Un día para olvidar (Capítulo 3)

Un día para olvidar (Capítulo 3)

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Los días pasaban pero Ramiro no aparecía, el radio de búsqueda se había ampliado a muchos kilómetros a la redonda, abarcando varios pueblos bastante distantes entre sí, pero con la esperanza que alguien lo hubiese visto o encontrado, que lo hubiese llevado a su casa y él no supiera decirle exactamente dónde vivía, algo bastante inverosímil ya que lo normal si encuentras a alguien perdido es llamar a la policía, aunque sabemos que hay gente muy rara por el mundo, por eso tampoco descartaban que pudiera pasar, y no cerraban ninguna posibilidad por remota que esta fuera.

Los perros rastreadores tampoco fueron la solución, iban del centro del pueblo hasta un par de calles más abajo de su domicilio, allí se sentaban y se perdía el rastro, eso les hacía pensar que se había subido en algún coche.

Los voluntarios al final dejaron de acudir, ya no sabían dónde más buscar, se había peinado el bosque de arriba abajo, se habían empapelado las ciudades y pueblos de los alrededores y seguían sin tener noticias de Ramiro.

Había pasado más de un mes, los llantos habían disminuido, las ojeras se habían acentuado, las noches sin dormir se sucedían una a otra, la vida continuaba.

La excedencia que le concedieron a Yolanda en el trabajo había terminado y también debía volver a la universidad, por muchos apuntes que le pasaran los compañeros, llegó el momento en que tenía que asistir de nuevo a las clases. Lo que ella y los voluntarios podían hacer, estaba hecho, ahora tocaba hincar codos y sacar el año, igual cuando despejase un poco la cabeza le venía algo, una idea, un recuerdo, algo que sirviese para poder tirar del hilo y saber por fin qué había pasado con su hermano, cuanto más tiempo pasaba más lejos estaba la posibilidad de encontrarlo con vida.

—¿Algo nuevo sobre mi hermano?

—Buenos días, yo también me alegro de verte.

—Buenos días, lo siento, tengo los nervios a flor de piel, al fin y al cabo solo vengo a interesarme por mi hermano, a ver si hay alguna novedad, no vengo precisamente a hacer vida social.

—Lo sé, te pido disculpas, ya te he dicho muchas veces que no hace falta que vengas todos los días a comisaría, si hay alguna novedad te avisaré, quiero que te quede claro que no hemos dejado en ningún momento aparcado el caso, pero seguimos sin tener ninguna pista.

—Prefiero venir, así te recuerdo que no lo voy a dejar que se diluya en el tiempo y sea uno más de los muchos casos sin resolver que hay.

—Cómo quieras, a mí también me encanta verte.

Al decir esto se arrepintió, estaba banalizando un problema muy serio, pero era la pura verdad, cada vez que la veía, algo dentro de él se revolucionaba. De pronto parecía que hacía mucho calor dentro del despacho, se pasó el dedo por el cuello de la camisa haciendo entrar un poco de aire fresco, pero no fue suficiente, la boca se le secó y hasta una sonrisa bobalicona acudió a su rostro mientras su cerebro dejaba de funcionar, no había forma de que le diera una orden coherente, los ojos se le habían quedado clavados en una pequeña peca que tenía Yoli junto a la naricilla respingona, que tantas noches le hacía soñar con ella.

Había pasado por comisaría como cada día, sabía que no era necesario que lo hiciera, pero había algo que la impelía a hacerlo, necesitaba hablar con Alex todos los días, “seguro le molesta que venga, pero no pienso dejar de hacerlo, que haga mejor su trabajo”, se mentía Yolanda a sí misma, y qué era aquello de que le encantaba verla, ja, pensaba, estaba segura que no le apetecía en lo más mínimo, se daba cuenta que nunca sabía qué decir, pues ella sí sabía qué decir y lo diría bien alto, aunque ahora que lo pensaba, en realidad, no tenía mucho que decir. Pasar cada día por comisaría se había convertido en un hábito, aunque no quisiera hacerlo, los pies la llevaban hasta allá.

—Está bien, si no hay novedades me voy que tengo prisa.

—He terminado mi turno, si quieres te acompaño —se ofreció con tal de estar una rato más cerca de ella, aun cuando aquello en realidad supusiera un suplicio para él.

—Pues si me alargas al juzgado, se me ha estropeado el coche, así que me harías un favor.

—¿Al juzgado?

—Sí, tengo un juicio, soy la tutora legal de Ramiro.

—¿Puedo saber sobre qué es el juicio?

—Es algo desagradable que pasó hace tiempo, unas jovencitas del instituto intentaron abusar de él.

Al escuchar aquello se la quedó mirando con los ojos muy abiertos, estaba recogiendo el escritorio, dejó de hacerlo para escuchar la respuesta, le pareció muy fuerte que no le hubiera dicho nada de aquel suceso.

—¿Puedo saber por qué no me lo habías dicho?  Yolanda, por favor, pensé que tenías dos dedos de frente.

—¿Qué quieres decir con eso? Es algo que pasó hace tiempo.

—¿Tú dices que estudias criminalística? Pues desde ahora te digo que vas a suspender, sobre todo en práctica.

—No es necesario que seas tan desagradable, eso fue en verano, no tiene nada que ver con el caso.

—Y eso lo has decidido por tu cuenta, ¿verdad? Todo puede estar relacionado, si no lo está, perfecto, pero ¿y si lo está? Me vienes cada día a decir que no hacemos nada y resulta que me estás ocultando información.

—No te estoy ocultando nada, no me regañes más, está bien, no lo pensé. ¿Entonces me llevas o cojo un taxi?

—Te llevo, y si mi presencia no es demasiado molesta te acompaño durante el juicio.

—Puedo soportarla.

Habían llegado al Peugeot 206 cabrio de Alex, cosa que sorprendió a Yoli, que no pensaba que podía tener esa clase de coche. Como hacía frío todavía, la capota estaba subida, el biplaza en color negro estaba impoluto, otra sorpresa para ella, aunque dado su aspecto no debería haberlo sido, le abrió la portezuela como todo un caballero y al ponerse al volante le dijo que se pusiera el cinturón.

—Siempre lo hago, pero ya se por qué te hiciste policía, veo que te gusta dar órdenes.

—Es una costumbre —se limitó a afirmar—, por el camino me puedes ir poniendo al día con el caso por el que vamos al juzgado.

