Mi nombre es Omar

Mi nombre es Omar

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Los oí hablar con un tono de voz más alto de lo normal, era rara la vez que discutían cuando estábamos en casa, han pasado años desde aquella noche, y aun percibo el miedo en la voz de mi madre y la excitación desmesurada de mi padre.
Yo no sabía de que hablaban, oia palabras sueltas que había escuchado alguna vez por la calle, pero que debido a mi corta edad no entendía demasiado.
De la boca de mi padre salían frases con palabras como: barca, libre, vivir,oportunidad….todas entremezcladas con una exaltación en ellas que no había vivido nunca.
A mi madre la notaba temerosa y llorosa, me asomé con cuidado, y aún no se me olvida despues de tantos años, como se agarraba su abultada tripa, mostrándosela a mi padre y abrazándola fuértemente un instante más tarde, negando sin parar con la cabeza.
Como he dicho antes, yo era muy pequeño, no tendría más de seis o siete años, pero esa imagen se me quedó grabada para siempre, treinta años mas tarde, no hay día que no lo recuerde, ya sea de día o de noche.
Ese mismo atardecer, mi padre nos reunió en la pequeña estancia que hacía de sala de estar, y a la vez de dormitorio, ahí estábamos, como le gustaba a él, por orden de altura, a la derecha mi madre con su abultada tripa y los ojos hinchados y llorosos mirando suplicante a mi padre, recuerdo que la miré y fuí a darle un abrazo, pero mi padre me agarró del hombro, y me ordenó que volviera a mi sitio.
Al lado de mi madre se colocó Hassan, mi hermano mayor, que entonces tendría ocho o nueve años, delgado como una rama, esa noche sus ojos le brillaban de una manera especial, seguro que él sabía algo, recuerdo que mi padre lo miró y le guiñó un ojo, yo esperé a ver si a mí me lo guiñaba también, pero no tuve esa suerte.
A mi otro lado se colocó Hammed, tendría dos ó tres años, inconscientemente le agarré de la mano, no se por qué, pero necesitaba tener a alguien cerca de mí.
A la cabeza me viene mi padre, delante de todos nosotros, mirándonos uno a uno, yo a mi madre no la veía, pero la oía llorar, no entendía porque mi padre estaba tan contento, y mi madre tan triste, no lo comprendía.
Entonces lo soltó, como una bomba, mi madre se echó a llorar mas fuerte, Hassan se puso a bailar, y el pobre Hammed de ver a mi madre en ese estado, empezó a berrear.
En esos momentos, no sabía qué hacer, si echarme a reir o echarme a llorar, si volviera al pasado hubiera llorado, treinta años más tarde lo sigo haciendo.
Mi padre nos explicó como pudo, que nos marchábamos, que nos íbamos de África, que nuestro destino era Europa, concretamente España, que según recuerdo dijo, estaba aquí al lado, yo eso ya lo imaginaba, muchos chicos íbamos a la costa, y desde ahí veíamos unas montañas, lo que nunca imaginaba que algún día iríamos ahí.
¿Y si estaba tan cerca?¿Por qué lloraba mi madre?
Luego lo supe, tres hermanos suyos a los que no recuerdo ya, se fueron a ese sitio y se perdieron por el camino.
Mi padre repetía sin cesar que eso a nosotros no nos ocurriría, que íbamos a ir en un barco muy seguro, que seríamos pocos pasajeros y que sería como viajar en primera clase, ahora me río de ese comentario absurdo,
¿Qué sabía mi padre de viajar en primera clase?¿ sí nunca había salido ni siquiera del barrio de donde vivíamos?
El coste de ese viaje….todos nuestro ahorros, pero daba igual nos dijo, ya que nuestra vida cambiaría para siempre.
Recuerdo que mis hermanos y yo lo miramos embelesados por la fábula que nos estábamos imaginando en nuestras cabezas, sólo mi madre entonces, se arrodilló ante mi padre y le suplicó que no, que por favor que no, y solo entonces y sé que mi padre se arrepintió en ese momento, abofeteó a mi madre y mirándola fijamente a los ojos le dijo:
-Basta mujer.
Salíamos aquella misma noche, mi padre nos explicó que debíamos de ser discretos y pasar desapercibidos, nos pidió que estuviésemos en silencio, que la luz de las estrellas nos guiaría y que todo saldría bien.
