Cl@ndestinos V

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Dos semanas antes de navidad, Daniel organizó la primera fiesta prenavideña. Rhona estaba acabando de preparar la mesa cuando su marido se acercó y miró despectivo el detalle que ella había puesto dentro de los platos.

—¿Qué es eso que has puesto como servilletero? —Preguntó Daniel con rabia.

—Es un detalle, para tus invitados… los he hecho yo ¿No te gustan? —Preguntó nerviosa, viendo la reacción de su marido.

—¿Qué significa esto, Rhona?, ¿sigues haciendo tus chorradas? No creas que me vas a dejar en ridículo con eso que tú llamas artesanías. ¿Desde cuándo, Rhona?, ¿desde cuándo me estás viendo la cara?

—Daniel, por favor, no te lo tomes así.

—Contéstame, desde cuándo, es fácil —insistió.

—Hace unos meses, estoy sola todo el día, no hago daño a nadie. —Casi temblaba al contestar.

—Pensé que habías entrado en razón.

Daniel se dio media vuelta y se fue al estudio, cerró la puerta y se puso a revisar unos documentos. Rhona sabía que cuando se enfurecía era mejor no molestarlo, se enjugó las lágrimas y siguió preparando la cena para los diez invitados de su marido.

La cena transcurrió con una tensa calma por parte de Daniel, con los invitados era una balsa de aceite, con ella solo miradas reprobatorias. El problema se acució cuando una de las señoras, esposa de uno de los socios de Daniel, elogió sobremanera el detalle que Rhona había preparado, Daniel casi la fulminó con la mirada.

—¡Oh!, me encanta, que preciosidad de servilletero, me tienes que decir dónde los has comprado, tengo que hacer unos regalos y esto sería perfecto —dijo otra de las invitadas.

—Gracias, me alegro que te gusten, los hago yo, desde siempre me ha gustado la artesanía y el reciclado de metal, así que me animé a hacer mis pequeñas piezas, tengo una página en Facebook con mis diseños, si te apetece puedes pasar y ver lo que hago —se atrevió a comentar Rhona, aunque más parecía que estaba pidiendo perdón, mirando de reojo a Daniel.

—Desde luego, son divinas, ¿me venderías alguna?

—Claro, cuando quieras quedamos y te las enseño, y también las puedo hacer por encargo.

—¡Daniel! Qué callado te lo tenías, tu mujer es toda una artista y no nos habías dicho nada. —Comentó maravillada la invitada, pesando que elogiándola ganaría puntos con él.

—Eso dice ella, se lo tiene muy creído eso de emborronar lienzos y hacer cuatro bagatelas —dijo intentando disimular la rabia que sentía.

—Lo es, Daniel, lo es, y son piezas preciosas, con un estilo único y de eso entiendo. —Corroboró ella.

Daniel quiso zanjar el tema, le molestaba que Rhona, fuese el centro de atención con sus estúpidos servilleteros.

Terminada la cena, los invitados pasaron a la sala a tomar el café y las copas, en ese momento, Daniel fue tras ella a la cocina y le montó el gran pollo, diciéndole en un tono bajo y amenazante que nunca se había sentido tan avergonzado de ella en su vida, que no volviera a pasársele por la cabeza hacer algo semejante en ninguna otra de sus reuniones, ni con sus invitados.

Rhona estaba escuchando a Daniel sin entender su comportamiento, qué daño hacía ella con su afición, ¿por qué le molestaba tanto que a la mujer de su socio le gustase su trabajo? No  podía entender un comportamiento tan egoísta. La cabeza le daba vueltas, no podía dejar de preguntarse por qué tenía que pagar un precio tan alto por mantener su matrimonio. Daniel nunca ponía nada de su parte, nunca valoraba sus iniciativas o sencillamente zanjaba los temas con un rotundo no. Se fue dejándola con la palabra en la boca, así que, en cuanto pudo, subió y se sentó ante al pequeño escritorio que tenía para ella en un rincón del dormitorio, ya que en el estudio de su marido era impensable colocar su ordenador; por muy portátil y pequeño que fuese, a él le molestaba. Eran las dos de la madrugada y estaba rendida, pero no tenía sueño, estaba muy nerviosa y no hubiese podido dormir.

