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Voy a escucharla con los ojos cerrados, con toda la concentración y atentamente, tal como me ha dicho mi padre. Él está empeñado en que lo haga así. Debe ser cosa de la edad.
Desde luego, este no es el tipo de música que suelo escuchar con mis amigos, y ademas mi padre no ha querido decirme ni el titulo ni el nombre del grupo que la canta. Una canción, dice que es, aunque ahora a estos fragmentos musicales de un par de minutos de duración los llamamos temas, o temazos si son muy buenos. En su tiempo las presentaban así, con esa palabra, canción.
Realmente ese nombre suena mas musical que el de “tema”, y además es femenino. Mucho mejor.
Yo se que mi padre me quiere, por supuesto, pero no parece entender que entre su generación y la mía hay una brecha muy grande. La música de ahora es mejor, con ese ritmo tan marcado, perfecto para bailar. Pero bueno, intentaré ahora que estoy aburrido, prestar atención a ese sonido que a él le apasiona, y tantas veces ha sonado en el coche cuando aún viajábamos juntos a ver a los abuelos, sin yo prestarle atención.
Recuerdo verlo tararear y casi bailar al volante oyendo “sus canciones”
No empieza mal, aunque es música sola, sin letra todavía. Es cuando menos original, se oyen muchos violines, chelos, metales; parece que hay una gran orquesta detrás. En mis temas favoritos estoy acostumbrado a escuchar solamente una batería con los bajos muy fuertes, y un sonido electrónico que solo acompaña, en el mismo tono,a la voz del cantante.
De repente suena un bajo, marcando un ritmo complicado, imposible de bailar. Una voz mucho mas dulce de lo que esperaba comienza una suave letanía. Todos, una infinidad de instrumentos, rodean la voz del solista en varios tonos distintos, creando segundas y hasta terceras voces sin ningún sonido electrónico. No puedo creer que esta amalgama de sonidos me haya puesto el vello de punta. Subo el volumen, la canción también crece en intensidad, se añaden mas voces al coro del estribillo. Cuando de pronto baja la energía de las voces y me obliga a escuchar con más detalle. Viene otra melodía, distinta de la primera y del estribillo. Parece que esta gente trabajaba mucho más que ahora para hacer una sola canción.
Todo acaba con una explosión de sonido, un big bang creador de emociones que no había experimentado nunca a través de la música y que hacer vibrar el silencio posterior.
No debería decírselo a mi padre para evitar un “te lo dije”, ni desde luego a mis amigos, que seguro que se reirían de mi; pero he disfrutado realmente oyendo esto, quién me lo iba a decir.
Le diré a mi padre que la he oído. Le diré que no está mal. Y que si se empeña, que me señale dos o tres canciones más de las que dice que son “las suyas”, por si me aburro.
Por supuesto, no le diré que he sido feliz durante todo el tiempo que sonaba su canción.
Tampoco le diré que lo quiero.

Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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