Bajo la luz del candil

Bajo la luz del candil

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Álvaro era un niño que vivía en un pequeño pueblo escondido entre las montañas. Era el único niño que habitaba aquel recóndito pueblo que casi nunca recibía visitas de foráneos y que era como una pequeña gran familia formada por todos los habitantes. Él era feliz viviendo allí, pero en demasiadas ocasiones echaba de menos tener algún amigo con el que jugar. Sus compañeros de escuela vivían en otros pueblos más grandes y, durante los fines de semana y, sobre todo, las largas temporadas de vacaciones escolares, los echaba mucho de menos.

Sin embargo, Álvaro jamás se aburría. Salía y entraba de su casa cuando quería, con la tranquilidad que a sus padres les daba que cualquier vecino del pueblo le estaría echando un vistazo en dondequiera que se encontrase. Así que Álvaro disfrutaba de una libertad sin precedentes y combatía la falta de amigos con una desorbitada imaginación.

Lo peor era cuando, pasado el verano y las vacaciones, comenzaban las largas noches otoñales e invernales, que apenas le permitían pasar al aire libre todo el tiempo que a él le hubiese gustado.
La única cosa que Álvaro tenía prohibida era internarse en el bosque sin compañía, algo que, hasta el momento, había cumplido a rajatabla. Sin embargo, una de aquellas tardes de otoño en las que ya había anochecido y aún quedaba un buen rato para la cena, le venció la curiosidad. Era sábado y llevaba todo el día ideando algo que le ocupase la tarde, hasta que en su mente se comenzó a forjar la idea de dar un paseo por el bosque y ya no hubo marcha atrás. Una vez que había tomado una decisión debía cumplirla o, de lo contrario, por la noche sería incapaz de dormir. Por no hablar de lo largas que se le hacían las tardes encerrado en casa.

Con una linterna escondida en el interior de su chaqueta, anunció a sus padres que iba a salir a dar un paseo por el pueblo. Ninguno de ellos se opuso, pues tenían toda la confianza puesta en su hijo, que jamás había desobedecido una orden. Además, el avanzado estado de gestación de su madre, que albergaba en su interior dos pequeños, tampoco propició que sus padres se animasen a acompañarle. Pronto tendría compañeros de juegos en aquel pequeño pueblo donde habían encontrado la tranquilidad que necesitaban.
Al principio con pasos temerosos, luego ya más decididos, Álvaro se fue adentrando en el bosque. La oscuridad iba en aumento a medida que avanzaba, pero, de igual forma, le parecía ver cómo se iba acercando una luminosidad tenue que le llamó la atención. Curioso como era, dirigió sus pasos hasta aquel foco de luz que se divisaba entre los grandes troncos de los árboles, hasta que llegó un momento en que no necesitó de su linterna para continuar en su avance.

Oculto tras el tronco de un fuerte roble, observó boquiabierto cómo, alrededor de un claro del bosque, decenas de candiles colgados de las ramas más bajas emitían una cálida y titilante luz. En el centro del claro, diminutas figuras danzaban felices, en pequeños grupos que, juntos, formaban una circunferencia perfecta sobre el suelo ya cobrizo del bosque.

Sin poder evitarlo, Álvaro salió de su escondite para contemplar mejor a todos aquellos pequeños duendes, elfos y hadas que se habían reunido en el corazón del bosque. En un primer momento, todos detuvieron su baile, quedaron callados y expectantes al verse sorprendidos por aquel niño humano que les triplicaba en altura. Por primera vez en cientos de años habían sido descubiertos. Uno de ellos, el que parecía más anciano, se acercó hasta el niño, dando cortos pasos sobre un pequeño cayado de madera vieja. De inmediato sintió la inocencia en la mirada de aquel humano, la sorpresa que delataban sus ojos y la sonrisa sincera que mostraba su rostro.

Álvaro se incorporó encantado a aquella particular fiesta mágica, tras prometer que, con él, el secreto quedaría a salvo. Desde entonces, Álvaro acudía cada día, cuando ya había caído la noche sobre el pueblo, a su encuentro con sus nuevos amigos del bosque, que jamás permitieron que volviese a estar solo.
A día de hoy, varias décadas más tarde, Álvaro continúa asistiendo a aquellas reuniones de las que tanto disfrutaba y que, ahora, además, le proporcionan una felicidad sublime al observar cómo sus hijos derrochan el mismo cariño a sus pequeños amigos como él mismo lo había hecho en su infancia.