Daniel se había quedado en el despacho con dos colegas a tomar la última copa y tratar un par de temas, le dijo, ya que nunca le explicaba sus negocios y ella con el tiempo había aprendido a no molestarse por su falta de sensibilidad.

Encendió el ordenador, por tener una compañía, aunque solo fuese virtual y mandó un mensaje a cada una de sus hijas, quería felicitarlas por las fiestas y no quería llamarlas por teléfono, no quería molestarlas y que notasen la tristeza de su voz, así que el mensaje era optimista, los problemas que ella tuviese con su padre no tenían por qué perjudicarlas a ellas.

Abrió el correo electrónico y dejó sendos mensajes, y ya de paso, echó una ojeada al Facebook, redactaría un mensaje de felices fiestas a todos los clientes que tenía agregados como amigos. Justo abrió la página cuando en  unos segundos saltó el Messenger.

 

Tiene un mensaje nuevo.

 

Felices fiestas con antelación, ¿Todavía levantada? —Saludó Jaime.

—Felices fiestas para ti también, hemos tenido invitados y no podré conciliar el sueño, y ¿lo tuyo?, ¿también es insomnio?

Casi, pero no, lo mío es trabajo. Tengo que entregar unos informes y tenía que terminarlos sí o sí, y mañana no voy a poder, se me presenta un día bastante complicado.

Rhona no esperaba volver a hablar con Jaime y menos en esos días, se quedó bastante sorprendida, tanto por la hora, como por la felicitación, cada vez tenía menos idea sobre qué pensar del extraño personaje.

¿Has hecho negocio? Son días de regalar, espero que tengas lista de espera. —Retomó la conversación Jaime.

—Para nada, jajaja.

Le hizo reír el comentario.

Se está perdiendo el espíritu navideño —se quejó Jaime.

Los regalos navideños son un invento de los centros comerciales, están en decadencia.

—A ver, a ver, explícame eso.

Pues es simple, la gente con la crisis va justa de dinero, así que se escudan en que es una fiesta comercial y nadie quiere ser convencional.

Lo has definido a la perfección.

Es una pena, a mí me encantan las fiestas por muy comerciales que sean jajaja. —Confesó Rhona.

De verdad, nunca había oído una definición más perfecta.

—Será leído —corrigió Rhona de buen humor.

Caray, voy a tener que vigilar, señorita Rottenmeier, jajaja —le siguió el juego Jaime—. En tu caso a mí también me gustarían los días comerciales.

No es por vender, apenas soy una aficionada, es que soy muy romántica y me encanta más, regalar, incluso, a que me regalen.

¿Qué me regalarías a mí? —Preguntó de pronto Jaime—. No se trata de que me lo regales ¿eh? Que los tiempos que corren no están para extravagancias.

Ufff, que complicado, no te conozco lo suficiente, a ver, déjame pensar… una entrada para el teatro.

—¡Ah! Me encanta, y ¿Qué obra iríamos a ver?

¿Iríamos? Yo no, a mí el teatro musical no me va demasiado, te regalaría una entrada para el Gaudi, hacen “El hombre con el que sueñan las mujeres cuando sueñan con hombres” jajaja.

O sea, a ver si lo entiendo, me invitarías al teatro a ver una obra que a ti no te gusta. ¡¡Pues muchas gracias, señora!!

Perdón, perdón, creo que no pensé bien el regalo, lo cambio por una exposición fotográfica, ahí si te acompañaría.

—Eso me gusta más.

—Y tú a mí ¿qué me regalarías? —preguntó ella sin pensar, arrepintiéndose al momento de su atrevimiento.

—Pues a ti creo que te regalaría un libro.

—Me encanta leer ¿Cuál?

—Los hermanos MacCabe 3 No te enamores de tu enemigo.

—No lo conozco, pero el titulo promete jajaja, lo tendré en cuenta. —contestó Rhona intrigada por el significado del título.

Lo de la exposición me encanta, sería un placer acompañarte, además, con un interlocutor se hacen más interesantes que si uno va solo.

Me gustaría, pero tengo poco tiempo libre —se excusó Rhona—. Se me ha hecho tarde, te tengo que dejar, buenas noches.

Buenas noches, me encantaría conocerte, eres una mujer muy interesante. —Se despidió Jaime.

