Metáfora habitada

Metáfora habitada

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Cómo habitar la metáfora que toda tú eres
amasada entre mis manos como harina tierna.
Cómo lío los verbos que me orillan a tu mar
con su marea que me convoca y transfigura.
Cómo niego tu presencia que me invade y acompaña en este gemido inextinguible
con su estallido de relámpagos y deseos,
azotando inmensos contra la escollera que me acoraza; muro que sosiega al rayo y sus clamores estruendosos.
Toda tú derrumbando mis pertrechos indóciles,
para estallar en efervescentes brillos arrebatados de tu inmensidad.
Y quedar como botella a la deriva, que resguarda versos para el insomnio de la luna en el remanso de tu vientre, que es la patria más segura donde crecen mis sueños.

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La luz más cierta

La luz más cierta

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La flaca coraza del verbo me hace susceptible ante simulaciones aviesas y sus embates, no hay metamorfosis que me oculte de sus derrumbes.
Trastoca el sosiego la débil trascendencia del verbo amar y sus implicaciones. Sus sinónimos son gestos virtuales propagados como gérmenes a la sombra de una cultura zombie.
No hay combustión posible en el peligroso territorio de la poesía.
Ni revelaciones en los latidos que un día provocaban vértigo.
El alma desnuda y en silencio se crece ante los escombros y la oscuridad, se bate en duelo para derrotar al mutismo que amordaza en las soledades.
El corazón insurrecto transgrede orgulloso con voluntad titánica la sequía que desgarra las páginas.
Y asume la asunción de tu desnudez como la luz más cierta y hermosa, absoluta entre los yermos de la palabra, para que florezca en la resequedad más inhóspita. Y al fin los versos bailen y llueva.

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Sin protocolos

Sin protocolos

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No hay fórmulas ni procedimientos para que la palabra explote con la revelación de la esperanza y la atrocidad de la alegría.
Nada es más eficaz que tu luz, tus pasos y su cadencia sin dolo sobre el aire vulnerado, toda tú invadiendo mis sentidos, tu mirada sonriente traspasando las páginas desiertas y sin latidos, los recuerdos que se cuelan en las grietas de la espera que te sabe y apacienta mis rayos.
El estruendo del corazón y sus olas que invocan vida, para arrebatarle el pulso a las sábanas acariciadas por tu risa sin alarmas y tu talle sin complejos.
Ningún protocolo resulta más eficaz que tenerte, saberte una patria dispuesta entre mis manos, un territorio donde florece la promesa que fuímos.
Y donde la esperanza apacentó luz sobre el baldío nostálgico de tu vientre que amo.
La tarde cómplice sosiega los rumores del pecho en estampida.
Y el ocaso se apaga para dejar su huella en las nubes que lloran.

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Entre lunas y dragones

Entre lunas y dragones

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En el territorio de la poesía hace mucho frío, hace tiempo que los dragones no incendian sus yermos.
Los trashumantes bordean los accidentes del desvelo y sus fronteras, porque los verbos indomables suelen ser dolorosos y nadie apuesta por riesgos con heridas emocionales.
Nadie apacienta rayos porque el fuego quema y su huella es insoportable.
Sumergidos en una soledad con máscara de quietud, vivimos resignados y en las sombras, sin sospechar que deambulamos ciegos al borde del abismo.
Nada brota de lo profundo con estrépito y orgullo, es más cómodo ahorrarse dificultades y crítica. No hay frase articulada que entretenga más allá de su preludio y que no muera después de su inauguración por desenvoltura enfermiza.
Los innovadores peregrinos temen a los filos de la forma, alejándose del laberinto con argumentos tibios, merodeando entre proclamas de nuevas tendencias, maquilladas de progresistas presunciones con verdades graves.
No hay insurrección ni formas adversas, la lectura hostil alborota, genera medios para opinar, no es para los mansos. Y es imprescindible que permanezcamos quietos y en el redil.
La gracia del poema está pasando de moda, su autonomía implica el acopio de todo el lenguaje posible y nadie necesita fatigas.
No se trata de sonidos melosos o rimas rimbombantes, la poesía puede sacudir la modorra con giros inesperados que tuerzan el idioma hasta que verdaderamente suenen sus intenciones de metamorfosis libre.
El poema es la posibilidad misma de vivificar las palabras y reunirlas todas en coloquio congregado contra la indolencia y la dejadez, se necesitan transgresores de esta paz inocua, estéril y marchita.
La poesía suele ser peligrosa porque desnuda verdades reveladas sin absolutos, su combustión puede alumbrar arrabales oscuros, en ella cabe la tristeza más inabarcable, pero también puede calentar el debate anémico y desolado del caos en cierne. Más allá de animosidades llanas vive en la cuna de la luna a la que cantan los poetas, y en el hito exacto de bajo vientre, amén de la luz con que alborotan las musas, las plumas insurrectas y sus claridades, de la que nadie te despojará de su pertenencia ni reclamará potestades falsas. Su embrión primario te pertenece. En tanto no abandones la búsqueda ni temas a sus implicaciones, como si del verbo amar se tratara.
En la desnudez absoluta de la palabra caben todas las aspiraciones y los sueños que añoran cielos, y las nubes gustan de las semillas nacientes.
Así, contigo, entre lunas y voluntades sin desgarros, germina la poesía soterrada que parirá vida para poblar los territorios yermos, donde el aire rumorea que han vuelto los dragones.

