El Ángel de Ezequiel

El Ángel de Ezequiel

[Total:0    Promedio:0/5]

En medio de una cálida y despejada noche de febrero, fue el brillo desmedido lo que hizo que Ezequiel resurgiera de su profundo sueño. Abrió los ojos y vio la presencia de una criatura con grandes alas plumosas y blancas, sentada en el fondo de su cama. La criatura, rodeada de una suave aura, sonrió. Fue entonces que pudo reconocer su rostro.
Ezequiel se sentó en la cama, no pensó que fuera una alucinación o un posible efecto secundario de haber bebido durante la noche, cuando los amigos lo habían llevado a regañadientes a la fiesta de disfraces de la carnestolendas del pueblo, donde había bebido más de lo necesario para olvidar que estaba allí. Era un hombre deprimido y objetivamente desafortunado, pero tenía un mínimo de optimismo y sabía que incluso en los peores momentos es razonable esperar ayuda, tarde o temprano. Para ello nunca tuvo la menor duda. Fue ahí que la vio, vestida de blanco, como una presencia divina. Lo observaba a distancia prudente y solo pudo pensar en la paz que le trajo ese momento. Entre tanto bullicio y locura, el tiempo pareció detenerse, teniendo como marco el confeti y las carcajadas. Entonces lo supo.
– ¡Finalmente! –Exclamó con el corazón lleno de alegría y su voz rota por la emoción – ¡Es una vida que te espero! ¡Tenía razón al creer en ti! ¡Incluso cuando todo era malo, sabía que llegarías tarde o temprano, para protegerme y ayudarme en mis problemas ahora que estás aquí, lo sé! ¡Pero, cuántas cosas tengo que decirte! Y finalmente eres tú, eres verdad, eres mi ángel guardián…
La criatura siguió sonriendo. Ella había permanecido en silencio mientras Ezequiel murmuraba. Cuando de pronto lo interrumpió, su voz era melodiosa.
– ¿Ángel? ¿Qué ángel? –Sus alas se volvieron progresivamente más oscuras, las plumas se convirtieron en piel negra y escamosa, los brazos se estiraron terminando en largas y amenazadoras garras.
El grito que lanzó Ezequiel fue lo último que hizo. El demonio terminó de sacarse su disfraz de carnaval, cogió a su presa y alzo el vuelo hacia la oscuridad…

Un ángel en las aceras

Un ángel en las aceras

[Total:0    Promedio:0/5]

Carta al niño  hambriento  y agonizante que vi aquel día:

Querido pequeño desconocido. ¿Como podría explicarte que nunca te he olvidado? Que no ha existido ni un solo día de mi vida, en que tu imagen no haya regresado a mi mente. Como un destello inquietante, como una conciencia que no calla.

Querido niño de la calle, aquel día sin tu saberlo, quebraste por la mitad mi alma. Se quedó así, desecha, rota de espanto. Y es así como ha de quedar por siempre. No quiero arreglarla, ni recomponerla, quiero que me duela, para recordarte. Para no olvidarte jamás.

Querido ángel de las aceras, me consta que el día de tu muerte muchas cosas cambiaron en el mundo, como cualquier otro día. Pero nadie lloró tu ausencia.

Hubiera deseado sostener tu mano y acariciar tu rostro. Tantas veces. Que sintieras el calor de una parte de la humanidad que sí, llora tu perdida. Cantarte bajito al oído, la nana que nadie te cantó. Me hubiera gustado rescatarte y llevarte lejos. Y abrazarte y protegerte cada una de las noches en que sentiste miedo y frío.

Querido niño de la calle, aquel que vi un día en una foto, no sé tu nombre, ni sé tu edad. No quiero saberlo. No quiero olvidarte. Ni puedo hacerlo, ya.

No necesito saber como te llamabas para decirte, que para mi eras y eres importante.

No necesito saber como te llamabas, para sentir vergüenza por el ser humano que propició que tú estuvieras allí.  Por todos y cada uno de aquellos que permiten y consienten. Que se llenan los bolsillos y la panza y lo engordan todo a su paso, a todo cuanto les rodea.

Vergüenza de quien acaba dirigiendo un país, como pollo sin cabeza, por cosas del azar. Del patán que quiere y no sabe, y aún así se queda a mandar. Vergüenza de la ambición desmedida y a cualquier precio. De “el fin justifica los medios”, de la corrupción. De la mezquindad. De todos vosotros que miráis a otro lado cuando quien manda lo hace mal y aún así lo alabáis, como quien venera a un dios.

De tu maldad y de tu envidia. De la esencia miserable con la que se adhieren tus átomos y tus neuronas. De la mala sangre con la que se llenan tus venas.

Son vuestros nombres, COBARDES, los que quiero saber.  Nunca esas letras se las llevará el viento.