Hicimos el equipaje, lo hicimos según el deseo de mi padre, este debía de ser ligero y cómodo, algo que pudiésemos llevar cada uno de nosotros sin ningun problema, y que debíamos incluir en él, comida y bebida.
Salimos de casa de noche, cada uno de nosotros con una pequeña bolsa atada a la espalda, mi padre llevaba en brazos a Hammed, yo íba de la mano de mi madre, aún ahora recuerdo su tacto y un escalofrío me recorre la espina dorsal.
De repente ví aparecer a mucha gente a mi alrededor, un: -Cállense¡, sonó como un trueno salido de las tinieblas.
No recuerdo mucho de aquellos momentos, estaba todo muy oscuro, había mucha gente, muchos murmullos….alguien dijo:-¿Alguien sabe conducir esto?
La luz de la luna se reflejó en los ojos llenos de terror de mi madre, y entonces por primera vez, sentí miedo, agarré fuértemente su mano, solo pensaba en mi casa, mi hogar y que quería volver ahí y salir de aquella pesadilla.
Como digo, todo sucedió muy rápido, mi padre me cogió en volandas y me ví a mí y a toda mi famila, apretujados dentro de una barcaza, rodeados de personas que no había visto en mi vida.
En esos momentos, recuedo que no pude respirar, que me faltaba el aire, el ruido atronador de un motor hizo el silencio de todas aquellas personas incluidas mi familia, y en mitad de aquel silencio solté el aire de mis pulmones y respiré a fondo.
No me acuerdo cómo, pero alguien me agarró y me colocó entre mi madre y mi padre, por primera vez en mi vida, noté el miedo de mi padre y eso hizo sentirme muy frágil.
Ibamos completamente apretados, el frío de la noche no lo notaba, el olor del sudor de mis padres lo tenía completamente presente, pero no me importaba, yo aspiraba ese olor, lo único que sabía, era que mientras tuviese aquel olor cerca, ellos estarían conmigo.
De repente oímos un BUM, aún despues de treinta años, tengo pesadillas y aquel BUM me despierta en mitad de la noche empapado en sudor.
Los murmullos de la gente, cada vez se hicieron mas ruidosos, la mano de mi padre soltó la mía, y al cabo de un rato, vino para decirnos que el motor se había parado.
No sabía muy bien qué consecuencias traería aquello, no tenía mas de siete años, solo era un niño, que en lugar de estar en su cama durmiendo con un juguete, estaba en medio del mar completamente asustado, empecé a notar un líquido caliente que me caía por la pierna, me estaba haciendo pis, y no fue la única vez.
De repente todos se callaron, de los ruidos, gritos, lloros, se pasó a un silencio absoluto en mitad de la oscuridad.
Estábamos en mitad del mar, dentro de una barca, no se cuánto rato estuvimos en silencio, era como estar en medio de la nada, la barca se movía a causa de las olas, Hammed vomitó, vomitó tanto que cayó encima de mi pierna restos de comida complétamente mal oliente.
Las olas hacían que fuésemos de un lado a otro sin piedad alguna, mi madre me agarraba tan fuerte, que hasta me hacía daño, pero no me quejé ni una sola vez, no quería me soltara nunca.
De repente, del absoluto silencio, a los gritos histéricos, alguién agarró mi bolsa y me la arrancó, también la del pequeño Hammed que se echó a llorar, la de Hassan, la de mi madre y hasta le arrancaron la bolsa a mi padre.
Cogí al pequeño Hammed en brazos, no paraba de llorar, no tenía consuelo alguno, los lloros de mi hermano contagiaron a muchos otros niños que viajaban con nosotros.
Mi madre también lloraba, pero mas bajito, a mi padre no lo oía no sabía donde estaba.
Un grito hizo que todos no callásemos , recuerdo la voz del patrón, una voz potente, agresiva, nos dijo que él se encontraba al mando de la situación, que el motor se había parado, pero que lo iban a solucionar lo más rápidamente posible, que no nos moviésemos de nuestros asientos, que habría turnos de comida y de bebida, y nos advirtió que el que no cumpliera sus órdenes no tendría ni su ración de agua ni de comida.