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Nigromante

Nigromante

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Tendrías que leer mis vísceras para entender por qué,
te quiero sin remedio,
por qué te abrazo y me abraso en medio del incendio,
por qué duele y no tiene respuesta mi ¿por qué?…
Si el corazón palpita o vibra ya no sé,
sólo sé que es un palomar en éxodo, grave y bello.
¿Por qué mi verbo se volvió grave y serio?
Si las lunas mudas transfiguran el misterio.
Y las musas clandestinas empujan siempre al fuego.
No es mi verdad, es según los griegos:
Si lees mis vísceras, entenderás mi futuro…
Y seguro sabrás, que no estoy muerto,
¡ábreme el pecho!
verás que palpita, te guarda, te aprende y te lleva dentro.
Nigromante que platica sin rescoldos con los muertos,
con la labia y el credo de los viejos.
¡Ábreme más adentro!
No te entretengas si topas con un lamento,
sigue hurgando en mis entrañas;
territorio inédito, insolente, insano, seco,
busca en sus recodos violetas y dolientes,
el verde que florece de contento,
entre venas de rojo estrepitoso, en sino turbulento, insurrecto,
el fluir de la vida; inconcluso, imperfecto,
un espíritu luchando entre ríos de cieno,
desfachatado, impasible, atrevido, sereno,
enemigo del frío, diletante al vuelo.
Nigromante, que dimite de la muerte y sus entuertos.
Y muestra sus vísceras confesas en los versos.

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Una caricia de epitafio

Una caricia de epitafio

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De nuevo esta manía de sembrar versos
en páginas desiertas y somnolientas;
soledades sin cura que atajan la cordura,
abrojos del insomnio que rescata mis alertas
colmadas de ecos prójimos que me pueblan.
Esta manía implacable me dejará los huesos rasos.

Otra vez esta costumbre de confiscar amaneceres
mucho antes de que el alba grite sus intenciones,
despierten los pájaros con la algarabía de su canto,
y los gallos se oigan hasta el último de los rincones.
Esta posesión de incomprendidos placeres vagos,
me dejará en comunión, un canto entre los labios.

Voy y vengo de tu sueño a mis ocasos,
ya no ato ni desato cascabeles a tu gato,
se pueblan los tejados de maullidos y alegatos,
una musa desvelada se hace nudo con mis brazos,
habrá que renovar la esperanza en su regazo.
Esta búsqueda inevitable de un verso sin resabios.

Me acreciento entre tus cumbres y tus llanos,
no te atan a una cama unos nudos mojigatos.
Una luna impura me desvela con su encanto,
se colma el viento de gemidos sin descanso,
habrá que biengastar la alevosía entre sus labios…
Y esta colección impía de orgasmos sin recato.

Y una vez más esta pluma torva con su letargo
se empecina en hurgar al desván del horizonte,
una ventana generosa bebe sueños a tragos,
labios que se unen y llueve, mis rayos, tus montes,
un tesoro de placeres mudos y su recuento zafio.
Esta bendición me hará desear una caricia de epitafio.

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