Escribir es un deporte de riesgo

Escribir es un deporte de riesgo

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Escribir es un deporte de riesgo

Hoy os vamos a descubrir el secreto mejor guardado de un autor, tan oculto y misterioso como el conejo que habita en la chistera de un mago. A primera vista el único riesgo de escribir podría recaer en una uña descarnada ante un aterrizaje entre las teclas emocionado bajo el énfasis de los efluvios de la inspiración, pero no, ese no es el mayor de los riesgos y, consecuencias ¡Qué también!

Volviendo a la inspiración, regresamos a la chistera del escritor, donde remueves con las dos manos en la imaginación, y con ellas elevas cientos de palabras que, al sacudirlas contra la pantalla, solo unas pocas quedan dibujadas en el texto, el resto de estas se escurren entre los dedos, y vuelven al fondo de la fantasía para una mejor ocasión.

Si ya es difícil los anteriormente expuesto, la realidad diaria es más prosaica. Cuando andas buceando a pulmón en la mencionada chistera, y mantienes la respiración escarbando en el fondo oscuro de tu interior durante horas sin que puedas pescar nada, y justo cuando te viene la idea, resuena de fondo en la puerta.

  • ¿Estás ya? Llevas todo el día con eso, vamos a comprar y ya seguirás después.

Todo el día arriesgando en las profundidades de uno mismo para nada, porque tras la compra, el perro se dejará las uñas en mi muslo para salir a mear en algún árbol, y si me hago el remolón la gata se parará sentada en frente, y erguida me atravesará con la mirada de reproche que también le sale a la condenada.

Dedicado a todos mis compañeros de Desafíos literarios, y a su esfuerzo para el éxito de la presentación de nuestro último libro “El año que escribimos peligrosamente”

(Vídeo creado por Gemma Olmos)

Jordi Rosiñol Lorenzo

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La batuta mágica

La batuta mágica

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La tristeza, lánguida, silenciosa, pérfida e incesante en su caminar, recorre el mundo sin descanso ideando constantes formas de maldad, de desconsuelo y, de depresión, allá por donde pasa. Insegura, la infeliz odia profundamente la alegría, detesta percibir feliz al ser humano.

Pensativa y testaruda rebusca en el cofre de la perversidad, en él debe encontrar la solución definitiva, rotunda en la tortura que se oscurezca desde hoy y por siempre el planeta en una nebulosa gris que borre la sonrisa de los rostros de las personas. Eligió la clave musical de Mi por azar, la elección de una de ellas era lo de menos, el robo de cualquiera de las notas cumplía a la perfección su plan.

Asomada al pentagrama arrancó de él la mencionada clave, ante el estupor de cientos de miles de composiciones musicales que aterradas vieron mermadas la mayor de sus facultades, ya no podían armonizar la felicidad que les rodeaba. Cuando todo el mundo lo daba por perdido, apareció él en el escenario, vestido para la ocasión y agitando firme y fuerte la batuta, con inusitado frenesí, logró arrancarla de la mano de la tristeza, y devolverla por siempre al pentagrama de la felicidad humana.

Jordi Rosiñol Lorenzo

https://youtu.be/vHqtJH2f1Yk

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Miguel y María

Miguel y María

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La habitación conserva su aroma a pesar de que el tiempo inexorable no se detiene, cruel avanza hacia el olvido de una vida en común, que para él es la perpetuidad indiscutible de un rosario de recuerdos capaces de cambiar en décimas de segundo la mueca sonriente de gozo, y tornarla en tristeza en su rostro por la reciente ausencia de su amada tantos años. Vestido con la elegante bata, ataviado con el último regalo de “Reyes” que recogió aún no hace un año del árbol decorado con el típico espumillon y las bolas de colores. Al recordarlo, el anciano ve detenerse la estrella fugaz que presidio más de cincuenta años la copa del abeto situado cerca del hogar. La estrella se detuvo en seco, de golpe, sin avisar dejó de iluminar el día a día de aquella pareja que se le iba envejeciendo la piel, distendida se descolgaba haciendo pliegues tostados en sus rostros, aunque en el suspiro vital de su amor siempre se mantuvo tersa como la piel rosada de la adolescencia de María fielmente recordada por Miguel.