Para que no queden jamás impunes vuestros crímenes contra la humanidad.

Para contarles a mis hijos y a los hijos de mis hijos, el nombre que tiene el MAL.

A por el mar  (1ª parte)

A por el mar (1ª parte)

[Total:0    Promedio:0/5]

El mar nos está esperando
A poco tiempo del sueño
Solo es cuestión de unos pasos
Esos que reprime el miedo
L.E.Aute

Tengo que rebobinar mi vida para saber cómo he podido terminar aquí. Y digo rebobinar, si, porque siempre he visto mi vida como una película. Mis actos serian, así, parte de una película, a veces de ciencia ficción, otras una tragedia.
Siempre he sido el típico soñador, fantaseando, esperando que tras una esquina aparezca aquel momento culminante que me convertiría en un héroe, que yo tendría el papel protagonista. Creo que todos los adolescentes, en mayor o menor medida, han pensado alguna vez encontrarse con una situación así. Lo mío era en grado superlativo.
Además hay que tener en cuenta un aspecto que a priori no debería afectar a la forma de ser de cada uno, a su interior, a su filosofía de la vida. Pero sí que influye. Y es el aspecto físico. Pensareis que no, pero cuando alguien es fisicamente, cuando menos, vulgar, su trato con la gente que le rodea cambia. Y con el trato, las relaciones, la forma de hablar…
Siempre he envidiado esa seguridad que demuestran muchas personas cuando saben que los demás están viendo, mientras les hablas, una cara bonita, un cuerpo atractivo, incluso una voz poderosa o dulce, distinguible de las demás.
Yo era el normal. Casi invisible. Difícilmente podría ser el protagonista de la película.
Así que de este cámbio en mi presente, hace un tiempo podría haberla culpado a ella, pero no habría sido justo.
Pero sí puedo saber ahora, pensando con la sabiduría que da el tiempo transcurrido, que ella fue la causa, no la culpable, de que mi vida haya dado un cambio tan drástico. Incluso yo he cambiado.
Al fin y al cabo, todo lo que he hecho, lo he hecho sin que nadie mi obligara.
Acaso me obligaron las circunstancias, mis propios miedos, esa forma de ser tan proclive a las ensoñaciones, ese pensar (quizá desear inconscientemente) que mi vida era una película.
Y sí que fue ella la causa última, ella.
Nadie me creería a mí si intentara contar como era ella realmente.
Todo el mundo la quería. Sobre todo, la tercera edad, como a ella le gustaba llamarlos mientras acariciaba con una dulzura exquisita a todos, uno a uno, sin excepción; con esa suavidad y ese cariño aparente, que se le daba tan bien.
Los mayores del pueblo, todos, eran su guardia pretoriana. Ella era un ángel, su ángel.
Incluso las madres de otras niñas de su edad la ponían como ejemplo. Y por supuesto, todas las madres de niños la querían como nuera.
Y es que realmente parecía un ángel. ¿Cómo no admirarla cuando la veías acercarse, con esa forma de caminar, lenta, con una elegancia de pasarela, cadenciosa, rítmica?
Su pelo, sin un mechón que osara separarse de su lánguida melena, castaña, perfecta, de terciopelo al reflejo del sol. Y debajo, esos ojos, puro contraste azul, blancos de azul, con ese brillo que hipnotizaba a quien tenía la suerte de que le sonrieran por un segundo, de ver sus ojos de cerca, maliciosamente inocentes.
La perfección de su nariz, la suavidad extrema de su piel que todos nos imaginábamos rozar un día, y solo ese pensamiento nos hacía sentir culpables. Rozarla. Ninguno de nosotros se sentía digno de tocar su piel.
Transpiraba sensualidad en cada movimiento, aunque la inocencia de su rostro contradecía el erotismo de su cuerpo. Era un sueño atisbar el blanco de su piel a través de los encajes de su exclusiva ropa interior, apenas levemente mostrada.
Cuando llegó, hace ya unos años de la capital, ya sabíamos que era especial. Cuestión de familia. Otra clase.
Sin embargo, al contrario de lo que parecía que iba a ser, (todos pensamos que sería una engreída altanera) enseguida hizo amigas. Era mucho más simpática, generosa y amable que cualquiera que hubiésemos conocido. A todos nos saludó tardo o temprano, aunque guardando las distancias, de forma muy agradable. Ese era su plan.