—Está bien —concedió—, fue a finales del curso pasado, Ramiro siempre hace el mismo recorrido, se para en la cafetería de Maruja, le recoge unas cuantas mesas y ella le pone un café con leche y un cruasán, por mucho que le digo que no lo haga, ya has visto como es ella, dice que es como un hijo más y siempre lo consiente. Luego suele ir a la peña futbolística, también lo miman en exceso, pero es que él se hace querer, siempre está dispuesto a ayudar en lo que sea, recoge las pelotas, limpia las botas de los jugadores, y ellos a cambio le dan regalos; una camiseta, una pelota firmada por ellos, que ya ves, no es un equipo de primera que digamos, pero para él son los mejores, son sus ídolos. Aquel día venía para casa, era la hora de comer y cuatro chicas se le acercaron, no era la primera vez que se mofaban de su minusvalía, le hacían llorar con sus bromas de mal gusto, pero no habían pasado de ahí… hasta ese día.

Ese día lo acorralaron y le hicieron desnudarse, y cosas que me avergüenzo solo de pensar, no imaginaba tanta maldad en unas criaturas tan jóvenes.

Al ser un pueblo pequeño no había juzgados así que tuvieron que desplazarse a la ciudad. En el coche estaba sintonizada una emisora de radio de esas que ponen música mezcla de novedades con otras de años pasados, otra sorpresa para Yoli, no esperaba que le gustase ese tipo de emisoras, lo imaginaba escuchando música clásica, o como mucho las aburridas noticias, como las denominaba Ramiro, sonrío al pensar en su hermano, no sabía por qué, pero así era. Estaban llegando cuando empezó a sonar la última canción de Malú, A Yoli se le encogía el corazón, no sabía si era fruto de los nervios por el juicio, o por tenerlo tan cerca, y aquella canción la destrozaba, a ella también le gustaría ser invisible en aquel momento. Alex estacionó el coche lo más cerca que pudo, que no fue demasiado. Aceleraron un poco el paso, aunque no era tarde Yolanda estaba en tensión, lo atribuía al inminente juicio, que aunque el abogado, compañero en el bufete de su cuñada, le había dicho que estaba ganado, ella no tenía nada claro, sí que había unas pruebas contundentes, puesto que las chicas habían grabado todo con el móvil y se lo habían pasado unas a otras, solo aquello, decía el abogado, era concluyente.

Alex escuchaba atentamente, dando vueltas en su cabeza a toda aquella información que le había hurtado sin pretenderlo, pensaba en cómo nos comportamos las personas de idiotas cuando las circunstancias nos superan, estaba seguro que de otra forma no se le habría pasado por alto algo tan supuestamente importante. No podía estar seguro de que estuviera relacionado, pero tampoco podía descartar ninguna vía.

Llegaron a los juzgados, les estaba esperando Marcos, el abogado compañero del bufete de su cuñada, un hombre de mediana edad, afable en el trato y seguro de sí mismo, se acercó y saludó, miró a Yolanda y esta le presentó a Alex, el inspector que lleva el caso de la desaparición de mi hermano, dijo ella.

—Encantado —le tendió la mano el abogado estrechando la del policía, ya sabemos que abogados y policías son como agua y aceite, no suelen hacer buenas migas, aunque en este caso la valoración pareció positiva por ambas partes.

—Pobre muchacho, supongo que siguen sin novedades —comentó el abogado.

—De momento sí, pero es que nadie me había informado de este juicio ni de lo que había pasado —contestó Alex mirando fijamente a Yolanda.

—Habéis investigado a toda la familia, igual es que no hicisteis las preguntas adecuadas —contestó Yoli levantando el mentón y clavando la mirada en el policía.

—Para mi desgracia te voy a tener que dar la razón, quizá no estoy haciendo bien mi trabajo.

Alex se apartó de ellos y se metió directamente en la sala en que se celebraba el juicio, aunque para ello tuvo que hacer algo que detestaba, tirar de credenciales.

En pocos minutos se concentró toda la gente del juicio, Juan y Javier llegaron juntos, con el tiempo justo, habían pasado por casa de Yoli antes de ir hacia los juzgados, la estaban llamando pero al no contestar al móvil se asustaron, sabían que tenía el coche averiado y no habían concretado la noche anterior, así que pensaron pasar a buscarla, debieron pensar conociéndola como la conocían que ella no esperaría al último momento para llegar al juzgado.

Yoli y Alex entraron en la sala de los primeros, los nervios por lo que estaba por suceder le atenazaban las tripas a la joven, sus hermanos llegaron junto a ella, se pusieron cada uno a un lado, apoyándola, haciéndole saber que estaban allí. Ella lo agradeció, era lo que necesitaba en aquel momento. Después del rifirrafe que había tenido con Alex, tenía los ojos algo vidriosos, y se maldecía por ser tan sensible, por qué tenía que afectarle tanto algo que dijera un policía, se preguntaba, aunque intuía la respuesta se negaba a contestarla, en aquel momento no estaba para jueguecitos. Se repetía cien veces al día que solo podía estar por y para esclarecer la desaparición de su hermano, lo demás en aquel momento era secundario en su vida, el problema era que últimamente se lo tenía que repetir muy a menudo.

El juez hizo acto de presencia, Yolanda se dio la vuelta buscando a Alex, no era consciente de haberlo hecho, pero allí estaba, con la mirada fija en ella, al girarse se topó con sus ojos, aquellos ojos de mirada limpia y transparente que ella interpretaba bondadosos y hasta la fecha nada le hacía pensar lo contrario. Sentado detrás, casi al final, estaba David, el padre de la niña que dio la voz de alarma, era la más jovencita de todas y la que no pudo callar el secreto de sus amigas, ella quería pertenecer al grupito, pero no era como ellas, por suerte, puesto que, qué se hubiese asustado, hizo que la policía actuara rápidamente. Se presentaron en el instituto y requisaron los móviles, allí estaba grabado todo, por eso comentó el abogado, era imposible perder aquel juicio. David la miró con cariño, dándole ánimos, había sido un gran apoyo durante la búsqueda, y cuando dejaron de buscar, puesto que no se halló ninguna pista y el hombre avergonzado como estaba de que su hija hubiese participado, aunque solo de forma visual, en aquel despropósito, se ofreció para ayudar en la medida de lo permitido, cosa que agradeció Yolanda, en aquellos momentos necesitaba todo el apoyo que fuese posible, había días que le costaba mucho tirar hacía delante.

Fueron llegando las jóvenes acompañadas de sus padres, medio instituto estaba allí, unos por imputados, otros por curiosos, cada niña con sus padres y un abogado que las representaba a todas. En primer lugar llamaron a declarar a la mayor de ellas, Rebecka con k, se hacía llamar así, acababa de cumplir los diecisiete y se podría decir que era la cabecilla del grupo.

—Señorita Rebeka —llamó el fiscal—, ¿puede explicar por qué tenía en su móvil la grabación de los abusos a Ramiro Duperly, y cuál fue su participación?

—Yo no hice nada, ni siquiera estaba con ellas, solo… esto… pasaba por allí.

—No es eso lo que se aprecia en el vídeo, parece más bien que sea usted la instigadora —prosiguió el fiscal.

