LA VIDA EN ROSA

LA VIDA EN ROSA

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—No tenga usted miedo—.¿Y cómo no tenerlo? Había estado encerrado en casa durante más de dos años por una crisis de vergüenza extrema. El psiquiatra me daba el alta farmacológica y me recomendaba, por lo que más quisiera, que empezara a salir de una vez—. Mire, aproveche que es Carnaval y que todo el mundo va para arriba y para abajo de cualquier manera. Se me disfraza usted de algo con lo que no se le vea ni una uña del pie y ya lo tiene.

En una web de compra y venta de artículos de segunda mano conseguí un disfraz de Pantera Rosa bien de precio. Además de calentito, no se me veía ni una uña. Vestido de esa guisa me agregé al desfile de la rua que circulaba por el centro de la ciudad. Empezaba a relajarme, cuando mis rosas y prietas piernas le parecieron el más sabroso de los manjares al chihuahua de una anciana espectadora y no tuvo reparo en hincarme los dientes en mi pantorrilla.
Eché a correr para evitar ser devorado por semejante fiera y como pude, entré en un Chiquipark en hora punta. En mi proceso de huída, la cola de mi rosada vestimenta quedó enganchada en la ballesta de la reja de fuera. Así que servidor acabó aterrizando de cabeza en la piscina de bolas, con mi trasero asomando como aleta de tiburón en el mar, rodeado de sorprendidos párvulos y de cabreados padres. Los cargos fueron escándalo público y así termino mi breve y rosado paseo carnavalero.

 

Relato enviado para Desafío Carnavalesco 2019.

*Este relato no opta al premio  al haber sido recibido fuera de plazo.

Ser exótico entre exóticos

Ser exótico entre exóticos

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Una vez al año se celebra algo llamado carnaval, o eso tengo entendido. Es una especie de celebración o ritual pagano que la gente hace antes de la semana santa. Coincide con el cambio de estación y se parece bastante a las bacanales que hacían en la antigua roma; aunque en este imperio, siempre había fiesta, tal vez por ello Roma se fue al demonio.
Interesantes ornamentos de vestimentas llenas de color, como pavorreales o medusas del fondo de los océanos; todo es tan desconcertante, nada de esto tiene aspecto humano. En Brasil las percusiones son el idioma que se habla a través de la música; y en Europa, en verdad no se como lo celebren; he de inferir que visten con algún tipo de máscara de la peste negra, o yo que sé.
Lo cierto es que una vez al año salen al mundo exterior transmutados en nuevos seres, y a nadie le importa el aspecto de uno ni de otro.
Eso está muy bien, y no digo esto por que sea políticamente correcto; de hecho, odio y detesto lo relacionado con la política y con lo correcto. La razón de estos pensamientos, de este gusto en que todos esos sujetos anden felices en sus celebraciones que no logro comprender; es una razón en extremo práctica.
Y es que una vez al año los míos, los que venimos de las estrellas y hemos quedado atrapados por culpa de la negligencia del chofer, el mismo que prefirió conducir un platillo volador a combustible, vehículo tan obsoleto y falible, a uno de esas poderosas naves que absorben la energía del mismísimo vacío. Si no hubiera sido por ese romántico piloto que encima de todo nos pagó el doble, por que según era veterano de las guerras del brazo de Perseo, o algo así, los míos estaríamos en casa haciendo el reporte de práctica que el profesor nos encargó.
Pero ahora, en medio de este tumulto de simios que apenas si balbucean (y llaman a eso “lenguaje” con gran orgullo), estamos seguros que nuestro profesor se ha dado de nuestra ausencia, creyendo que nos ha dado pereza terminar el trabajo final de la materia “Observación de civilizaciones primitivas”.
Una vez al año se celebra algo llamado carnaval, donde los seres humanos salen vestidos de forma extravagante; una vez al año, en estas mismas fechas, nosotros podemos salir como somos, sin maquillajes para ocultar nuestro verdadero aspecto.
Curioso es que, en uno de estos carnavales, un humano me dijo lo siguiente:
– ¿Se supone que eres un extraterrestre? –
-Sí-Le respondí
– ¡Ah, está de risa tu disfraz!, ¡es malísimo, se ve tan falso!