El frío y el cansancio, hizo que nos fuésemos acoplando los unos a los otros, una lluvia fina y helada empezó a empapar nuestros huesos haciendo que las tiritonas se volvieran constantes.
Con la lluvia llegó el viento, una tormenta atronadora, las olas rugían y golpeaban la barca, con una furia que jamás he vuelto a ver años más tarde.
Esas horas que pasé dentro de aquella barca, me vienen a la cabeza en forma de pesadillas treinta años mas tarde, aún cuando estoy en mi cama intentando dormir, noto el colchón balanceándose y me agarro tan fuerte a la cama porque pienso que voy a caer.
Durante aquellas horas no bebí ni comí nada, tampoco nadie de mi familia ni nadie de los que vivían aquella pesadilla con nosotros, nos había robado lo poco que llevábamos, y los turnos de comida y de bebida eran inexistentes.
Mi madre no hacía más que llorar, a mi padre lo oía blasfemar, yo estaba en medio de los dos y solo sentía el agua de la lluvia calándome los huesos, no hacía mas que tiritar, los dientes me castañeaban tan fuerte, que me provocaron un dolor en las sienes insoportable, de repente me vi sólo, una fuerte ola chocó con una gran furia contra la barca, ví que Hammed salío volando por los aires, y oí la voz de una mujer chillando llamando a su hijo.
Yo era un crío, estaba sólo en una barca sin parar de tiritar, no veía a mis padres, mi hermano pequeño había salido volando, a Hassan tampoco lo veía ni lo oía, me eché a llorar y empecé a llamarlos a todos, a cada uno de ellos, sólo a mi madre la vi unas horas mas tarde y esa imagen no se me borrará ni muerto.
En mitad de la tragedia, alguien empezó a zarandearme, no sé de dónde saqué fuerzas, pero me zafé de esas manos gruesas y resbaladizas que estaban intentando morderme.
Con cada movimiento de una ola contra la barca, alguien caía al mar.
Me acurruqué debajo de un asiento, esas horas que estuve debajo de aquel banco mojado y sin mover un solo músculo, es la causa de un reuma crónico que sufro.
Hacía horas o días, porque perdí totalmente la noción del tiempo, la perdí, que no oía a nadie, la barca seguía moviéndose de una manera cruel con cada ola que la golpeaba.
No se si me quedé dormido durante un rato, yo estoy seguro que durante un tiempo morí, no lo sé, ójala hubiese muerto pero para siempre.
Me despertaron unos gritos:
-Aquí, aquí.
Intenté levantar el cuello pero no podía, era tal el dolor que sentía, que creí que jamás me volvería a poner de pie.
Un helicóptero bajó a rescartarnos, tuve que gritar hasta casi quedarme sin voz para pedir auxilio, no me podía levantar, unas manos grandes me agarraron y me envolvieron en una manta que me supo tan caliente y suave, que a veces cuando lo recuerdo me echo a llorar.
Nos llevaron en helicóptero a la costa de Tarifa aunque eso lo supe más tarde, al igual que la hipotermia que sufrí.
El pabellón al que nos llevaron estaba caliente y acondicionado, la gente era muy amable y cariñosa, claro que yo solo era un niño pequeño que había perdido a sus padres y a sus hermanos, ¿cómo no iban a sentir lástima por mí? porque yo de mi casa salí con toda mi familia y a Tarifa llegué solo.
Los días en aquel lugar pasaron entre sueños y pesadillas, nos iban a reportar, yo no sabía que significaba aquello, pero una señora muy amable me lo explicó y recuerdo que asentí con la cabeza.
Nos dijeron que nos íbamos, que nos llevaban de vuelta, íbamos a volver en el helicóptero que nos salvó a los pocos que quedamos.
De repente, un grupo de hombres empezaron a correr hacia algo que se arrastraba hacia la orilla, corrí yo también, fue puro instinto, corrí y la vi, con los ojos abiertos, los labios negros y envuelta entre algas y ropas rotas, ahí estaba medio desnuda, en medio de la orilla estaba mi madre, la volví a mirar y me desmayé.
Me desperté en casa de mi abuela, que es la persona que me cuidó durante todos estos años y a la que quise y recuerdo todos los días.
Ésta es mi historia, y por cierto, mi nombre es Omar

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Ecos de desesperanza

Ecos de desesperanza

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Me queda poco tiempo, estoy seguro de eso; pero no tiempo de vida, sino de espacio; ese lapso en el cual se pueden y se deben hacer las cosas. Por mucho que se diga que nunca es tarde, que mientras exista vida hay oportunidad, concurre una premisa fundamental e inviolable, y es el momento en que se debe y se necesita hacer y alcanzar aquello, lo que sientes que falta, lo que te atormenta, agobia o suspiras por concretar; aquello que sabes que está pendiente. Porque a veces es esa la respuesta, la solución final, o tal vez una parte sustancial. A veces es eso lo que te permitirá ver y hacer para ti el resto de la existencia, lo que te otorgará verdadera libertad, tiempo y la intrínseca felicidad; sí, eso, lo que cada quien entienda por felicidad… Estoy seguro, me queda poco tiempo, lo percibo en cada poro de mi piel, cuando me miro al espejo, cuando siento que pienso y dejo de existir; cuando la rutina me absorbe y me golpea a la cara la realidad de una existencia limitada a lo sistemático, lo básico, lo intrascendente… Se agota el espacio, se reducen las opciones, se cierran puertas que no sabía que existían, resonando en mi interior como pesados fardos cayendo sobre una ladera; sí, esa ladera, la que supera el punto de no retorno… ¿Rendición?, aún no; ¿esperanzas reducidas?, allí están, de mi lado, acrecentándose, fortaleciéndose en mi contra. Las detesto, pero la mente se debilita y parece caer subyugada por el fenómeno que entiendo como la “consumación de la normalidad existencial del ser humano productivo promedio”, sometido a su propia impotencia, canalizándola hacia el conformismo, la aceptación de lo supuestamente ineludible, y, finalmente, la fatal resignación… Camino, me dirijo hacia ese, aparentemente, inexorable destino, que ni siquiera es necesario que alguien designe, simplemente llega como consecuencia; porque eso es, el efecto final, el contundente, el que marca el resto de la vida como escritura en la roca… Es poco lo que queda, el querer ya no es suficiente cuando el hiriente descarrío reduce la capacidad de superarse a sí mismo. La suerte, indiscutiblemente, está por dirimirse.

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El amor de mi vida.

El amor de mi vida.

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Eran cerca de las doce de aquel soleado día, alrededor de ella una multitud, sin embargo, Ella estaba completamente sola, en sus manos portaba un rosario con aroma a rosas. Mientras el féretro bajaba a su destino final, a su mente venían mil recuerdos e imágenes. Era tan claro aquel momento de su primer encuentro, recordaba perfectamente el timbre de su voz aunque no el color de sus ojos, que ironía de la vida y pensar que amaba tanto esos ojos, en los que se vio reflejada tantas noches y tantas alboradas, eran los ojos con ese brillo especial los que le robaron el alma.