Acomodado en las mullidas zapatillas, Miguel sostenía difícilmente un vaso de leche tibia mientras recorría torpemente el pasillo hasta la habitación, al llegar deposito sobre la mesilla el vaso y las pastillas que tenía que tomarse. Ningún médico supo desde la fatídica noche, recetarle el medicamento adecuado para curar el mal que él padecía. Se quito la bata y la colgó del perchero de pie, se metió las pastillas en la boca, dio dos buches a la leche, y metido ya entre las sabanas estiró los brazos y las piernas buscando lo imposible. En cuanto empezó hacer efecto el orfidal sus ojos empezaban a darse por vencidos una noche más, una jornada menos a restar en la travesía hacia el fin.

Las sábanas frías, la cama inmensa, y no estaba ella para abrazarla, para acurrucarse los dos en cuchara, la huelo, pero no la toco, la siento, pero no la oigo. Quiero taparle los hombros desnudos, notar su respiración sosegada, retirar el pelo de su cuello y acariciarlo mientras duerme. Junto a maría los años que parecían meses, y en su ausencia, tan sólo unos pocos meses le parecen siglos. Una vez consiguió quedarse dormido, no supo cuanto tiempo había pasado, pero en el fondo le daba bastante igual. Miguel abrió los ojos y la oscuridad era diferente, era de una negrura nunca conocida. La paz y el silencio acompañaban paradójicamente la tenebrosidad, se despojó de la ropa de cama y al mover sus manos las vio describir gráciles destellos de una estela blanca que no iluminaba nada en absoluto, intentó levantar la voz y solo se oía él a si mismo con un tono pausado, empezó a mirar hacia todos lados, miraba en dirección al armario ropero de estilo clásico elaborado en noble nogal, giraba lentamente la cabeza hacia la cómoda a juego donde tantas veces se peinó María. Se miraba los brazos agitando las nebulosas, cuando de pronto otras estelas comenzaron a bailar por el espacio de la habitación. Miguel no tenía miedo a pesar de la novedad que se le representaba esa noche, sin tener referencias de tiempo, en un momento dado una de aquellas estelas se paro suspendida en el aire frente a él, fijó la mirada, penetró cada vez más en la figura que se iba formando, la imagen se hacía más nítida progresivamente hasta dejar ver el rostro joven de María que venía a buscarlo, venía a buscar a su amor huérfano en la tierra. Al verla, Miguel sollozaba alegría sin lágrimas, alargo sus brazos y levitó hasta ella, se fundieron en un abrazo silencioso que hablaba a gritos.

A la mañana siguiente al descubrir los hijos el anciano cadáver de su padre sobre la cama, se miraron y comentaron. — Seguro que está con Mama. — Y no se equivocaron.

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Mi madrina ¡Qué mujer!

Mi madrina ¡Qué mujer!

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Mi madrina ¡Qué mujer!

Un mal día lo puede tener cualquiera, como así sucedió en un asunto que en principio parece tan irrelevante como la elección de tus padrinos, en el caso que nos ocupa, fue concretamente el error escogiendo a la madrina del chiquillo. En descargo de los progenitores y su salud mental, han de saber que el retoño nació berreando con tal intensidad que parecía una cría de ñu cruzando el Serengeti sorteando las mandíbulas de terribles cocodrilos, bramó nada más ver la luz blanca del paritorio, y no dejo de hacerlo durante los ocho meses siguientes. Los padres miraban al bebé con la cara desencajada y los ojos vidriosos, el blanco ya era amarillento en los mismos, las órbitas radiaban decenas de venas rojas. La alegría en la espera de los nueve meses de embarazo, ese deseo incontenible de parir de una vez a aquella criatura se había tornado en una pesadilla después de los dolores.

La familia y amigos desfilaban unos tras otros a tal velocidad por casa que, sin dejar de enfriar el café y después de probar a mecer el retoño, creyendo en la habilidad de la experiencia y de la suficiencia que se otorgaban hermanas, primas, etc. Ellas eran madres expertas tras haber criado con anterioridad a ella diversidad de churumbeles, pero ninguna aguanto más de unos minutos sujetando a la criatura,se ponía tieso como un alambre y chillaba hasta aturdir los tímpanos del más pintado.

