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Neptuno observaba, imponente; mudo testigo del universo que repentinamente sacudía el interior del caminante. Con cada paso que daba, con las imágenes que sus ojos recababan, el tiempo y la distancia se atrincheraban en similar asonada, revolviendo retratos; esos que rememoran un día, tal vez una hora, o un minuto, o hasta el más escondido de los segundos.
Neptuno observaba al caminante, cuyo corazón se remecía inclemente; aparcando su mente justo al lado de ese tronco, que sobre la senda del Ancón, un día con sus nombres marcaron, y prometieron volver a visitar.
Neptuno parecía doblegarse más allá de su fuente, sintió como suya aquella congoja que parecía consumir la vida del caminante. Miró a través de sus ojos y se detuvo al lado de ese tronco que escondía y guardaba para sí aquel instante de ternura.
Y fue entonces cuando el tiempo y la distancia se comprimieron. Con sublime aplomo, un fresco aliento se levantó de la fuente y acarició el rostro del caminante. Respiró hondo, plantó su mirada en el horizonte y desde las faldas del Santa Lucía, la nostalgia mutaría en esperanza.