No, no todo fue inmediato, pasaron varios meses antes de que se encontraran. no noto el paso del tiempo hasta que la casualidad les hizo coincidir de nuevo, de pronto un mensaje, a este le siguió otro y otro, a ese una llamada telefónica seguida do otras tantas que se volvieron charlas interminables hasta terminar en un café. Descubrieron tantas similitudes entre ellos, cuanto de ella misma veía reflejado en su actitud, ansiaba aprender de él, cada tarde tanto como pudiera, su afición por los aviones ,el cine, sus películas favoritas, la música, el fútbol americano .- brutalidad en toda la extensión de la palabra.- la música rock que ella no comprendía y sin embargo le comenzaba a encantar, amaba tanto salir de la rutina que de la nada, proponía una salida a la montaña para descansar.
Recordaba como si el tiempo no hubiese pasado. Todo fue tan sencillo, el comenzar a amar el movimiento de sus manos, su forma suave de tratarle, El timbre áspero de su voz, todas sus locuras. era eterno esperar esas tardes furtivas donde se refugiaban lejos del ruido y del mundo, ser solo para ellos mismos, para amarse y entregarse completos,.- cuanto le llego a amar.
Ese amor que prometen los poetas y dicen las abuelas, los de los cuentos de hadas con troles y lunas llenas, con peleas de almohadas y apasionadas reconciliaciones, un amor sin igual sin ataduras ni barreras, desaprobados por muchos y una locura para otros, pero, al fin era su amor y solo de ellos.
¡Fue tanto lo que le entrego!, la hizo parte de su vida, eran dos vagabundos que buscaban algo sin saber lo que querían encontrar, ante todos eran los mejores amigos del mundo de esos que se entendían con miradas y gestos, que compartían su gusto por los atardeceres y las noches al aire libre observando las estrellas, se contaban los problemas que tenían y reían todo el tiempo imaginando mil historias juntos.
Venia e su mente los momentos difíciles que había pasado al lado del hombre que a punto estuvo de destrozarla con sus actitudes y como, a su llegada todo cambio en su panorama. Como le infundía el valor para enfrentarse cara a cara, con cuanta sabiduría la guio para sacarla del infierno en que vivía.
Poco a poco, sin tocarla siquiera la fue haciendo suya, como pensaba en el a cada momento del día, todo llegaba a recordárselo. El cielo azul, los atardeceres de otoño, la llovizna fresca y su propia soledad en las noches largas de ausencia.

Definitivamente la vida le había retribuido con creces tanto dolor de antaño, le enseño a ver la vida con mil matices y contemplar lo bello de los paisajes, que no estaba sola que era para él, la parte más hermosa de su historia.
La que no se cuenta, esa que se lleva tatuada a sangre y fuego a prueba de cualquier vendaval, ella , era la parte más tierna de su historia, su amiga, su refugio tras las tormentas, esa parte que no se dice y menos se toca.
¿Cuantas veces le recordó que era su abril en pleno noviembre?
Y, a pesar del tiempo y la distancia siempre volvía a ella, a la tibieza de sus brazos, no importaba nada más que amarla.
Si definitivamente, el, le mostro que la vida era bella.
Con esa mirada tierna de niño desvalido y sus mil travesuras, aun recordaba nítidamente esa tarde cuando la cito en aquel café y como lo espero por horas sin que llegara, más triste que molesta regreso a su casa y al llegar encontró el más hermoso ramo de claveles que hubiese visto en su vida y junto a este, mil sonrisas esperando su llegada y el, tras de todos esperándole con los brazos abiertos. ¡Fue su primer festejo de cumpleaños! Y a este le siguieron muchos más junto a san valentines y tardes furtivas.
Le dio el brillo a su mirada y la sonrisa a sus labios, junto a él era sensual y atrevida se volvía ninfa de los bosques, por él, escribió mil poemas y quiso tocar de nuevo las estrellas, se sentía única e infinita y todos notaban que de un tiempo a la fecha, ya no le temía a soñar, las alturas no le aterraban más.
Con el aprendió a ser libre y a vivir sin ataduras, nada importaba vivir separados si compartían parte de su historia, si eran una sola vida llena de momentos hermosos.
No pudo estar con él durante sus momentos difíciles, ni curar sus enfermedades. Eso era cierto, pero, jamás fue impedimento para ser su bálsamo confortador, para entregarle sus caricias y sus amaneceres.
Fue su amiga y confidente, La que se entrega sin condiciones ni exigencias, ella sabía que al final la vida le había entregado un tesoro invaluable entre sus brazos. La alegría ante tantos fracasos.
Ahora estaba ahí, sola recordando cada momento junto a el, agradeciendo a la vida el haber encontrado en él lo que no sabía que necesitaba.
Una sonrisa se dibujó entonces en sus labios entre tanta lagrima derramada y supo entonces que había encontrado el amor en esta vida.
Y, mientras el féretro era cubierto con la tierra del camposanto, Él pensó en su sonrisa, el brillo sus ojos cuando le veía, sus labios, en cada beso que le prodigaban, en su cabello esparcido tras hacer el amor en su almohada, su aroma a claveles que tanto le gustaba. Y ahí entre el cielo azul y la tierra húmeda, deposito un clavel blanco mientras en silencio y mirando hacia el cielo le decía: espérame cariño, amor de mi vida, que pronto estaré contigo.

