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Parece mentira que en aquella época pudiera yo vivir semejantes momentos de peligro. Lo primero que recuerdo como becario de periodismo gráfico es que prácticamente no hacía más que fotografías de mesas y de atriles. Desde tales muebles, ejecutivos de tercer nivel de empresas de mayor o menor pelaje transmitían en ruedas de prensa información sobre una nueva crema antienvejecimiento, un nuevo juego electrónico, un nuevo partner publicitario… Cosas así. Ese vago glamour que la gente atribuye a las ruedas de prensa desaparece rápidamente cuando asistes a dos o tres de ellas. Son casi siempre convocatorias corporativas tediosas y sin ningún interés. Como becarios que éramos, nos mandaban además a presentaciones de poca monta. Yo no tenía ningún interés en aquello. Frecuentemente la información que traíamos a la oficina no encontraba ningún hueco y simplemente era borrada. Los comerciales de publicidad rogaban que no se publicasen esas noticias, salvo las de compañías que insertasen anuncios de verdad, de los que valían dinero.

A todas estas reuniones yo acudía cargado con mi cámara más voluminosa y una enorme mochila repleta de accesorios, que me había comprado al acabar mis estudios con un dinero de mis padres, por unos 8.000 euros. Algo verdaderamente estrafalario. Realmente lo que llevaba era como una especie de estudio fotográfico ambulante, siempre soñando con un golpe de suerte. Quizás encontraría por ahí una top model a la que le haría el mejor book de su vida, además de otras cosas, ya puestos a soñar. ¡Aquel pesado y enorme macuto lleno de chismes caros útiles para nada! Siempre conmigo por si acaso surgiera la oportunidad de estrenarlos. En parte, era mi inseguridad la que me hacía acarrear aquel peso, en la idea de que esos cachivaches impresionarían y me harían pasar por un gran profesional. Pero siempre había algún colega impertinente que me hacía alguna pregunta:

-¿Vienes conmigo a la rueda de prensa o vas a escalar el Everest?
-Muy gracioso. Mí mochila resucita el humor español y eso es bueno.
-Es que no te falta más que la cantimplora y el saco de dormir -apuntaba otro tratando de explotar la veta cómica descubierta por el colega anterior.
-Ni los fotógrafos de boda, que cobran seis veces en dos horas lo que tú en un mes de becario, necesitan todo eso.

Siempre acudía a las reuniones con algún compañero licenciado en periodismo. Casi siempre eran chicas. No duraban mucho en la empresa, pero todas entraban dispuestas a matar por lograrlo. Solía clasificarlas en función de sus características más sobresalientes en tres grupos distintos: o eran muy espabiladas, grupo uno, o estaban muy buenas, grupo dos, o ambas cosas a la vez, grupo tres. Esto era para mí tremendamente mortificante ya que todas ellas me gustaban, incluso las feas espabiladas. Pero la sensación con la que volvía de todos estos acontecimientos periodísticos irrelevantes era de total fracaso personal y profesional. Ellas trataban de portarse como si fueran Mary Taylor Moore y yo fuera “Animal”, el de las fotos. Me veían como de casta inferior. Yo no lo entendía. Cuando conocía una chica fuera del ámbito del trabajo y le explicaba que era reportero gráfico… la chica caía. Pero en cambio, con periodistas, no presentaba yo un perfil estadístico muy boyante.

A veces ellas se hacían las interesantes formulando preguntas que suponían un esfuerzo titánico e innecesario para sus neuronas, puesto que generalmente no tenían ni remota idea de lo que preguntaban y mucho menos de lo que se les respondía.

Recuerdo por ejemplo aquella ocasión en la que una pequeña entidad financiera, el Banco de Negocios Privados, decidió convocar a los medios para explicar que había implantado tres oficinas más en Madrid y de paso comunicar los resultados del primer trimestre. ¿Cómo podían llamarnos para explicar cosas tan aburridas?