Cuando me habló aquella primera vez, estoy seguro que notó enseguida la simpleza de mi alma. Un recién ascendido de adolescente a joven, pero sin los galones que da la experiencia, sin haber salido del pueblo más que puntualmente. Una víctima propiciatoria.
Y no es que pudiera sacar algo de mí. Me refiero a algo tangible, algo material.
No, no le hacía falta nada, lo tenía todo.
Ella solo quería seguir aprendiendo, practicar sus artes. Divertirse.
¡Pero qué feliz fui durante aquella etapa, mientras duró! Ella fue la que me habló por primera vez, la que quiso ir juntos a la cafetería. La que incluso pagó la primera vez.
No lo podía creer. Cuando los amigos de la pandilla supieron que había salido con ella, sin haberles dicho ni contado nada, me insultaron, me felicitaron, me envidiaron.
Me separó de ellos. Pero si, fue culpa mía. También tenía ella esa virtud, la de hacerte sentir culpable.
Pero fue una época totalmente feliz y ajena a todo lo que no fuera ella, a su atención, a la infinita paciencia en los largos ratos de espera mientras se arreglaba para salir, soportables solo por la dulce esperanza de verla, de recibir su beso hambriento, increíblemente húmedo, experto, que nos dábamos poco antes de despedirnos. Su beso sabio, ella me lo enseñó, podía volverte loco. Podía conseguir de ti cualquier cosa por esperar ese beso. Endurecía sus tiernos labios y te exploraba, te envolvía la boca con ellos, con esa dulzura de melocotón maduro.
Yo me crecía cuando estaba con ella, caminaba casi en posición de firmes cuando alguien nos veía pasear juntos, algunas veces de la mano, y las comadres cotilleando con esa mirada llena de reprobación y envidia de nuestra juventud. Sentía un extraño orgullo por algún merito mío que yo desconocía, y pensaba que ese merito connatural mío había conseguido que el ángel me eligiera a mí.
Después eligió a muchos otros.
Cuando me dijo, así, simplemente, no voy a salir más, al principio no sabía de lo que hablaba, hasta que ella me lo explico. No voy a salir más, contigo.
-Pero yo te quiero, le dije.
-No te he dicho que me quieras.
Ella no me lo había dicho, no me había autorizado a quererla.
No puedo decir que la odiara entonces, ni mucho menos. Incluso sin su permiso yo la quería, no podía odiarla de un día para otro. Pero sí me rompió algo, dentro, a la vez que abría mis ojos a lo que los otros no veían en ella.
Sí que era de otra clase, y estaba preparándose para asumir su posición cuando llegara su hora, quería estar preparada para dominar a cualquier hombre fuera de la clase que fuera, moldeando sus sentimientos y a la vez dominando los suyos propios para, un día, alcanzar su destino, su status dentro del lugar, lejano, lujoso, glamuroso, que le correspondería tarde o temprano.
Ella intentaba preparar su futuro aislando los sentimientos, y así cambió el mio,mi futuro.
Después de eso, todos me miraban de otra forma. Yo era el personaje que ella había repudiado.
Todos comentaban que yo no era digno de su compañía, que quizá con algún engaño me había acercado a ella hasta convencerla de salir juntos, y así hasta que ella se había dado cuenta de que no era capaz de mantenerla, de que yo era solamente un oficial de un trabajo manual, tan menospreciado entre las clases superiores.
Incluso los que eran mis amigos tomaron partido por el ángel. No los culpo.
¿Qué me quedaba ya en el pueblo? Esa vergüenza incomprensible que sentía sin ningún motivo real achacable a mi conducta, pero sin nada que me consolara de mi propia estupidez.
Prácticamente desde mi infancia yo ya sabía que había nacido en el sitio inadecuado, o en el tiempo incorrecto. Seguía sin amoldarme al pueblo. Un pueblo sin futuro, sin esperanzas. Anclado en costumbres y formas de vida casi medievales. Como aquel pueblo blanco de Serrat, el pueblo dormía, sin ningún interés por despertar.

