Un Dorsal

Un Dorsal

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Esta mañana, cuando salí a correr, el cielo estaba cubierto de nubes tenuemente coloridas de un gris blanquecino. Una brisa suave y fría daba el aviso premonitorio de la lluvia que venía en camino.

Ni modo, ese día tocaba correr. Me coloqué en el pecho el dorsal de “¡No más hambre!” y salí.

“¡No más hambre!” es uno de los dorsales que más he utilizado durante mis entrenamientos, por lo cual está bastante gastado y roto en las esquinas, que es en donde coloco los imperdibles para sujetarlo a la franela.

Ya de regreso a casa, la suave brisa que me había refrescado en el camino, paso a convertirse en viento que chocaba de frente contra mi rostro. A lo lejos vi a la lluvia, que como una cortina corrediza se iba desplegando por el cielo, avanzando hacia mí.

Pronto sentí las primeras gotas en mi rostro. Una lluvia suave y dispersa chocaba contra mis lentes dificultando mi visión y, sin embargo, seguí mi avance.

El dorsal que iba prendido a mi pecho empezó a mojarse y se fue debilitando poco a poco. Debilitándose como ese pueblo que está en las calles buscando qué comer. Debilitándose como ese pueblo enfermo que no encuentra medicinas para tratar sus enfermedades. Debilitándose como ese pueblo que está hambriento de justicia, trabajo, educación y respeto.

De repente, me di cuenta que el dorsal estaba pegado a mi pecho apenas por un imperdible. Los otros dos puntos de sustento habían sido vencidos por la humedad de la lluvia. El dorsal estaba a punto de caer al piso cuando lo tomé en mis manos y lo llevé de vuelta a casa.

Ya en casa lo vi con detenimiento. Estaba roto y con surcos. La palabra “hambre” dividida en sus dos sílabas por una grieta en su piel. Su piel estaba manchada y débil.

Un dorsal roto. Roto, como los zapatos del pueblo que viaja hacinado en el metro.

Un dorsal arrugado, como el alma de ese pueblo, quien tiene que ser malabarista y equilibrista para poder llevar un pedazo de pan a su casa.

Un dorsal manchado, como ese pueblo a quien le han quitado su dignidad con dádivas miserables.

Un dorsal con la palabra hambre dividida. El hambre que ruge en los estómagos del pueblo. Rugiendo de día y rugiendo de noche; puntual, sin prisa y sin demora, como un león enjaulado.

Un dorsal de piel débil como aquel enfermo que pudo haberse curado, pero por falta de medicinas, ve como su vida se va apagando como la llama de una vela a punto de consumirse totalmente.

Un dorsal roto, arrugado, manchado y débil como los presos del Helicoide y de “La tumba”. Como mi gente delgadita, desolada y triste que camina en mi América latina. Como esa mujer, a quien el hambre la seco. Como ese hombre, a quien el hambre le detuvo el corazón. Como ese niño, a quien el hambre le quitó la vida.

Entre certezas y soledades

Entre certezas y soledades

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Tengo una alma constante
aderezada con salsita de hambre
que busca las certezas de la humildad
y el manso sosiego de las soledades.
Habitante de la luz que emanas,
huésped de un cuerpo magro
al que le reconoce sus fatigas;
se reinventa con el sol,
colecciona atardeceres, lluvias,
lo mismo que aromas de azahares
y cúmulos del cielo azul,
en el cuenco de mis manos
para los días de pena,
menores desde que tengo un perro,
que también reconoce mis fatigas,
y homenajea con el difícil arte de la espera.
Y nunca ve más verde el jardín del vecino
porque sabe que la ventana es nuestra.
Compañero de nubes, apegos y tardes solitarias,
presiento que tiene un corazón lunar
donde una estrella titila
sobre su borde más cercano.
Se acerca al alma mucho a mucho…
Y a mi poco a poco,
para no sobresaltar un corazón
que construye sobre escombros y soledades.
Soledades
disueltas en el profundo silencio
de la tarde desvaída.
Ahí encuentra calor y se reencuentra
como quien se mira atento en el espejo.
En el inmenso abrazo de un cielo rojo
donde se refleja la grandeza de los sueños.
Y la voz de un Dios piadoso que reclama:
Dejad que se acerquen más los perros.