Mi compañera Susana, era novata, del grupo tres, buenorra y espabilada. Pero novata, novata, novata, como para repetir lo novata que era cuarenta veces más y quedarse corto. Parecía que no se estrenase en la profesión sino que era recién llegada al planeta. Siempre preocupada por tonterías cuando estábamos en la oficina. Y fuera también. Levantó la mano y lo primero que preguntó fue si podía hacer preguntas. Una vez que le confirmaron que ya las estaba haciendo, y que terminó el murmullo de risitas de sus colegas, mi compañera de un modo muy pomposo se presentó.

-Susana López, de Teleglobo Universal 21.

El comunicador sacó su labio inferior como para beber agua de lluvia y asintió varias veces con la cabeza. ¡Casi nada! De nuevo hubo un murmullo de risitas.

Entonces Susana, preguntó por la evolución de los precios de los alquileres de pisos. Al parecer el speaker había usado la palabra inmobiliario y a ella eso le suscitó tal pregunta. El comunicador, extrañado, le hizo repetir la pregunta, totalmente ajena a la temática de la presentación. El ejecutivo respondió que hacía varios años que no buscaba alojamiento. ¿Alguien en la sala estaba al corriente de los precios de los alquileres? ¿Estaba ella buscando piso? Risitas entre los asistentes animaron el ambiente.

  • ¿Alguna pregunta más que sí que tenga que ver con el Banco de Negocios?

Las risitas volvieron a animar la sala. Ella acertadamente se sintió en ridículo y se volvió rápidamente a mirarme. Me pilló riéndome y su mirada parecía encerrar una dura advertencia. Yo decidí disimular por vergüenza ajena y para ello, saqué de mi mochila algunos de los cacharros que se podían acoplar a mi cámara como si tuviese necesidad de ellos. Comencé a rebuscar en mi mochila y como estaba de pie, algunos de los asistentes al acto, me seguían con la mirada sin que yo me diera cuenta. Como emulando el bolso de Mary Poppins de mi mochila iban saliendo cosas, y más cosas, que parecía imposible que cupieran. Entre ellas, un trípode telescópico de 1,60, que se desplegó él solo a medida que yo lo sacaba del macuto, como hacen los magos extrayendo una barita mágica de un pañuelo. La gente, creía estar alucinando y todos empezaron a reírse de nuevo de mi show de prestidigitación.
El orador se sintió molesto de que le robaran la atención de su público.

-¡Perdona, joven! Como hemos dicho antes no es necesario que hagan fotos porque, en el dossier que les vamos a entregar, tienen varias a elegir en un pendrive junto con la información correspondiente.

-Ah, vale, vale, -balbuceé yo.
-¿De qué medio es usted?
-De Teleglobo Universal 21.
-¡Ah, qué coincidencia! ¿Como la señorita que ha preguntado antes por los alquileres?

Entonces la sala se llenó de carcajadas estruendosas. Habíamos logrado establecer en poco tiempo que éramos del canal de televisión que mandaba a los becarios más estúpidos a las ruedas de prensa más anodinas.

Puede parecer contradictorio que diga que mis compañeras eran muy espabiladas y que cuente una anécdota de idiotas. Pues la verdad es que en la mayoría de los casos muy inteligentes no eran, pero insisto en que sí que eran muy listas. Siempre se quedaban con los regalos que suelen hacer las empresas en las ruedas de prensa para ganarse a los periodistas. Normalmente no eran cosas sumamente valiosas, pero fuera como fuera siempre se lo acababan metiendo en el bolso. Y eran muy activas criticando a todos en la máquina de café de la oficina.

Comimos juntos ella y yo en un restaurante de menú para empleados. Parecía tener cada pelo en su sitio, perfectamente pintada y arreglada, y aunque yo traté de ser simpático, ella tenía esa expresión agresiva de las personas competitivas que te hacen reconocer que su actitud respecto a ti responde a una decisión que ya ha sido tomada y que por lo tanto hay poco que puedas hacer al respecto. Fuimos después a otra rueda de prensa de viajes El Lince. Otro dossier, y otro pendrive con textos e imágenes… De regalo unos bonos de hotel que se quedó ella… Quise justificar mi presencia y la de mi voluminosa mochila de accesorios de fotografía tomando algunas imágenes. Como siempre yo estaba de pie y ella estaba sentada tomando notas en el Bloc y bolígrafo corporativo con el que también obsequiaban a todos los periodistas. Ella al ver que sacaba mis teleobjetivos, muy totémicos ellos, me chistó.

