Todos los crímenes eran idénticos

Todos los crímenes eran idénticos

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Estamos recopilando este tipo de relatos a los que llamamos publirrelatos. Este es del año pasado.

Era la tercera vez que me llamaban por teléfono y al final, de mal humor, contesté a la llamada. ¡Rarísima era la cosa! Un hombre que decía ser comisario de la policía me contaba que había una oleada de crímenes y que querían hablar conmigo.
-Pues yo no he sido.
-Solo le digo que necesito hablar con usted.
-Pero si es que no he estado para crímenes en toda la mañana, de verdad. No sabe todo lo que tengo que hacer…
Un silencio largo de mi interlocutor me hizo ver que él se lo estaba tomando muy en serio.
-Venga y se lo explicaré todo- me dijo finalmente.
Al llegar a comisaría y preguntar por el comisario Escoriaza me dijeron.
-LLega tarde. Hace rato que le estamos esperando.
Salió el tal Escoriaza, que parecía un tipo muy activo y de expresión severa.
-¡Vamos!
Ese fue su saludo. Le seguian 3 policías de uniforme. Montamos en un coche.
-¿Puedo saber a dónde o es una sorpresa?
-Las dos cosas.
-No entiendo.
El malcarado comisario replicó.
-Puede saber a dónde vamos. A ver un hombre que acaba de ser asesinado. Pero creo que será una sorpresa para usted.
Me clavó su mirada de poli duro de película y yo le respondí arqueando las cejas impasible. Era evidente que no nos haríamos amigos.

Cruzamos la Gran Vía, que es una calle perfecta para una historia de película. El cielo estaba plomizo y comenzó a gotear lentamente. Mi nariz en lo más parecido a un higrómetro. Mide la proporción de vapor de agua en estornudos, y aquella mañana la atmósfera registraba una humedad diez estruendosos estornudos, lo que equivale a un 90%. El coche dobló algunas calles del centro. Paramos junto a la entrada de una casa. Parecía una vivienda normal, pero estaba llena de policías que iban saludando al malhumorado Escoriaza.

En el ascensor antiguo de madera, yo seguía estornudando y moqueando con gran facilidad y desenvoltura y el comisario me miraba con desprecio, como si pensase <<qué asco=”” de=”” tío,=”” cómo=”” estornuda=””>></qué>

-Espero que no le maree la sangre- dijo lacónico, y sin esperar comentarios por mi parte abrió la puerta del ascensor. Entramos en una casa donde había policías buscando indicios por todos los rincones. Hasta que por fin, en el salón vi el cadáver. Estaba en un sillón orejero, la boca muy abierta, los ojos mirando al techo, horrorizados. Murió tratando de separar del cuello el cable del ordenador portátil con el que sin duda había sido estrangulado. No solo eso. El portatil lo tenía clavado en la cabeza, como si fuera una de esas grandes crestas que se ponían los punkies.´La sangre cubría su cara y su camisa.

Mientras yo miraba todo eso atónito, Escoriaza me observaba, como tratando de deducir de mi rostro mi reacción involuntaria ante una imagen así de dura.

-¿Qué me dice?
-Que yo conozco a este hombre -le respondí.
-Lo sé. Por eso le he traído.
Y mientras miraba él también el cadáver, añadió.
-Dígame algo más que yo no sepa.
-Creo que es un asesinato, comisario.
Giró lentamente la cabeza para mirarme.
-No me diga…
-Si, sí, seguro. Esto no es un accidente. El era muy cuidadoso siempre con todo lo de la informática.
El policía cerró los ojos y se frotó la frente. Parecía muy estresado.
-Este es el quinto muerto aparecido en tres días con el ordenador clavado en la cabeza. Y hemos detectado que todos estaban leyendo los relatos del desafío espeluznante de su página: desafiosliterarios.com
-Dios mío, ¿eso me convierte en sospechoso? Yo no he sido. Hoy estoy muy liado, ya se lo he dicho, y además con un catarro tremendo. ¡Como para irme por ahí a matar a nadie!

Un hombre que estaba junto a Escoriaza apostilló.
-Por el momento no hemos encontrado ningún moco del sospechoso junto al cadáver, comisario.
Escoriaza parecía no escuchar a su ayudante.
-Brossa, tú sabes algo. ¡Habla!
-Miren, estamos votando estos días para elegir el ganador del Desafío Espeluznante. Hay un yate de no-se-cuantos metros de largo en juego. Lo más seguro es que alguien esté tratando de eliminar a los candidatos mejor situados para obtener el premio. Así que el asesino será un escribidor de relatos de terror.
-Oiga, Brossa. ¿No le parece que esta historia tiene más de novela negra que de terror?

