Pánico en la oficina

Pánico en la oficina

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Lo reconozco todo, pero a la vez, todo resulta confuso. Las paredes están retorcidas y el suelo es irregular. Todo el ambiente resulta opresivo y hostil, pero yo me siento extrañamente segura. Veo gente a la que no tengo ningún problema en identificar, aunque guardan escaso parecido con su aspecto real. Sin embargo, un desconocido me toma del brazo para ayudarme a cruzar por un tramo campo a través, aunque estamos dentro de un edificio de cemento —y solo cemento— que conozco muy bien: se trata de mi oficina. No sé cómo he llegado hasta allí, ya que estoy de vacaciones en el extranjero, lejos de todo esto.
—¿Tú eres nuevo, no? —pregunto curiosa.
—Sí. Estoy por tu compañera, la que echaron la semana pasada.
—¿Cómo? ¿Por qué? —No me esperaba algo así. Esa respuesta me desconcierta.
—Resultaba poco eficiente. —Tiene una sonrisa en la boca, pero sus palabras me resultan devastadoras—. Por eso me escogieron a mí.
Dirijo mi mirada hacia mi otra compañera y leo en sus ojos una expresión de terror que me indica que de alguna manera su puesto también puede estar en peligro. Por si con su semblante no bastara, se agarra el vientre como si quisiera protegerse de algún peligro inminente que yo no puedo percibir. Su lenguaje corporal es el de una mujer aterrorizada. Está encogida y apenas levanta los ojos del suelo. Cuando ve que la estoy mirando con tanta fijeza, simplemente se encoge de hombros resignada y yo traduzco ese gesto en mi cabeza por «las cosas son como son, no se puede hacer nada». De repente un sudor frío empapa mi cuerpo. Por primera vez tengo la certeza de que mi empleo también puede peligrar. Entonces me despierto y comprendo que tan solo ha sido una pesadilla. Pero me queda un regusto amargo. ¿Es posible que me despidan? La pregunta se queda revoloteando en mi cabeza. Aún me queda una semana de vacaciones. Sin embargo, nunca he estado tan ansiosa por volver al trabajo.

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Refugiados

Refugiados

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Ruina del país que os vio nacer un día
En medio de un oasis ya pretérito, hoy campo de minas.
Familias rotas, desgajadas a fuerza de infortunios y muerte.
Un manantial de penurias infinitas
Gobiernan esa mala tierra que arroja al abismo a sus habitantes.
Impávidos contemplamos la atrocidad en todo su esplendor,
Apocalipsis que se vive en sus ciudades y sus campos:
Dios abandona a ese pueblo al mismo tiempo que
Occidente vende su alma al diablo
Sometido al egoísmo de sus hogares prósperos y felices.

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Versos fugaces

Versos fugaces

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Versos fugaces que flotando al viento
se posan suaves sobre la piel amada,
trazan besos en la arena mojada:
el corazón busca, anhela hambriento

del puro amor el ardiente aliento
para encontrar calmo su morada
donde reposar su alma cansada
y ahogar su atribulado lamento.

Sigo tu rastro, husmeo los rincones:
Amor, por qué me dejaste tan sola.
Echo cartas en todos los buzones.

Encuentro mi eco en otros corazones
y el mío solitario se desola
porque todos me responden burlones.

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Cautiva Parte 2 Me despido

Cautiva Parte 2 Me despido

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Anoche vino Javier, mi marido. Al llegar me besó en los labios y me agarró de la mano, como siempre. Pero a partir de ese momento las cosas se desarrollaron de manera diferente. Lloró de manera desconsolada durante mucho rato. Como no puedo mirar el reloj, no sé exactamente cuanto, pero se me hizo una eternidad. Yo hubiera querido hacer algo para confortarlo. No puedo verlo así, porque me entristece demasiado. Prefiero verlo alegre, aunque sea una alegría falsa, una careta que se pone para hacerse el fuerte delante de todos. Pobre… Mi situación es mala, pero la suya tampoco es envidiable. Tan joven y ni viudo ni casado, sino todo lo contrario. Encima, haciendo de madre y padre para nuestros hijos. ¡Cuánto me gustaría ayudarlo!
Al cabo de un buen rato, cuando ya se desahogó, se enjugó las lágrimas y comenzó a hablarme.
―Virginia, querida. La de hoy no es una visita más. He venido a decirte algo muy importante… No puedo ser tan egoísta. No puedo retenerte más. Tú lo sabes…
De repente se interrumpió y se recostó en la cama junto a mí. ¡Dios, cuánto tiempo sin sentir su cuerpo junto al mío! ¡Cuánto tiempo sin sentir palpitar su corazón!
―Lo he estado hablando con Marta y los doctores que te llevan aquí, en el hospital. Estamos todos de acuerdo y te vamos a desconectar. Para que descanses por fin… Por tu bien, por el de todos…
No me podía creer lo que decía. «¡Para ya! ―trataba de decirle mentalmente― ¿Pero no ves que estoy viva todavía? ¿Tan solo tengo cuarenta y dos años? ¿De verdad crees que estoy preparada para morir?».
—Será mañana a primera hora. Te sedarán y luego seguirán el procedimiento habitual. Es para asegurarse de que no sufras nada… Lo siento, mi vida, perdóname ―me susurró al oído y me besó de nuevo.
Luego se marchó.
No he podido dormir en toda la noche y aquí estoy, esperando mi muerte. Mi rebelión inicial se ha trocado en resignación. Soy una especie de fantasma. Creo que al final no es tan mala idea. Sé que me liberaré por fin de este cuerpo inútil. Pero confieso que tengo miedo, no a la muerte en sí, sino a dejar de existir. No dejo de preguntarme si hay otra vida. Si hay un alma que trasciende a la materia de la que estamos hechos.
Os dejo, que ya vienen a prepararme…
Fin