El entierro de la prima

El entierro de la prima

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Era la prima muy ocurrente y graciosa al hablar. Había nacido y crecido en época de escasez. Contaba historias con las cuales me atrapaba y me metía en las aventuras de su niñez y en los sacrificios de su juventud. Casó por poder y emigró para mejorar sus condiciones de vida. De su país de origen se llevó intacto su amor por el carnaval, era su debilidad y su felicidad, y en su nueva vida se encargó de darle cabida, en consecuencia, no había año que no acudiera a la avenida principal del pueblo donde vivía para ver el desfile. Claro que los carnavales de su país eran los mejores. Yo misma con mi madre y mis hermanos acudí en algunas ocasiones en fechas carnestolendas a su casa en visita familiar y por supuesto, no nos perdíamos lo que para ella era el gran desfile de carnaval de su ciudad.

En esa época yo me sentía muy lejana al jolgorio carnavalesco y lo transitaba, por decirlo de alguna manera, a través de las vivencias de los demás. Ella reía a carcajadas y no se marchaba hasta que el último ser humano disfrazado desfilaba por aquella avenida. La recuerdo aplaudiendo, riendo, alborotada y hasta nostálgica cuando los recuerdos se le agazapaban en la garganta y las lágrimas ahogaban sus risas.

Viene a mi memoria, ahora que cuento esta historia, una canción que dice que la vida es un carnaval y sucedió con mi prima que la muerte fue al carnaval.
Recuerdo que íbamos por aquella avenida rumbo al cementerio familiares y amigos formando el cortejo fúnebre, el ataúd en hombros de sus hijos y el coche fúnebre, contrastaba el negro funeral con el colorido ambiente de aquel martes de carnaval.  La prima enfermó repentinamente los primeros de enero de aquel año y un mes le bastó a la leucemia para apagar su vida. Paradójicamente aquel día la muerte fue al carnaval y osó desfilar, prestándole a la prima su eterno disfraz. Debíamos transitar por aquella avenida, única vía posible de aquel pueblo para ir al cementerio, mientras que toda la parafernalia de la fiesta de la máscara y la purpurina se preparaba para comenzar su juerga.

¡EXISTO!

¡EXISTO!

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En algunas comunidades comienzan con los preparativos del carnaval. Aprovechando tan bella y divertida festividad este sencillo y modesto hombre, quiso darle una lección de educación a esa gente tan distante de él…

¡EXISTO!, NO SÓLO EN CARNAVAL
Estaba seguro de que existía, pero le ignoraban. Cansado de la misma situación que atravesaba; esta vez algo cambió en él. Para llamar la atención, como diciendo: ¡Oigan!, miren acá estoy, soy el mismo que hace años los atiende con respeto en vuestros despachos, se puso en su rostro una máscara que desprendía brillo, y así se presentó en el trabajo. Lo miraron con extrañeza, y uno de manera vulgar y riéndose le dice: oye tú…, sí a ti te hablo quítate esa máscara, ridículo…

De manera educada y jocosa le responde: ¡Por fin alguien me habla! Aprovechando que entramos en carnaval me puse está máscara para llamar vuestra atención, y así entre todos los que estamos nos reímos un poco, y a ver sí se de ahora en más se dan cuenta de mi existencia. Seré el cafetero que todos los días los atiende, pero recuerden existo. Con un saludo, para nada forzado me conformo. Se retiró feliz, y disfrutando danzando al compás de su música imaginaria a otro piso, y ellos en su monótono entorno sin chispas de alegría ante la llegada del carnaval, avergonzados sé quedaron…

<<La educación, el respeto, no se consiguen con estudios, ni con títulos, está en cada uno>>

Autora: Graciela López
Derechos de autor reservado.
Copyright reserve.