Rebecka empezó a sollozar, pero el fiscal no se creyó del todo ese llanto, ni siquiera bajó la mirada, la mantuvo al frente, desafiante.

—Está bien, voy a creer por un momento que es verdad lo que dice y sencillamente pasaba por ahí, ¿cómo explica su intervención?, porque lo que yo veo es que usted le baja los pantalones a Ramiro.

—Eso no es así —gritó al tiempo que se levantaba del asiento.

—¡Protesto! —dijo el abogado.

—No ha lugar —denegó el juez— prosiga señor fiscal.

—Conteste, ¿por qué le bajaba usted los pantalones a Ramiro? —volvió a formular la pregunta.

—No era eso lo que hacía —contestó Rebeka nerviosa— solo, yo solo quise ayudarlo, de verdad, ¿usted cree que yo pueda ir bajando los pantalones a nadie? Y menos a un pobre desgraciado como ese.

—Ese pobre desgraciado como usted lo llama tiene nombre y fue violentado por ustedes cuatro.

—Yo me fui, yo ni siquiera lo toqué —contestó un tanto agresiva con el fiscal.

—Vaya, ahora resulta que ni siquiera lo tocó, cuando antes solo pasaba por allí, para solo estar de pasada su participación en el vídeo es bastante extensa ¿no cree?

En el juicio se aclararon muchas cosas, pero ninguna de ellas hacía pensar que hubiera alguna relación con la desaparición de Ramiro, eso pareció tranquilizar a Yoli tanto como a Alex, ella se sentía mal por no ser capaz de ver más allá de sus narices. Él tampoco estaba mejor, le había gritado y eso no se lo perdonaba, ¿qué le pasaba con ella? Mejor no contestaba, total, ella lo odiaba, y lo entendía, tanto tiempo que había pasado desde la desaparición y ni siquiera tenía una mísera pista por donde empezar a hacer algo útil.

David se acercó al finalizar el juicio, abrazó a Yolanda y le dio un beso en cada mejilla, acto que dolió sobremanera a Alex, no le gustó, era un gesto muy natural, pero no le gustó, aquella familiaridad le molestaba, no sabía bien por qué, el hombre en todo momento había colaborado y parecía buena gente. Sabía que eran amigos pero los celos lo atenazaban, celos, sonrió, de quién y por qué, si no quiere más que perderme de vista, se dijo.

Terminaron las despedidas y David se alejó un tanto con su hija, la jovencita al final no estaba imputada, era la que había dado la voz de alarma y en el vídeo se veía claramente que ella no quería participar y se había mantenido al margen. Su padre la había llevado al juicio para que se diera cuenta de lo que hubiera pasado si ella no hubiese tenido la valentía de decir que no, esperaba que le sirviera de lección para saber lo que no debía hacer.

El juicio quedó visto para sentencia, pero el abogado estaba contento de cómo se había desarrollado el proceso, sabía que no era mucho más lo que se podía hacer, al ser menores se irían a casa con una multa y una amonestación a los padres, pero bueno, por lo menos en algo se había hecho justicia, pensaba Yoli.

Salió de la sala con sus hermanos, todo el tiempo habían estado a su lado, los padres de alguna de las niñas la miraban con rencor, algo que no pasó desapercibido a Alex, sobre todo los de la cabecilla del grupo, Rebeka, una joven rebelde de familia acomodada, aunque venida a menos, pero que seguían viviendo en una burbuja de superioridad y sin ser capaces de decir no a nada de lo que pidiera su hija, única para mayor gloria suya. Los padres parecían sacados de las primeras páginas del Hola, rígidos como estacas, vestidos con sus mejores galas, pero sin un ápice de compasión en sus ojos ni en sus gestos, incluso con su hija, todo era frialdad, estaban allí porque al ser menor de edad no habían podido delegar, lo habrían hecho con gusto, no eran capaces de tener empatía, y según pensó Alex, la rebeldía de aquella chica era una manera de llamar la atención, de buscar un cariño que sus padres parecía que no sabían cómo darle.

Al salir de los juzgados David estaba esperando a Yoli en la puerta, le dijo que iba para el pueblo y si quería que la llevase, continuó diciendo que así les ahorraría desviarse de su ruta a sus hermanos, que seguro tenían que volver a sus trabajos, quiso convencerla ya que a él no le costaba nada, puesto que se había tomado el día libre, quería que Aina viera con sus propios ojos que hacer daño tenía consecuencias. Alex se lo miraba desde la distancia, no era quien para involucrarse en la conversación, pero si alguien se fijaba bien, casi se podía ver como le salía humo por la cabeza, de pronto David se había convertido en su enemigo público número uno, estaba coqueteando descaradamente con Yolanda, ¿pero es que ella no se daba cuenta?

—Gracias, pero he venido con Alex —contestaba en aquel momento Yoli.

Alex soltó el aire retenido en los pulmones de tal manera que pensó que se había oído saltar la válvula de escape en toda la comarca. Sonrió, no era su condición ser desagradable con la gente, todo lo contrario, pero el tal David se le había atravesado desde el primer momento, era demasiado perfecto.

—¿Nos vamos? O prefieres que me vaya con David si tienes algo que hacer —replicó Yoli, dándose cuenta de la mirada que le había echado al pobre hombre.

—Vamos, vamos, te estaba esperando, te he traído y no pienso dejarte tirada, no soy de esa clase de gente.

—¿Todavía estás enfadado? Supongo que te habrá quedado claro en el juicio que el suceso no tenía nada tiene que ver con la desaparición de Ramiro, así que era irrelevante que te dijera algo o que no, tampoco lo hice a conciencia, estaba segura que no tenía nada que ver una cosa con la otra y no se me ocurrió. Esperaba que se te hubiera pasado el enfado a estas horas.

—¿Quién ha dicho que yo esté enfadado? —soltó un bufido que corroboraba la teoría de Yoli.

Subieron al coche en silencio, la tensión era notable, siguieron prácticamente todo el camino sin abrir la boca, Yoli se moría de ganas de empezar una conversación, a Alex le pasaba otro tanto, pero el orgullo por parte de ambos lo impedía. Llegaron a su destino y la dejó en la puerta de la casa, ella estuvo tentada de decirle que pasara, quiso preguntarle si le apetecía un café o incluso darle las gracias invitándolo a compartir su mesa, pero no lo hizo, lo que hizo fue ahogar las mariposas que revoloteaban en su estómago cada vez con más fuerza.

Alex no se bajó del coche, Yoli apenas se despidió, hizo un amago de invitarlo, algo que a él le sonó bastante a compromiso, adujo que tenía prisa, aunque antes le hubiese dicho todo lo contrario, pero no sabía si le sería posible mantener el tipo delante de ella, cuando a ella parecía molestarle tanto su presencia. Como tenía tiempo libre, se puso a investigar a los padres de Rebeka, la joven cabecilla del grupo, le habían parecido muy altivos para estar su hija implicada en un caso tan serio, no era poca cosa el abuso a menores, ya que aunque Ramiro no era un niño, su mentalidad si lo era.