 

Conversación de chat finalizada.

 

Rhona apagó el ordenador nerviosa, la conversación de súbito se había vuelto demasiado personal, tuvo miedo de que su marido apareciera por sorpresa y leyera sobre su hombro, no había nada escabroso en esa conversación, pero en su interior reconocía que cada vez que hablaba con Jaime, su corazón latía con una fuerza inusual en ella.

Llegaron las fiestas y Daniel no volvió a sacar el tema de la afición de Rhona, cosa que ella agradeció. Las chicas, al final, no pudieron escaparse para estar unos días en casa, eran enfermeras y estaban trabajando en Londres, pusieron la excusa que les había tocado guardia, su madre sabía que no les apetecía pasar las navidades rodeadas de extraños. Su padre cada vez las hacía más impersonales y a ellas les hubiese gustado que fuesen como antaño, cuando solo estaba la familia y los abuelos, a los que echaban muchísimo de menos. Rhona se sentía tan fuera de lugar, nunca fue de grandes festejos, así que en cuanto podía, también se escabullía.

 

 

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Dos semanas antes de navidad, Daniel organizó la primera fiesta prenavideña. Rhona estaba acabando de preparar la mesa cuando su marido se acercó y miró despectivo el detalle que ella había puesto dentro de los platos.

—¿Qué es eso que has puesto como servilletero? —Preguntó Daniel con rabia.

—Es un detalle, para tus invitados… los he hecho yo ¿No te gustan? —Preguntó nerviosa, viendo la reacción de su marido.

—¿Qué significa esto, Rhona?, ¿sigues haciendo tus chorradas? No creas que me vas a dejar en ridículo con eso que tú llamas artesanías. ¿Desde cuándo, Rhona?, ¿desde cuándo me estás viendo la cara?

—Daniel, por favor, no te lo tomes así.

—Contéstame, desde cuándo, es fácil —insistió.

—Hace unos meses, estoy sola todo el día, no hago daño a nadie. —Casi temblaba al contestar.

—Pensé que habías entrado en razón.

Daniel se dio media vuelta y se fue al estudio, cerró la puerta y se puso a revisar unos documentos. Rhona sabía que cuando se enfurecía era mejor no molestarlo, se enjugó las lágrimas y siguió preparando la cena para los diez invitados de su marido.

La cena transcurrió con una tensa calma por parte de Daniel, con los invitados era una balsa de aceite, con ella solo miradas reprobatorias. El problema se acució cuando una de las señoras, esposa de uno de los socios de Daniel, elogió sobremanera el detalle que Rhona había preparado, Daniel casi la fulminó con la mirada.

—¡Oh!, me encanta, que preciosidad de servilletero, me tienes que decir dónde los has comprado, tengo que hacer unos regalos y esto sería perfecto —dijo otra de las invitadas.

—Gracias, me alegro que te gusten, los hago yo, desde siempre me ha gustado la artesanía y el reciclado de metal, así que me animé a hacer mis pequeñas piezas, tengo una página en Facebook con mis diseños, si te apetece puedes pasar y ver lo que hago —se atrevió a comentar Rhona, aunque más parecía que estaba pidiendo perdón, mirando de reojo a Daniel.

—Desde luego, son divinas, ¿me venderías alguna?

—Claro, cuando quieras quedamos y te las enseño, y también las puedo hacer por encargo.

—¡Daniel! Qué callado te lo tenías, tu mujer es toda una artista y no nos habías dicho nada. —Comentó maravillada la invitada, pesando que elogiándola ganaría puntos con él.

—Eso dice ella, se lo tiene muy creído eso de emborronar lienzos y hacer cuatro bagatelas —dijo intentando disimular la rabia que sentía.

—Lo es, Daniel, lo es, y son piezas preciosas, con un estilo único y de eso entiendo. —Corroboró ella.

Daniel quiso zanjar el tema, le molestaba que Rhona, fuese el centro de atención con sus estúpidos servilleteros.

Terminada la cena, los invitados pasaron a la sala a tomar el café y las copas, en ese momento, Daniel fue tras ella a la cocina y le montó el gran pollo, diciéndole en un tono bajo y amenazante que nunca se había sentido tan avergonzado de ella en su vida, que no volviera a pasársele por la cabeza hacer algo semejante en ninguna otra de sus reuniones, ni con sus invitados.