Nadie sabe

Nadie sabe

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Nadie sabe que es agua
hasta que no hayan calmado una sed.

Nadie sabe que es agua
hasta que no lo culpen de un ahogado.

Nadie sabe que es tierra
si no lo mueven profundos sismos

Nadie sabe que es tierra
si no tienen surcos profundos en la piel.

Nadie sabe que es árbol
hasta que un columpio se meza en sus ramas.

Nadie sabe que es árbol
hasta que no tengan un ahorcado.

Nadie sabe que es pan
si no lo despedazan los hambrientos.

Nadie sabe que es pan
si las palomas no picotean sus restos.

Nadie sabe que es agua, tierra, árbol, pan.
Nadie sabe que es todo.
Nadie sabe que es nada.

Los hermanos

Los hermanos

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LOS HERMANOS

The road is long
With many a winding turn
That leads us to who knows where
Who knows where…”

Bob Russell / Bobby Scott – He ain’t heavy, he’s my brother

¡Que no me voy a ir. No puedo dejarlos aquí. Quiero que mi mamá esté a mi lado y no la voy a dejar aquí! –Jasmín miraba a su padre de forma retadora, era la primera vez que lo hacía y le temblaba la voz–. Su padre la miró y asintió.

El temblor de la tierra se hacía cada vez más fuerte. Los refugiados que venían huyendo de otros pueblos vecinos les habían dicho que las tropas que se acercaban venían con la orden de exterminar.

El pueblo había sufrido su dosis de exterminio matutino a través del ruido de los aviones que dejaron caer sus cargas explosivas, destruyendo lo poco que quedaba del mercado, el hospital y dejando su rastro de destrucción en las casas.

Su madre cayó herida en una pierna y no podía mantenerse en pie, así es que la tendieron en un catre debajo de lo poco que quedaba del techo de lo que había sido su casa. Jasmín corrió hacia el hospital para buscar ayuda y fue cuando vio que sólo quedaban sus ruinas. El personal médico sobreviviente iba de un lado a otro intentando salvar a la gente atrapada en medio de la destrucción, otros corrían a atender a los heridos del nuevo ataque. Vio gente con heridas terribles, gente desmayada del dolor, gente con el pecho abierto en dos, gente sin piernas ni brazos… Su madre apenas tenía una herida en la pierna y con un dolor terrible en el alma volvió a casa.

Entretanto, su padre había regresado del mercado. Oyó que les contaba a los vecinos que durante el bombardeo pudo escudarse en un portón metálico logrando salir ileso con apenas unos pocos rasguños. En cuanto cesó el revoloteo de los aviones salió de su escondite y se vino corriendo a la casa. Agradeció mucho la ayuda de los vecinos con su mujer. Un vecino le dijo que debían irse del pueblo. Las tropas avanzaban sin tener ninguna resistencia y, en uno o dos días llegarían al pueblo, dijo.

Poco a poco el pueblo se fue vaciando, poco a poco en sus calles solamente iban quedando despojos humanos y ruinas abandonadas. El sol fue secando la sangre regada en el piso y un olor nauseabundo empezó a flotar en el aire. Se oían quejidos y lamentos por los rincones. Pronto empezaron a oír el aleteo de las aves de rapiña que se acercaban a su festín.

Su madre de forma entrecortada le había dicho a su padre que huyeran y la dejarán ahí, a lo que su padre se había negado de forma muy vehemente.

La guerra te obliga a verte a ti mismo como un lastre, que era lo que pensaba la madre. La guerra te obliga a ver a otros como un lastre; es lo que pasaba con aquellos cuerpos destruidos que se lamentaban pidiendo ayuda; una ayuda que nunca les sería concedida, simplemente porque aquellos que pudieron darla o bien yacían a su lado, muertos; o bien los habían abandonado a su suerte, tratando de sobrevivir a cualquier precio.