Cl@ndestinos 5ª entrega

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Cómo puedes decir algo así, cuando ni siquiera me conoces —contestó ella por fin.

Por eso precisamente me encantaría conocerte. Mejor dicho, me hubiese gustado conocerte hace unos cuantos años.

—Te tengo que dejar. Se ha hecho muy tarde. Buenas noches y feliz navidad de nuevo —se excusó Rhona. No podía seguir con aquella conversación, estaba demasiado alterada.

Buenas noches, y feliz navidad para ti también. Un beso.

Y por primera vez le envió un emoticono de esos que se envían en las conversaciones de Facebook, un conejito que tiraba un beso con forma de corazón.

 

Durante la siguiente semana Jaime no volvió a dar señales de vida, Rhona llegó a pensar que la última conversación había sido algo fruto de la época en que estaban, o que se hubiese pasado de copas y dijo lo primero que le vino a la mente.

Llegó fin de año y Daniel le comunicó durante el desayuno que lo celebrarían fuera de casa.

—No quiero que vuelvas a hacerme quedar en ridículo delante de mis invitados —le dijo con toda la crueldad de la que fue capaz.

—Tranquilo, no lo haré. Para eso ya estás tú que eres un maestro. Fuiste tú el que me avergonzaste a mí la otra noche, por si no te habías dado cuenta.

Rhona se negaba a darle la satisfacción de que notase lo mucho que la hería, por eso con toda la dignidad que pudo reunir dio media vuelta y se fue a la cocina. Una tila le calmaría los nervios y le daría tiempo a serenarse antes de decirle a su marido que tenía unos recados que hacer. Había quedado con sus amigas y a él nunca le cayeron bien, así que mejor no dar tres cuartos al pregonero.

Había quedado con Lola y Maia para hacer las últimas compras antes de reyes, y tomar el último café del año. Rhona quería añadir algún complemento a los cuantiosos regalos que tenía preparados para las chicas, ya que, como cada año, todo le parecía poco para ellas. Y aunque el motivo real fuese ese, el secundario era que no podía callar por más tiempo. Quedaron en la granja de siempre, donde los cafés sabían a gloria y no solo era por el café que servían, era por la compañía, mínimo una vez a la semana se encontraban las tres amigas para desayunar y ponerse al día. Rhona decidió que aprovecharía esa mañana para ponerlas al corriente de su secreto.

Llegaron, se abrazaron, se besaron, como cada vez que se veían aunque hubiese sido el día anterior, hasta que Maia se separó un poco de ella y le espetó a bocajarro.

—¡Nena! ¡Te ves genial! ese brillo en los ojos hace mucho tiempo que no te lo veo, tú nos ocultas algo.

Rhona se quedó sin habla y un calor subió por su vientre hasta la cara haciéndole sudar a pesar del frío.

—Tranquila, cariño, ese rubor lo achacaremos a la menopausia. —Salió Lola a defenderla.

—Sentémonos, por favor —pidió Rhona—, lo cierto es que sí, tengo algo que contaros y espero que me deis vuestro consejo.

—¡¡Por fin te has desecho de tu marido!! —Celebró Maia con alegres palmadas.

—Frío, frío —contestó Rhona intentando ganar tiempo a la vez que sonreía.

Se sentaron. Pidieron capuchinos y unos cruasanes para las tres. No sabía por donde empezar así que las dos se acodaron en la mesa mirándola fijamente, esperando lo que para ellas sería una bomba.

—Alguien me tira los tejos —soltó de golpe y se tapó la cara con las manos.

—¡¡¡¡Qué!!!! Cuenta, cuenta —dijeron las dos casi a la vez.

—Antes de que empieces, creo que necesito algo más fuerte que un café —bromeó Maia haciendo ver que llamaba al camarero.

—¿Quién es? ¿Lo conocemos? ¿Es guapo? —Asaetó a preguntas Lola.

—Por favor, esto es muy violento para mí, no me lo pongáis más difícil.

—Tranquila, cariño, empieza por el principio, tenemos toda la mañana —concedió Maia—. No tengo trabajo hasta esta tarde, tengo que enseñar un diseño, espero que a la clienta le guste y no me haga modificarlo mucho —se quejó haciendo un mohín y frunciendo el entrecejo.

—Pues yo tengo todo el tiempo del mundo —celebró Lola—. No tengo guardia hasta pasado mañana.

—Pues yo estoy en dique seco, desde que Jaime me habla no soy capaz de hacer nada decente, de verdad, estoy hecha un lío.

—Así que se llama Jaime… hmmm me gusta ese nombre —bromeó Maia.

—Deja que hable antes de que se arrepienta —cortó radical Lola.

Después de aquella pequeña tomadura de pelo por parte de sus amigas, intentó ponerlas en antecedentes de lo que le sucedía desde hacía más de medio año, les explicó que en un principio pensó que era alguien que se sentía tan solo como ella, pero la noche de navidad le había dicho que le gustaba, les dijo, y les tendió el móvil para que leyeran la conversación.

—Que suerte, yo en una página de contactos y no me sale nada que valga la pena —se quejó Lola—, y tú sin buscar, ¿por que ha sido sin buscarlo, deduzco?

Las tres habían tenido matrimonios bastante nefastos, por eso siempre se habían apoyado las unas a las otras. Maia era diseñadora de modas y desde el primer momento se dio cuenta que su marido pasaba demasiado tiempo en el taller, incluso le gustaba pasearse por la sala de pruebas, con el consiguiente cabreo de alguna clienta o el agrado excesivo de otras. Lola, algo más joven que ellas dos, era la más resuelta, era médico y especializada en  psicología, se había separado a los dos años de casada con un bebé de meses, una jabata, había sacado a su hijo adelante sin ninguna ayuda y estaba orgullosa de ello, pero se sentía sola y aunque no quería una relación estable, sí le apetecía encontrar a alguien con quien salir de vez en cuando a tomar un café, o algo más si les apetecía a los dos. Por eso estaba en una página de contactos para mayores, pero todo lo que pululaba por allí tampoco era que valiese mucho la pena. Ella era una mujer culta y no buscaba solo un revolcón, para eso cualquier compañero del hospital le servía, ella necesitaba alguien con quien mantener una conversación interesante de vez en cuando y un abrazo cuando sintiera sus fuerzas flaquear.

 

 

—¡Pues claro que no he buscado nada!, aparte que no hay nada… solo hablamos por Messenger —aclaró Rhona.

 

Después de hablar casi una hora, sus amigas estaban boquiabiertas, de ella no hubiesen imaginado nunca algo así.