  • ¡No hagas fotos! Ya nos dan ellos. ¡Por favor, no empieces otra vez!

Yo insistí para no tener que volver a la oficina sin ningún trabajo realizado. Entonces ella interrumpió al orador y preguntó.

  • Perdón. ¿Es necesario hacer fotografías?
    -Naturalmente que no. Os vamos a dar un pendrive con las imágenes de nuestras modelos salpicándose gotitas de mar en Copacabana y seguro que despertarán mucho más interés en vuestros lectores que un tipo medio calvo y feo como yo -dijo el empalagoso directivo de El Lince, tratando de parecer muy agradable.

A regañadientes metí de nuevo todos mis cacharros en mi “zurrón” y noté qué la gente me estaba mirando y que eso estaba distrayendo también al responsable de comunicación. Decidí sentarme en una silla que quedaba vacía en la segunda fila, justo delante de Susana que estaba en la tercera.

Acabó la bendita rueda de prensa de Viajes El Lince. Salí de allí con una gran sensación de aburrimiento. Entramos juntos en el Metro, camino a las oficinas. Ella estaba a mi derecha, callada, como si no supiera que yo estaba a su lado. Los asientos del vagón miraban hacia las ventanillas. En ellas, su cabeza de lista, tonta y sexy se reflejaba de un modo que uno no podía dejar de mirar. De vez en cuando, algún tipo de mala pinta tenía que sentarse en los asientos de enfrente y me privaba de seguir recreándome. Entonces yo me inclinaba ligeramente hacia ella hasta que recuperaba la visión. Creo que me pilló mirando su reflejo en el cristal al menos dos veces. Ella volvió la cara, como contrariada. Sacó su teléfono y no dijo palabra hasta que la vi sonreír, muy atractiva, reflejada en la ventanilla entre dos cabezas de dos adolescentes que le miraban las piernas y comentaban. Me pareció que quería que me diese cuenta de que algo le parecía muy divertido, pero yo estaba receloso, o rabioso y decidí no preguntar nada para fastidiarla un poco. Sin embargo, ella no tardó en hablar.

-Mira qué guapo.

Era yo. Me había tomado algunas fotos. En casi todas yo estaba distraído, claro, no tenía motivo para otra actitud. Pasó unas cuatro fotos mías y luego vi que había tomado varias de toda la reunión.

–¿Has hecho lo posible para que no haga fotografías y luego te has puesto a hacerlas tú? ¿Qué pretendes?

-Es que he pensado que no quedaba muy bien que volvieras al trabajo sin haber tomado una sola imagen. ¿No decías eso? Habrás visto que casi todos las hacen con su móvil. Si quieres yo te las paso y cuando lleguemos a la oficina, di que son tuyas. Mi móvil las hace muy bien y sin tanta parafernalia como la que arrastras tú.

Le dije con orgullo que no iba a presentar como mío un trabajo que no había hecho yo. Ella con una sonrisa dijo:

-Como quieras.

Estaba claro que le daba igual. Porque, aunque no aceptase caer en su trampa, realmente había caído ya.

Cuando llegamos a Teleglobo Universal 21 la espabilada Susana supo rápidamente adelantarse a cualquier comentario que yo pudiese hacer respecto a lo ocurrido, aunque realmente no pensase contar absolutamente nada. Pero vi cómo se introducía en el despacho de nuestra jefa y me di cuenta de que tenían un trato de mayor confianza de la que podía suponer. Se sonreían mucho. En un momento me miraron y bajaron la voz. Segundos después cerraron la puerta de cristal, y eso me provocó una sensación desagradable en el estómago. Cuando se cerraba una puerta era que algo generalmente relacionado con ascensos o despidos se estaba cociendo.

Yo me senté junto a una mesa que no era de nadie y dejé mi mochila sobre ella. Con mi teléfono comencé a buscar algo. Al rato la puerta de cristal se abrió y salió Susana muy sonriente, que pasó por mi lado sin mirarme. Nuestra jefa me llamó y me ofreció asiento frente a su escritorio.