Jasmín escuchó que sus padres hablaban en voz baja. Cuando dejaron de hacerlo, la llamaron. Su padre le dijo que tomara a su hermano y se fueran del pueblo, que se irían bajo el cuidado de algún vecino rezagado. Que ellos iban a estar bien. Jasmín sintió como su rostro infantil se iba calentando y con rabia contenida le dijo a su padre:

–¡Que no me voy a ir. No puedo dejarlos aquí. Quiero que mi mamá esté a mi lado y no la voy a dejar aquí!

¿Su padre acaso la tomaba por tonta? Sabía muy bien, que ellos no iban a estar bien. Sabía que en el mejor de los casos serían apresados y destinados a algún campo de concentración o sino simplemente serían asesinados. ¿A qué jugaba su padre?

Su padre la miró con lágrimas en los ojos y asintió. En su mente se dijo que, de todos modos, ya era muy tarde para que sus hijos se fueran a juzgar por el temblor del piso que iba cada vez en aumento, indicando que las tropas se iban acercando; poco importaba de cual bando fueran, lo que si era seguro es que llevarían a cabo su campaña de exterminio total.

Una niña de 9 años y un niño de 4 difícilmente pudieran moverse más rápido que ese ejército. Sí, lo mejor era quedarse todos juntos y jugar esa última partida de ajedrez con la muerte.

Miró a su hija y con infinita ternura la abrazó y le dijo: Está bien, nos quedaremos todos juntos. Pero quiero que me hagas una promesa… No sé qué vaya a pasar cuando lleguen las tropas, pero sea lo que sea… no importa lo que nos pase a tu madre y a mí, si tú y tu hermano logran sobrevivir, quiero que hagas lo que esté a tu alcance para que ambos sigan vivos. ¡Promételo! ¡Júralo, hija mía! Jasmín, en medio de su sorpresa, y con los ojos muy abiertos realizó el juramento.

El padre empezó a urdir cómo hacer para que las tropas no dieran con el escondite de sus hijos. Con restos de las paredes derruidas, ladrillos y adobes rotos fue construyendo un escondite en donde sus hijos pudieran caber. Al cabo de dos horas de arduo trabajo, el escondite estaba terminado. Conforme pasaban las horas, el temblor en el piso se hacía cada vez más fuerte, señal de que los tanques y las tropas estaban cada vez más cerca.

En un pequeño morral colocó los pocos alimentos que había en la casa y los puso dentro del escondite de sus hijos. Jasmín y Ulíses entraron en el escondrijo y él lo selló con el material más liviano que pudo encontrar de tal manera que Jasmín fácilmente pudiera moverlo cuando las tropas se hubieran ido. Antes de cerrar el escondite los miró y les dijo: Pase lo que pase no hagan ningún ruido. Hoy en el pueblo se está jugando el juego del escondite. Gana el que no sea encontrado. Deben salir solamente cuando no haya ningún ruido, cuando el temblor en la tierra sea muy suave y cuando no escuchen ninguna voz. Ambos pequeños asintieron. El padre finalizó: Cuando salgan no se acerquen a ninguna tropa que no tenga casco azul o casco blanco. Escóndanse para que ninguna tropa los pueda ver. Sólo salgan cuando vean a los cascos azules o cascos blancos. Los miró con todo el amor del que fue capaz de mostrar en ese momento, cerró el escondrijo y se fue al lado de su mujer.

El escondite estaba ubicado en una parte alejada de la casa derruida, en un rincón de lo que había sido el patio trasero. Visto desde fuera realmente parecía una estructura pequeña que se había derrumbado y que no generaba ningún tipo de sospecha de que alguien pudiera estar dentro.

El temblor se hizo más fuerte y su fuente era cada vez más cercana. El piso temblaba al paso de los tanques y empezaron a escuchar a lo lejos voces, gritos y ráfagas de disparos. Escucharon como unos soldados hablaban entre sí. Parecía que estaban tratando de obligar a alguien a darles información acerca de la resistencia, pero ese alguien no les respondía nada. Jasmín y Ulíses no lograban ver nada desde su escondite. ¿Sería su padre a quien interrogaban? ¿Por qué su madre no decía nada? Algunos soldados eran partidarios de llevarlos detenidos, otros decían que mejor era matarlos. Oyeron una ráfaga y la discusión de la soldadesca terminó. Pronto sintieron como los soldados se alejaban.