Decibelico perdido, el recién nacido vio entrar a una mujer rechoncha de tez morena, y de pelo negro ensortijado en un amasijo parecido a la estopa, la señora, tía de la madre de la criatura cogió en sus mullidos brazos al niño, y se obró el milagro! Se calló, crujiendo los huesos se destenso al fin en aquellos brazos, los padres a escasos centímetros se miraban entre ellos, miraban a la criatura y a la milagrosa tía, y a los dos se les humedecía los ojos, al padre incluso alguna lagrima le rodó por la mejilla. De esta guisa se sentaron en el tresillo de escay marrón presidido por un tapiz con motivos de caza de ciervos que cubría casi toda la pared.

Con el café de rigor, el padre saco la botella de Soberano que había comprado para la ocasión, a sabiendas del culto que le procesaba la tía al coñac. Fue entonces, cuando ella llevaba media botella pimplada, justo en ese momento con los padres embriagados de alcohol, pero serenos para aferrarse a un hierro ardiente, inconscientemente sonrientes los dos, le ofrecieron ser la madrina. La tía, loca de contenta, con las palabras resbalando por la boca y moviendo la estopa negra como el hollín lentamente de lado a lado, acepto la oferta, iba a ser la madrina.

Por salud para los lectores ¡Mejor nos saltamos el bautizo! ¡Durante los años siguientes la madrina visito tan solo en dos o tres ocasiones al niño que apuntaba maneras como futuro plañidero, no es que no quisiera venir la Tía, pero el carajillo matinal le empujaba a un par de copitas antes de coger el bus, y una copa tras otra le alejaba la parada hasta ser inalcanzable, como decían los anuncios de la televisión de la época “Soberano es cosa de hombre” y de tu tía le decía el padre a la madre!

 

Aún no había cumplido los nueve años el ahijado, cuando se enteraron de la muerte de la madrina, al llegar al tanatorio sólo estaba el fiambre encajado justo en el ataúd, apretada en la caja de nogal barnizado subida en el aplastado  acolchado, que acabado en puntilla blanca abrazaba a la madrina, y ella con una medio sonrisa porcelánica nos recibió. Murió sola, sin hijos, soltera y entera, así murió la madrina. Y ahora tocaba decidir que se hacía con ella, si se enterraba o se incineraba a la mujer —vaya papeleta con tu tía —le repetía el marido a la resignada sobrina— No sé ¿Qué es más barato? Preguntaron, sin pensarlo el comercial de dichos eventos les espeto —incinerar sin duda alguna —pues ale a ello, que ganas tenían de acabar con semejante compromiso, pero el problema gordo no había empezado.

¡Entre gruñidos cuatro fornidos operarios guiados por el comercial de contantes frases hechas de carácter mortuorio, como, ¡no somos nadie! ¡Siempre se van los mejores! Tras un esfuerzo titánico consiguieron meter la caja en el horno, y de fondo los sobrinos y el comercial con cara de circunstancias escuchaban al otro lado —Mariano dale candela al fuego que hemos metido un peso pesado, haciendo ver que nadie había oído nada, la madrina empezó arder, como no, primero fue la estopa negra, seguido de las pestañas postizas bañadas en mil capas de rimel francés. Los minutos pasaban, después las horas y la madrina seguía ardiendo, los vecinos de otros boxes cercanos que esperaban el turno para deshacerse de sus seres queridos empezaban a impacientarse. Veinte cuatro horas llevaba ardiendo la señora, la chimenea teñía de denso humo negro el barrio, Mariano sudando no se explicaba que ocurría. Y la sobrina junto a el marido, avergonzados ante el espectáculo del fuego no sabían dónde meterse, ante las preguntas desesperadas de los funerarios, el sobrino político les dijo, —a ver si va a ser del Soberano. Así estuvo la madrina, siete días con sus siete noches ardiendo sin cesar, ardiendo como solo puede arder un cementerio de neumáticos viejos.

Mala y precipitada elección de madrina para el chiquillo, aún hoy con el mozo haciendo la mili, los padres siguen pagando religiosamente los plazos de la incineración. Durante años cada vez que sale el tema en casa el padre con resignación clama  —Ojalá la hubiéramos enterrado, que con una cinta en el perímetro de la tumba y señales de prohibido fumar ya hubiéramos acabado de pagar el entierro de tu tía.

Jordi Rosiñol Lorenzo

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La hada Pizpireta

La hada Pizpireta

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La hada pizpireta

De rostro pizpireta, la viveza de sus ojos ilumina su pisada mientras el resto la vemos pasear a diario, avanza con paso firme, pisa el suelo con cierta fragilidad femenina. Pero nada más lejos de la realidad, tras las gafas que le dan un aspecto gracioso, y bajo el rubio serpenteo ensortijado de su pelo, muestra en sus hechos, una modesta e inteligente intelectualidad acompañada de un corazón que no diferencia en minucias, envidias y prejuicios humanos.