-Quería decirte que vamos a prescindir de ti por ahora. Tu perfil es sumamente interesante, pero por ahora no necesitamos alguien como tú para ir a esas simples ruedas de prensa. Estás sobrecapacitado. Yo creo que alguien tan bien equipado como tú -la muy hija de su madre se estaba burlando de mi equipo- es más adecuado para trabajos de tipo artístico quizás, que para el periodismo de comunicación corporativa. Ya sabes que nuestro grupo tiene algunas revistas también… En fin, si sale otro tipo de oportunidad laborar que yo me entere, tengo tu currículum. Pero aquí no aprenderías gran cosa en ruedas de prensa, y no puedes tampoco llamar sueldo a lo que ganas como becario. Perderías tu tiempo.

-De acuerdo -dije lacónicamente.
-Lo siento.
-No te preocupes -yo ya estaba de pie y con cara de indisimulado rencor.
-Ya sabes, si necesitas referencias…
-Ya, ya, ya… Hablarás de mí de maravilla.

Salí del despacho a recoger mis cosas. Vamos, mi macuto. Y en ese momento una chica llamaba a mi ya exjefa.

-¡Lidia, Lidia! ¡Tiroteo en plaza Arroyuelo Azul, 23! Aquí a la vuelta de la esquina. Dice Martínez que mandes a alguien de inmediato a cubrir la noticia.
-¡Pero si eso está a dos calles de aquí mismo! No tenemos a nadie ahora, todos los equipos están fuera.
-¿Y los becarios?
-¿Pero cómo vamos a mandar a esos pobres? ¡Dios! Susana, Alberto, venid, por favor.
Susana estaba mostrando su mejor actitud al segundo, pensando que tenía ante sí una oportunidad. Pero yo no iba a hacerle caso.

-Alberto, ven un momento tú también, por favor.

Acudí de mala gana.

-¿Alberto, tienes cámara de vídeo en tu equipo o solo de fotos?
-Claro que llevo vídeo.
-Tienes que ir con Susana a cubrir una noticia muy importante. Rápido.

Yo sonreí.
-Lo siento, pero yo ya no trabajo aquí. Hasta luego, chicas.
-Alberto, por favor, te lo ruego.
-Pues mira, no pienso ir a arriesgarme en un tiroteo por un salario de becario, en una empresa de la que me acaban de echar.
-Es una oportunidad para ti. ¡Demuestra que puedes hacerlo! Hay gente allí que se está muriendo en este momento.
-Pues necesitan un médico, no un periodista carroñero y un fotógrafo.
Sin alterarse, Susana dijo:
-Creo que con lo de carroñera está hablando de mí.
-¡Alberto, no seas tonto!
-Claro que voy a hacerlo. Iré como freelance y se lo venderé a quién lo quiera.
-Nadie te lo comprará, Alberto. Tráemelo a mí que quizás yo sí que te lo pueda pagar.
-¡Adiós chicas!

Salí de allí con la satisfacción de un torero dando la espalda a la res ante el aplauso del público.

Fui a buen paso a Arroyuelo Azul 23. Me costó menos de un minuto llegar. La mañana era muy gris, como preludiando una gran tormenta. La gente miraba escondida tras las esquinas. Me dijeron que alguien estaba disparando a los transeúntes desde algún balcón. Una chica había sido malherida y la estaban atendiendo. Pero otro hombre bastante gordito estaba inmóvil tirado en la plaza sin que nadie se atreviera a rescatarlo del tiroteo.

Abrí por fin la mochila y me preparé para captar al hombre tendido en la calzada. Efectivamente, era muy obeso. Seguramente le falto agilidad para escapar después del primer disparo y le sobró contorno para poder evitar ser el siguiente blanco. El zum me permitió ver que tenía dos disparos. Podía ver la sangre brotar. Se apreciaba que aun respiraba y con bastante agitación. La mirada estaba perdida, pero parecía estar consciente todavía.