Esa noche no se atrevieron a salir. A lo lejos se escuchaban voces, es verdad que ya no había gritos ni temblores, pero la presencia de esas voces los mantuvo dentro del escondite.

A la mañana siguiente, se despertaron asustados con nuevos temblores en el pueblo. Los tanques se estaban movilizando. Poco a poco, las voces se fueron difuminando en el aire y los temblores se hacían cada vez más tenues. Jasmín miró a su hermano Ulíses y le dijo:

–Ya se están yendo del pueblo, pronto podremos salir y reunirnos con nuestros padres.

–¡Shhhhh!. Si hay alguien por ahí puede oírnos–, respondió Ulíses con su voz infantil en un tono muy bajo y muy serio.

El tiempo se hizó eterno, mientras el temblor de la tierra aún se sentía pero muy lejos. Las voces hace mucho tiempo que habían dejado de escucharse. Nadie emitía ningún ruido humano en el pueblo, solamente se escuchaban a las aves de rapiña que merodeaban los cadáveres cada vez más putrefactos. El olor se estaba haciendo cada vez más terrible.

Jasmín decidió que era hora de salir del escondrijo. Empujó el techo del escondite y éste fue cediendo poco a poco. Al cabo de pocos segundos, ella y su hermano eran libres para ir a donde pudieran. Jasmín salió y le pidió a Ulíses que se quedara dentro del escondite. Ulíses empezó a llamar a sus padres sin obtener respuesta.

Jasmín logró ver dos bultos inermes tirados en el suelo de la casa y supo que eran sus padres. No quiso avanzar para verlos por última vez. ¿Qué vería? Sus cuerpos mutilados y golpeados. ¡No, prefería recordarlos llenos de vida! Se volteó y fue hacia el escondite y le dijo a Ulíses que a sus padres los habían descubierto y se los habían llevado los soldados, pero que ellos eran los ganadores de juego del escondite y tenían que caminar mucho para que les dieran su premio.

Pronto empezaron a caminar en el medio de la desolación. Pronto salieron a los restos de lo que había sido su pueblo; donde ella, Jasmín, había aprendido a leer, donde había aprendido a ayudar a su padre en su trabajo del mercado, donde había aprendido a amasar la masa del pan con su madre, donde jugaba fútbol con sus vecinos.

La desolación fue la única compañera de viaje que tuvieron en el camino. Ulíses se cansaba de caminar y quería descansar, pero Jasmín sabía que eso no era posible, así es que lo empezó a cargar en la espalda. Su padre había metido dentro del morral de provisiones una tela larga que servía perfectamente para hacer el rebozo que le ayudaría a cargarlo. ¿Cuántas veces había visto a su madre cargar a Ulíses en la espalda? Incontables veces. Haciendo memoria y con la ayuda de Ulíses, que le echaba sus brazos en el cuello y sus piernas en las caderas, logró hacer el rebozo, para ir avanzando en una ruta que no sabían a donde los llevaría. Así fueron pasando los días y sus noches, con el hambre rugiendo en sus estómagos, el frío ateriendo sus cuerpos y trabando sus músculos, con el desamparo como único cobijo de sus almas.

Varias veces volvieron a escuchar el temblor en el suelo y voces humanas. Una vez más, se acercaban las tropas. Oo veces tuvieron que esconderse y a lo lejos pudieron ver que esas tropas no tenían cascos azules ni blancos, quedándose quietos en su escondite para no ser descubiertos, con el miedo mordiéndoles el alma.

No había mucho que hacer bajo el cielo lleno de estrellas excepto pensar y Jasmín pensaba mucho. Empezó a recordar las últimas palabras de su padre. Comenzó a analizar, una a una, cada palabra, cada frase:

“Pase lo que pase no hagan ningún ruido”, eso se lo dijo a ambos… pero el “Hoy en el pueblo se está jugando el juego del escondite. Gana el que no sea encontrado.”, eso era con Ulíses, yo soy demasiado grande para tragarme ese cuento, se dijo. Fue entonces que recordó aquella película italiana que habían visto en la plaza del pueblo hace algunos años. Su padre había usado casi las mismas palabras que aquel padre le dijo a su hijo en el campo de concentración.