Rhona estaba escuchando a Daniel sin entender su comportamiento, qué daño hacía ella con su afición, ¿por qué le molestaba tanto que a la mujer de su socio le gustase su trabajo? No  podía entender un comportamiento tan egoísta. La cabeza le daba vueltas, no podía dejar de preguntarse por qué tenía que pagar un precio tan alto por mantener su matrimonio. Daniel nunca ponía nada de su parte, nunca valoraba sus iniciativas o sencillamente zanjaba los temas con un rotundo no. Se fue dejándola con la palabra en la boca, así que, en cuanto pudo, subió y se sentó ante al pequeño escritorio que tenía para ella en un rincón del dormitorio, ya que en el estudio de su marido era impensable colocar su ordenador; por muy portátil y pequeño que fuese, a él le molestaba. Eran las dos de la madrugada y estaba rendida, pero no tenía sueño, estaba muy nerviosa y no hubiese podido dormir.

Daniel se había quedado en el despacho con dos colegas a tomar la última copa y tratar un par de temas, le dijo, ya que nunca le explicaba sus negocios y ella con el tiempo había aprendido a no molestarse por su falta de sensibilidad.

Encendió el ordenador, por tener una compañía, aunque solo fuese virtual y mandó un mensaje a cada una de sus hijas, quería felicitarlas por las fiestas y no quería llamarlas por teléfono, no quería molestarlas y que notasen la tristeza de su voz, así que el mensaje era optimista, los problemas que ella tuviese con su padre no tenían por qué perjudicarlas a ellas.

Abrió el correo electrónico y dejó sendos mensajes, y ya de paso, echó una ojeada al Facebook, redactaría un mensaje de felices fiestas a todos los clientes que tenía agregados como amigos. Justo abrió la página cuando en  unos segundos saltó el Messenger.

 

Tiene un mensaje nuevo.

 

Felices fiestas con antelación, ¿Todavía levantada? —Saludó Jaime.

—Felices fiestas para ti también, hemos tenido invitados y no podré conciliar el sueño, y ¿lo tuyo?, ¿también es insomnio?

Casi, pero no, lo mío es trabajo. Tengo que entregar unos informes y tenía que terminarlos sí o sí, y mañana no voy a poder, se me presenta un día bastante complicado.

Rhona no esperaba volver a hablar con Jaime y menos en esos días, se quedó bastante sorprendida, tanto por la hora, como por la felicitación, cada vez tenía menos idea sobre qué pensar del extraño personaje.

¿Has hecho negocio? Son días de regalar, espero que tengas lista de espera. —Retomó la conversación Jaime.

—Para nada, jajaja.

Le hizo reír el comentario.

Se está perdiendo el espíritu navideño —se quejó Jaime.

Los regalos navideños son un invento de los centros comerciales, están en decadencia.

—A ver, a ver, explícame eso.

Pues es simple, la gente con la crisis va justa de dinero, así que se escudan en que es una fiesta comercial y nadie quiere ser convencional.

Lo has definido a la perfección.

Es una pena, a mí me encantan las fiestas por muy comerciales que sean jajaja. —Confesó Rhona.

De verdad, nunca había oído una definición más perfecta.

—Será leído —corrigió Rhona de buen humor.

Caray, voy a tener que vigilar, señorita Rottenmeier, jajaja —le siguió el juego Jaime—. En tu caso a mí también me gustarían los días comerciales.

No es por vender, apenas soy una aficionada, es que soy muy romántica y me encanta más, regalar, incluso, a que me regalen.

¿Qué me regalarías a mí? —Preguntó de pronto Jaime—. No se trata de que me lo regales ¿eh? Que los tiempos que corren no están para extravagancias.

Ufff, que complicado, no te conozco lo suficiente, a ver, déjame pensar… una entrada para el teatro.

—¡Ah! Me encanta, y ¿Qué obra iríamos a ver?

¿Iríamos? Yo no, a mí el teatro musical no me va demasiado, te regalaría una entrada para el Gaudi, hacen “El hombre con el que sueñan las mujeres cuando sueñan con hombres” jajaja.

O sea, a ver si lo entiendo, me invitarías al teatro a ver una obra que a ti no te gusta. ¡¡Pues muchas gracias, señora!!

