Caprichos del calendario

Caprichos del calendario

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Caprichoso este calendario que marca una maldita fecha , aún no entiendo por qué nuestra historia que se iba formando a pequeños pasos de golpe y porrazo se rompe para siempre, es muy complicado pasar un año sin ti , sin tú presencia…. Tengo aún una sensación de frío en mis labios de nuestro ultimo beso como si cuándo te lo di quería que te llevarás tanto amor vivido y del que nos quedó por vivir juntos, maldita mañana ,maldito aquel destino caprichoso o azar que corto el hilo de tu vida demasiado pronto, cómo quisiera compartir tantas lagrimas y sonrisas contigo , tú lo bueno lo hacias maravilloso y lo malo pasaba a menor plano por que simplemente estabas a mi lado, mi amor creo que este duelo por mucho que la gente quiera curar y pasar más amablemente no saben lo duro que es recomponer el puzzle cuando le falta la pieza esencial en mi vida eres tu.

Mi amor fuiste , eres y serás el amor de mi vida , hoy , mañana y siempre.

Te quiero.

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El pesebre de la abuela

El pesebre de la abuela

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“Cruza el amor

por el puente”

 Gustavo Cerati – Puente

1

La casa de mis abuelos tenía dos entradas; una entrada principal que daba hacia la sala de la casa y, otra secundaria, que daba a un cuarto en forma de “L”, que era en donde la abuela montaba su pesebre cada Diciembre y que, unos años después, pasaría a ser la habitación de la tía Nila.

El pesebre adoptaba la forma del cuarto en “L”, era bastante grande y su estructura estaba montaba encima de dos mesas.

Yo me deleitaba mirando ese pesebre grande y me imaginación volaba nutrida con los pastores, reyes magos, el burro, el buey, las ovejitas y demás figuritas tradicionales que rellenaban el espacio de las dos mesas. Sin embargo, lo de tradicional iba a cambiar con nuestra mudanza a la casa de los abuelos.

En el tercer nivel de la casa, mis abuelos habían construido una vivienda con un patio nuevo. Mi madre, mis hermanos y yo fuimos los que estrenamos dicha vivienda a raíz del divorcio entre mis padres. Recuerdo que el día de la mudanza coincidió con el entierro de la mascota de mis abuelos, una perra de pelaje largo, que murió por esos días. Mi abuelo la enterró en una esquina cercana a nuestra vivienda. Yo vi todo el proceso de entierro y recuerdo que constantemente miraba el sitio donde la perrita estaba enterrada… Quizás esperaba que algo más fuera a pasar, pero el tiempo se encargo de demostrarme que todo iba a seguir igual a como lo había dejado mi abuelo.

La mudanza a la casa de mis abuelos fue un bálsamo para mí. Veía a diario a mis primos Juan y Javier, haciendo un sinnúmero de travesuras y jugando hasta el cansancio. Durante los fines de semana se nos unía el resto de primos: Cecilia, Katia, Janeth y Fausto. Para aquel entonces, Sylvia, hermana de Juan y Javier, era un cometa más en el cielo estrellado.

Así fueron transcurriendo los días y los meses hasta llegar a Diciembre y con él los arbolitos adornados, los regalos y los pesebres. Ese año subí a ver el pesebre de mi abuelita y noté que había unas figuritas nuevas. Se trataba de algunos de mis soldados de plástico, que en diversas posiciones de combate-se mezclaban con las cabras, los pastorcillos, reyes magos, el burro, el buey y las ovejitas.

Yo le dije a mi mamá que esos eran mis soldados. Mi mamá me dijo que me quedara tranquilo y no dijera nada. Nada dije, pero no por eso me fui satisfecho. ¿Por qué mi abuela había tomado algunos soldados para ponerlos en su pesebre? ¿Pensaba devolvérmelos o se los iba a quedar?

Estoy seguro que mi abuela trató de decirme algo con sus ojos pero yo, en ese momento, no estaba para esos juegos sutiles del alma.