“Deben salir solamente cuando no haya ningún ruido, cuando el temblor en la tierra sea muy suave y cuando no escuchen ninguna voz.”, ese mensaje era para ambos.

“Pase lo que pase no hagan ningún ruido”, eso se lo dijo a ambos… estaba claro que no había que hacer ningún ruido para no ser descubiertos, pero por qué “pase lo que pase”… de repente lo supo.

Supo que su padre siempre había sabido que él y su madre no saldrían con vida del pueblo. Supo que después de tapar el agujero de su escondrijo, se fue junto a su esposa para reconfortarla y esperar el final. Supo que aquel a quién interrogaba la tropa era a su padre. Supo que las ráfagas que escucharon habían sido las que cegaron las vidas de sus padres.

¿Su padre también había escogido el lugar del escondite para que nada de lo que fuera a pasar fuera visible a sus ojos? ¿Su madre estaba al tanto de todo esto?

Sí, la guerra te obliga a planear y calcular lo indecible para que alguien de tu familia logre sobrevivir, así sean dos niños huérfanos desorientados, rodeados de caroña y de muerte.

Esa noche, Jasmín lloró desconsoladamente. Ulíses se le unió aun cuando no entendía el porqué de ese lamento.

Siguieron el camino sin ningún rumbo. Entraban a pueblos arrasados por las tropas de cualquier bando. Hurgaban en medio de los cadáveres buscando algo de comida o algo para abrigarse por las noches. Entraban en las casas derruidas buscando un poco de agua. Poca cosa conseguían.

Sí, la guerra te obliga a transformarte en un animal, disputando el agua y la comida a los chacales y las aves de rapiña; a los perros y gatos que fueron, en algún momento, las mascotas de alguien.

La promesa que Jasmín le había hecho a su padre, la llenaba de fortaleza y determinación, pero sentía que las fuerzas de Ulíses iban mermando, así como las suyas propias. Ulíses caminaba cada vez menos y necesitaba que lo carguen. Jasmín lo llevaba largos trechos en su espalda pero eso la iba desgastando cada vez más y más.

El ruido de los tanques volvió a escucharse en el amanecer de aquel día. Con el pasó de los días había aprendido a calcular qué tan lejos estaban las tropas dependiendo de la magnitud del temblor en la tierra. Sin duda alguna, se trataba de unas tropas que habían estado de descanso, empezaron a avanzar hace muy poco tiempo y estaban bastante cerca de donde ellos se encontraban.

Jasmín se salió de la carretera de tierra por donde iba con su hermano a cuestas y se ocultó a un lado de ella, en la parte de abajo del barranco. Nadie los podría ver desde donde se encontraban.

El temblor se hacía cada vez más cercano y pronto una nube de polvo amarillo fue apareciendo al ritmo del avance de los tanques. Las voces de nuevo empezaron a escucharse. Jasmín miraba hacia arriba para poder ver de cuál color eran los cascos de aquellos soldados. Vio como un grupo de soldados se salieron de la carretera y se pusieron a ver la aurora. Las palabras de su padre retumbaban en su cabeza: “Sólo salgan cuando vean a los cascos azules o cascos blancos”. Los rayos del sol iluminaron los cascos de aquel grupo de soldados y Jasmín logró ver que todos eran azules y blancos.

La voz de auxilio le salió desde el fondo de su ser. Salió de su escondrijo y empezó a agitar los brazos. Los soldados se pusieron alerta y la apuntaron con sus armas. Sin embargo, ella estaba determinada a avanzar. Sabía que si nadie los auxiliaba pronto su hermano moriría y ella, probablemente, correría la misma suerte. Así es que empezó a contar su historia mientras iba subiendo el terreno por el que había bajado para ocultarse.

