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Su mirada era tan penetrante que la sentía hasta en mis más profundos estados de sopor. Cuando despertaba, siempre creía verla ahí, a mi lado, no cuidándome o sufriéndome; nada de eso, a tal cosa sólo se dedican los espíritus de quienes te han amado, te extrañan y desean seguir contigo; ella estaba ahí para hacerme recordarla y lo que hice, hasta que el último soplo de mi vida se consuma. Y sí, siempre fue así, penetrante su mirada, tanto que parecía descubrir cada secreto, cada historia, cada pensamiento; estar con ella era como vivir con una especie de omnisciente ser, con la capacidad de distinguir la verdad de la mentira dentro de mí. Sí, con solo mirarme lo hacía; y era tan penetrante esa mirada; lo admito y reitero con obstinación de ser preciso; tan penetrante, que aun cuando cierro mis ojos, la sigo sintiendo, y cuando despierto, la veo a ella, detenida a mi lado, dibujando esa última escena, haciéndome recordar hasta el más fino detalle de aquella noche de invierno en que esa mirada se cerró para los ojos del mundo, pero no para los míos. Lo que hice está más que claro, pero el cómo lo hice me constipa las entrañas con acumulaciones de horror, decepción y autoflagelación. Esos ojos los saqué y esa vida tomé; ahora están dentro de mí, por siempre y para siempre.