-¡Alberto!
Era Susana.
-Déjame en paz, lárgate.
-Yo no quería que te echaran. Traté de convencer a Lidia, pero la decisión debía de estar ya tomada, de verdad. Te lo juro. Hasta dije que las fotos de mi móvil me las habías pasado tú.
-Eres una perra, déjame en paz.
-Lo mejor es que hagamos este trabajo juntos. Es nuestra oportunidad.
-¡Que me dejes en paz y te largues!
-Pareces un niño.

Susana se fue. Yo seguía filmando la respiración de aquel pobre hombre y de vez en cuando trataba de descubrir el origen de los disparos apuntando con mi teleobjetivo hacia las ventanas. De pronto noté movimientos a mi izquierda y volví la cara instintivamente. Era otra vez Susana. Se estaba ahuecando la melena y pintándose los labios. Después se desabrochó un botón de la camisa para dejar asomar parte de su personalidad. Una vez segura de su aspecto, comenzó a grabarse.

-Susana López para Teleglobo Universal 21. Un trágico atentado parece haber causado ya dos heridos que quizás en estos momentos estén cadáveres. La confusión reina en la plaza Arroyuelo Azul donde, desde hace varios minutos, un hombre está tiroteando a todo el que se asoma y…

-¡Qué hija de puta!

Pero ella no escuchaba mis comentarios de desaprobación. Se acercó una señora a la esquina desde la que nos asomábamos.

-Se acerca a nuestras cámaras…
-¿Nuestras cámaras? Solo estáis tu teléfono móvil y tú
– …una señora que ha vivido en primera persona el principio de esta tragedia.
-¿Yo? -respondió la señora extrañada.
-Señora, que nos puede decir de este horrible suceso que está conmocionando todo el barrio de… del barrio este en el que estamos?
-Pues yo me acabo de enterar, cariño -dijo la buena mujer.
-¿Y cómo se siente?
-Mujer, cómo me voy a sentir. Pues mal. Si hay alguien matando a la gente no me voy a sentir bien. Porque eso no está bien.
-¿Qué quiere transmitir en este trágico momento a la televisión mundial?
-Que no hay que matar, que no se hace eso. Y que el que mate a la gente, que lo metan en la cárcel, claro, porque eso no se puede hacer, digo yo.

La entrevista, de tan lamentable, era cómica, pero mientras aquel hombre seguía muriéndose.

-Ya han oído ustedes el grito desgarrador de toda la población en este momento, la gente de la calle, los españoles de a pie, no comprenden la tragedia. Que lo metan en la cárcel es la demanda unánime de todos los hombres y mujeres justos y justas-decía Susana como resumen de su maravillosa entrevista.

Yo seguía viendo morir a aquel desgraciado mientras Susana seguía diciendo majaderías ante su teléfono móvil. De pronto el herido aumentó el gesto de dolor y se retorció. No sabía si era algún tipo de convulsión o que había recibido un tercer disparo. Después elevé el objetivo y pude ver el que podría ser un francotirador en uno de los áticos de la plaza. Lo miré bien. Pareció apoyar lo que podría ser su fusil en la barandilla. Pensé que era el momento de tratar de retirar a aquel hombre. Aunque sin soltar la cámara de mi mano salí corriendo a mover al desdichado. El camino se me hizo desmesuradamente largo ya que pensaba que en cualquier momento podían empezar a dispárame a mí también.

-Hola. Trataré de ayudarle. ¿Cree que puede moverse?
-Creo que no -me pareció oírle decir.

Oí disparos, pero pensé que eran en el ático donde había visto al posible francotirador. Sería la policía, que ya le estaría reduciendo. Le pasé las manos por las axilas y empecé a tirar de él, pero era casi imposible moverlo. Pesaría unos 120 kilos. Entonces vi a Susana que venía corriendo con su móvil hacia nosotros. Se puso en cuclillas, se retocó el peinado y acercando su cara al herido y en plan selfi, dijo casi risueña:

-Nos encontramos en este momento ante este señor herido al que nos gustaría hacerle algunas preguntas ahora que aún se puede…

-¿Serás estúpida? Ayúdame a ponerlo fuera del alcance de las balas o lárgate.
-Lárgate tú. Que sepas que ya te han mangado tu super mochila.
-¿Pero es que no te importa que esté en juego la vida de este hombre?
-Tú haz de héroe, que para eso te acaban de dejar en paro. Yo tengo un trabajo y voy a hacerlo.

