deidades por ello, cuando, por ejemplo, en un día de viento nos cae una maceta en la cabeza y nos mata -mala suerte- tendríamos que considerarlo un antimilagro; es decir, que el mismo dios que en un caso ha promovido el milagro de la curación, en el otro ha sido un poco cabroncete.
Sin esta consideración dual, el razonamiento o sentimiento de que se ha producido un milagro, me parece totalmente sesgado y, por tanto, erróneo y tóxico para el pensamiento colectivo, que, en muchas ocasiones tiende a dar como válida la existencia de estos milagros.
Si aceptamos la consideración dual, en ese caso, se producen más antimilagros que milagros. Muchos más. Y es lógico que así sea, hay muchas más probabilidades de contraer un cáncer que de que éste se cure luego por una remisión espontánea; hay muchas más probabilidades de sufrir un accidente de coche sin tener culpa que de que te salves mlagrosamente de él; o que toque el premio gordo en la lotería… Si se producen más hechos donde interviene la mala suerte (antimilagros) que aquellos en los que el azar juega a nuestro favor (milagros) y entramos en la retórica del milagreo… entonces el dios, o lo que sea, que produce estos milagros y sus antítesis es un poco malapersona o maldios…
Cómo dije, en dos ocasiones en mi vida, se produjo esta visión o desdoblamiento. En las dos fue por un tremendo accidente de bicicleta. Os he narrado la primera, pero como que ya he divagado bastante sobre este tema y no se me ocurre nueva aportación sin reiterar y me tengo que ir a hacer la comida, me ahorro contar cómo fue el segundo, aunque tuvo una parte subrealista en cuanto a cómo se produjo el accidente y a cómo reaccionó el público que lo presenció que podrían convertirlo en amena y entretenida anécdota. Lo dejo para otro momento. Tal vez aparezca en algún otro relato mío ese doliente suceso. Eso sí… fue también tremenda ostia!