Aposento en el pecho.

Aposento en el pecho.

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Hoy abracé cálidamente al niño que vive en mí.
Y le dije: No temas seremos felices juntos.
No, no es insomnio lo que me acongoja,
es una llama, eterna e incomprensible,
con destinatario permanente.
Te confieso que a pesar de los años,
vuelo como los pájaros…
Y ardo como el rayo.
Saberte calladamente en el recuerdo, me crece,
saber que te llevo dentro, me mueve,
llegaremos a donde soñamos.
Y no te extrañe que te pida confiar en mí,
yo sabré llevarte de la mano, porque aprendí de ti.
Y cuando lleguemos…Los dos lloraremos en silencio, sin dolencias ni resabios…
Aunque siempre sea tiempo de cambios,
guardaré momentos para ambos,
por la sabia compañía que siempre disfrutamos.
Y porque la felicidad no la buscamos al final del camino,
sino en cada paso, estación de gracia con que fuimos bendecidos.
Tú y Yo, mi niño.
Porque construir fue nuestro sino,
hicimos una casa con sueños para mis hijos,
nido para la mujer que voló conmigo,
y un rincón entrañable, pedazo de paraíso para ti.
Te cumplí el sueño de vivir en un hogar con chimenea,
acrecentar las navidades con la sencillez del pan,
y la frugalidad de los arcones,
escribir un libro,
hacer incontables e insustituibles amigos,
encontrar abrigo en la soledad,
motivos en la distancia…
Y razones en el amor.
No sé si me faltó guardar canicas,
pero recordar que éramos los mejores en esas lides,
me lanza otra vez a rodar el suelo que descalzos pisamos.
Y en el que echamos entrañables raíces.
Cabalga y sueña conmigo, que hay mucho por recorrer…
Y un lugar en el lado izquierdo del pecho, que es tu aposento.

Entre certezas y soledades

Entre certezas y soledades

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Tengo una alma constante
aderezada con salsita de hambre
que busca las certezas de la humildad
y el manso sosiego de las soledades.
Habitante de la luz que emanas,
huésped de un cuerpo magro
al que le reconoce sus fatigas;
se reinventa con el sol,
colecciona atardeceres, lluvias,
lo mismo que aromas de azahares
y cúmulos del cielo azul,
en el cuenco de mis manos
para los días de pena,
menores desde que tengo un perro,
que también reconoce mis fatigas,
y homenajea con el difícil arte de la espera.
Y nunca ve más verde el jardín del vecino
porque sabe que la ventana es nuestra.
Compañero de nubes, apegos y tardes solitarias,
presiento que tiene un corazón lunar
donde una estrella titila
sobre su borde más cercano.
Se acerca al alma mucho a mucho…
Y a mi poco a poco,
para no sobresaltar un corazón
que construye sobre escombros y soledades.
Soledades
disueltas en el profundo silencio
de la tarde desvaída.
Ahí encuentra calor y se reencuentra
como quien se mira atento en el espejo.
En el inmenso abrazo de un cielo rojo
donde se refleja la grandeza de los sueños.
Y la voz de un Dios piadoso que reclama:
Dejad que se acerquen más los perros.

El defensor de los vocablos perdidos

El defensor de los vocablos perdidos

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Cuentan que hace tiempo existió un Dios protector, que defendía los vocablos errantes y extraviados; ante la soberbia, la intolerancia y los espíritus sobrados; incluso aquellos que marginados por nimios, en su exilio dejaron de latir, como si su naturaleza arrastrara el estigma del destierro, del arrabal y la poquedad. Y se malinterpretan o mal aprecian por prejuicio o dolo, sin darles oportunidad de alcanzar su potencial y madurez, incluso explorar la viabilidad de sus pasos párvulos o de su segundo aire, en la voluntad manifiesta por su anhelo de desarrollo encauzado a erigirse como palabras dignas para reconstruir. Lo mismo para aquellos que cultivados en la academia engrosaban los volúmenes de las bibliotecas y tratados lingüísticos. Había también los engrandecidos en el entendimiento de intelectuales facultados, eruditos que conformaron y fortalecieron su vocación innegable, o los que adornaban la labia en el ennoblecido y apreciado discurso de un rey ante la plebe. Todos loables e irrefutables, pero en su camino distinguido y justipreciado se olvidaron de su origen humilde; el esfuerzo generacional sostenido e imperfecto, para y hasta construir la lengua.
Y que el primero en su condición de Dios, confirió el maravilloso Don de la palabra a los insomnes, por el cual de manera inmediata reclamaron los calmos y sosegados. ¡Pero si nuestra cordura rutinaria da plenitud a las cosas! Y nuestro sístole nunca se descompasa con el consuetudinario diástole; por emotiva, conmovedora, profunda o loca que sea una convocatoria. ¿Cómo puedes preferir a un incesante y obseso, peleado a muerte con Morfeo, para ser el depositario de tan pretendido Don?. El Dios misericordioso, -como sino repetible de todos los dioses-, en un gesto expresivo y apacible, -gesto también propio de todas las deidades- respondió. Los insomnes son incesantes, porque su lucha permanente por lo nuevo no tiene descanso, igual los motiva una pasión o los desvela una injusticia, así como el proyecto utópico de construir sobre los escombros y en la desesperanza, con palabras de por medio. A éstos les basta pensar, ¿cuántas olas tiene el mar?, ¿cuántas alas tendrá el cielo?, ¿habrán cenado todos los perros? para que el insomnio siente sus reales. Amén, cuando asolan los fantasmas de la duda. Y el sosiego sólo se restaura con los anhelados besos confeccionados a modo y esparcidos con alevosía por una musa inesperada, instruida divinamente en asuntos de letras y de pieles. Que por supuesto acicateaba a los susodichos, con su condición inspiradora y sus irresistibles encantos de fémina iluminada y celestial, dignamente comparables y nada que dar a las diosas de barrio terrenales, que ocupan mayormente las horas duermevela de los incesantes. Pero, el Dios; el mismísimo que escuchó un canto de sirenas, en el arrullo de éstas inconfesables criaturas. Decidió darles un motivo de sí, humano e insustituible, propio de su estatura; a estos desafiantes que hacen suya la causa de anudar los apegos a fuerza de palabras. Convocando a no flaquear en el esfuerzo de construir esperanzas en un mundo trastocado por el interés y las imposturas. Y una razón suficiente para buscar argumentos que aclaren las oscuridades, que se aposentan entre los despojos anímicos del vacío que nos legaron los infaustos, y que lastra a los indolentes. Para ayudarles a los incesantes a convertir el duro insomnio, en razón suficiente para buscar impulsos y motivos que destierren de raíz las tinieblas de quienes renunciaron a la magnanimidad y benevolencia de la palabra.

En la turbia marea del olvido

En la turbia marea del olvido

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En la turbia marea del olvido
naufragan los versos del tiempo
voy ciego por sus mares y perdido
invocando las voces del desierto

Una gota de cordura que naufraga
en lejanos confines del universo
enciende las hogueras quemadas
en el credo de poetas y conversos

Ya no queda pedacito de sosiego
en el vasto porvenir que nunca llega
Aquí estoy dando palos de ciego

A los versos escondidos en las llagas
que cruzan el umbral de los apegos
y la vida que enmudece con mi llama.

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