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Khaled

Khaled

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Entre los escombros de lo que un día fue su escuela, Khaled se sienta en el suelo y juega a amontonar piedrecitas. Las amontona con las manos sucias y, cuando la pila está haciendo equilibrios a punto de derrumbarse, las derriba con un golpe de misil improvisado con el brazo derecho. Hace tiempo que ya no puede ir a la escuela, pero el pequeño sigue acudiendo día tras día, para mantener vivo el recuerdo de lo que una vez fue algo de felicidad.

Queda poca gente en el pueblo, medio derruido y falto de alegría. Muchos murieron, otros muchos huyeron en busca de una nueva vida alejada de la guerra y el desastre. A los que quedaron allí, rara vez se les puede ver esbozar una sonrisa. Khaled juega solo, apilando los escombros de su escuela una y otra vez.

Se escucha un estruendo en la distancia. Khaled, sin alterarse, alza la mirada de su juego para ver la gran nube de polvo levantada por algún misil. El cielo ha vuelto a iluminarse otra vez. Como cada día. Con calma, el pequeño lanza de nuevo su brazo para hacer caer una torre de piedras más.

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Blanco Tiza

Blanco Tiza

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Eran tiempos en que las mujeres parían en su casa, ayudadas por alguna vecina o comadrona, retazos de sábanas blancas y agua caliente bastaban para atender a la parturienta. El médico solo entraba en casa de gente pudiente o acomodada, como se decía entonces.
Nueve hijos trajeron al mundo. Sobrevivieron siete. Los otros dos nunca se supo bien porqué murieron poco tiempo después de nacer. Era así, casi un fatalismo inherente a la vida. Dios lo quiso así, era el destino, fueron débiles, y los débiles desaparecen. Era una regla biológica instalada desde que el mundo es mundo. Se aceptaba y punto.
Siete bocas que alimentar, era trabajo arduo, no había tiempo para tener la cabeza en otra cosa que no fuese lo cotidiano, lo emergente.
La casa albergaba siete presencias laboriosas. No importaba la edad, había una jerarquía que se respetaba como el padre nuestro. Los varones trabajo en la chacra con el padre.
Las mujeres, la cocina, el lavado, el planchado, la costura para la familia y para una de las tiendas mas importantes de la ciudad. Se cosían desde cortinados hasta guardapolvos, prendas de vestir, manteles. Horas y horas gastando los ojos delante de la Singer a pedal.
Si el año venía bueno se carneaban tres o cuatro chanchos para el consumo familiar.
De algún modo era una fiesta, representaba el sustento asegurado.
Picar la carne, condimentarla y dejarla al sereno para que los sabores y perfumes penetrasen en lo mas íntimo de esa masa cruda que al otro día, vuelta y vuelta de manija fuese llenando los chorizos, que uno a uno, eran prolijamente atados por los mas chicos y sumergidos en grasa para conservarlos en un lugar fresco y ventilado.
Salar los jamones y las bondiolas, que dormirían hasta tomar la consistencia justa. Preparar las morcillas, dulces y saladas, y el dulce de sangre, que se cocinaba al horno y se cortaba en cuadrados repletos de pasas y nueces para deleite de los mas golosos.
No se desperdiciaba nada, los cueritos y las patitas se salaban y conservaban así, para perderse en un suculento guiso hecho sobre la cocina a leña, lentamente, para que el calor entrase pidiendo permiso en la olla de hierro.
Aquí en esta Argentina generosa, tenían su techo y su pequeña chacra.