Los soldados le advirtieron que si seguía avanzando dispararían. Jasmín, al ver la reacción de esos hombres, pensó que su padre se había equivocado y que no podría cumplirle su promesa. Se detuvo y cerró los ojos, como si al cerrarlos no fuera a escuchar las ráfagas de las metralletas y quedó a la espera de aquel ruido, que se había hecho tan familiar para sus oídos, que señalaría el fin de su vida y la de su hermano.

Sin embargo, lo que escuchó fue a un soldado que en su mismo idioma, le preguntaba detalles sobre su pueblo, quién era el que iba en su espalda y otro sin número de preguntas. Jasmín abrió los ojos y fue contestando cada pregunta sin ningún titubeo.

El soldado le dijo que no avanzara más, que sería él, el que bajaría a auxiliarlos. Vio como el soldado iba bajando por el peñasco. Pronto llegó a su lado y la miró inquisitivamente. Miró el morral de provisiones prácticamente vació y tomó a Ulíses entre sus brazos mientras agitaba el brazo pidiendo ayuda. Vio como un casco blanco empezaba el descenso hasta llegar a ellos. Tendieron a Ulíses en el suelo y mientras esperaban que el casco blanco empezara a examinarlo, el soldado miró a Jasmín y le dijo:

–Llevabas una carga muy pesada en tu espalda.

A lo que Jasmín respondió entre sollozos pero con toda la alegría contenida en su interior:

–¡No señor, nunca fue una carga… No es pesado, no lo es… Es mi hermano!

Superviviente en un mundo frío

Superviviente en un mundo frío

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Hace frío, la verdad. Mi cabaña ofrece un aspecto acogedor que queda desmentido por el vaho que mi respiración desprende. Estoy incomunicado. La nieve no me permite ni abrir la puerta. Podría salir por la ventana, pero mi coche está cubierto bajo una espeso alud que por suerte no se ha llevado esta choza. Mi teléfono móvil parece tener una cierta cobertura intermitente, pero no logro avisar a nadie. Mis dedos tiemblan. Me cuesta telefonear. He echado ya los últimos troncos que tenía en la chimenea. Mantengo una llama suave para que no se consuma deprisa. Calculo que tengo fuego para una hora o dos. A partir de ahí, tendré que empezar a quemar las sillas.

Es tan bonita esta cabaña por dentro… A pesar de haberse quedado sin electricidad, y de estar tan oscura con este día horrendo. Pero la casa sigue preciosa, iluminada por la tenue fogata de la chimenea. Por ahora no tengo miedo. Hambre sí, ya son tres días… Ya tengo la primera silla preparada, con las patas rotas, listas para convertirse en combustible. Apenas hay algo de papel… Solo un periódico atrasado que he distribuido bajo mi camiseta y pantalones. Aísla muy bien del frío, esto ha sido una gran idea inspirada en los hombres sin casa que pasan las noches en los portales. Pero lo tendré que usar si me quedo dormido y las llamas se extinguen. Si el fuego se apagase… no sé si lograría hacerlo prender de nuevo. Quizás fuera haya doce grados bajo cero… Tengo helados los pies, pese a los mil calcetines que llevo puestos. Todo está muy húmedo. Necesito moverme, pero como tampoco he comido apenas… He abierto la ventana y he empezado a masticar y tragar las hojas de las plantas que tan cariñosamente viene cuidando la propietaria sobre el alfeizar. Muy bien no me siento.

Alquilé esta cabaña para estar solo escribiendo el Desafío Literario.

Quería aislarme… y sí que lo he logrado…
Mi portátil, como mi móvil se quedará pronto sin batería…
Lo peor del caso es que me voy a quedar sin mi sesión de hoy del taller de Enrique Brossa, por videoconferencia. Son unas sesiones magníficas y especiales. Si salgo de esta… creo que no desaprovecharé más mi tiempo. Escribiré más y me apuntaré a sesiones diarias de Enrique Brossa. Puede que dos o tres al día. ¡O cuatro! Y me convertirá en novelista. Me enseñará a expresarme como yo mismo soy. De momento voy a usar lo que me queda de batería para hacer el Desafío Relámpago.

Espero que no sea tarde, porque ahora lo veo todo claro. Escribir… Escribir es importante. Más que comer.

Photo by Hugo-90

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