—¿Qué piensas hacer? —Preguntó Lola, después de un largo silencio por parte de las tres.

—No lo sé, os lo he contado porque estoy hecha un lío, es algo que me supera.

—¿Pero a ti te gusta? —Esta vez fue Maia la que preguntó.

—Ese es el problema, no lo sé. Lo paso bien en nuestras charlas. Me dice cosas bonitas que hace mucho tiempo no me decía nadie, en definitiva, me hace sentir viva —confesó ella.

—A ver que te parece; estamos en fiestas y ya sabemos que en estas fechas todo el mundo es cariñoso, a veces de más. Deja pasar las fiestas y cuando volváis a hablar le preguntas sus intenciones —aconsejó Lola, a lo que Maia estuvo de acuerdo.

—Bien, dejaré pasar estos días y veré que pasa.

—Pero nos mantienes informadas, ¿eh? —insistió Maia, guiñándole un ojo.

Cl@ndestinos IV

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Nochebuena, doce de la noche.

 

Rhona intentó llamar a las chicas pero la línea estaba colapsada, envió algunos whatsapp a las amigas y algún que otro conocido pero costaba que entrasen, o estaban celebrando y no contestaban, “ya los leerían por la mañana”, pensó.

La noche de nochebuena cenaron solos, Daniel había reservado esa noche para ellos, muy considerado él, cuando como era habitual en él, en toda la cena le había dirigido la palabra. Acabaron de cenar, recogió la cocina y puesto que su marido se había encerrado en el estudio, no tenía nada más que hacer. Ya ni siquiera acudían a la Misa del Gallo, como había sido tradición en su familia, hasta eso había dejado perder, la costumbre era de la familia de Rhona, no de la suya, por eso no le interesaba demasiado.

No tenía sueño así que se sentó frente al ordenador, estuvo leyendo el correo y contestando a algunas personas que le felicitaban las fiestas por ese medio. Estaba a punto de acostarse cuando el móvil emitió el típico sonido que anunciaba que tenía un mensaje en el Facebook.  Curiosa, pensó quién podía estar en Facebook a aquellas horas en una noche tan señalada. Abrió la página del navegador y le dio al bocadillo de los mensajes, las pulsaciones se le aceleraron al ver que se trataba de Jaime.

Tiene un mensaje nuevo.

¡¡Feliz Navidad, querida Rhona!! Para cuando te conectes.

Muchas gracias, igual te deseo.

No esperaba que estuvieses conectada en una noche como esta, pero me alegro. —Comentó Jaime de pronto.

Estaba a punto de irme a la cama, solo repasaba el correo y les enviaba felicitaciones a mis hijas.

—¿No pasan las fiestas en casa? Por cierto, cuantas hijas tienes, nunca has comentado que tuvieses hijos.

Tengo dos, son enfermeras y viven en Londres. ¿Tú tienes hijos? —Preguntó a su vez Rhona.

No, por desgracia nunca tuvimos hijos, mi mujer tuvo un aborto y nunca más quedó embarazada.

Lo siento. —Rhona no supo qué decir, le dolía de verdad.

De eso hace ya muchos años, yo ya lo superé.

Por tus palabras deduzco que a tu mujer le ha costado un poco más.

Mi mujer no lo ha superado, desde entonces la convivencia es difícil.

No sé que decirte, de veras que lo siento, para mí, mis hijas son la mayor bendición. Perdón, creo que no debí decir eso. —Después de hacerlo pensó que no había sido muy acertado aquel comentario.

—¿Por qué no? Tienes mucha razón, los hijos son una bendición, que no tenga no significa que no lo entienda, además, tengo sobrinos.

Yo sobrinos no tengo.

—¿Entonces ahora estás sola? —preguntó de pronto Jaime.

Rhona se puso nerviosa ante aquella pregunta, no sabía cómo interpretarla, ¿era por cambiar de tema? Si solo era eso, bien, de lo contrario no sabía que pensar.

Te has quedado callada. Creo que me has malinterpretado, me he explicado fatal, quise preguntar si no tienes compromisos, quería proponerte si puedes venir pasado mañana a la galería, necesito alguien que valore el resultado antes de abrir al público la nueva exposición. —Se apresuró a aclarar Jaime.

No creo ser la persona indicada, ni siquiera he hecho una exposición en mi vida. —Intentó contestar sin dar importancia a la frase—. Lo único que sé decir es si me gusta algo o no.

El comentario que has hecho es el de una persona inteligente, no juzgas la bondad de la obra, sencillamente dices si te gusta o no. Eres precisamente el tipo de persona que necesito para que me dé una opinión sincera.

Pero yo no quiero condicionar a nadie, todos los que me conocen saben lo rara que soy, creo que me sobrevaloras, solo soy una pobre vieja aburrida que se entretiene haciendo algunas fruslerías, supongo que era esa la colaboración de la que hablabas —contestó Rhona intrigada.

Creo que la que se menosprecia eres tú, por las cosas que compartes en Facebook, creo que eres una mujer muy sensible, con un espíritu muy joven. Vieja la ropa, soy un desconsiderado, no te dije nada de la colaboración porque la galería hace aguas, no sabemos el tiempo que durará abierta al público —aclaró Jaime.

—¿Tan transparente soy? —preguntó alarmada y dio por zanjado el tema de la colaboración, pensó que no debió comentarle nada, pero ya estaba hecho.

A lo mejor es que soy muy observador, y así te llevo la contraria jajaja.

—¿La contraria? No entiendo.

Dices que eres mayor, yo creo que estás en el punto de madurez adecuado, por eso me gustas.

Aquella declaración la dejó sin habla, de pronto le subieron los colores y los calores a la cara, si no la conocía de nada, a qué venía aquella confesión, ¿habría estado celebrando la navidad y habría bebido? Debería desconectar en aquel momento, ¿y si era un pervertido? Vale que hiciera unos meses que se escribían, pero ella para nada pensó que a su edad pudiera gustarle a ningún hombre, si ni siquiera la miraba su marido. Aquello no entraba en sus planes y le rompía todos los esquemas.

 

 

 

 

 

 

Cl@ndestinos V

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Dos semanas antes de navidad, Daniel organizó la primera fiesta prenavideña. Rhona estaba acabando de preparar la mesa cuando su marido se acercó y miró despectivo el detalle que ella había puesto dentro de los platos.

—¿Qué es eso que has puesto como servilletero? —Preguntó Daniel con rabia.

—Es un detalle, para tus invitados… los he hecho yo ¿No te gustan? —Preguntó nerviosa, viendo la reacción de su marido.

—¿Qué significa esto, Rhona?, ¿sigues haciendo tus chorradas? No creas que me vas a dejar en ridículo con eso que tú llamas artesanías. ¿Desde cuándo, Rhona?, ¿desde cuándo me estás viendo la cara?

—Daniel, por favor, no te lo tomes así.