Italia los escupió al mundo acosado por el hambre y la miseria. Allá quedaron paisajes y voces amigas, pero nadie volvió a pedir por ellos, nadie los invitó a volver, nadie los recordó. La nostalgia inventó historias de algo que nunca fue. Los pobres nunca fueron bienvenidos en ninguna parte.
Uno a uno llegada la edad asistieron a la escuela pública. Para un padre que nunca pudo hermanarse con letras y números, entendió que sus hijos debían salir de la oscuridad de la ignorancia. Para los que mostraron mejor predisposición para el estudio, por supuesto varones, se les otorgó la posibilidad de un colegio religioso con un título de auxiliar contable. Los otros, y las mujeres, hasta tercer grado. Después trabajo duro.
En tres años se aprendía a leer, escribir con corrección y las operaciones básicas. Con eso bastaba. Después a trabajar, no alcanzaban las manos de mamá deslizándose por el enorme tablero de amasar dibujando gnocchi, tagliatelle, fusili, o las deliciosas fogiatelle bañadas en almíbar para mantener en pie a la familia. Todo debía funcionar como una colmena. Quejas ninguna.
Las mujeres soñaban con la escuela, era casi un cambio de paradigma. Ajustar sus deditos de nudillos enrojecidos y ásperos por el trabajo rudo, al lápiz, que debían dibujar suavemente y con destreza esa cosa maravillosa que se llama alfabeto, deletrearlo y repetirlo hasta el cansancio para que mágicamente se combinara formando palabras, frases, y textos. Ellas en la escuela cambiaban el eje de su cuerpo: del músculo a las ideas, al conocimiento. Allí se hacían amigos y compañeros, muchos de la misma condición, otros mejor posicionados. Pero la escuela pública emparejaba. Ponía un rasero, el país necesitaba salir de la ignorancia.
Ema adoraba la escuela. Ya grande repetía que cuando debió dejarla en tercer grado fue uno de los golpes mas duros de su vida, a ella le hubiese gustado seguir estudiando, llegar a ser maestra. También adoraba los zapatos blancos que Blanquita Urquiza usaba los días de fiestas patrias.
En su casa, su papá una o dos veces al año pasaba por la zapatería de algún paisano amigo y compraba una bolsa de zapatos, de esos que quedaban para la oferta de la temporada. Tengo chicos de tres hasta 17 años, decía, cuatro varones y tres mujeres, agregaba. Entonces el paisano amigo metía en una bolsa lo que le parecía, acordonados, prendidos al costado, la mayoría con suela de goma.
Los niños empezaban a revolver la bolsa y buscar el tamaño mas parecido a sus pies.
Si eran grandes, una plantilla de cartón o algodón en la punta les daba el tamaño justo. Si eran un poco chicos papel mojado para estirarlos.
Nunca pudo Ema encontrar un par de zapatos blancos. Elegía siempre los de presilla al costado, eran más femeninos argumentaba ella.
Ese día ayudaba a su hermana a marcar los moldes de costura sobre la tela. Usaba una tiza de mordería, esas cuadradas y chatitas, de consistencia mas firme, que permitían un trazo fino y duradero.
La idea fue creciendo y creciendo hasta que sacó una nueva del costurero. Sentada bajo el parral, empezó a pintar sus zapatos marrones con tiza blanca, prolijamente, con trazo firme y parejo. Después con su dedito mojado en agua le dio el toque final que emparejó el improvisado teñido. Los dejó secar a la sombra para que no se resquebrajasen.
Con sus zapatos blanco tiza partió el día siguiente a la escuela.
Hizo gala de su nuevo calzado que a golpe de ojo parecían de un blanco original. Me los compró mi papá decía, así como quien no quiere la cosa.
En el recreo tan esperado, vino el salto a la soga.