Seguí tirando del herido que pesaba como si fueran varios y ella agachada seguía con su entrevista.

-¿Puede decirnos su nombre?
El moribundo trató de entrar en el juego y dijo llamarse Sergio. Creo yo, porque no tenía fuerzas para hablar. Yo entendí realmente algo como “gió”
-No sabemos si los espectadores han podido oírle, pero…
-¿Pero qué espectadores? ¡Estás loca! -dije yo-. Solo eres tú y tu móvil.
Ella paró el móvil y me miró con odio. Entonces volvió a empezar:
-No sabemos si se ha entendido bien, pero creo que ha dicho llamarse Casio.
-¡Será Sergio! -le dije yo con rabia- ¡Estúpida gilipollas, ayúdame a ponerlo bajo el soportal o nos van a matar a los tres!
-No sabemos si ha dicho Casio o Sergio o Cristo. Lo que si sabemos es que este hombre inocente en estos momentos está luchando contra la muerte, librando la que podría ser su última batalla -seguía ella tratando de añadir dramatismo.
-Ha dicho Sergio. Casio era una marca de relojes.
-A ver: Sergio, soy Susana López de Teleglobo Universal 21. ¿Cómo te sientes en este momento? ¿Cres que es justo que te disparen así cuando inocentemente paseabas por la madrileña plaza del Arroyuelo Azul, quebrando la paz de un barrio trabajador, pacífico y democrático?

De pronto, sonó un disparo y Susana López se llevó las manos a la frente y al instante sus antebrazos se llenaron de hilos de la sangre que manaba de su cabeza, y se cayó hacia atrás.

Sergio, o como se llamase, igual era Santi, qué se yo, dijo algo que creí entender:
-¡Dios mío!
-No se preocupe, víctima -le dije sinceramente-. ¡Ésta era una gilipollas que no veas! ¡Menuda cretina!

El hombre levantó un poco las cejas expresando algo que no me quedó muy claro. Sería como un “bueno, entonces… “ Yo seguía tratando de arrastrarle con más energía todavía, ya que, si ya la habían matado a ella, el siguiente objetivo sería yo.

-Vamos, ayúdeme un poco, Sergio. Empuje un poco con los pies al menos. Que tengo el culo en dirección al francotirador.

Sergio se desmayaba y yo casi no lograba moverlo. Afortunadamente mi cámara que colgaba de mi cuello por una bandolera, en el lógico zarandeo, oscilaba caóticamente y de vez en cuando le daba un buen trompazo en el ojo al ya casi finado Sergio, que gracias a ello se despertaba. A medida que desplazaba aquel cuerpo iba dejando una franja de sangre de unos 60 centímetros de ancho que era la superficie de suelo que estaba tocando con su trasero. Sergio contemplaba asustado aquella mancha y parecía pensar que de esa ya no iba a salir. Yo traté de animarle un poco mientras tiraba ya de sus muñecas sin lograr avanzar.

-Parece una alfombra roja-le dije-. No me gusta nada. Me recuerda a mi boda.

En ese momento llegaban a la plaza varios camiones tipo antidisturbios de los que bajaron unos cuántos policías uniformados que empezaron a disparar hacia el ático que estaba como hemos indicado ya, a mi espalda. Me sentí seguro por un momento, hasta que vi que Susana se levantaba. Al parecer, el disparo le había dado de costadillo, como decía mi abuela, y el aspecto era más aparatoso que la realidad. La escena con la becaria resucitando ensangrentada era de película de zombis.

-¡Vamos, vamos, deprisa, Sergio, trata de moverte, que viene otra vez ésta! ¡Plasta es, la tía, oye!

-Señoras y señores, como ven, pese a que me han herido en la cabeza, aquí sigo rindiendo tributo a la noticia. Sergio, ¿crees que vas a poder perdonar al autor de los disparos que ha tratado de acabar con tu vida? ¿Les deseas algún mal en su vida?

-Sergio, dile que es una perra y que me ayude a arrastrarte hasta el soportal.

Sergio parecía a punto de expirar, pero con un leve soplido, pude oír lo que dijo el pobre hombre, muy, muy bajito.

-Perra.

Y tras esta palabra, sus ojos parecieron paralizarse mirando en dirección a las nubes. Susana aprovecho para arengarle.

-¡Sergio, no te mueras! Todos los televidentes de Teleglobo Universal 21 quieren que te salves. ¡Sergio, resiste, por tu vida! ¡Sergio, que tú eres un luchador! -decía la becaria.

-Qué cretina es, qué cretina es… Pero ¿cómo puedes ser tan cretina? -repetía yo.

Una furgoneta medicalizada del SAMUR llegó hasta nosotros. Me dijeron que soltase al buen hombre, lo cual me animó porque no había conseguido moverlo más de un metro y medio. Reanimaron al herido y con una rapidez digna de los boxes de fórmula uno, lo subieron en una camilla y lo metieron en la ambulancia.

-Yo también estoy herida, ¿no me ven? -dijo Susana en cuclillas enseñando sus muslos y con los brazos con sangre. Los médicos del servicio de urgencia la miraron y se miraron entre ellos como diciéndose sin palabras, <<coño, que buena está esta paciente>>
-¡Pues sube, sube, deprisa!

Susana, tapando su herida en la cabeza con un pañuelo y con el móvil a modo de micrófono en la otra, me sonrió malvada, mientras cerraban las puertas de la ambulancia con ella dentro y yo me quedaba mirando, Después se volvió hacia Sergio y todavía pude escucharla decir:

-Sergio, ¿qué sientes en estos momentos al volver a nacer?

Y la muchacha se asomó por la ventanilla trasera y me dijo adiós con la mano guiñándome el ojo.

La ambulancia se fue con la sirena puesta, pero los disparos dejaron de sonar ya que el asesino había sido reducido. Los policías vinieron corriendo hacia mí, pero pasaron de largo sin decirme nada. Querían subir hacia el ático del asesino. En pocos segundos acordonaron todas las entradas a la plaza y yo me quedé solo en aquella explanada de cemento con cuatro bancos de madera y una fuente que chorreaba impertérrita, como si no se hubiera enterado de toda la peripecia, ni de nada. Permanecí sentado en el suelo de la plaza un buen rato tratando de calmarme. Detrás de los cordones policiales, la gente se iba amontonando y me miraba sin entender mi presencia allí inmóvil. Finalmente me puse de pie, miré la alfombra roja, y mi ropa sucia tras la batalla. Después metí las manos ensangrentadas en los bolsillos del pantalón, dispuesto a caminar hacia casa sin hablar con nadie. Pero un policía se me acercó y me dijo:
-¿Se encuentra bien?
-Bien, bien… mientras todo pasó. Pero ahora… estoy un poco impresionado y… aturdido. Y mareado.
-Me han dicho que es usted reportero gráfico.
-Becario sin trabajo.
-Vaya. Pues se ha portado usted como un reportero de guerra.

Me lo quedé mirando. Aquello me había sonado bien. El policía se percató y me sonrió paternalmente.

-¿Por qué no se sienta allí un momento, joven? Es mejor que…
-No, no… Gracias. Esto… ¿Han visto ustedes una mochila de fotógrafo que he dejado en esta esquina?
-¡Claro que sí! ¿Era suya? La tienen los TEDAX en esa otra zona de allí, junto al parque. ¿La ve? Esa zona acordonada tan llena de policías.
-¿Los TEDAX? Eso es algo contra las plagas, ¿verdad?
-En cierto modo -torció la boca al reírse-. Técnicos Especialistas en Desactivación de Artefactos Explosivos, TEDAX, son policías para la desactivación de explosivos, con alta tecnología, robots especializados… Les ha parecido un bulto sospechoso, dadas las circunstancias. Están a punto de hacer explosionar su petate. ¡Eh, oiga, joven, vuelva! ¡Eh! ¡Deténgase! ¡Que no le dejarán acercarse! ¡Oiga!

 

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Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
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