—Contéstame, desde cuándo, es fácil —insistió.

—Hace unos meses, estoy sola todo el día, no hago daño a nadie. —Casi temblaba al contestar.

—Pensé que habías entrado en razón.

Daniel se dio media vuelta y se fue al estudio, cerró la puerta y se puso a revisar unos documentos. Rhona sabía que cuando se enfurecía era mejor no molestarlo, se enjugó las lágrimas y siguió preparando la cena para los diez invitados de su marido.

La cena transcurrió con una tensa calma por parte de Daniel, con los invitados era una balsa de aceite, con ella solo miradas reprobatorias. El problema se acució cuando una de las señoras, esposa de uno de los socios de Daniel, elogió sobremanera el detalle que Rhona había preparado, Daniel casi la fulminó con la mirada.

—¡Oh!, me encanta, que preciosidad de servilletero, me tienes que decir dónde los has comprado, tengo que hacer unos regalos y esto sería perfecto —dijo otra de las invitadas.

—Gracias, me alegro que te gusten, los hago yo, desde siempre me ha gustado la artesanía y el reciclado de metal, así que me animé a hacer mis pequeñas piezas, tengo una página en Facebook con mis diseños, si te apetece puedes pasar y ver lo que hago —se atrevió a comentar Rhona, aunque más parecía que estaba pidiendo perdón, mirando de reojo a Daniel.

—Desde luego, son divinas, ¿me venderías alguna?

—Claro, cuando quieras quedamos y te las enseño, y también las puedo hacer por encargo.

—¡Daniel! Qué callado te lo tenías, tu mujer es toda una artista y no nos habías dicho nada. —Comentó maravillada la invitada, pesando que elogiándola ganaría puntos con él.

—Eso dice ella, se lo tiene muy creído eso de emborronar lienzos y hacer cuatro bagatelas —dijo intentando disimular la rabia que sentía.

—Lo es, Daniel, lo es, y son piezas preciosas, con un estilo único y de eso entiendo. —Corroboró ella.

Daniel quiso zanjar el tema, le molestaba que Rhona, fuese el centro de atención con sus estúpidos servilleteros.

Terminada la cena, los invitados pasaron a la sala a tomar el café y las copas, en ese momento, Daniel fue tras ella a la cocina y le montó el gran pollo, diciéndole en un tono bajo y amenazante que nunca se había sentido tan avergonzado de ella en su vida, que no volviera a pasársele por la cabeza hacer algo semejante en ninguna otra de sus reuniones, ni con sus invitados.

Rhona estaba escuchando a Daniel sin entender su comportamiento, qué daño hacía ella con su afición, ¿por qué le molestaba tanto que a la mujer de su socio le gustase su trabajo? No  podía entender un comportamiento tan egoísta. La cabeza le daba vueltas, no podía dejar de preguntarse por qué tenía que pagar un precio tan alto por mantener su matrimonio. Daniel nunca ponía nada de su parte, nunca valoraba sus iniciativas o sencillamente zanjaba los temas con un rotundo no. Se fue dejándola con la palabra en la boca, así que, en cuanto pudo, subió y se sentó ante al pequeño escritorio que tenía para ella en un rincón del dormitorio, ya que en el estudio de su marido era impensable colocar su ordenador; por muy portátil y pequeño que fuese, a él le molestaba. Eran las dos de la madrugada y estaba rendida, pero no tenía sueño, estaba muy nerviosa y no hubiese podido dormir.

Daniel se había quedado en el despacho con dos colegas a tomar la última copa y tratar un par de temas, le dijo, ya que nunca le explicaba sus negocios y ella con el tiempo había aprendido a no molestarse por su falta de sensibilidad.

Encendió el ordenador, por tener una compañía, aunque solo fuese virtual y mandó un mensaje a cada una de sus hijas, quería felicitarlas por las fiestas y no quería llamarlas por teléfono, no quería molestarlas y que notasen la tristeza de su voz, así que el mensaje era optimista, los problemas que ella tuviese con su padre no tenían por qué perjudicarlas a ellas.

Abrió el correo electrónico y dejó sendos mensajes, y ya de paso, echó una ojeada al Facebook, redactaría un mensaje de felices fiestas a todos los clientes que tenía agregados como amigos. Justo abrió la página cuando en  unos segundos saltó el Messenger.

 

Tiene un mensaje nuevo.

 

Felices fiestas con antelación, ¿Todavía levantada? —Saludó Jaime.

—Felices fiestas para ti también, hemos tenido invitados y no podré conciliar el sueño, y ¿lo tuyo?, ¿también es insomnio?

Casi, pero no, lo mío es trabajo. Tengo que entregar unos informes y tenía que terminarlos sí o sí, y mañana no voy a poder, se me presenta un día bastante complicado.

Rhona no esperaba volver a hablar con Jaime y menos en esos días, se quedó bastante sorprendida, tanto por la hora, como por la felicitación, cada vez tenía menos idea sobre qué pensar del extraño personaje.

¿Has hecho negocio? Son días de regalar, espero que tengas lista de espera. —Retomó la conversación Jaime.

—Para nada, jajaja.

Le hizo reír el comentario.

Se está perdiendo el espíritu navideño —se quejó Jaime.

Los regalos navideños son un invento de los centros comerciales, están en decadencia.

—A ver, a ver, explícame eso.

Pues es simple, la gente con la crisis va justa de dinero, así que se escudan en que es una fiesta comercial y nadie quiere ser convencional.

Lo has definido a la perfección.

Es una pena, a mí me encantan las fiestas por muy comerciales que sean jajaja. —Confesó Rhona.

De verdad, nunca había oído una definición más perfecta.

—Será leído —corrigió Rhona de buen humor.

Caray, voy a tener que vigilar, señorita Rottenmeier, jajaja —le siguió el juego Jaime—. En tu caso a mí también me gustarían los días comerciales.

No es por vender, apenas soy una aficionada, es que soy muy romántica y me encanta más, regalar, incluso, a que me regalen.

¿Qué me regalarías a mí? —Preguntó de pronto Jaime—. No se trata de que me lo regales ¿eh? Que los tiempos que corren no están para extravagancias.

Ufff, que complicado, no te conozco lo suficiente, a ver, déjame pensar… una entrada para el teatro.

—¡Ah! Me encanta, y ¿Qué obra iríamos a ver?

¿Iríamos? Yo no, a mí el teatro musical no me va demasiado, te regalaría una entrada para el Gaudi, hacen “El hombre con el que sueñan las mujeres cuando sueñan con hombres” jajaja.

O sea, a ver si lo entiendo, me invitarías al teatro a ver una obra que a ti no te gusta. ¡¡Pues muchas gracias, señora!!

Perdón, perdón, creo que no pensé bien el regalo, lo cambio por una exposición fotográfica, ahí si te acompañaría.