Soy la reina de los mares
Y si ustedes quieren ver
Tiro el pañuelito al agua
Y lo vuelvo a recoger
A la una, a las dos, y a las tres,
A la coronita de San Andrés.

Cuando se agachó a buscar el pañuelo y mostrar la destreza de salir del salto a la soga, vio con horror que de sus zapatos salía flotando una nube de tiza blanca que dejaba al descubierto el horrible marrón africano.
Todas comenzaron a reír, fue una burla explícita, directa, una flecha en su corazón. Salió corriendo y se acurrucó en uno de los ángulos de la galería que daba a su salón de clases.
Así la encontró la señorita Sara, llorando silenciosamente, mirando hacia abajo, directo a sus zapatos descascarados. Le dio un beso.- Ema, tus zapatos marrones son hermosos- le dijo. Ve al baño y límpialos con este trapito húmedo.
Cuando Ema ya grande, contaba esta historia, con ribetes cómicos, siempre terminaba llorando de la risa, de solo pensar que ella, que ahora podía comprarse zapatos del color que quisiera, pudiese haber sido la protagonista de los zapatos blanca tiza.
Yo en cambio, pienso que las lágrimas eran las mismas de entonces, humillada en aquél rincón de la galería. Lágrimas de infinita tristeza.

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Álbum de fotografías

Álbum de fotografías

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Norma y yo jugando en la arena. La primera comunión de Norma. Yo, en carnaval, disfrazada de bruja.  Mi primer día de clases. Norma y yo en el patio del colegio. Los quince años de Norma. Norma, Carlos y yo comiendo la torta de los quince de Norma. Carlos y yo, besándonos. Yo, escolta de la bandera. Carlos, Norma y yo en la playa. Norma y yo en mi fiesta de egresada. Carlos y Norma bailando. Carlos y yo tomando Coca Cola de la misma botella, con dos sorbetes. Carlos y Norma riéndose tomados de la mano. El anillo que le devolví a Carlos. Norma y alguien más, no sé quién es. Yo, en mi cumpleaños con mi vestido azul nuevo. Carlos y Norma en su fiesta de compromiso. Yo en un café, pensativa. Mi vestido azul manchado de sangre. Yo, quemando el vestido azul. La mamá de Norma y Carlos, llorando. El cuerpo de Norma, en un terreno baldío. El funeral de Norma. Yo, con el anillo de compromiso de Norma colgando de una cadena en mi cuello. Carlos y yo paseando por la rambla. Mi vestido de novia. Carlos y yo, de luna de miel. Yo embarazada de ocho meses. Norma, mi primera hija con Carlos.

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El Secreto de las Mandarinas

El Secreto de las Mandarinas

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— ¿Es Murcott o Clementina?

La pegunta me llamó inmediatamente la atención.

—Clementina Doña Ana, las Murcott están en los cajones de la vereda— respondió el verdulero.
—Son las más dulces, 2 kilos por favor- agregó la señora Ana.
—Es cierto, y fáciles de pelar. Aquí van dos de regalo, por si alguna falla.
—Gracias Ricardo —y abrió cuidadosamente su bolsa de red, a la que había colocado por dentro una de plástico de supermercado, para que ninguna fruta de su preciado tesoro recién adquirido, terminase rodando por allí.
Pagó la cantidad exacta, con billetes y monedas que sacó prolijamente de un pequeño monederito rojo, ya despellejado por el uso. La miré alejarse despacito, con ese paso cansino y vacilante que traen los años.
Yo era el próximo.
—Hacía años que no escuchaba que alguien conociese la variedad Clementina— le comenté al verdulero.
—Pasa que Doña Ana es de las de antes, conoce de frutas y verduras, es de la gene-
ración del huerto y el montecito frutal en el patio del fondo—dijo riendo y casi
con orgullo ajeno— igual que mis abuelos — agregó con un dejo de nostalgia
— Hoy compramos solo por la pinta – dije, e inmediatamente me arrepentí de haber
hecho un comentario tan estúpido.
—Además, Ana hace el licor de mandarinas más delicioso que nadie haya probado
—comentó mientras colocaba con sus manos ásperas las papas en una bolsa de
plástico. —Eso sí— agregó intentando limpiárselas en el delantal, tan sucio que
no se podía adivinar su color original—hay que tomarlo de a poquito, porque
sino te deja KO, lo prepara con base de vodka.
— ¿Con vodka?, también así lo hacía mi vieja— dejé escapar en un susurro.
—Todos los años me trae una botellita de regalo, y yo agradecido— dijo rién-
dose—. ¿Algo más señor?
— No, nada más – le contesté de fórmula.
Mis pensamientos habían volado lejos. ¿Cincuenta, cincuenta y cinco años atrás?, y si, más o menos.
Mediados de Mayo, esa parte del otoño de días escasamente soleados, donde el invierno insolente puja por entrar obligándonos a las molestas mangas largas, iniciaba el ritual del licor de mandarinas
La casa de la calle Maipú al ochocientos, donde disfruté la infancia, quedaba envuelta en un velo invisible, perfumado de esencia de mandarinas. Todos los ambientes de la casa se impregnaban de ese olor inconfundible, hasta en las sábanas, al momento de ir a dormir rigurosamente a las nueve y media.
Era el tiempo en que mi madre se abocaba a la preparación de licor. Primero cepillar y lavar la fruta con agua fría, después pelarlas cuidando de no destrozar las cáscaras. Así lavadas, se hundían en frascos de vidrio con abundante vodka, para dormir allí un sueño de largos veinte días. Magia en los recipientes, que día a día iban tomando un intenso color naranja.
Mis hermanas y yo colaborábamos en el pelado. Era en el patio que nos sentábamos a la sombra de algún árbol, alrededor de un gran fuentón lleno de fruta y allí emprendíamos la tarea. Pulpa para el dulce, cáscaras para el licor. Aprovechábamos para comer la pulpa entera, sin separarla en gajos, con el jugo chorreando por las comisuras de los labios.
Algunas cáscaras, las más firmes y de mayor tamaño las guardábamos en nuestros bolsillos, para confeccionar las “dentaduras de ogro”. Moldeábamos la cáscara de modo que su lado blanco quedase hacia fuera y luego con un cuchillo marcábamos dientes bien grandes. A modo de dentadura nos las metíamos en la boca y las usábamos como parte de disfraz de algún juego de aventuras o para asustar a los más pequeños.

