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Hubo una vez un verano, no voy a decir cuál, en el que percibí dos tipos de calor. Uno inhumano, que procedía del sol. Otro fue el del apoyo y el cariño, por el que sentí un enorme agradecimiento. Sé que sigo en deuda. Dedicado a aquellos días, este poema.

 

Dame pues tu agua si quieres
para este día de calor.
Dame frescor. Contágiame tu alegría.
Pero yo poco te puedo aportar.
Depositaré pensamientos sobre tus senos,
aunque también amor.
Te daré mi abrazo, mi sopor, mi tregua.
Mis dudas yacerán junto a ti.
Dormirás junto a mis cicatrices.
¿Eso quieres? ¿Verme inconsciente
con los párpados apretados?
Si no deseas respirar el aliento de un convaleciente,
lo podré comprender.
Es tan escaso lo que puedo lograr por ti…
Yo beberé tu agua.
¿Tú qué obtendrás de mí?