CAPERUCITA Y EL LOBO

CAPERUCITA Y EL LOBO

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El detective Corrales acabó de tomar declaración al Cazador.

Aunque lo que más le fastidiaba era la tediosa tarea de rellenar el informe para su superior, cuando el caso estaba resuelto la sensación del deber cumplido compensaba todo lo demás.

Y esta vez todo encajaba: un asunto de tráfico de cocaína, dos criminales y dos víctimas.

Caperucita averiguó que el Lobo distribuía la droga que alguien le suministraba. Cuando fue a contárselo a su abuelita, descubrió que ella era la traficante. De hecho, el lobo estaba allí con ella y la abuelita no dudó en ordenar a su sicario que matase a Caperucita. Menos mal que dio la casualidad de que el Cazador pasaba por allí y pudo acabar con la vida de los dos malvados.

Corrales estaba seguro de que en casa de la abuelita se encontraría el alijo, y que él se llevaría el merecido ascenso que tanto había perseguido.

En esos pensamientos andaba cuando vio cómo se alejaban Caperucita, que no había consentido separarse de su cesta ni un solo instante, y aquel pintoresco Cazador, que no dejaba de tocarse la nariz en un tic muy gracioso.

Satisfecho, comenzó a redactar su informe: “Había una vez una niña que vivía junto a su mamá en una casa del bosque…”

 

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Continente y contenido

Continente y contenido

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Continente son tus ojos, verde mar,

contenido es su mirada, que ilumina.

Continente son tus labios que, al besar,

anticipan el contenido de su sonrisa.

 

Continente es tu piel de leche tibia,

contenido, su tacto tostado, color canela.

Continente, tu rubio cabello de espiga,

contenido, cuando mis dedos recorren su seda.

 

Continente, tu corazón maltratado,

contenido, el amor que de él destila

cuando tu cerebro, continente helado,

no frena el contenido de tu alegría.

 

Continente es el camino que hemos andado.

Las huellas de nuestros pasos, su contenido son.

Contenido es la emoción de nuestro pasado,

todavía continente, el futuro que decidamos los dos…

La rotonda

La rotonda

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  • “¡Mira el chulo ése! ¡Va listo si cree que se va a salir con la suya!”

 

Dos rotondas, le faltaban dos putas rotondas hasta llegar a casa. Después de un día especialmente denso, la interminable cola de vehículos que se interponía entre él y la primera de las dos últimas rotondas le había sacado a Santiago ese Mr. Hyde que todos llevamos dentro cuando subimos a nuestro automóvil. Llevaba más de cinco minutos de reloj esperando “pacientemente” a que le tocase su turno de ingresar en la rotonda. Conocedor de lo mal que gestionaban el acceso a las rotondas todos los conductores de España, menos él, había decidido mantenerse en el carril derecho de la recta que desembocaba en la susodicha rotonda. Total, debía tomar la segunda salida y él sí conocía perfectamente las reglas de circulación en las rotondas.

 

Su “paciencia” estaba empezando a agotarse cuando vio a lo lejos, por el retrovisor izquierdo, un BMW cambiando de carril y avanzando a toda velocidad hacia la rotonda. “¡Qué falta de respeto hacia los demás! ¡Qué prepotencia!”, pensó, “¡Y lleva camino de alcanzar la rotonda cuando me toque a mí! ¡Pues lo lleva claro!”

 

Efectivamente, Santiago comprobó que la rotonda estaba despejada para él en el preciso momento en que el bólido del capullo llegaba a su altura, entrando los dos en paralelo a la rotonda. “¡Seguro que además va a querer tomar la misma salida que yo y se me va a cruzar sin respetar mi prioridad!” Así que Santiago, para enseñarle a ese listillo que no puede conducir como le salga de los cojones y salirse con la suya, ajustó la trazada de forma que ambos coches fuesen milimétricamente en paralelo y se mantuvo en alerta para ver cómo reaccionarían el BMW y su soberbio dueño cuando se encontrasen el acceso al carril exterior bloqueado.

 

Tras dos maniobras infructuosas (y temerarias) para adelantar a Santiago, en el último instante el BMW clavó los frenos en mitad de la rotonda y Santiago tomó su salida, con una sonrisa triunfal y una carcajada tan diabólica que casi no le dejó escuchar el tremendo golpetazo a sus espaldas. Cuando miró por el retrovisor interior vio el autobús. Se había subido literalmente sobre un amasijo de hierros, del mismo color que lucía momentos antes el BMW.

 

Aquel día en la ciudad murieron dos personas: Luis Goicoechea, 25 años, arrollado por un autobús en una rotonda, velado por familiares y amigos, e incinerado dos días después. Y Santiago Ruiz, 55 años, muerto casi al mismo tiempo que Luis, y que sobrellevó su muerte como buenamente pudo, en soledad, disimulándola durante otros 22 años más…

 

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Echo de menos

Echo de menos

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Echo de menos la calma del ayer,
aquellos tiempos tranquilos
en que vivir y envejecer
no mantenían el alma en vilo.

El trato directo con la gente,
el insustituible arte de charlar,
de compartir experiencias, de amar
sin mundos virtuales, frente a frente.

Echo de menos las miradas,
los llantos, las risas, las caricias
con los ojos, con las manos, sin pantallas
ni frases tecleadas, tan ficticias.

Tal vez sea un tiempo sin retorno,
quizá sea perpetua esta condena
y arrastre hasta mi muerte el dolor sordo
de esta honda añoranza, de esta pena.

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