Me quedé pensando un instante.

-¡Vaya! Tienen razón. Eso podría ser un indicio. Mi recomendación es que se registren GRATIS en desafiosliterarios.com y que busquen en el menú el Desafío Espeluznante. Allí encontrarán unos relatos estupendos. Pueden votar también y quizá eso les permita descubrir este terrorífico misterio.

A modo de despedida, Escoriaza sacó una tarjeta y me dijo:

-Bien. Si se le ocurre algo más que nos pueda ayudar aquí tiene mi…

Le interrumpí con una nueva serie de estornudos estruendosos. LLovía como en las monzónicas. Humedad del 100% son más de veinticinco estornudos seguidos, así que me despedí agitando su tarjeta con la mano ya que con la otra estaba buscando un kleen-ex desesperadamente por alguno de mis bolsillos.

El ayudante, mientras me veía salir, pregunto.

-¿No cree que oculta algo, comisario?

Desafío Espeluznante (El gato negro)

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La sombra

La sombra

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Sigo temblando, apoyada en la puerta tratando de recuperar el control pero…
Después de trabajar, tenemos la sana costumbre de irnos a tomar unas cañas. Casi siempre los mismos, Alberto y yo no fallamos. Él dice que somos dos pringados, y yo que no hay nada en casa que nos ate. Vivo con mi gata negra Luci; la encontré hace siete años vagando por la calle. Me siguió y la invité a subir. Se adaptó divinamente a mi vida espartana y sus ojos desde entonces vigilan cada movimiento en mi vida; me siento segura a su lado.
Hoy, no serían más de las diez de la noche cuando he emprendido el camino de vuelta a casa. Hacía frío y la niebla envolvía todo. La luz amarillenta de las faroles de mi calle tenían un color extraño y, de repente, comencé a escuchar algo detrás de mí. Paré y miré hacia atrás; nada. Reanudé el paso y un sigiloso zumbido me seguía y que callaba cuando me paraba. Mi corazón comenzó a trotar, la respiración a agitarse, cuando miré a mi derecha y vi una sombra escabullirse en la niebla. Comencé a correr y la sombra desde la acera de enfrente a hacer lo mismo. Llegué al portal, abrí como pude y subí las escaleras de tres en tres; la sombra me seguía pero pude entrar en casa dejándola fuera.
Ahora la siento tras la puerta cómo se revuelve y ni siquiera puedo gritar. De pronto, veo los ojos encendidos de Luci, son rojos, que se inyectan en mi cuerpo. Saca los colmillos pero, al segundo, de su garganta sale un maullido dulce. Se acerca a mis piernas, yo sigo sin poder mover un solo músculo y comienza a gatear por mi cuerpo hasta llegar a la boca y echarme fuego sobre mis labios…
He despertado como nunca. Me siento vital. Luci duerme plácidamente a mis pies. Me arreglo, desayuno y me voy al trabajo. Al abrir la puerta veo en el felpudo un gato negro muerto. Le doy una patada mientras mis ojos se encienden de sangre.

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Un tipo espeluznante

Un tipo espeluznante

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Es cierto que te encuentro espeluznante.  Una palabra que puede descubrir muchas cosas y encubrir otras. Hay algo terrible en ti. Tu mediocridad, por ejemplo. Unida a tu afán vano por sobrevivir, puede llevarte a hacer cosas tremendas, como dar la nota cuando deberías callar. Y no digamos tu deseo de prevalecer sobre los demás. Es la rabia que te da ser en el fondo pequeño. Eres un quiero y no llego. ¿A qué no puedes llegar? ¿Cuál es tu fantasía? Acepta que eres un ser prescindible, Todos lo somos, pero unos más que otros, claro. ¿Por qué no te calmas? La quietud, la serenidad, podría ser tu aliada. Así aprenderías a no despreciar a todos. A los que son mejores y a los que son peores que tú, pero sobre todo a los mejores. Ellos son para ti un latigazo en los testículos. Y hay tantos que te superan… Crees que puedes tapar el talento de otros estirando el cuello. Trata de comprenderme. Sé razonable, como creo que yo lo estoy siendo contigo. No estoy dispuesto a dejar que sigas estropeando el mundo con tu memez y con tu agresividad. No puedo. Tu soberbia nos molesta cuando charlamos sobre física en el club, con nuestro café o té en la mano y nuestros periódicos. Nos apreciamos unos a otros y nos respetamos. Y tú vienes a imponer tu voz desafinada, tus registros disonantes y tus malos modales. ¡Cómo estropeas la armonía de fondo de música clásica! Pisas la voz del científico de Badajoz, Martínez-Trecho, que es el que más sabe de todo lo que hablamos, exceptuándome a mí. Su cerebro está muy por encima del tuyo, que es un órgano amazacotado. Ignoras lo que te cuenta López Albor. Ese hombre tiene algo que decir, y puede enseñarte lo mucho que ignoras. El otro día dijiste que se te había ocurrido una teoría que conocemos hace décadas. Eres un pésimo diletante. Tú interrumpes con lo baladí, hablando de cosas que ya damos por triviales. No descubres nada, ni nada aportas salvo necias interrupciones. Cuanto más liderazgo reclamas, mayor rechazo nos generas, y te aíslas más. Las conversaciones agudas sobre ciencia y filosofía que mantenemos un día por semana en el edificio modernista del Casino, mientras escuchamos a Haydn, entre esas columnas de piedra que imitan formas vegetales, y esas vidrieras de colores, son para mí la mayor gratificación que obtengo por observar el mundo. No estás a nuestra altura. Óyeme bien: no voy a prescindir de tan gratos momentos por tu insolencia. Solo pretendo darte una lección de buen comportamiento y de respeto. Si te mutilo es por tu bien. Comprendo que no me entendieras cuando te corté el primer dedo. Estuviste rabioso e indignado. y te agitabas dentro de tus mordazas y ataduras. Te advertí: cuando me veas llegar y me sonrías, será que has aprendido y te perdonaré. Pero no me escuchaste. Tu narcisismo te mantuvo como siempre ajeno a todo lo que no fueras tú, y en este caso, tu dolor era lo único que contemplabas, como si nada más importase en el mundo. Lloraste, te retorciste… Solo pensando en tu martirio y en tu tormento, pero no tuviste la generosidad ni la humildad de escucharme. Esto parará cuando aprendas a sonreír cuando yo llegue, ya te lo dije. Te voy a adiestrar en cordialidad. Después de todo, soy tu anfitrión. Mío es el jergón sobre el que yaces, y mías son las vendas y trincas con las que por tu bien te mantengo trabado; de mi propiedad es este sótano que compartes con mi coche antiguo, mi moto y mis herramientas de bricolaje, que tanta ayuda me prestan para poderte mortificar. Tan solo te pido una sonrisa… No creo que sea para tanto. ¿Hasta cuándo pretendes que te siga cercenando? Muchas molestias me tomo por ti, ¿sabes? Cada día debo seccionar y separar de tu cuerpo alguna parte sobrante, aligerarte, dejarte en lo esencial. Me deberías pagar por eso. Te estoy purificando. Cuando menos, agradécemelo. Has emprendido un viaje a tu alma, mientras te voy despojando de lo accesorio, de tu periferia corporal; deshojándote cual margarita del amor. ¿Crees que esto me gusta? Estoy verdaderamente enojado con tu comportamiento. Esos lloriqueos de maricona me parecen de todo punto insoportables. Si pensaras un poco en los demás, digamos en mí, dado lo reducido de tu actual universo, no gemirías tanto. Presentas un espectáculo penoso con tanta lágrima. Yo me he tenido que molestar en curarte cada vez, desinfectar tus muñones con alcohol, vendarte, cauterizar tus heridas y darte a beber agua con antibióticos y antitérmicos… Tienes que vivir lo suficiente para aprender a sonreír mientras te amputo un miembro u otro. Todas estas tareas roban mi tiempo. ¿Crees que mis obligaciones se resuelven solas mientras me ocupo de ti? Ese egocentrismo tuyo… Yo te lo estoy arreglando. Rebanarte es como podar un seto para hacerlo más bello, sin ramitas que tengan la petulancia y la osadía de sobresalir sin haber acreditado antes méritos suficientes. Así es como quedarás a medida que pasen los días: yo no diría amorfo, sino redondeado y bien recortado.

Tu fragilidad mental me irrita en algunos momentos, pero en otros me produce una gran condescendencia, y aunque me burle, logras que me compadezca. Sé que te has vuelto loco. No creo que venga de las últimas semanas en las que has perdido el rastro de tus extremidades. Quizás fue ya el segundo día, cuando te arranqué otra falange del segundo dedo. Te manchaste, puerco, eso no te lo perdonaré. Tuve que preparar tu camastro para que tus heces cayeran directamente a un cubo con agua y lejía, e introducir tu birrioso y ridículo apéndice en una manguera para drenar tus secreciones. ¡Cómo te asustaste! Pareces un niño. Y si te lo hubiera cortado también, ¿qué? ¿Qué te importa? ¿Acaso estás en situación de pensar en esas cosas? Sí, amigo, sí. Te has vuelto majara. De no ser así, no habrías permitido que tuviera que ir haciendo rodajas de ti, como si fueras uno de esos vulgares embutidos artesanales de tu pueblo. He tenido que secuestrar también a esta pobre mujer encadenada que se encarga de administrar por mí los recipientes fecales, así como de ayudarme a curarte. Y lo hace muy bien… No sé por qué parece tan aterrada… ¡Si yo estoy muy contento con ella! Aunque es la culpable de que, gracias a sus cuidados, tu sufrimiento se prolongue. Sabe que, si tu faltases, Dios no lo quiera, ella sobraría en este sótano…Y parece que en el fondo le encanta sentirse imprescindible, ya sabes cómo son las mujeres. Así que te he conseguido la enfermera perfecta. Lástima que no os hayáis podido conocer en mejores momentos. Los dos parecéis buenos chicos, ahora que te has vuelto más discreto.

Conste que guardo todos tus trocitos en el congelador, envueltos en papel de aluminio. Más que nada para que no te preocupes. Si un día los necesitas, sabes que ahí los tienes. Ya son más de 90 piezas de cochino arrogante. Todas numeradas como las fotos que he ido tomando para registrar mi actividad quirúrgica. Si hiciera falta, podría recomponerte otra vez entero, aunque no sé si estarías muy guapo cosido a tantos despojos. Quizás sea mejor idea que te los haga comer el día de tu cumpleaños. Tendremos que celebrarlo.

Respirabas mal por la nariz. Te ahogabas con las mordazas y claro, no podía verte sufrir así. Tuve que quitarte las mordazas, pero no me gustan los chillidos de socorro ni tus sollozos desesperados, así que te tumbé con tranquilizantes y te corté la lengua. Después de todo, siempre fuiste un deslenguado. Luego, desde el cuello, aprendí a seccionar cuerdas vocales. No sabes lo que sufrí porque creía que te morías. ¡Qué cantidad de sangre! Puede que no lo ejecutase muy bien, no soy cirujano, pero lo hice solo por ti, para que pudieras respirar sin mordazas. Incluso te corté la nariz, era para ti otro ornamento sin utilidad práctica. ¡Fuera estorbos!

He decidido no límpiate más las hormigas. Que ellas recorran lo que queda de ti, que entren por tus heridas y tomen todo aquello que no necesitas ya. La naturaleza les ha otorgado una gran función que debemos respetar, ¿no crees?

¿Te cuento una cosa? Esta mañana me ha parecido que al verme llegar sonreías por fin y saludabas con la cabeza. He sentido la satisfacción de un mentor al saber de tus progresos. Ya sabes que, cuando trates de ser agradable y correcto, he prometido dejar de ¿recortarte? ¿abreviarte? ¿esculpirte? Y sí, efectivamente, me ha parecido que esas muecas eran un saludo de buenos días… Pero voy a seguir con mi arte, dado que no puede averiguarse de modo preciso lo qué son tales gestos. Puede que ya sonrías como un buen vecino en el ascensor, pero, la verdad: no veo ya tus dientes. Están todos en el congelador, donde he tenido que colocarlos por tenerlo todo junto. Bueno, “junto”, no es la palabra adecuada. En el mismo lugar. Ya sabes que lamentablemente los has ido perdiendo…Ni labios te quedan ya. ¿Cómo voy a saber si sonríes? Quizás llorabas, no lo sé. Tú trata mañana de que esas supuestas muestras de alegría al verme llegar sean un poco más notorias. Más expresivas de tu simpatía y respeto hacia mi persona. Convénceme, y veré lo que hago.

Siempre me parece que ya va a ser imposible seguir, pero al final, uno encuentra algunos pequeños salientes en tu cuerpo y en tu personalidad que deben ser corregidos por tu bien. Así que hoy seguiré con lo mío, extirpando de entre tus intersticios cualquier foco de espeluznante mediocridad, hasta dejarte liviano, totalmente limpio, como un pescado antes de hornear; aliviado del peso de lo superfluo, que tanto te lastraba para razonar con lucidez.

Photo by My Buffo

Encuentra aquí todos los relatos presentados al DESAFÍO ESPELUZNANTE
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Llamada

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Unas veces es la izquierda y otras la derecha. Las razones por las que se alternan son un misterio para mí pero no hay un solo día en que las dos contraventanas estén abiertas o cerradas a la vez. De día o de noche la oscuridad dentro de la casa siempre es absoluta. Eso es al menos lo que parece desde la calle.

Es una casa antigua y muy descuidada, pero es evidente que no está deshabitada. La pared de la habitación en la que descansa el cabecero de mi cama palpita cada día rítmicamente debido a los golpecitos que vienen del otro lado. Parecen seguir un patrón temporal entre uno y otro, como cuando alguien cuelga un cuadro y martillea dos o tres veces. La posibilidad de que sus habitantes estuvieran decorando las paredes la descarté pasada la primera semana en la que los golpes eran desaforados y constantes. Palpitó en mi sien la sensación de desesperación de una llamada angustiosa a una puerta cerrada a cal y canto. Harta de pasarme buena parte de las noches sin pegar ojo decidí hacer una visita para pedir, tan educadamente como el insomnio continuado me permitiera, que tuvieran en cuenta que vivo pared con pared y que me levanto muy temprano para trabajar. Al menos esa era mi intención… Nadie me abrió, así que opté por transmitir mi queja por escrito y dejar la nota en el suelo medio enganchada en una ranura ya que el buzón rebosaba cartas y publicidad abandonadas a su suerte desde hacía mucho tiempo.

Abren cada día la pequeña trampilla a ras de suelo por donde deslizan junto con la bandeja de la comida, papel y lápiz. Al otro lado de la pared en la que se apoya el cabecero de mi cama oigo música, alguien que habla por teléfono, puertas que se cierran y luego el silencio. Yo golpeo con mis nudillos ensangrentados cada noche con la esperanza, casi extinguida, de que quien vive ahora en mi antigua habitación escape antes de ocupar mi lugar…

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El hombre que se reía del amor

El hombre que se reía del amor

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El hombre que se reía del amor ha pedido clemencia, con el corazón en la mano.

Y yo lo he perdonado, no soy nada rencorosa. Pero el pobre ha muerto desangrado. He intentado volver a colocárselo, ponerlo en su sitio. Bien lo sabe Napoleón que estaba a mi lado, sediento, lamiendo la sangre que caía por su piernas y moviendo alegremente el rabo.

Pero ¡Qué complicado se me ha hecho! no atinaba a engancharlo. Ese lío de arterias aquí y allá, tan pringosas y calientes. Esto no es cómo cuando le hice un puente al contador de la luz. Los cables tienen colores… el azul, el verde y a poco que hayas visto dos episodios de MacGyver, aciertas. Necesito ver más a House.

Soy de palabra. De fiar. Yo cierro tratos con apretones de mano. Las promesas se cumplen, siempre. Me gusta la formalidad.

En la última cena, se lo dije. Fue con el brindis de aquel buen vino… lo miré a los ojos y le dije… ¿Me darás tu corazón? y me contestó sonriente… —Tómalo, tuyo es, mío no.

¡Cómo se reía el condenado!

Y ahora que alcanza a ver el filo  de la hoja reluciente de mi santoku, me sale con pendejadas, y que se quiere ir a casa, dice.

No cariño, las promesas se cumplen. Cumple tu palabra.

 

Relato participante en el Desafío Espeluznante.

 

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Ocaso en soneto temeroso

Ocaso en soneto temeroso

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Años de porfía en el vivir, dura batalla,
la frente enmudecida ante vítores cercanos,
deseos cumplidos, llenas de sangre las manos,
el aliento en sombra enfurecido que no calla.

Valentía y fervor cincelados en mi malla,
la pesadumbre del guerrero en mis pelos canos,
dos pasos al frente, siempre, pero nunca vanos,
mas ninguna duda sobre cuál era mi talla.

Y ahora, a mi vejez, y en cercanía, viruelas,
yo, que siempre salí victorioso en estas lides
empiezo a temer, amargura, una derrota.

El sutil amor, ruin, me ha envuelto en sinuosas telas
susurrándome al oído un frágil “no me olvides”,
y el miedo, tan cercano a la agonía, me azota.

Desafío Espeluznante (El gato negro)

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