MÁSCARA DE COLORES

MÁSCARA DE COLORES

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En aquellos días se iban a cumplimentar los últimos arreglos a los trajes que lucirían en los carnavales. La fiesta por excelencia del encanto y lo prohibido. Blancos como la nieve que no inmaculados, puesto que los cuerpos que cubrían gozarían y habían gozado ya muchas veces del jolgorio y la alegría que la fiesta propone cada año.
Las hechuras se acoplan a su piel, dejando ver y adivinar cada curva y protuberancia que se podía encontrar en sus cuerpos casi desnudos. Acostumbrados a llevar el resto del año un traje con etiqueta, aquellos días la libertad era su bandera y vestían pues ahora de la moda de la emancipación. Una vez calzados aquellos vestidos en los que la pluma era el más abundante adorno, la comparsa salió a la calle.
Jugando a la ironía y escondidos en los disfraces, el grupo de hombres y mujeres empresarios se pusieron ese último detalle que ocultaba para la intolerancia su verdadera identidad. La máscara o antifaz de colores que entonces sí que definía su propio orgullo.

Adelina GN

Bajo mi máscara mando yo

Bajo mi máscara mando yo

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Me llamo Aria y soy lo bastante joven como para poder presumir de serlo, pero a la vez mi mente acostumbra a viajar unas cuantas millas más allá que la mayoría de mi alrededor, gente a la que estoy segura que les falta más de un consejo o un abrazo sincero y no tanto mirarse al espejo y aparentar todo el tiempo.

¿Qué porque digo esto? Pues veréis, una acaba sintiéndose no una más, sino una menos cuando el mundo que le rodea no tiene nada que ver con lo que pasa por su cabeza. Tenía claro que no quería ir a esa fiesta, pero luego he pensado que quizás todo aquel esperpento me inspiraba para escribir.

Dicho esto, me pongo un vestido rojo burdeos, me aliso el pelo que ya me llega por la cintura y me ato una máscara que me cubre todo el rostro. El verde de mis ojos brilla en la noche, ojalá fuera Halloween, siempre preferí el honor a los muertos que a los vivos.

La noche pasa tranquila, brindo con mis amigas sin mucho entusiasmo, pero me siento bien, buena música, disfraces graciosos, la prepotente de la clase sin un zapato y de más imágenes que tú mismo puedes imaginar.

No bebo normalmente, aunque quizás una copa me siente bien. Mientras me sirvo alguien me toca el hombro y me susurra algo que no acabo de entender; me agarra fuerte de la cintura y consigue que mi cuerpo quede frente a él. Por un momento, me quedo congelada sin saber muy bien qué hacer, pero luego recuerdo que no se me ve la cara, no obstante, a él tampoco.

Intenta arrastrarme a la pista pero yo me resisto, ¿qué se ha creído? Va borracho y se tambalea cuando le empujo. Nadie nos ve porque todo el mundo está inmerso en su mundo, sin embargo no me da miedo y eso parece descolocarle. Se esperaba a una chica endeble, menos ácida y con una par de copas de más. Sonrío para mis adentros, esta sociedad no dejaba de sorprenderme.

―Bajo mi máscara mando yo― le digo mientras me la quito y le miro a los ojos―, si querías bailar solo tenías que preguntar, pero te diré una cosa, no quiero bailar contigo, ¿comprendes?

Dicho esto, agarro mi copa y me dirijo hacia la puerta de salida. A mí no me da miedo ir sin máscara, a mi no me da miedo decir que no, tú en cambio, cabeza hueca, no eres ni un poco valiente y prefieres abusar de los que crees más débiles cuando aquí yo soy la reina y tu el peón.

Feliz Carnaval, hombre sin rostro.

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