Nuestra protagonista se mueve como pez en el agua entre la frondosidad y belleza de los bosques que abrazan su hogar, Nadie sabe, que en realidad ella es un hada, un ser mágico que después de viajar durante siglos por los confines del mundo, un día llegó a su destino, un lugar que ya poseía diversas virtudes dispone de una bella naturaleza, de un marco de plata para una población que disfruta del bienestar y tranquilidad a lo largo de su vida.

Pero, no pasaría de ser un bonito pueblo más entre miles de ellos en la geografía terrestre, y eso nuestra hada de los rizos de oro, de mirada limpia y profunda, no lo iba a permitir. Aquel lugar se merecía destacar del resto, y ella lo iba hacer posible. Se puso a trabajar sin descanso, disfrazada de ser mortal se dio cuenta que la diferencia estaría en empujar a una población hacía la universalidad que ofrece la cultura, y así, con ese fin se dedicó en cuerpo y alma a ello, pero sin olvidar de esparcir las pizcas mágicas de éxito que repartía al chiscar disimuladamente los dedos.

La consecución de su trabajo, pronto colmo de gloria aquella villa, el abanico del arte y la cultura tan dispar como es, no tuvo misterio para su varita y las alas de seda recogidas bajo el cota-vientos color beige. Promocionó, alentó y organizó todos los palos que alimentan el espíritu y el alma del hombre, y lo hizo para todos independientemente de la edad, condición o pensamiento. Tan lejos ha llegado su eco, qué, hasta un modesto autor sentado frente al ordenador a más de seiscientos kilómetros, no puede evitar sentirse tan cerca de ellos, y sobre todo no puede eludir participar con ella, con su magia, en un hechizo que hermanará con tinta del color de la humanidad a un catalán de Archena con el oasis cultural de su tierra.

Jordi Rosiñol Lorenzo.

https://youtu.be/ABl8s8estA4

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La cabina vuelve a llamar

La cabina vuelve a llamar

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Se detiene un instante en la acera durante su habitual, y matutino paseo, entorna los ojos e inspira profundo el Mediterráneo, saborea en la punta de la lengua, la sal del mar en el interior de los labios, esta experiencia diaria es de las pocas cosas, que merecen la pena en el aburrimiento supino de su existencia. El Pepitu a pesar de llevar viviendo toda la vida en la gran ciudad, en una urbe admirada mundialmente, y plagada de turistas que entran en trance nada más pisar sus calles, se codea con gentes de aspecto lechoso en pantalón corto que, subidos a las sandalias, andan desnucados, fotografían a diestro y siniestro cada absurdo rincón por el que pasan.

Él siempre deseo irse lejos del barrio que le vio nacer, pero atado con nudo de doble lazo, no le permite huir de ninguna de las maneras. Cuantas veces ha querido mandarlo todo hacer puñetas, dejar todo atrás, todo, y no volver la vista nunca más hacía los gigantescos y grises bloques de pisos. Viviendas mal hechas, levantadas deprisa al amparo de la especulación institucional de los años sesenta. Eran nichos clonados para albergar, y amontonar almas penitentes, resignadas y amarradas a compromisos de todo tipo, con excepción del compromiso a ser felizmente libres. Podemos decir y decimos que, en cobarde silencio Pepitu es un resistente en muchas lides mundanales que le acechan. Aunque según dice la gente que le conoce, y, a los que él, ya ni les replica, estos dicen que es un inadaptado anclado en el pasado. Pero que narices, se grita en silencio a sí mismo, lleva años aguantando el bombardeo continuo de todos ellos, de todos los pesados que le rodean, soporta siempre, el machaqueo diario de la familia, de los amigos, los compañeros de trabajo, y hasta de los impertinentes, y lampiños dependientes de impersonales franquicias, que, con una estúpida media sonrisa dibujada en su rostro, le espetan con soberbio desprecio cosas tan tontas como.

— WhatsApp no tiene, ¿no? — No hijo, no tengo, sólo tengo SMS —Le contesta con un hilo de voz el Pepitu.

— Son 15,50 Euros caballero, que pase un buen día.  — Y sin más el pueril dependiente da por terminada la venta.