Photo by VV Nincic

Guardar

EL ALMA DE UN HOMBRE JUSTO (2ª parte)

EL ALMA DE UN HOMBRE JUSTO (2ª parte)

[Total:0    Promedio:0/5]

 

—Señor, ¿no lo hice bien? —Preguntó con un hilo de voz, llena de miedo—. ¿Vas a mandarme al infierno?……

—No temas —le dijo aquel ser con dulce voz—. No existe el infierno. Es este un estado creado por el propio hombre. Vosotros creáis vuestro propio infierno cuando actuáis en contra de las leyes naturales. Cuando, por egoísmo, os creéis tan importantes que despreciáis a vuestros semejantes. Cuando, os convertís en prisioneros de pensamientos inútiles, objetos innecesarios y esquemas y opiniones propias. Luego clamáis por la libertad sin aceptar que solamente cada uno tiene la llave de su cárcel. Este es vuestro infierno. Pero yo puse una voz dentro de ti, una voz que intentaba mostrarte el camino. Aquella voz que no te gustaba, no era el diablo, era mi voz. Estabas tan centrado en tus ideas que viviste inconsciente de mí, dejando, por comodidad, que otros señalaran tu camino.

«Has de saber que el único que te dirá lo que debes hacer, es ese guía interior, el que está unido a mí. Ese que ahogabas.

¿Quién te dijo que eras el dueño de la vida de tus empleados? Yo no dejé escrito nada de eso. ¿Quién te dijo que tu esposa te pertenecía? Si recuerdas bien te dije “Compañera te doy, no esclava” Algo te fue olvidado. ¿Quién dijo que el acto sexual era pecado? Yo nunca condené el acto más sagrado de la expresión del amor que une dos seres. ¿Quién dijo que durante ciertos días del año debías abstenerte de ciertos alimentos si no pagabas por consumirlos?

Yo puse en vuestras manos un planeta entero y lo único que os pedí fue que lo amarais y fueseis agradecidos con los seres que ofrecen sus vidas para serviros de alimento. Yo no necesito templos. Mi templo está en tu corazón.

No permitiste que tus hijos siguieran los deseos de su corazón y marcaste sus vidas.  Gobernaste también sobre la vida de los demás con prepotencia. Tu soberbia abrió la puerta a eso que llamáis infierno. Debes volver a la tierra para aprender de tus errores y procurar vivir de acorde con la luz de tu interior.

Nacerás en una familia humilde, solo tendrás lo necesario para subsistir y tu propia inquietud te llevará a luchar por la igualdad»

El alma, desconcertada, no entendía nada. Los valores adquiridos estaban tan apegados a su mente que no acertaba a ver más allá. En aquel momento se le antojó que lo que hacían con ella era una injusticia.

Un ángel le tomó de la mano y lo acompañó a la estación. El tren de la reencarnación estaba a punto de partir. Había un mostrador y, tras él, otro ángel le pidió sus vestiduras. Él dudaba, le daba vergüenza enseñar su cuerpo desnudo.

—Me da vergüenza —dijo— ¿Me lo podríais quitar cuando esté muerto?

—Ya estás muerto —le contestó—. Vas a nacer de nuevo y debes hacerlo completamente desnudo.

Se desnudó y el ángel volvió a hablar.

—Acércate y dame todos tus recuerdos. —Y sin darle tiempo a reaccionar, puso su mano sobre la frente del alma recogiendo una esfera de energía que guardó en una cajita de plata.

El tren silbó tres veces. —Date prisa— le dijo su acompañante —No debes perder este tren.

El alma, sin ropa y sin recuerdos subió al tren y, antes de partir le preguntó al Ángel que le había dado la bienvenida.

— ¿Tú eres Dios?

—Y tú también, todos tenemos una pequeña parte de Él y, aunque ahora no lo comprendas, en Él somos uno.

Y aquella alma, mientras viajaba hacia su nuevo nacimiento, desnuda y desconcertada, se preguntaba qué le había dicho aquel Ser, que él no comprendía y qué lugar era aquel donde la luz no cegaba y los ángeles no llevaban alas. Y mientras su conciencia se sumergía en la oscuridad, le envolvió un dulce sueño del que despertó cuando un pequeño cuerpo, tembloroso, estalló en llanto.

— ¡Es una niña dijo alegremente una voz!

Un ángel en el cielo

Un ángel en el cielo

[Total:0    Promedio:0/5]

Son las tres de la tarde y es sábado. Tengo 7 meses de embarazo, espero un niño a quien llamaré Juan Sebastián. Me hace sentir feliz mi dulce espera, pero al mismo tiempo hoy me siento triste porque mi niño parece que llega pronto y sus pulmones no se han desarrollado lo suficiente para los siete meses de embarazo que tengo. Estoy esperando a Clara, mi prima bacterióloga que muy amablemente se ofreció a ponerme las inyecciones para madurar los pulmones de mi niño. Estoy orando a Dios para que él nazca sin problema alguno de salud, pero es una falacia ya que el líquido anmiótico se ha vaciado un cincuenta por ciento ya, me dijeron los medicos ayer. Me pongo a cantarle «Pinocho es un mueco muy majo…» y me quedo mirando mi pino canadiense que está justo frente a la ventana de mi cuarto. De pronto veo una cajita pequena blanca, es su ataud, está allí Juan Sebastián. Me desperté atónita de lo que vi y lloré mucho. Es una premonicion cumplida. Mi hijo nació 4 días después un miercoles y vino a este mundo llorando. Eran las diez de la noche y ya me habían aplicado valiun para dormir ante tanto dolor en mi corazon pero no lo lograba. Me levanté de la cama y me fui al escritorio de las enfermeras para preguntar por mi hijo pues estaba en cuidados intensivos de neonatos  porque tenía una infección en todo su cuerpo. Había muerto diez minutos antes.

A %d blogueros les gusta esto: