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Hace poco alguien me pidió una lista de películas que me habían gustado a lo largo de mi vida. La tarea parece simple pero no lo es. Actualmente me gusta una película de cada veinte que veo. Voy al cine como concesión a la inercia, como indulgencia rendida a los otros. Naturalmente, esto no fue siempre así. El cine me impresionaba cuando era un niño, como a cualquiera. Bueno, no, en realidad no tanto. Quizás me deslumbraba algo menos que a cualquiera, porque yo era muy alto y eso me daba un aire de madurez que yo mismo me atribuía, seguramente sin corresponderme. Íbamos a ver unas películas de luchadores japoneses y mis compañeros de clase salían luchando como ellos. Yo me los quedaba mirando… ¿Qué hago yo aquí con estos críos? Íbamos a ver una película de tiros y a la salida, mis amiguitos, todos bajitos, se disparaban con el dedo índice y se tiraban al suelo retorciéndose de dolor antes de decir “me muero”. ¿Qué pintaba yo con gente tan infantil? Quizás yo era igual que ellos, pero los veía así. Creo haberos contado esto antes, debe de ser importante para mí.
 
Pasaron los años, pero no muchos. Y me enamoré. Mis amigos seguían tirándose piedras, jugando a las canicas  o disparándose con el índice y yo no tenía edad para enamorarme, pero sentí deseos de… escribir.
 
Un día fui al cine al aire libre. Era verano, un pueblo, una playa… Allí estaba la chica, oliendo a transpiración y a mar. Algo me pasaba… Vimos la película Horizontes de grandeza, cuyo título suelo confundir con Horizontes lejanos. A mí lo de los horizontes… Protagonistas: Gregory Peck, Jean Simmons, Charlton Heston, Carroll Baker. Un tipo del Este se introduce en un rancho del Oeste profundo para conocer a la familia de su novia. Un hombre educado en una tierra de gente que se odia con estupidez y obstinación. Gregorý Peck se preguntaría: ¿qué pinto yo con esta gente anglocazurra? Claro. Lo vi claro. ¡Era como yo! ¿Qué pintaba él allí? Bueno, a mí los cazurros me caen muy bien, que son muy sanos y todo eso, así que no es por ahí por donde va la cosa, sino por la dificultad para ser como se es o se viene siendo por aquí o por allá, eso da igual. Yo soy un desclasado, ejerzo de ello y presumo. El clasismo no va conmigo. No me siento ni el Norte ni del Sur, ni del Este ni del  Oeste. Para colmo, siguiendo con la película, Peck se empeña en domar un potro cuando nadie le ve, tema para el que no parecía muy capacitado. Si no recuerdo mal, la chica, viendo que se iba a matar, le pregunta: ¿a quién quieres demostrar que eres capaz de hacer eso y para qué? Gregory Peck, exhausto, dada la gran cantidad de trompazos recibidos, le dice algo que yo creo recordar (a ver si alguien me encuentra esa frase con mayor exactitud): “un hombre solo tiene que demostrarse a sí mismo de lo que es capaz”. Más menos, no lo recuerdo bien porque han pasado un porrón de décadas.
 
Demostrarse las cosas a sí mismo…
 
¿Cuánto daño me habrá hecho esa frase? A partir de ahí fue quizás cuando encontré mi lema definitivo y me convertí en autista. Soy un autista muy sociable, muy amigable, eso sí, pero… Como Jesucristo. “Mi reino no es de este mundo”. Por cierto que con esa frase de Jesús no se obró el milagro. Yo como era pequeño, la primera vez que la oí no reparé en ello. Pero Jesús con aquella frase no convenció a los malos. No convenció Nuestro Señor ni a Herodes ni a Pilatos. No los dejó nada tranquilos con esa evasiva altisonante. ¡Que su reino no era de este mundo! ¿Quién se había creído que era Ése? ¿El Rey de los Judíos? ¿Dios? ¡Tira, macho, anda, tira pa la cruz! La gente es así. Ellos no respetan la vida interior de los demás porque no tienen acceso a ella, y se sienten excluidos. Y además tampoco la entienden. La imaginación de los demás nos ofende.
Desde cualquier creencia, o  incluso de no creencia, la historia de Jesús nos permitirá siempre atisbar algo de esperanza en que los humanos sepamos algún día trascender de nuestra animalidad y nuestras tendencias crucificadoras. La afición de los humanos para convertirse en chusma y linchar. La historia de Jesús puso a los humanos ante el espejo, para que vieran su animalidad, su cobardía, su vileza, su traición y su falsedad.
 
Pues a mí me pasa igual que a Cristo y a Gregory Peck, salvando las distancias. Vivo en mi burbuja. Mi reino no es de este mundo. Con razón luego la gente me crucifica. Y es algo muy molesto. Que te crucifiquen no sienta bien. Es un reino el mío de pensamientos y palabras de las que no sé dejar traslucir apenas nada. ¿Para qué? No tengo que demostrar nada a nadie. Me lo creí de pequeño: eso, lo de que soy como Gregory Peck, aunque no dome al pura sangre. No me lo tengo que demostrar quizás ni a mí. Y desde luego, yo no demuestro nada a nadie. Aunque me llamen perro. Punto.
Me viene a la cabeza alguien que se quejaba -con otras palabras- de que yo no le escupiera, aunque solo fuera un poco, pese a lo que él se esmeraba por molestarme. Pues no, no tengo por qué entrar en ese terreno si no me apetece. Yo solo rivalizo conmigo mismo. Eso no es sentirse por encima, sino en otro lugar. En otro planeta. En otro “reino”. Yo hay veces que soy más del reino mineral o vegetal que del animal.
Soy cien por cien un hombre del Este en el Oeste, o viceversa, vaya a donde vaya, cualquiera que sea el punto cardinal donde me encuentre. No demuestro nada a nadie, mi reino no es de este mundo, porque… ¿Qué hago yo con estos críos? Y juro por todos mis sueños sagrados que no hay en estos planteamientos ningunas ínfulas, ni aires de superioridad. Soy modesto, y con razón. De verdad. Lo juro. Que la grandeza se queda en los horizontes, en ese punto borroso e impreciso del inalcanzable infinito. Lo que me pasa es… ¿queréis saberlo? Os lo diré bajito: lo que me pasa a mí simplemente es que algunas veces, no sé tratar con vosotros: con vosotros, los que siempre salís del cine tan contentos. ¿Y qué culpa tengo yo? ¿Y qué hago yo con estos críos?
Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
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