Perdón, perdón, creo que no pensé bien el regalo, lo cambio por una exposición fotográfica, ahí si te acompañaría.

—Eso me gusta más.

—Y tú a mí ¿qué me regalarías? —preguntó ella sin pensar, arrepintiéndose al momento de su atrevimiento.

—Pues a ti creo que te regalaría un libro.

—Me encanta leer ¿Cuál?

—Los hermanos MacCabe 3 No te enamores de tu enemigo.

—No lo conozco, pero el titulo promete jajaja, lo tendré en cuenta. —contestó Rhona intrigada por el significado del título.

Lo de la exposición me encanta, sería un placer acompañarte, además, con un interlocutor se hacen más interesantes que si uno va solo.

Me gustaría, pero tengo poco tiempo libre —se excusó Rhona—. Se me ha hecho tarde, te tengo que dejar, buenas noches.

Buenas noches, me encantaría conocerte, eres una mujer muy interesante. —Se despidió Jaime.

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Rhona estaba desconcertada, no sabía qué pensar de todo aquello, no creía haber dado señales de otra cosa más que de su trabajo. Ahora que pensaba, alguna vez había leído cosas divertidas sobre el letargo de los matrimonios, le venía a la mente un articulo que había compartido que hablaba sobre las mujeres con poco sexo, según el artículo corrían riesgo de muerte prematura. ¿Habría pensado Jaime que hablaba por ella?, seguro que era eso, no sabía cómo, pero intentaría deshacer el entuerto.

Después de aquello habían hablado unas cuantas veces pero todo muy normal, le preguntaba que tal estaba, ella siempre respondía que bien. Hablaban de política, de sus respectivos trabajos, incluso del tiempo en alguna otra ocasión. Poco a poco se fue acrecentando su amistad y a medida que pasaban los días, él le iba demostrando en sus conversaciones que se sentía atraído por ella. Lo dejaba caer, aunque Rhona pensaba que era su carácter adulador y que se comportaría así con todas las mujeres con las que hablaba. Así habían pasado tres meses y, aunque no quería reconocerlo ni ante sí misma, se entusiasmaba cada vez que saltaba el recuadrito de los mensajes.

Era tan desconcertante la actitud de Jaime, que no pudo menos que compararlo con su marido, ni siquiera era capaz de recordar cuándo había sido la última vez que se había despedido con un beso de verdad, cuándo la había cogido de la mano o tan solo escuchado algo de lo que ella decía, eso para él, sencillamente, era irrelevante. Su trabajo y su éxito habían tenido prioridad sobre todo lo demás. Él era así, frío y calculador. Por muchos esfuerzos que Rhona hiciese, siempre había algo que, según él, ella podía mejorar. Con el tiempo se había acostumbrado a sus vacíos, a sus desplantes, procuraba tener todo impecable para cuando él llegaba, todo en su vida debía estar perfectamente ordenado y catalogado.

Mientras tuvo a sus hijas con ella, el amor que sentía era tan grande que suplía cualquier otra carencia, pero ahora, ellas ya habían volado del nido y Rhona se sentía sola y fuera de lugar.

 

Pasaron unos cuantos días antes que volviese a tener noticias de Jaime, se acercaban las navidades y eran fechas de mucho trajín, había que pensar qué regalos comprar y sobre todo en las cenas y comidas navideñas, ya que Daniel siempre tenía amistades a las que invitar, o simplemente conocidos a los que impresionar, para tener ases en la manga cuando necesitase algún favor, él funcionaba así, siempre por conveniencia, siempre buscando su beneficio.

Rhona, pensando en la cena prenavideña, imaginó que sería original regalar alguna cosa hecha por ella, unos servilleteros, hechos con tenedores reciclados, pensó que serían el regalo perfecto para los comensales. Así también se daría a conocer dentro del círculo de amistades de su marido. Odiaba aquellas fiestas tan pomposas, para ella las navidades eran fiestas familiares, pero la familia se había reducido a ellos dos y sus hijas, así que para ella no dejaban de ser como cualquier otro domingo, nada especial y menos desde que las chicas no estaban, ese año ni siquiera estaban seguras de poder pasarlas en casa.