Una vez en la calle con un gesto de desprecio dibujado en sus labios, recuerda en la mente, la voz aflautada del insustancial mocoso, repiqueteando y arrastrando en la cantinela de día, la «ía» hasta el fango. No será gracias a ti, pensó al tiempo que giraba sobre él mismo y sobre su dignidad tocada pero no hundida.

Lo cierto es que, en esta guerra, Pepitu hace una eternidad que va perdiendo, lleva mucho tiempo escondido, agazapado, atrincherado en una guerra sin tregua, sin recibir compasión alguna por la inmensa legión de adictos a la tecnología que le rodean. Acosado sin piedad por los pobres diablos, que ven cumplidos sus sueños por el simple hecho de estar a la última en la moda tecnológica, son acosadores armados con el implacable e impecable Smartphone prolongando su brazo, con él recorren las calles, las pisan tiesos de superioridad, y todos ellos van derechitos como él en dirección al nicho que le tocó en suerte a sus padres en el sorteo de los bloques del barrio. Pero, eso sí, durante el camino disponen de toda la información posible en su poder, se contonean chulitos al andar, piensan que no le falta de nada a la última adquisición telefónica, hasta el tiempo que hace en Nueva York son capaces de decirte sin atisbo de equívoco.

Empieza a sonar una vez más, suena a través del tejido de la gastada americana que le cae por igual a derecha e izquierda de los hombros, discreto corre a refugiarse tras un árbol, mira a los lados y, sin levantar sospechas, despacio y nervioso extrae del bolsillo interior su querido y obsoleto Nokia 3310. Escondido en la palma de la mano y mirando a su alrededor para que nadie pueda darse cuenta del «atraso» —Debe ser el único aún lo posee Hace mucho tiempo que no ve a nadie hablar con teléfonos tan faltos de inteligencia como el suyo. En fin, dejemos la disertación aparte y volvamos a la llamada, a la última llamada recibida; es posible que esta llamada tenga la explicación del cariño por un terminal tan añejo. En la pantalla gris iluminada solo aparecen seis dígitos amarillentos. Ese es un dato que, a pesar de ser un tipo clásico y, para sus hijos más bien un tipo rancio, ese número tan corto le hace sospechar, un número de móvil no puede ser con tan pocas cifras, un fijo tampoco, ya que de unos años hacía aquí hay que añadir el prefijo, y de los pesados del número de impagados de la financiera del sofá aún menos. Lo dejo sonar cinco, diez, veinte, hasta treinta veces los tonos, de mientras el cerebro le echaba humo intentando discernir ¿Quién podía ser?

Con la curiosidad por todo lo alto, y con cierto acelero en los latidos del corazón, justo cuando iba a descolgar dejo de sonar, le lleno de inquietante silencio en sus pensamientos. Ni cinco minutos pasaron cuando estridente volvió a llamar, otra vez, igual, los mismos seis números. Sobresaltado, con temblorosa decisión presiono la gastada tecla verde, y con un hilo de voz de temerosa timidez, esta vez sí consiguió responder.

  • — ¿Si, dígame?

Al otro lado de la línea una voz masculina, el tono de voz le resultó familiar.

  • — ¡Soy José Luís, usted no me conoce, pero me tiene que ayudar, estoy atrapado, hace muchos años que llevo atrapado, ahora vienen, no puedo seguir hablando! Le volveré a llamar.

—    Asustado, Pepitu gimoteaba, no entiendo, ¿oiga?, ¿oiga?

Había colgado, ahora sí empieza a tener mucho miedo, desconcertado devuelve la llamada al número de seis dígitos, y ni un tono sonó.

  • — El número que usted ha marcado no corresponde a ningún abonado. —Decía la voz mecánica del operador telefónico.

Y, Santas pascuas, así se quedó todo el día, pensando, ensimismado y nervioso. La voz, esa voz tan familiar, la había oído infinidad de veces, pero no lograba recordar dónde o de qué.