Al llegar el mes de Enero el pesebre fue desarmado y vi que los soldados que mi abuelita había tomado estaban de vuelta. Es decir que solamente los había tomado prestados.

2

María Encarnación Carrasco o la abuela Maruja fue una mujer de carácter fuerte. Casada con Jorge Pazmiño. Fruto de ese matrimonio nacieron seis vástagos. Alicia, Fausto, Virginia, Elsa, Nila y Jorge, siguiendo un estricto desorden alfabético, cronológico y de género. El cuidado de su casa le obsesionaba. Constantemente estaba tapando huecos, arreglando el jardín, pegando ladrillos, y, frisando y pintando paredes.

Sufría de dolores de cabeza que eran cíclicos. Cuando los padecía se solía decir que “tenía la luna”. En esos días, la abuela Maruja andaba con un humor agrio, sin embargo, con sus nietos se le desaparecían todas sus dolencias y solía ser muy cariñosa.

La relación madre-hija entre Matilde y Encarna no fue del todo buena. Encarna o Maruja fue la hija primogénita y Matilde, quizás de manera inconsciente, la rechazó como un mecanismo de defensa en contra del matrimonio impuesto por su padre con Prudencio Carrasco. Este mismo rechazo se manifestó entre Maruja y Virginia, también su hija primogénita. Fue así que Matilde se encargó de la crianza de Virginia. Estos rechazos, inconscientes o no, llevaron a relaciones tensas entre madres e hijas. Felizmente, tanto Matilde como Encarna y Virginia tuvieron la suficiente sabiduría como para criar a sus otros hijos de tal forma de romper ese ciclo maligno. De esta manera, las tres criaron hijos capaces de mejorar sus vidas, de ser mejor personas y mejorar la sociedad que los rodeo. Afortunadamente sus esfuerzos no han sido en vano, las generaciones que les sucedieron así lo han demostrado y a las pruebas habrá que remitirse.

Marujita, además de ser albañil, jardinera y pintora de brocha gorda, también fue artesana, pintora de brocha fina, costurera, tejedora y vendedora. Los retazos de telas, lanas e hilos que pasaban por sus manos se convertían en hermosas muñecas de trapo que ella misma se encargaba de venderlas. La época decembrina era la mejor en cuanto a ventas y, Marujita se apostaba en el portal de Santo Domingo o en el Palacio Arzobispal, en un puesto de venta callejero, a vender sus muñecas, sus flores de tela y papel, sus tejidos, sus costuras y juguetes de hojalata que fabricaba su esposo Jorge, en su taller de hojalata.

3

Volvió a llegar otro Diciembre y noté que algunos de mis soldados se habían vuelto a ir de excursión al pesebre de mi abuela. Allí los vi, otra vez mezclados entre la flora y la fauna del nacimiento. Sin embargo, ¿cuál significado podrían tener unos soldados en un nacimiento?

Ese año, mientras veía el pesebre sentí la mirada de mi abuela sobre mí. Subí mi mirada y nuestros ojos se encontraron. Mi abuela me estaba hablando a través de sus ojos. Con seguridad me estaba diciendo lo que quiso decirme hace un año. Vi como un puente se fue construyendo entre sus ojos y los míos. Un pacto, sin palabras dichas, fue sellado ese día.

Con el paso de los años he ido expandiendo mis horizontes y mi visión. Supe del conflicto entre palestinos y judíos ¿Será que mi abuela quiso hacer un pesebre más real y moderno? ¡Ah como me gustaría oír su respuesta!

Ahora que escribo estas pocas líneas recuerdo a mi abuela presta a servirme el cafecito de la tarde con pan, queso y mantequilla en cuanto llegaba de la escuela. Usualmente, también llegaba Paquita, una gata blanquita con pequeñas manchas negras, que también venía a merendarse su ratoncito vespertino.

Miles de recuerdos se agolpan en mi mente en torno a mi abuela. Compartirlos todos sería imposible. Sin embargo, el que toma mi mente es ese acuerdo tácito y jamás dicho de compartir mis soldados con su pesebre.