Querido lector, si te ha gustado esta entrada, comenta, puntua, haznos llegar tu opinión, es muy valiosa para seguir mejorando.

 

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Cl@ndestinos III

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Tienes un mensaje nuevo.

 

—Perdona si te he molestado, es que conozco muy bien a la persona que ha tergiversado tus palabras, me ha extrañado su reacción, es muy buen hombre, de verdad, no sé qué le ha podido pasar.

—No se preocupe, es que en según qué temas soy algo susceptible.

—Pues no se hable más, creo que te ha malinterpretado, por cierto, me ha encantado saludarte de nuevo.

—A mí también, gracias de nuevo, caballero.

—La próxima vez prometo llevar la armadura, para defender mejor a una dama, como esta se merece.

—Jajajaja.

 

Conversación de chat finalizada.

 

Rhona se quedó algo extrañada por aquella súbita aparición, desde aquella vez que le había dicho lo de la colaboración, no se había vuelto a pronunciar. Ella estuvo tentada de enviarle un mensaje preguntando si seguía en pie lo de la galería, pero su natural timidez se lo impidió.

Habían pasado bastantes días desde la última conversación y Rhona aunque no quería hacerlo, no podía evitar una sonrisa al pensar en aquel personaje tan extraño, aquel caballero sin armadura, aunque había prometido llevarla la próxima vez, en fin, parecía ser que no habría próxima vez.

 

 

 “Tienes un mensaje nuevo”

 

Hola, espero no molestar. —Era Jaime de nuevo.

 

Rhona después de haber pasado algunas semanas desde su última conversación, ya no esperaba más mensajes de aquel extraño personaje, que aparecía y desaparecía como el Guadiana. Se había puesto nerviosa, ¿le pediría por fin colaborar en su galería? Estaba insegura, no sabía cómo tenía que tratar con este tipo de personas, llevaba tanto tiempo desconectada del mundo real que aquello era un soplo de aire fresco y no se iba a engañar a sí misma, le encantaba que se hubiese acordado de ella después de tantos días.

 

Hola —fue su escueta respuesta al cabo de casi diez minutos de indecisión.

—¿Las vacaciones bien? —preguntó Jaime, seguramente por entablar conversación, pensó ella.

—Este año han sido diferentes de otros años, un poquito más light, pero en general bien.

—Bueno, así hay más de uno. Por cierto, tienes un muy buen español para ser colombiana.

—¿¿¿Colombiana??? Jajaja, ¿de dónde saca eso?

—Pues no lo sé, perdona si te ha molestado, creí que eras colombiana, que tontería… Por cierto, ¿podrías tutearme? Creo que ya somos amigos ¿no?

—Ningún problema, no me enfado por nimiedades, tranquilo.

—Ningún problema a mi desliz o a lo del tuteo.

—A las dos cosas.

—Te tengo que dejar que estamos preparando exposición y voy cargado de trabajo, un beso.

 

Después del beso, le envió la foto de una rosa, lo cual descolocó completamente a Rhona, que se quedó sin palabras.

Adiós —fue lo único que acertó a escribir.

 

Conversación de chat finalizada.

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Por el momento pasaban los días con relativa calma. No habían vuelto a sacar el tema, su marido, como era su costumbre, olvidó lo hablado y dio por zanjada la discusión, si a él no le convenía, no le convenía a nadie, y punto.

Cuando llegaba de sus viajes ella se encargaba de que lo encontrase todo tal como sus exigencias requerían, así que por el momento estaba bastante satisfecha de poder acudir a todo sin que él lo notase. Aunque no era eso lo que ella había esperado, sabía que no le gustaba lo que hacía, pero imaginó que él no pondría tanta resistencia si todo estaba como siempre, así que ella seguiría como hasta entonces mientras las aguas siguieran su cauce.

 

Facebook estaba siendo de gran ayuda, abrió una página de autora en la que colgaba los trabajos que realizaba y hasta tenía un enlace de compra, muy útil cuando no sabes por donde comenzar, poco a poco había empezado a tener un relativo éxito, aunque no era conocida, sus cuadros y pequeñas artesanías empezaban a gustar y a venderse alguna pieza que otra.

 

 “Tienes un mensaje”.

 

Anunciaba el bocadillo superior de la pantalla.