Llegó la noche, y en el nicho 7º B de la escalera interior derecha le esperaba la cena familiar. Que, para no crear buenos precedentes, fue igual de tediosa que las cenas de los últimos años, los niños dándose codazos mientras wasapean, su mujer la Mariana explicando sin parar, yo no sé qué, de unos vecinos, algo que se supone que debía conocer. Que, si habían montado un cisco de bíblicas proporciones, algo inaudito según ella en una comunidad que de unos años para acá se habían convertido por obra y milagro bancario en clase media. «Creo que la raída americana del Pepitu no estaría de acuerdo con la afirmación» Con la mirada clavada en la Smart TV, no oye la descripción con pelos y señales de la escenita de los vecinos. Ya ni se irrita con la tontería que llevan encima el par de malcriados de clase media sentados enfrente de él, y hoy ni siquiera refugia el pensamiento como es de costumbre en la imagen de Matías Prats y Mónica Carrillo. Hoy solo piensa con emocionante temor en José Luís, en su voz tan familiar, lo tiene en la punta de la lengua, pero no hay manera, se aferra a la punta de ella como Harold Lloyd a la punta de la aguja del reloj.  Por un lado, quiere que le vuelva a llamar, pero por otro no sabe en qué líos puede acabar metido, y como venimos diciendo Pepitu nunca ha sido un tipo excesivamente valiente.

— ¡Mañana es sábado, así que mejor me tomo el Orfidal de rigor y me voy a dormir!

Pensó, con un poco de suerte hasta que no acabe «Tú cara me suena» eso será más o menos sobre las dos de la madrugada, hasta ese momento no cree que aparecerá la Mariana por la alcoba, este vocablo es de nuevo uso familiar, ya que, según ella, dignifica el dormitorio y reafirma la clase media a la que sin duda pertenecen, y gracias a Dios para esas horas ya estará dormido como un tronco.

El sábado amaneció soleado en la ciudad Condal, los vecinos pueblan bien temprano las calles del barrio, sonríen felices de no tener que ir a trabajar, se bambolean socarrones y alegres bajo el Sol que les ilumina. Hoy es el día de la semana en que se pavonean unos frente a los otros, alardean en competición constante de lo importantes que son todos y cada uno de ellos en sus trabajos, nada funcionaría sin su capacidad y experiencia, porque ninguno de sus jefes vale nada sin ellos. Pero al tiempo que llega el segundo round lúdico matinal, que consiste en ver cuál de «sus» empresas es la de mayor magnitud, es en ese momento, cuando se produce el milagro heredado de padres a hijos. Inexplicablemente a una hora determinada dirigen inconscientes sus pasos envueltos en alaridos gallipavos hasta el bar de costumbre, allí, ya no hay límites, allí pueden dar rienda suelta a las más grandes bravuconadas y fanfarronerías. Han sido atraídos por una fuerza gravitatoria invisible, que irremediablemente hace que a las once de la mañana la barra del Bar-Vero sostenga ya varias decenas de quintos, y sujete una treintena de codos reclamando entre alaridos las tapas.

Ante la grotesca escena Pepitu huye a paso ligero y con la vista perdida al frente, a medida que se aleja el griterío disminuye paulatinamente convirtiendo primero el vocerío en murmullo y en silencio finalmente. Con las hombreras de la americana resbalando por los brazos, va en busca de la tranquilidad, que le proporciona el anonimato durante el paseo cerca del Moll de la Fusta, acompañado de las caras sonrientes sujetas a cuellos cervicalmente dañados de los abducidos y desconocidos turistas.

Entre el gentío resguarda sus momentos de libertad para pensar, y esa mañana tenía mucho que meditar. En la mano derecha agarraba con fuerza temblorosa el 3310, la respiración acelerada y, la debilidad corporal al andar, delatan las luchas en su fuero interno, por una parte, quiere que ocurra, pero por otra el miedo le atenaza, aunque está seguro de que va a ocurrir y, sin tardar mucho, sin hacerse demasiado de rogar. Rozando el mediodía, con el calor apretando a cada paso al desandar la amplia acera junto a Capitanía. De pronto empezó a sonar, el brazo le temblequeó y, por un instante pensó en no descolgar, pero no tenía más remedio. Como decía su abuelo «a la fuerza ahorcan» que hombretón era, que valiente era el tío. Pepitu debía salir de la rama de la abuela pensaba siempre de él mismo. En fin, en otra ocasión nos centraremos en los antecedentes familiares de nuestro protagonista. Los tonos no cesan, él cubriendo el móvil con la mano y con la frente perlada por alguna gota de sudor, unas pequeñas gotas que resbalan por la mejilla al inclinar la mirada y ver en la pantalla los mismos dígitos de ayer. Empujando la voz hasta los labios, el sonido que emitió le recordó la voz aflautada de los últimos discursos del Caudillo.