— ¿Saben que la mandarina es un fruto muy, muy antiguo?—decía mi madre—
La planta tiene una antigüedad de millones de años
— ¡Millones de años! ¿Y cuánto es eso? — preguntábamos, sin poder tener
noción exacta de semejante cifra
—Muchos, muchos. Es originaria de las zonas tropicales de Asia.
— ¿Y cómo llegó aquí?
—Viajes, guerras, conquistas. El nombre mandarina viene de mandarín, que .
eran gobernantes de la antigua China, y parece que usaban trajes de este her-
moso color anaranjado
— ¿Cómo puede ser que crezca en el patio de la bruja de La Candelaria?— dije . cierto día
Fue la pregunta más desacertada de mi vida, porque me valió un coscorrón y una penitencia de cortar el pasto.
—Aquí no existe ninguna bruja de La Candelaria— me retó mi madre con fir-
meza
— Bueno,…. todos hablan de la bruja — quise excusarme
—Si la señora Luisa fuese tan bruja, no nos regalaría mandarinas en cada
temporada—argumentó mi madre.
Fui expulsado de la tarea de pelado, ante el silencio de mis hermanas, que también sabían de la bruja de La Candelaria.
A los nueve años ya me había consagrado como uno de los líderes de nuestra pandilla: “Los Monos Trepadores”. Así nos llamábamos después de un largo debate, que fue zanjado por votación secreta. Tal vez lo de los monos vino a cuenta de Tarzán, rey de la selva, la aventura mas difundida en aquellos años, que leíamos en formato historieta o escuchábamos por Radio Nacional.
Conocíamos cada árbol, de cada patio, de cada baldío, que nos daba acceso a trepar por techos y medianeras con extrema velocidad y fluidez. Manejábamos un panorama aéreo de toda la manzana. Eso nos permitía visitar amigos, que por travesuras o malas notas habían sido castigados con prohibición de salidas a la calle. Se hacían encuentros clandestinos en los patios o a través de las medianeras, con lo cual el pobre condenado aliviaba su reclusión.
Recogíamos parte de conversaciones y comentarios de las mujeres que tendían la ropa, o espiábamos a la chica que nos gustaba, para descubrir (la mayoría de las veces sin éxito) secretos de su intimidad. Debo decir no sin un poco de vergüenza, que robábamos algunos huevos frescos de los gallineros o nos hacíamos de bolsas de fruta como botín para después devorarla en grupo ¿Acaso la fruta y los huevos robados no tenían un sabor diferente? Eran el premio a la astucia, al arrojo y al acto ilegítimo en nombre de “Los Monos Trepadores”.
Tal vez el aspecto más tierno, lo dieran los ramos de flores de jardines robados sin piedad, que entregábamos a nuestras madres con cara de mansos corderos y que ellas agradecían emocionadas con lágrimas en los ojos.
La vida, los juegos, las aventuras, se desarrollaban en la calle, en un territorio marcado por la impronta de la imaginación infantil.

Había dos cosas que ensombrecían mi vida: una era el misterio que se encerraba en La Candelaria, la otra el fantasma de la poliomielitis.
La enfermedad, causada por un virus, aterrorizaba al mundo, y especialmente a los niños. Se decía que los más afectados eran entre los cuatro y diez años. Yo, que por aquellos tiempos tenía nueve, estaba dentro de la zona de riesgo. Había visto niños mutilados de por vida, condenados a la silla de ruedas o en lo mejor de los casos a llevar esas horribles prótesis que rodeaban y sostenían los miembros reducidos a ramas secas y flácidas.
¿Cómo imaginar que uno de los líderes de “Los Monos Trepadores”, quedase reducido a un bulto inútil, cuyo destino era la silla de ruedas? Por aquellos días mi padre me había dado la buena que empezaría a aprender a nadar, algo que había deseado desde hacía largo tiempo.
—Te inscribí en el náutico con el negro Pereyra para aprender a nadar este vera-
no—me dijo consciente del impacto del notición.
— ¡Con el negro Pereyra!, dicen que es el mejor— contesté y me le colgué del
cuello.
—Eso, si, todo aprobado en la escuela.
— ¡Lo juro!—dije levantando el brazo.

