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Sentí sus manos rozando mi piel. No podía verla, pero su respiración y aliento acariciaban cada terminal nerviosa de mi cuerpo. Cada yema horadaba hasta lo más profundo de mi ser, cuales punzones ardientes, agitando mi respiración, acelerando los latidos de mi corazón, despertado lo que en mí hacia mucho yacía el sueño de lo tristes. Ya me había coqueteado con premura, con frases sublimes, deliberados roces, ruidos mordaces y pláticas cargadas de estímulos y mensajes encubiertos. Era claro lo que con determinación ella buscaba. Pero no la veía, no podía, la última afronta a mis sentidos y capacidades sentimentales dio paso a un periodo de hibernación que muchos denominan como el sueño de los tristes; y es que ni los resabios de las alegrías de antes y las sonrisas de mucho antes, habían jamás conseguido lo que ella ahora, que con su disrupción, fácilmente discurría. Sentí su penetrante aroma, emergía de la profundidad de su fuente, era casi que el renacimiento de mi alma; majestuosa humedad que dilataba mi espíritu y acrecentaba delirios reprimidos y sensaciones casi desdeñadas. Ella era magia, sencilla candidez y fenomenal despliegue de lo que muy tras la consciencia, se desea. Sus roces, su respiración, su aliento; sus yemas horadaban hasta lo más profundo de mi interior, cuales punzones ardientes. Y así desperté del sueño de los tristes; y así al final pude verla y amarla.