Claudia Santillán Velázquez.

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El premio

El premio

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I
Convocatoria para el Premio Nacional de Periodismo Libre
“Encontrar nuevas voces en el panorama periodístico es uno de los objetivos de este premio, dedicado a todos aquellos que difunden lo que ocurre en la realidad de nuestro país. La verdad y la objetividad van más allá de cualquier ideología o intereses particulares; la verdad de los hechos nos atañe a todos los ciudadanos. Por ello, este premio reconoce a todos los periodistas que contribuye día con día en la arquitectura de la verdad y que defienden la postura crítica a cerca de las decisiones del gobierno, por que todo ello nos afecta.
Este premio consta de un millón de pesos para el primer lugar, setecientos cincuenta mil pesos al segundo lugar y trescientos mil pesos al tercer lugar”
–Es perfecto–dijo el editor, es una presentación que le dará mayor impacto y difusión a la convocatoria.
-Entonces, ¿la publicamos? -pregunté.
-Sí, está más que lista.
II
–El virus pone en riesgo nuestra seguridad, señor presidente. Debemos encontrar una medida efectiva para acabar con él e impedir que su efecto crezca en la población.
III
Periodistas de todo el país, con emoción dieron buen recibimiento de la convocatoria del Premio Nacional de Periodismo Libre. Desde universidades y sitios donde se ejercía la labor periodística, iniciaron con fervor las investigaciones.
Al término de la fecha límite, fueron recibidos más de 20,000 trabajos.
– ¡Es impresionante! –exclamó el editor–¡Mira cuantos trabajos! ¿ya has leído algunos? –me preguntó.
-Pocos-le respondí.
–¿Y qué te parecieron?, ¿Qué opinas?
–Me han impresionado. Uno aborda la complicidad de todos los gobernadores del país con un fraude financiero de repercusión internacional. Otro encontró la relación de una empresa de jabones con una célula delictiva que traficaba grasa de personas desaparecidas, y que en conjunto financian el hospital que dirige un médico corrupto. Otro recaba suficientes pruebas para inculpar a una fundación filantrópica que provee de armas a numerosos cárteles del crimen organizado.
–Todos son grandes investigaciones que abordan situaciones y hechos en extremo preocupantes.
–Así es. Fraudes, crimen organizado, tráfico de personas, asesinatos, corrupción y más horrendas cosas. Toda esta información es fruto de la libre expresión. ¡Cuántas cosas han salido a la luz!, entre ellas la debilidad de este país y su gobierno. Las plumas de toda esta gente, que arriesga hasta su vida para hacernos llegar estos trabajos con la verdad de los hechos, demuestran cuan armados de valor, idealismo y compromiso por la patria tienen corriendo por su sangre.
IV
Los ganadores fueron anunciados, y los trabajos que merecieron el galardón abordaron temas humanitarios y ausentes de toda polémica. El tono de las investigaciones destilaba alegría y esperanza.
Año tras año se abría una nueva convocatoria, y año tras año todos los periodistas que exponían la corrupción y decadencia del país eran investigados, secuestrados y asesinados.
–Es una gran estrategia para identificar a todas las voces críticas que están contra el sistema. Bastarán cinco ediciones más para acabar con el virus de la libre expresión-dijo el presidente, en una reunión con el editor encargado del premio.