  • — Si dígame —contesto Pepitu—
  • — Al otro lado oyó. — Vuelvo a ser José Luís, tiene usted que ayudarme.
  • — Yo no sé quién es usted, ¿Por qué yo? — Repetía lastimero.

Con serenidad, a pesar de las circunstancias que debía estar pasando aquel individuo, José Luis le contestó.

  • — Tranquilícese, a todos nos controlan a través del teléfono, todo empezó en los años setenta.
  • — No entiendo que me quiere decir.
  • — Pepitu tiene usted que venir, me tiene que ayudar.
  • — ¿Cómo sabe usted mi nombre? —Contesto entrando en pánico.
  • — ¡No tengo más tiempo, estoy en una cantera abandonada en la salida de Madrid dirección a la sierra, venga usted Pepitu, se lo ruego, es el único con el que he podido comunicarme en años, venga por favor!
  • — ¿Oiga José Luís? Si yo vivo en Barcelona, y solo he ido a Madrid una vez, le aseguro que yo no soy en absoluto su hombre ¿Oiga? ¿Oiga?
  • — El silencio se apoderó de nuevo de la tecnología.
  • ¿Qué pinto yo en Madrid? Que lio, que monumental lio, que tesitura señor, quizás me hubiera ido mejor quedándome en el Bar-Vero hinchándome a quintos y cortezas de cerdo revenidas. —Se reñía a si mismo sin parar.

La madrugada silenciosa amparada en la oscuridad solitaria, certera como una daga afilada, precisa y, que, sin remedio, siega siempre un día con el siguiente. Pero la madrugada del sábado fue testigo fiel de este hecho, hasta que llegó el alba del domingo. A diferencia de la placidez acostumbrada que le proporcionaba los ansiolíticos, la noche de hoy transcurrió extremadamente interminable, horas que pasaron lentamente invencibles. Por fin, con el sol iluminando el frescor de los poyetes de hormigón del enjambre de ventanas que cubren cada uno de los edificios del barrio, el Peiptu se pone en pie, y frente al espejo del baño la imagen le devuelve sus ojos dibujando el radio de una telaraña de color rojo en ellos, con el grifo abierto a riego portillo, se da varias palmadas seguidas, impulsando con fuerza el agua fría contra su rostro, chiscando entero el espejo, intenta espabilar la cara, pero aun así al cerrar fuerte los ojos nota el picor de unas almohadillas situadas en el interior de los parpados que le oprimen los globos oculares, ni el agua tan fria de las cañerías hace que se recupere de la noche toledana que le ha hecho pasar el dichoso José Luís.

Mientras aún duermen en casa, agarró la mochila de las excursiones del niño, con vinilo de Dragon Ball incluido en la solapa que cierra el pequeño macuto, y en él echó cuatro mudas, unas camisetas y un pantalón, todo ello medio arrugado, y con más miedos que decisión se aventura a las solitarias calles del domingo. Va en busca de la boca de metro que dista un par de manzanas, si, un par de manzanas, así como dicen en las pelis y series americanas. Una vez subido en el metro de la línea roja y tras un transbordo en Sagrera, el subterráneo le dejará bajo la estación central de Sants, y desde allí, le separan seiscientos kilómetros de la aventura, un abismo le separan de José Luis.

A pesar de llevar toda la vida en Barcelona, como si de un turista se tratará, tuvo que preguntar cómo se iba a la vía de salida del AVE 03462 con destino a Madrid que sale a las 6.40 de la mañana. Entre un montón de directivos encorbatados en sus trajes destacaba él en el andén. Tras las indicaciones de una joven azafata a la que sólo vio sus relucientes zapatos corporativos, dado que la belleza de la azafata sacó la legendaria vergüenza que arrastra el Pepitu desde siempre, siguiéndola con la cabeza gacha se sentó. El resto del pasaje a su alrededor desplego todo tipo de artilugios informáticos, y el de mientras miraba hacía todos lados. Fuera de lugar después de rechazar tomar nada del carrito que apareció por el pasillo, se centró en una peli que pusieron, más que por el interés en el filme, para parecer que pasaba desapercibido. En menos que lo que tardaba él en llegar a Canovelles en las cercanías, con una velocidad endiablada ya se encontraba en Atocha. Tras despedirse de los zapatos de la joven azafata, se volvió a sentar, está vez en un banco del hall de espera.