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Cautiva Parte 1 Me paso la vida esperando

Cautiva Parte 1 Me paso la vida esperando

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¿Sabéis qué significa el síndrome de enclaustramiento? Yo tampoco tenía ni idea hasta hace unos meses. Os lo voy a explicar. ¿Os imagináis estar plenamente conscientes dentro de un cuerpo inerte, que no responde a ninguna orden del cerebro? ¡Pues de eso se trata! ¿Horrible, verdad? ¿A que tan solo de pensarlo se os pone la carne de gallina? A mí también. Es que no me acostumbro a la situación. Veo a los médicos y enfermeras hablar entre sí, aunque nunca se dirigen a mí. Ellos creen estoy en coma, pero no es verdad: tan solo tengo un cuerpo desconectado de mí misma, un cuerpo que no me obedece.
Oigo y entiendo todo cuanto dicen. Escucho sus pasos o sus voces acercarse por el pasillo y ya sé a qué vienen. Por la mañana, a primera hora, toman la temperatura a todos los pacientes. Después traen el desayuno, que a mí me dan por sonda, al igual que el resto de las comidas, ya que no puedo tragar por mí misma. A continuación vienen las auxiliares a lavarme y hacer la cama y, un poco más tarde, los doctores pasan la consulta. Luego, la hora de la comida, por la tarde las visitas, la cena, hora de dormir y otra vez vuelta a empezar. Y así día tras día.
En algunas ocasiones sucede al revés, primero vienen los doctores y luego me asean. Tengo que decir que esa situación me violenta muchísimo. Prefiero estar ya arreglada y oliendo a colonia cuando llegan. ¿Qué queréis que os diga? Siempre fui muy coqueta y no voy a cambiar a estas alturas por muy impedida que esté.
En mi nueva vida, que casi sería mejor llamar no vida, me aburro mucho. Tengo demasiado tiempo para pensar, que es lo único que puedo hacer además de ver, oír y callar.
En cuanto a la vista, estoy condenada a mirar el techo o la pared la mayor parte del tiempo, lo cual llena mis horas de tedio. A veces me entretengo buscando pareidolias. Si me concentro puedo distinguir claramente los trazos de un paisaje campestre, con el sol ocultándose tras las montañas. Me imagino que yo estoy allí, sintiendo la brisa del atardecer en el rostro. Hasta me llega el aroma del romero y la lavanda… Pero ya me cansa también ese pasatiempo.
A veces me giran del lado del aparato que me hace respirar. Entonces me entretengo mirando la pantalla, con los gráficos y cifras que van cambiando según introduce o saca el aire en mis pulmones. Tiene algo hipnótico que me encandila y me mantiene distraída durante horas.
Tan solo cuando alguien se cruza de manera casual en mi campo de visión, puedo ver a alguna persona. Bueno, también veo a mi familia cuando me visitan porque se suelen acercar a besarme, a abrazarme. Además de verlos, puedo sentir algo de calor humano. ¡Mi piel contra otra piel!
La verdad es que estoy rodeada de gente a todas horas, pero me siento muy sola. Nadie puede acompañarme durante mucho tiempo en el lugar en el que estoy: atrapada en mi propio cuerpo. A pesar de mi patente corporeidad, soy invisible a los ojos de los demás. En general, actúan como si yo no estuviera.
―Pobrecitos, los niños. Quedarse sin madre tan pronto. ¡Lástima! ―«Marta, hermana, mírame a los ojos. Escucha mi voz interior. Sigo aquí. ¿Pero es que no te das cuenta?»―. ¡Criaturas! Menos mal que aún les queda su padre ―añadió entonces para mi desesperación.
Mi hermana Marta, mirando el lado positivo… Es así, no lo puede remediar: optimista por naturaleza. Ya puede suceder la mayor tragedia del mundo que ella siempre piensa que hay que dar gracias porque podría haber sido peor. Me gustaría decirle que me los trajera, a mis niños. ¡Tengo tantas ganas de verlos! ¿Pero cómo? Si no puedo hablar ni moverme. ¿Cómo podría hacerme entender?
Sé que Marta me quiere, pero nunca hemos tenida esa clase de conexión que tienen otras hermanas gemelas. De lo contrario lo sabría… Sabría que mi mente sigue aquí dentro. Marta, me quedaron por decirte tantas cosas y ya no podré. ¡Yo también te quiero tanto…! Ahora tienes que vivir mucho y bien. ¡Por las dos!
(Continuará…)

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