—Eso me gusta más.

—Y tú a mí ¿qué me regalarías? —preguntó ella sin pensar, arrepintiéndose al momento de su atrevimiento.

—Pues a ti creo que te regalaría un libro.

—Me encanta leer ¿Cuál?

—Los hermanos MacCabe 3 No te enamores de tu enemigo.

—No lo conozco, pero el titulo promete jajaja, lo tendré en cuenta. —contestó Rhona intrigada por el significado del título.

Lo de la exposición me encanta, sería un placer acompañarte, además, con un interlocutor se hacen más interesantes que si uno va solo.

Me gustaría, pero tengo poco tiempo libre —se excusó Rhona—. Se me ha hecho tarde, te tengo que dejar, buenas noches.

Buenas noches, me encantaría conocerte, eres una mujer muy interesante. —Se despidió Jaime.

 

Conversación de chat finalizada.

 

Rhona apagó el ordenador nerviosa, la conversación de súbito se había vuelto demasiado personal, tuvo miedo de que su marido apareciera por sorpresa y leyera sobre su hombro, no había nada escabroso en esa conversación, pero en su interior reconocía que cada vez que hablaba con Jaime, su corazón latía con una fuerza inusual en ella.

Llegaron las fiestas y Daniel no volvió a sacar el tema de la afición de Rhona, cosa que ella agradeció. Las chicas, al final, no pudieron escaparse para estar unos días en casa, eran enfermeras y estaban trabajando en Londres, pusieron la excusa que les había tocado guardia, su madre sabía que no les apetecía pasar las navidades rodeadas de extraños. Su padre cada vez las hacía más impersonales y a ellas les hubiese gustado que fuesen como antaño, cuando solo estaba la familia y los abuelos, a los que echaban muchísimo de menos. Rhona se sentía tan fuera de lugar, nunca fue de grandes festejos, así que en cuanto podía, también se escabullía.

 

 

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Dos semanas antes de navidad, Daniel organizó la primera fiesta prenavideña. Rhona estaba acabando de preparar la mesa cuando su marido se acercó y miró despectivo el detalle que ella había puesto dentro de los platos.

—¿Qué es eso que has puesto como servilletero? —Preguntó Daniel con rabia.

—Es un detalle, para tus invitados… los he hecho yo ¿No te gustan? —Preguntó nerviosa, viendo la reacción de su marido.

—¿Qué significa esto, Rhona?, ¿sigues haciendo tus chorradas? No creas que me vas a dejar en ridículo con eso que tú llamas artesanías. ¿Desde cuándo, Rhona?, ¿desde cuándo me estás viendo la cara?

—Daniel, por favor, no te lo tomes así.

—Contéstame, desde cuándo, es fácil —insistió.

—Hace unos meses, estoy sola todo el día, no hago daño a nadie. —Casi temblaba al contestar.

—Pensé que habías entrado en razón.

Daniel se dio media vuelta y se fue al estudio, cerró la puerta y se puso a revisar unos documentos. Rhona sabía que cuando se enfurecía era mejor no molestarlo, se enjugó las lágrimas y siguió preparando la cena para los diez invitados de su marido.

La cena transcurrió con una tensa calma por parte de Daniel, con los invitados era una balsa de aceite, con ella solo miradas reprobatorias. El problema se acució cuando una de las señoras, esposa de uno de los socios de Daniel, elogió sobremanera el detalle que Rhona había preparado, Daniel casi la fulminó con la mirada.

—¡Oh!, me encanta, que preciosidad de servilletero, me tienes que decir dónde los has comprado, tengo que hacer unos regalos y esto sería perfecto —dijo otra de las invitadas.

—Gracias, me alegro que te gusten, los hago yo, desde siempre me ha gustado la artesanía y el reciclado de metal, así que me animé a hacer mis pequeñas piezas, tengo una página en Facebook con mis diseños, si te apetece puedes pasar y ver lo que hago —se atrevió a comentar Rhona, aunque más parecía que estaba pidiendo perdón, mirando de reojo a Daniel.

—Desde luego, son divinas, ¿me venderías alguna?

—Claro, cuando quieras quedamos y te las enseño, y también las puedo hacer por encargo.

—¡Daniel! Qué callado te lo tenías, tu mujer es toda una artista y no nos habías dicho nada. —Comentó maravillada la invitada, pesando que elogiándola ganaría puntos con él.

—Eso dice ella, se lo tiene muy creído eso de emborronar lienzos y hacer cuatro bagatelas —dijo intentando disimular la rabia que sentía.

—Lo es, Daniel, lo es, y son piezas preciosas, con un estilo único y de eso entiendo. —Corroboró ella.

Daniel quiso zanjar el tema, le molestaba que Rhona, fuese el centro de atención con sus estúpidos servilleteros.

Terminada la cena, los invitados pasaron a la sala a tomar el café y las copas, en ese momento, Daniel fue tras ella a la cocina y le montó el gran pollo, diciéndole en un tono bajo y amenazante que nunca se había sentido tan avergonzado de ella en su vida, que no volviera a pasársele por la cabeza hacer algo semejante en ninguna otra de sus reuniones, ni con sus invitados.

Rhona estaba escuchando a Daniel sin entender su comportamiento, qué daño hacía ella con su afición, ¿por qué le molestaba tanto que a la mujer de su socio le gustase su trabajo? No  podía entender un comportamiento tan egoísta. La cabeza le daba vueltas, no podía dejar de preguntarse por qué tenía que pagar un precio tan alto por mantener su matrimonio. Daniel nunca ponía nada de su parte, nunca valoraba sus iniciativas o sencillamente zanjaba los temas con un rotundo no. Se fue dejándola con la palabra en la boca, así que, en cuanto pudo, subió y se sentó ante al pequeño escritorio que tenía para ella en un rincón del dormitorio, ya que en el estudio de su marido era impensable colocar su ordenador; por muy portátil y pequeño que fuese, a él le molestaba. Eran las dos de la madrugada y estaba rendida, pero no tenía sueño, estaba muy nerviosa y no hubiese podido dormir.

Daniel se había quedado en el despacho con dos colegas a tomar la última copa y tratar un par de temas, le dijo, ya que nunca le explicaba sus negocios y ella con el tiempo había aprendido a no molestarse por su falta de sensibilidad.

Encendió el ordenador, por tener una compañía, aunque solo fuese virtual y mandó un mensaje a cada una de sus hijas, quería felicitarlas por las fiestas y no quería llamarlas por teléfono, no quería molestarlas y que notasen la tristeza de su voz, así que el mensaje era optimista, los problemas que ella tuviese con su padre no tenían por qué perjudicarlas a ellas.

Abrió el correo electrónico y dejó sendos mensajes, y ya de paso, echó una ojeada al Facebook, redactaría un mensaje de felices fiestas a todos los clientes que tenía agregados como amigos. Justo abrió la página cuando en  unos segundos saltó el Messenger.