 

—Hola, espero no molestarte, solo quería decirte que me gusta mucho lo que haces y quería pedirte permiso para compartir. Dirijo una galería y he pensado que a lo mejor podemos colaborar en alguna ocasión.

—Desde luego, me encantaría colaborar de algún modo, aunque no tengo nada de experiencia —confesó— y por supuesto tiene mi permiso para compartir todo, ningún problema.

—Tengo una reunión esta tarde con los accionistas y expondré lo de la colaboración, si aceptan, te digo algo.

—De acuerdo, ningún problema, será un honor para mí.

—Lo único es que hay un pequeño, o gran inconveniente, según se mire, a los colaboradores no se les paga.

—Tranquilo, no todo en la vida es dinero.

—Se nota que eres una persona sensible, y, además, que te gusta mucho lo que haces.

—Gracias, es muy amable. Lo siento, le tengo que dejar, me llaman al teléfono y espero que sean de los que pagan jajaja.

—Está bien, hablamos —se despidió Jaime.

 

Conversación de chat finalizada.

 

Cuando Rhona, al rato, releyó el mensaje, no podía creer la suerte que había tenido, que un galerista, por modesto que fuese, le ofreciese colaborar, aquello era un sueño, pensó.

Estaba contenta, y aunque a veces sentía cierto temor a que Daniel se enterase de lo que hacía, ya no le importaba. La alegría que le daba hacer por una vez lo que deseaba, le proporcionaba las fuerzas necesarias para soportar lo que fuese.

 

Aquella mañana había terminado unas piezas y estaba subiendo las fotos al Facebook cuando un artículo le llamó la atención, no era dada a contestar comentarios sobre política, ella era de aquellas personas que respetaban mucho a los demás, o sea que su lema era; vive y deja vivir. El problema era que en aquella ocasión le tocó la fibra un comentario y, sin siquiera pensarlo, dio su opinión. Para su sorpresa, aquel comentario levantó ampollas y una persona en concreto contestó con bastantes malos modos, como si su verdad fuese la verdad absoluta. Estaba desconcertada, cómo alguien que se suponía tenía las mismas ideas que ella podía haber tergiversado sus palabras de aquella manera.

De pronto se sumó otro personaje a la tertulia, nueva sorpresa por parte de Rhona, era Jaime, el director de la galería que la estaba defendiendo y aclarando su argumento.

Gracias, aunque no era necesario, puedo defenderme sola. —Contestó Rhona, con algo de acritud, en los comentarios a pie de noticia.

Volvió a asomar la ventanita de un mensaje privado, era Jaime, que se excusaba por su intromisión.

 

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El crucero

El crucero

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Llegó la hora, se  iba de crucero, toda la vida había estado esperando aquel momento, revisó el equipaje por última vez, no parecía que faltase nada, todo lo de la lista estaba tachado, los nervios le atenazan el pecho. Todo lo vivía con demasiada intensidad, al menos eso es lo que decía su cardiólogo, pero él no sabía que cuando se ha llevado una vida como la suya, haber resurgido de sus cenizas y poder vivir al límite es ver más allá del horizonte, no todo el mundo escapaba de una muerte segura como ella.

Cogió el pasaporte, las llaves, que estaban sobre la mesa, sacó el asa de la maleta, la arrastró tras ella y salió camino al puerto. Esperaba encontrar su barco entre todo aquel laberinto de muelles. Estaba decidida a empezar una nueva vida y ese crucero era el punto de partida.

Llegó al puerto, subió al barco, miró que estuviese el equipaje en su camarote y se fue a dar una vuelta por las instalaciones, lo primero que le llamó la atención fue una tienda de sombreros, bueno, tampoco era algo tan raro, iban al Caribe, allí el sol era muy fuerte y era aconsejable cubrirse la cabeza, entonces pensó que no le iría mal comprarse una pamela, una que tuviera un ala bien amplia, que la protegiese del fortísimo sol caribeño.

Cuando entró en la tienda le pareció haber traspasado la barrera del tiempo, todo era tan, tan… no tenía ni idea de cómo calificar la anticuada decoración, aquellos sombreros, parecían estar sacados de una novela de Agatha Christie, para nada servían para el sol, qué raro, pensó divertida.

