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Hoy abracé cálidamente al niño que vive en mí.
Y le dije: No temas seremos felices juntos.
No, no es insomnio lo que me acongoja,
es una llama, eterna e incomprensible,
con destinatario permanente.
Te confieso que a pesar de los años,
vuelo como los pájaros…
Y ardo como el rayo.
Saberte calladamente en el recuerdo, me crece,
saber que te llevo dentro, me mueve,
llegaremos a donde soñamos.
Y no te extrañe que te pida confiar en mí,
yo sabré llevarte de la mano, porque aprendí de ti.
Y cuando lleguemos…Los dos lloraremos en silencio, sin dolencias ni resabios…
Aunque siempre sea tiempo de cambios,
guardaré momentos para ambos,
por la sabia compañía que siempre disfrutamos.
Y porque la felicidad no la buscamos al final del camino,
sino en cada paso, estación de gracia con que fuimos bendecidos.
Tú y Yo, mi niño.
Porque construir fue nuestro sino,
hicimos una casa con sueños para mis hijos,
nido para la mujer que voló conmigo,
y un rincón entrañable, pedazo de paraíso para ti.
Te cumplí el sueño de vivir en un hogar con chimenea,
acrecentar las navidades con la sencillez del pan,
y la frugalidad de los arcones,
escribir un libro,
hacer incontables e insustituibles amigos,
encontrar abrigo en la soledad,
motivos en la distancia…
Y razones en el amor.
No sé si me faltó guardar canicas,
pero recordar que éramos los mejores en esas lides,
me lanza otra vez a rodar el suelo que descalzos pisamos.
Y en el que echamos entrañables raíces.
Cabalga y sueña conmigo, que hay mucho por recorrer…
Y un lugar en el lado izquierdo del pecho, que es tu aposento.