La polio vino a quitarme el sueño, a despertarme una y otra vez durante la noche y mover mis piernas entre las sábanas, para cerciorarme de que todavía era uno de los afortunados.
Las pesadillas de mi invalidez eran recurrentes, y más de una vez me desperté llorando, con la imagen de estar sentado en la silla de ruedas mientras me hundía lentamente en la pileta del náutico.
En el año 1954, una noticia ocupó los titulares y conmovió al mundo. La tremenda pandemia de la polio, había encontrado la horma de su zapato. Un médico llamado Salk había descubierto la vacuna para combatirla y la había probado inoculándose él mismo.
La gente pintaba los árboles con cal y colgaba bolsitas con alcanfor en las camas de los niños. Las creencias populares se alimentaban unas a otras, tratando de desafiar el miedo y la enfermedad, que recrudeció en 1956. Hubo que esperar al año siguiente, para que la vacuna llegase a nuestras escuelas, y si bien yo tenía terror a las agujas, jamás afronté con tanta fuerza de espíritu el pinchazo en mi brazo derecho.
Ese día “Los Monos Trepadores” festejamos a lo grande comiendo torta de chocolate que mi madre preparó para tan notable acontecimiento ¡Estamos salvados!, fue nuestro nuevo grito de guerra.

La Candelaria era el nombre de aquella enorme casa antigua, de planta baja y primer piso, que había sido en otros tiempos una señorial casa de campo. Todavía luchaba por sobrevivir al acoso del desarrollo urbano. Lo que antaño fueron las afueras de la ciudad, hoy constituía irremediablemente zona urbana.
La Candelaria se mantenía en pie, con esa nobleza de épocas de bienestar, pero que no podía disimular los apremios económicos.
Venida a menos, deslucida por el paso del tiempo, de estilo anglo normando, con techos a dos aguas, acusaba ya la falta de algunas tejas, y larga ausencia de pintura que resaltase sus trabajos en madera de la fachada.
La hiedra que insolente había invadido las paredes, confirmaba de algún modo que sería fatalmente ahogada por el avance de subdivisiones, casitas de barrio o condominios urbanos.
El parque, rico de pinos, cedros, robles, acacias y jazmines, crecía casi desenfrenadamente abandonado a la buena de Dios.
Ocupaba largamente una manzana, solo se mantenían limpios algunos senderos que llevaban a la zona de frutales y una precaria huerta.
Nosotros habíamos intentado penetrar la tupida vegetación, para llegar a poder espiar el misterioso interior. Nunca lo logramos, los perros la custodiaban celosamente, y ante el primer ladrido la bruja se asomaba a la puerta y con gestos de furia, nos obligaba a emprender la retirada.
Trepados desde los árboles vecinos, veíamos una habitación en la planta alta, con la cortina semicorrida. Alguien nos observaba, y ante el primer saludo que hacíamos a la distancia alzando los brazos la cortina se cerraba definitivamente.
El Toro Fortunato, fortachón pero ágil, había intentado una noche, de invadir propiedad ajena trepando por una escalera de emergencia en la parte trasera de la casa. Lo había logrado, para después, buscando apoyo en la enredadera, llegar hasta la misteriosa ventana. Lo que vio le hizo perder pie y cayó agarrándose como podía de las ramas salvadoras. Logró salir saltando el portón de entrada, raspándose las piernas y brazos, perdiendo un zapato y dejando un pedazo de pantalón en las fauces de uno de los perros.
— ¿Qué viste Toro, contá?
—No pude ver bien, pero era un monstruo – dijo con voz temblorosa al revivir
el recuerdo
— ¡Mierda!— contesté— esa puta bruja hace maleficios.
— Mi vieja dice que no nos acerquemos—comentó el Finito Díaz
— Mi viejo dice lo mismo, que nos dejemos de joder—agregó el Pata Sánchez.
— Yo renuncio —dijo el Toro—mi viejo me dio un par de azotes por el zapato
y el pantalón