De esta forma supe que no hay ninguna cosa que no se pueda compartir. Puede ser tu bien más preciado, pero si alguien te pide que lo compartas es porque lo necesita. Si es agradecido también compartirá su bien más preciado contigo, sean unos simples soldados de plástico, una casa, su café, su gata o simplemente su vida.

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Felicidad natural

Felicidad natural

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Me he despertado el primero. He preparado el café y la mesa del desayuno. Luego han ido apareciendo críos.La mayor me ha pedido que me quite los altavoces de las orejas y hemos estado desayunando ella y yo, hablando sin parar, durante una hora. Luego he ido a ver un revoltillo de hijos alborotando en una cama, que es como el revuelto de setas, pero con niños, unos sobre otros riéndose sin saber por qué.

Existe una felicidad natural. Los niños, el agua fresca, los besos, el día, las risas, la hierva, tus ojos… Lo inobjetable y lo limpio.

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Obsesión

Obsesión

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Cuando Monipenny dejó del convento por primera vez, tenía dos cosas claras:

Los hombres, no se miran.

Los hombres, no se tocan.

Monipenny salió un día a la calle, con faldas y casi a lo loco. Sin la coraza que le proporcionaba la protección de aquellos muros de piedra. Tapias que tan celosamente guardaban al convento y a sus novicias. Debería estar de regreso a eso de las siete y media, la hora de la decencia, ni más ni menos. Pero aquel día el sol brillaba como nunca, reflejándose descaradamente en los mofletes sonrosados de Penny, que percibió sin darse cuenta, los efectos lascivos de la primavera en su mirada. No es que tuviera la sangre alborotada, ni que quisiera descarrilarse, es que le apetecía más que nada en el mundo, comerse aquellos labios con los que soñaba cada día con sus noches correspondientes.

Nuestra Penny era mona y estaba viva, y las sensaciones le brotaban de abajo hacía arriba. Sentía que algo por dentro le mordía las entrañas cada vez que veía a Salvador Ledesma, el hijo del panadero de la calle del Pez. Le venía ocurriendo cada primer domingo de mes, justo cuando obtenía permiso para salir e ir a buscar el encargo mensual de la madre superiora. Esperaba que Salvador la mirara como se mira a una mujer, no a una joven novicia que duda de su cuerpo, de sus posibilidades y hasta de su fe. Al salir del convento y pisar el callejón se santiguaba una y otra vez. Pero no lo hacía encomendándose a ninguna protección celestial, todo lo contrario, lo que deseaba que sucediera era muy terrenal.

Quería ser amada, que Salvador abrazara sus huesos y su carne. Que hundiera sus dedos en su cuerpo, como si deseara perforar un gran bloque de mantequilla y derretirlo. Fundirse estrechada contra su cuerpo y evaporarse, diluirse como gotas de agua que se pierden en la tormenta. Parece ser que en una ocasión, el chico le mostró cierta parte de su cuerpo, la dureza de su sexo escondido, contenido tras el pantalón. Fue un accidente totalmente premeditado, para ponerla a prueba. Para ver que tan fuerte era su fe y su vocación religiosa. Poco duró su contención y fortaleza, en realidad, no tenía intención de hacerse la digna. Desde ese día, Monipenny tuvo claro, que era mujer y que deseaba con fervor estar con un hombre a solas y desde luego, que ese santo varón no tuviera aspecto de profesor, ni confesor, ni mucho menos que vistiera sotana.

En aquellos días el calor se apropió de Penny. Un rubor ardiente se extendió por su cuerpo, se apoderó de sus candorosos pechos que luchaban por salir de su prisión monacal, explorar, incluso hacer estallar los botones de su blusa, y entregarse… Entregarse al universo para ser engullida por el mundo mismo, ser devorada por la pasión y el vicio incontenible de la carne. Monnipenny frotaba inocentemente su entrepierna con la bolsa de bollos comprados al panadero… cerraba los ojos y mordía sus labios, imaginando ser poseída por el miembro enhiesto de Salvador.