—¡Oiga! ¿Hay alguien? —preguntó al no ver a nadie que saliera a atender.

Nadie salió a su encuentro, A ver si me he equivocado y esto es una exposición, pensó, pero salió y volvió a mirar el rótulo, ponía bien claro, Sombrerería Marie Celeste, un nombre bastante clásico, creyó recordar haber leído algo sobre un barco con ese nombre, intentaría hacer memoria más tarde, en aquel momento estaba fascinada, todo aquello tenía su magia, volvió a entrar, se dedicó a husmear en la tienda, en cierto modo estaba encantada, era como si estuviera en otra época, justo la que a ella siempre la habría gustado vivir, le pareció estar en la época victoriana, cogió uno de los sombreros con sus tules y sus plumas, se lo probó, dio vueltas mirándose al espejo, era maravilloso, ¿por qué las mujeres ya no se adornaban con aquella elegancia?, pensaba.

No supo cuánto tiempo estuvo admirando sombreros, a cual, para nuestro tiempo, resultaba más estrafalario, perdió la noción, se sentía como en una casa de muñecas, todo era tan irreal, el mostrador parecía de finales del diecinueve por lo menos, la caja registradora era negra y se accionaba con una manivela, ¿en serio? Ni siquiera parecía haber un ordenador, o algo que no tuviera más de cien años, en toda la tienda, sonrió para sus adentros, la ambientación era perfecta, desde luego.

El estómago le empezó a sugerir que debía ingerir algún tipo de alimento, le gruñó como una gaita vieja, pensó que volvería en otro momento ya que definitivamente no parecía haber nadie, sacó su móvil del bolso para mirar la hora, pero se debía haber quedado sin batería, parecía haberse vuelto loco, marcaba las cosas a medias, esperaba que no se le hubiese estropeado, no es que tuviera a nadie a quien llamar, pero le gustaba estar conectada, siempre había un por si acaso, lo raro era que estaba al cien por cien por la mañana, bueno ya lo cargaría en el camarote o lo revisaría mejor, pensó, primero iría a la cafetería a comer algo y seguiría con su inspección, estaba pensando esto cuando la luz empezó a fallar, por tres veces casi se apagó y cada vez que se recuperaba era con menos fuerza, la última vez que se recuperó parecía la luz de una bombilla de poca potencia, miró al foco y efectivamente, era una bombilla de las incandescentes, ¿desde cuándo en un sitio como aquel, con las últimas tecnologías, se usaban ese tipo de bombillas?. Hasta dónde llega la gente con la decoración, por favor, se decía, aunque en el fondo estaba encantada de que hubieran recreado, de aquella manera tan fiel, una tienda de sombreros de hacía más de un siglo.

Salió a cubierta, buscaba el comedor o el bufé libre, en los reclamos publicitarios decían que contaba con excelente comida de picoteo, cosa que a ella le encantaba.

Lo que vio no tenía nada que ver con lo que había cuando entró, todo parecía mucho más pequeño, las personas parecían sacadas de una fiesta de disfraces, incluso el mar olía diferente, el sol había desaparecido, hacía frío, una furiosa tormenta se cernía sobre el horizonte y faltaban los cristales que resguardaban de salpicaduras los salones. Las señoras llevaban faldas largas, se la quedaron mirando como si fuera un bicho raro, aquellos shorts parecían muy sacados de lugar en aquel restaurante, pero era mediodía, le habían dicho que la cena de gala era por la noche, ahora sí que no entendía nada.

 

Una sirena empezó a sonar, los altavoces decían que se resguardasen en sus camarotes, que un barco de la armada británica intentaba atacarles, el capitán pidió perdón, pero estaban en zona de guerra, así que procuraría solucionar el problema de la mejor manera posible. La cabeza le empezó a dar vueltas, el estómago se le revolvió de mala manera, tuvo que asomarse por la borda a vomitar…

 

¡Últimas noticias!, rezaba el titular del periódico de aquella fatídica mañana: El crucero denominado Sarete Mar ha desaparecido en las aguas del Atlántico, en el denominado Triángulo de las Bermudas, no se han encontrado restos de un posible naufragio, nada que pueda hacer sospechar que se haya podido hundir, solo se han encontrado esparcidos por la superficie unos cuantos sombreros de la época victoriana…

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