Pasados los veinte o veinticinco días de sueño dentro del vodka, las cáscaras de mandarina habían entregado en cuerpo y alma todas sus esencias y color. El líquido estaba listo para transformarse en licor.
El almíbar debía tener la temperatura y el punto justo para unirse a él y corporizarse como dulce elíxir, tal como hace un mago y su conejo salido de la galera.
Un naranja dorado iba llenando los pequeños botellones, que luego se tapaban con corcho y se sellaban. Listos para beber o regalar, se alineaban sobre uno de los estantes de la alacena.
—Alejo—dijo mamá— vamos a llevar estas botellas de regalo a lo de la señora
Luisa
— ¿A La Candelaria? No creo que podamos entrar— me excusé con rapidez.
— Sí vamos a entrar. Si las mandarinas salieron de allí, pueden volver a entrar.

Era inútil discutir, así que con el corazón en la boca, caminé junto a mi madre con uno de los botellones en la mano. Traspasamos la puerta de entrada al predio. Ni noticia de los perros. Mi madre golpeó la magnífica puerta principal.
La bruja apareció, abriendo de par en par. Si no hubiese sido vacunado podría haber pensado que en ese momento mi cuerpo estaba totalmente paralizado.
Era alta, de físico contundente. El cabello canoso lucía un tanto desordenado. Vestía un pullover negro de lana liviana y una falda blanca. El collar de perlas caía hasta la mitad del busto.
—Buen día Luisa, le traigo para que pruebe el licor de este año.
—Adelante Raquel, pase, pase. ¿Este es su hijo?
—Soy Alejo – balbuceé.

Una espada de ojos celestes me atravesó de lado a lado.
—Nadie hace el licor como usted Raquel, algún día me gustaría saber el
secreto
—Tres cosas—respondió mi madre— sus magníficas Clementinas, la calidad
del vodka y el punto del almíbar. Después es solo respetar el tiempo.
—Quiero agradecerle a su marido me haya socorrido la otra noche.
— Es su obligación Luisa, para eso están los médicos.
—Quiero hacerle probar mis scons con ralladura de mandarina, concédame ese
deseo y de paso nos deleitamos con un vasito de licor

Yo había permanecido a un costado, deslumbrado de ver tantos objetos antiguos, magníficos a pesar del deterioro. De pronto, vi la escalera que llevaba al piso superior. No pude con mi espíritu salvaje y aventurero y me animé a recorrerla lentamente y con alas en los pies.
Un ancho y largo pasillo se abrió ante mis ojos. Me parecía estar dentro de alguna de las películas de misterio que veíamos los domingos en el cine Super.
El instinto de Mono Trepador buscó la habitación que daba al frente de la casa, la de la cortina semicorrida. Abrí sigilosamente la puerta. Allí estaba.
En una silla de ruedas, una niña me miraba. El cuerpo deforme y flácido estaba sostenido por correas que lo fijaban a la silla. La cabeza caía inclinada sobre uno de sus hombros. Las piernas, delgadísimas, apoyaban sobre unos soportes para que no permaneciesen colgando. El vestido blanco lucía impecable con su ruedo adornado de puntillas y su hermoso cabello rubio prolijamente peinado estaba sostenido en la nuca por un moño blanco de raso. Los ojos celestes eran iguales a los de su madre. Dijo algo parecido a pasá, adelante. Yo di dos pasos y quedé clavado en el piso de esa enorme habitación. Insistió haciendo una mueca que quiso ser una sonrisa. Me puse junto a ella, que suavemente acarició mi mano.
—Hola Candelaria – dije con un hilo de voz
Me señaló un libro. Lo tomé y empecé a leerle El Gato con Botas. Las palabras fueron ocupando la habitación. Poco a poco el silencio y la soledad desaparecieron ahuyentados por la fuerza y la energía de mi voz. De tanto en tanto alzaba la vista y veía como sus hermosos ojos azules se habían perdido en un intrigante mar de aventuras. No sé cuanto tiempo transcurrió, hasta que escuché: ¡Alejo, donde estás, nos vamos!
Cuando alcé la vista, ella tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no de tristeza.
Balbuceó un gracias pleno de felicidad.
Al salir, en un rincón de la habitación, haciendo guardia permanente, vi el tubo de oxígeno.

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