Pero Salvador le repetía… ¡No te obsesiones! ¡No soy ningún apolíneo, solo soy el hijo del panadero! Lo que pasa es que tú ¡te has enamorado, alma de Dios! y ya no sabes distinguir. Y volvía a repetir, ¡No te obsesiones, ¡No te enamores!, ¡No sufras!, ¡No me quieras!, ¡No me extrañes!… ¡No es para tanto, mujer!

Definitivamente era el rey del “No”. Y así se lo hacía saber, aunque en el fondo, estaba deseando deshacerse de todos esos remilgos y amarla de una vez por todas, con todas sus erectas consecuencias. Ella en cambio, era la chica del “sí”… siempre decía, “sí”.

Sí a todo, pero no a todos. Monipenny tenía claro que era él, el chino incrustado en la suela de su zapato, y que esperaría pacientemente, a que él sintiera lo mismo. A que experimentara en su cuerpo ese dolorcito, ese pellizco comprimido a la altura del ombligo que le calentaba el alma… y ciertas partes del cuerpo.

Aquel domingo Penny se propuso entregarse a su salvador… Y preparó una cita, en la que él no tendría más remedio que concederle todos los deseos, y amarla suciamente, como se ama solamente a una cándida aprendiz… Continuará…

 

 

 

 

 

 

 

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QUÉ PASA CUANDO ESCRIBO. EN HONOR DE LOS TIEMPOS PASADOS

QUÉ PASA CUANDO ESCRIBO. EN HONOR DE LOS TIEMPOS PASADOS

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No se pueden retener los buenos momentos. Hacerse mayor implica admitir realidades. La vida es cruel y nos proporciona instantes en los que querríamos quedarnos a vivir para siempre, pero el tiempo nos lo quita todo. Nos expolia con lenta delectación hasta dejarnos indefensos y desnudos. Sin padres, sin infancia, sin amor, sin canción, sin sorpresas, sin amigos, sin salud, sin fuerza, sin fe, sin confianza, sin vida. Algunos dicen que a ellos no les pasará eso. Bien, estoy dispuesto a discutirlo en otro momento. Pero la verdad se resume en que atrapamos cosas que se convierten en nada. Agarramos nuestros trapos y nos los arranca el tiempo a tirones o simplemente los convierte en polvo para llenar el gran reloj de arena que nadie ha logrado invertir, el que siempre mide la existencia dejando que todos los granos se acumulen engullidos en un depósito llamado “antes”

Especialmente los instantes de felicidad, no podemos retenerlos, ni parar los relojes. He dejado de pensar en el pasado. Me he independizado de él. Hay que emanciparse. El pasado es como un buen padre, al que le debes todo, pero no le debes nada. Ni es posible devolvérselo, ni quiere que lo hagas. De los grandes instantes significativos pretéritos sólo me queda el respeto. Conservo el respeto. Quizás escribir como cualquier otra actividad artística, sea rendir homenaje al asombro, al descubrimiento, a esa sensación momentánea de sabiduría que se nos escapa como el resplandor de un fósforo. Yo respeto esos momentos de felicidad, con significado. Me abstengo de comportarme de modo desconsiderado con lo que un día sentí con intensidad. No lo pisoteo. No lo deshonro. Si no sabes lo que significa respetar esos minutos grandiosos, acaso no los has vivido, o quizás no respetas tampoco tu vida, y la profanas, la desbaratas. Porque esos instantes son toda tu vida.

He grabado en mi memoria una fragancia, una sombra y una luz, una mirada, junto a unas tablas, una canción y una sonrisa. Colecciono estos tesoros, sin añorar nada. Sé que son irrepetibles. Pero los admiro porque fueron puros o porque yo creí que lo eran. Son figuras de cristal del bueno en la vitrina de los momentos ya acaecidos. Son símbolos, y mantienen su significado. Perdida la fe, toda la fe, la fe en todo, seguiré mirando con devoción tanto las cruces como los atardeceres.

Siempre.

Enrique Brossa

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