Su 3310 volvió a sonar, ya un poco más acostumbrado, parecía más seguro al descolgar. Casi no pudo decir nada, balbuceando recibió la dirección de la cantera y la orden tajante de coger un taxi y presentarse lo antes posible para rescatar a José Luís. Durante la espera en la cola de los taxis, se decía a si mismo «Este hombre se está poniendo muy altivo, y aquí el que le hace el favor soy yo» sin creérselo, remató «Cuando lo vea le voy a decir cuatro cosas al amigo José Luís» Ensimismado en ponerse bravo en su interior, escuchó.

  • — ¿Oiga sube o qué?
  • — Si, si voy.

Le leyó la dirección al castizo taxista, y este con un palillo ladeado en la comisura de los labios y con un arrastre de las silabas al dirigirse a Pepitu le dijo.

  • — ¿Se va a quedar allí solo?
  • — Si, me espera allí un amigo.
  • — Bueno, usted sabrá.

El taxista bastante tenía en su vida para preocuparse de él. Después de despedirse, y tragar el polvo en la arrancada del taxista cabreado por la escasa propina que el Pepitu le dejó, se aventuró con su mochila al hombro por un camino que indicaba «Mina abandonada no pasar» Soplando un par de veces, se envalentonó para adentrarse por el túnel, la linterna de los niños alumbraba muy poco cada paso. Tras un tiempo que no podía determinar llegó a una galería inmensa llena de miles de cabinas cerradas, de las que recordaba en su niñez. Todas ellas encerraban un esqueleto vestido, unos arañando los cristales, otros en posición fetal en un rincón de la diminuta estancia.

Con los ojos fuera de las orbitas ante el espectáculo dantesco, oí que me llamaban.

  • — Pepitu, aquí, estoy aquí, venga por Dios.
  • — ¿Dónde? No le veo.
  • — Hacia arriba mire hacia arriba.

Al mirar vio una cabina entre aquel cementerio telefónico que débilmente le hacía señales con la mano desde una altura de cuatro cabinas, fui subiendo con la mochila al hombro como si se tratara de emular a Indiana Jones. Una vez frente a la puerta donde estaba encerrado José Luís, miraba el bulto en su interior que estaba agazapado, veía su espalda, la nuca cubierta de pelo negro, y sus piernas y brazos haciendo un ovillo. Empujó la puerta, y esta se abrió dejando un hilo de polvo proveniente de las gomas que sellaban la puerta, una vez dentro. Gritó José Luís, soy yo el Pepitu, ya estoy aquí para rescatarlo, al tiempo que le gritaba le movió el hombro violentamente, y en vez de darse la vuelta se desmoronó. Las tibias, fémur, pelvis, brazos etc. se desparramaron por el suelo, trozos mal vestidos por el traje raído de los años setenta que vestía mi amigo misterioso, en la caída de los huesos, varios de ellos le golpearon en sus piernas. Se giró, sin respirar, corriendo ralentizado por el pánico, intentó abrir la puerta, pero no había manera, con los ojos fuera de las orbitas, gritaba y se rompía la uña intentado salir. En ese momento la voz, la voz que le había llevado hasta allí empezó hablar por megafonía.

  • — Este tranquilo, no es nada personal contra usted. Dado que vuelve haber demasiada población, nos vemos obligados a iniciar una nueva campaña para limitar sobrepoblación en el mundo.

Llorando entre los huesos de José Luís, el Pepitu se culpaba de que le habían vuelto a engañar, como tantas veces le había ocurrido en su vida.

Tenía agua y unas galletas en la mochila y, pensó, que quizás le daría tiempo para aguantar hasta que la Mariana pusiera en aviso a las autoridades por la desaparición. Dos semanas más tarde en Barcelona, y durante una cena más, la Mariana habló con sus hijos, estaba sería, pero no parecía preocupada, con la sopa humeante en la mesa les dijo a sus hijos.

  • Niños, creo que vuestro padre nos ha abandonado, pero no os preocupéis que mientras tengáis a vuestra madre no os faltará de nada.

Y así de esa manera zanjo el tema, los niños ni levantaron la mirada de la Nintendo DS ante la noticia.

Jordi Rosiñol Lorenzo.

Este relato quiere ser un pequeño homenaje a “La Cabina” La innovadora y genial película de José Luis Garci, Antonio Mercero y José Luis López Vázquez.

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