 

Tiene un mensaje nuevo.

 

Felices fiestas con antelación, ¿Todavía levantada? —Saludó Jaime.

—Felices fiestas para ti también, hemos tenido invitados y no podré conciliar el sueño, y ¿lo tuyo?, ¿también es insomnio?

Casi, pero no, lo mío es trabajo. Tengo que entregar unos informes y tenía que terminarlos sí o sí, y mañana no voy a poder, se me presenta un día bastante complicado.

Rhona no esperaba volver a hablar con Jaime y menos en esos días, se quedó bastante sorprendida, tanto por la hora, como por la felicitación, cada vez tenía menos idea sobre qué pensar del extraño personaje.

¿Has hecho negocio? Son días de regalar, espero que tengas lista de espera. —Retomó la conversación Jaime.

—Para nada, jajaja.

Le hizo reír el comentario.

Se está perdiendo el espíritu navideño —se quejó Jaime.

Los regalos navideños son un invento de los centros comerciales, están en decadencia.

—A ver, a ver, explícame eso.

Pues es simple, la gente con la crisis va justa de dinero, así que se escudan en que es una fiesta comercial y nadie quiere ser convencional.

Lo has definido a la perfección.

Es una pena, a mí me encantan las fiestas por muy comerciales que sean jajaja. —Confesó Rhona.

De verdad, nunca había oído una definición más perfecta.

—Será leído —corrigió Rhona de buen humor.

Caray, voy a tener que vigilar, señorita Rottenmeier, jajaja —le siguió el juego Jaime—. En tu caso a mí también me gustarían los días comerciales.

No es por vender, apenas soy una aficionada, es que soy muy romántica y me encanta más, regalar, incluso, a que me regalen.

¿Qué me regalarías a mí? —Preguntó de pronto Jaime—. No se trata de que me lo regales ¿eh? Que los tiempos que corren no están para extravagancias.

Ufff, que complicado, no te conozco lo suficiente, a ver, déjame pensar… una entrada para el teatro.

—¡Ah! Me encanta, y ¿Qué obra iríamos a ver?

¿Iríamos? Yo no, a mí el teatro musical no me va demasiado, te regalaría una entrada para el Gaudi, hacen “El hombre con el que sueñan las mujeres cuando sueñan con hombres” jajaja.

O sea, a ver si lo entiendo, me invitarías al teatro a ver una obra que a ti no te gusta. ¡¡Pues muchas gracias, señora!!

Perdón, perdón, creo que no pensé bien el regalo, lo cambio por una exposición fotográfica, ahí si te acompañaría.

—Eso me gusta más.

—Y tú a mí ¿qué me regalarías? —preguntó ella sin pensar, arrepintiéndose al momento de su atrevimiento.

—Pues a ti creo que te regalaría un libro.

—Me encanta leer ¿Cuál?

—Los hermanos MacCabe 3 No te enamores de tu enemigo.

—No lo conozco, pero el titulo promete jajaja, lo tendré en cuenta. —contestó Rhona intrigada por el significado del título.

Lo de la exposición me encanta, sería un placer acompañarte, además, con un interlocutor se hacen más interesantes que si uno va solo.

Me gustaría, pero tengo poco tiempo libre —se excusó Rhona—. Se me ha hecho tarde, te tengo que dejar, buenas noches.

Buenas noches, me encantaría conocerte, eres una mujer muy interesante. —Se despidió Jaime.

Cl@ndestinos IV

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Rhona estaba desconcertada, no sabía qué pensar de todo aquello, no creía haber dado señales de otra cosa más que de su trabajo. Ahora que pensaba, alguna vez había leído cosas divertidas sobre el letargo de los matrimonios, le venía a la mente un articulo que había compartido que hablaba sobre las mujeres con poco sexo, según el artículo corrían riesgo de muerte prematura. ¿Habría pensado Jaime que hablaba por ella?, seguro que era eso, no sabía cómo, pero intentaría deshacer el entuerto.

Después de aquello habían hablado unas cuantas veces pero todo muy normal, le preguntaba que tal estaba, ella siempre respondía que bien. Hablaban de política, de sus respectivos trabajos, incluso del tiempo en alguna otra ocasión. Poco a poco se fue acrecentando su amistad y a medida que pasaban los días, él le iba demostrando en sus conversaciones que se sentía atraído por ella. Lo dejaba caer, aunque Rhona pensaba que era su carácter adulador y que se comportaría así con todas las mujeres con las que hablaba. Así habían pasado tres meses y, aunque no quería reconocerlo ni ante sí misma, se entusiasmaba cada vez que saltaba el recuadrito de los mensajes.

Era tan desconcertante la actitud de Jaime, que no pudo menos que compararlo con su marido, ni siquiera era capaz de recordar cuándo había sido la última vez que se había despedido con un beso de verdad, cuándo la había cogido de la mano o tan solo escuchado algo de lo que ella decía, eso para él, sencillamente, era irrelevante. Su trabajo y su éxito habían tenido prioridad sobre todo lo demás. Él era así, frío y calculador. Por muchos esfuerzos que Rhona hiciese, siempre había algo que, según él, ella podía mejorar. Con el tiempo se había acostumbrado a sus vacíos, a sus desplantes, procuraba tener todo impecable para cuando él llegaba, todo en su vida debía estar perfectamente ordenado y catalogado.

Mientras tuvo a sus hijas con ella, el amor que sentía era tan grande que suplía cualquier otra carencia, pero ahora, ellas ya habían volado del nido y Rhona se sentía sola y fuera de lugar.

 

Pasaron unos cuantos días antes que volviese a tener noticias de Jaime, se acercaban las navidades y eran fechas de mucho trajín, había que pensar qué regalos comprar y sobre todo en las cenas y comidas navideñas, ya que Daniel siempre tenía amistades a las que invitar, o simplemente conocidos a los que impresionar, para tener ases en la manga cuando necesitase algún favor, él funcionaba así, siempre por conveniencia, siempre buscando su beneficio.

Rhona, pensando en la cena prenavideña, imaginó que sería original regalar alguna cosa hecha por ella, unos servilleteros, hechos con tenedores reciclados, pensó que serían el regalo perfecto para los comensales. Así también se daría a conocer dentro del círculo de amistades de su marido. Odiaba aquellas fiestas tan pomposas, para ella las navidades eran fiestas familiares, pero la familia se había reducido a ellos dos y sus hijas, así que para ella no dejaban de ser como cualquier otro domingo, nada especial y menos desde que las chicas no estaban, ese año ni siquiera estaban seguras de poder pasarlas en casa.

Querido lector, si te ha gustado esta entrada, comenta, puntua, haznos llegar tu opinión, es muy valiosa para seguir mejorando.

 

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