*El Premio, fue publicado por primera vez en el quinto número de la revista literaria impresa MonoDemonio

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Aquellas Ratas

Aquellas Ratas

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Debieran ustedes saber que él era pobre, tan pobre como cualquiera de las criaturas de Dios que por este mundo peregrinan.
Era una rata del destino.
Destino que por otra parte no se había mostrado demasiado amable en sus caricias, su vida contaba por tropezones y dolorosas cicatrices, él se consolaba pensando que todas ellas estaban curadas, que había aprendido, y era mas fuerte…
Pero eran muchas las noches, cuando en su vieja y tocada cama caía, que algunas de sus lágrimas rebeldes asomaban a sus ojos. Se esforzaba por ser una buena rata, todo lo honrada que su día a día le permitía ser, luchaba por respirar y no era fácil, era un aire muy contaminado el qué le había tocado en suerte.
Más de una pensó rebelarse, pero las otras, aquéllas ratas de salón, no daban oportunidad alguna, con sus bigotes enrollados y sus monóculos engarzados en oro, eran las peores, sin corazón ni conciencia, pero por desgracia, ellas escribían las reglas, y no teniendo bastante, aún se pavoneaban en el regodeo de sus promesas, en ocasiones pensaba si valía la pena, a veces deseaba saltarse aquéllas reglas ignominiosas.

Fran Rubio Varela © 2016.

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Un Dorsal

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Esta mañana, cuando salí a correr, el cielo estaba cubierto de nubes tenuemente coloridas de un gris blanquecino. Una brisa suave y fría daba el aviso premonitorio de la lluvia que venía en camino.

Ni modo, ese día tocaba correr. Me coloqué en el pecho el dorsal de “¡No más hambre!” y salí.

“¡No más hambre!” es uno de los dorsales que más he utilizado durante mis entrenamientos, por lo cual está bastante gastado y roto en las esquinas, que es en donde coloco los imperdibles para sujetarlo a la franela.

Ya de regreso a casa, la suave brisa que me había refrescado en el camino, paso a convertirse en viento que chocaba de frente contra mi rostro. A lo lejos vi a la lluvia, que como una cortina corrediza se iba desplegando por el cielo, avanzando hacia mí.

Pronto sentí las primeras gotas en mi rostro. Una lluvia suave y dispersa chocaba contra mis lentes dificultando mi visión y, sin embargo, seguí mi avance.

El dorsal que iba prendido a mi pecho empezó a mojarse y se fue debilitando poco a poco. Debilitándose como ese pueblo que está en las calles buscando qué comer. Debilitándose como ese pueblo enfermo que no encuentra medicinas para tratar sus enfermedades. Debilitándose como ese pueblo que está hambriento de justicia, trabajo, educación y respeto.

De repente, me di cuenta que el dorsal estaba pegado a mi pecho apenas por un imperdible. Los otros dos puntos de sustento habían sido vencidos por la humedad de la lluvia. El dorsal estaba a punto de caer al piso cuando lo tomé en mis manos y lo llevé de vuelta a casa.

Ya en casa lo vi con detenimiento. Estaba roto y con surcos. La palabra “hambre” dividida en sus dos sílabas por una grieta en su piel. Su piel estaba manchada y débil.

Un dorsal roto. Roto, como los zapatos del pueblo que viaja hacinado en el metro.

Un dorsal arrugado, como el alma de ese pueblo, quien tiene que ser malabarista y equilibrista para poder llevar un pedazo de pan a su casa.

Un dorsal manchado, como ese pueblo a quien le han quitado su dignidad con dádivas miserables.

Un dorsal con la palabra hambre dividida. El hambre que ruge en los estómagos del pueblo. Rugiendo de día y rugiendo de noche; puntual, sin prisa y sin demora, como un león enjaulado.

Un dorsal de piel débil como aquel enfermo que pudo haberse curado, pero por falta de medicinas, ve como su vida se va apagando como la llama de una vela a punto de consumirse totalmente.

Un dorsal roto, arrugado, manchado y débil como los presos del Helicoide y de “La tumba”. Como mi gente delgadita, desolada y triste que camina en mi América latina. Como esa mujer, a quien el hambre la seco. Como ese hombre, a quien el hambre le detuvo el corazón. Como ese niño, a quien el hambre le quitó la vida.

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