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Estaba yo escribiendo, cuando de pronto empezaron a sonar disparos. Abrí la ventana para protestar y mi mujer se alarmó pensando que me podían alcanzar y matarme. Estas cosas son las que provocan que la mujer española,o al menos la mía, hable de su marido en tercera persona. Léase así, por favor: “Están disparando en la calle y lo que se le ocurre a él (nótese la aglomeración de pronombres) es asomarse para decirles que no le molesten”. Mi mujer no se lo está contando a otro, porque solamente estamos ella y yo. No sé bien el mecanismo que les hace fingir que lo hablan con un tercero en vez de con el interesado. Podría decir, “Están disparando y se te ocurre asomarte, espabilado”. Pero las españolas casadas, lo que desean no es tanto discutir como que las comprendan. Y como el niño que tiene un amigo invisible, ellas se lo cuentan a su madre o a alguna amiga, que no está delante en ese momento, pero les da igual. Lo dicen así y sienten que les comprenden, o al menos que están cargadas de razones para ser compadecidas.
“Están disparando en la calle y no se le ocurre nada mejor que asomarse para decirles que no le molesten”.
Siempre hay que comprenderlas a ellas. Hay que estar todo el tiempo, en todo momento, sin parar de comprenderlas, ¿Saben ustedes? Y mientras seguían los disparos, claro, uno de ellos acabando con el jarrón chino de la tía Marina, y otro tiro irreverente fulminando esa imagen. ¡Esa bendita imagen! de la Virgen del Pilar! ¡Bendito regalo de bodas! Y yo se lo explicaba todo esto a mi mujer, que es que siempre hay que estar comprendiéndola, que abusa de que siempre haya que estar comprendiéndola. Que a nosotros también nos gustaría sentirnos comprendidos alguna vez, pero es imposible, porque toda la comprensión del mundo, toda la que tienen donde la comprensión se produce para todo el planeta, que será en el Himalaya o en algún sitio así, toda, toda, la comprensión toda, toda la que hay, la absorbe ella solita, es toda para ella, y mientras yo le decía eso, una bala que perforó la escayola del falso techo, provocaba una especie de confeti de cal dando a mi pelo un aspecto canoso que no se compadece con mi juvenil y vigorosa realidad. Y ella seguía explicándome las cosas en tercera persona. ¡Pero mírale! ¡Si es que está loco! ¡Pero que lo van a matar y él con sus discursos paseando por el salón! Y de pronto cambiaba a la segunda persona. ¿Pero te quieres agachar, que te van a matar! Para a continuación, volver a la tercera: ¡Dios, qué hombre! Frase que cuando la pronuncia mi mujer no significa que desfallezca ante mi rotundidad muscular y mi sex appeal. No, qué va. Significa más bien que le está entrando un ataque de rabia. Así que me va a matar, qué sé yo quién, y se enfada conmigo… Son reacciones coléricas sin sentido.
No quiero que piensen que soy como el inspector Colombo, siempre hablando de mi mujer, porque yo en realidad de lo que quería hablar es de los tiros. De los disparos. A mi me dio igual , la verdad, bueno, no me dio igual. Mis ojos lloraron de alegría de ver que por fin podría tirar a la basura el bendito jarrón chino de la tía Marina, junto con la otra estatuilla de la Santa Madre de Todos Nosotros, no por nada, que yo tengo mucho respeto a lo que se diga que hay que respetar, sino porque no pintaba nada en mi dormitorio,siendo testigo mudo de cuanto acontecía en el tálamo. Yo me puse a escribir. ¡Pero míralo! ¡Que lo van a matar y se pone a escribir! Seguía ella diciéndoselo a la amiga invisible, para que vea ¡Cómo es! Quiero decir, cómo soy.
Y desde entonces, no han dejado de disparar hacia mi casa. Acabaron con casi todos los televisores, tanto el Black Trinitron de cuando mi paciente lector era pequeño, como el LG Scarlet, que tenía un porrón de pulgadas, y unas luces de club de carretera, pero que cayó justo cuando dictaban sentencia en una película de juicios. Lo atravesó el proyectil en la cabeza del acusado desmintiendo así lo de la lentitud de la justicia . Ya no hemos visto más televisión ni más juicios. Los niños, con su consola en su cuarto. Las chicas con su tablet y sus teléfonos, también. Y mi mujer siempre a mi alrededor, como los tiroteos y detonaciones, disparando a mi alrededor, diciendo a su amiga invisible. ¡Pero míralo! ¡Si es que se ha vuelto loco! ¡Si es que lo van a matar y ni se inmuta! Va desgranando una letanía de si es que esto, si es que lo otro. Lo antedicho: para cargarse de razones. Y para que la comprendan más todavía de lo comprendida que está ya, aun cuando yo crea que no cabe más.
-Mujer, que sí, que lo sé, que me están disparando, y que tratan de matarme. Bueno, ¿y qué? Si a mi los tiros no me quitan de escribir. A mí lo que me distraen son tus siesques.
Ahora mismo, mientras redacto estas lineas han hecho añicos el último vaso de esos que teníamos con burbujita en la base, de cuando nos casamos. Y así llevamos ya más de un año, con esto de los disparos. Me levanto a desayunar y ya huele todo a pólvora quemada y me rozan las sienes las postas de mis sicarios, o del ejercito o lo que sean. Me agacho a tomar el periódico y,menos mal, justo en ese momento me habría dado en la cabeza una bola de metal que parece recién salida del costado de un bergantín. Los muros del pasillo están todos desconchados, el techo tiene un agujero por el que me saluda el vecino de arriba, que es muy cordial y tiene un pijama como uno que tenía yo, por cierto, yo creo que es una familia estupenda. Y no es raro que me encuentre la cocina humeante o hasta con llamas por efecto de alguna granada de mano. Pero yo ya me levanto con los papeles en la mano, venga a escribir sin parar y no levanto la cabeza más que cuando los niños salen al colegio por la puerta de la cocina y yo bebiendo mi café con leche bajo el fuego enemigo.
-Un beso, hijo mío. Cuidate mucho, que hay temporal. Oye, y hay que acostarse antes para llegar a la hora por la mañana, ¿eh? Que salimos muy justos todos los días.
Y antes de que cierre la puerta yo ya tengo la vista en mis escritos.
Y así llevamos un año. Me quieren matar pero yo me hago el distraído. Y si me quieren matar que me maten, oye, que tampoco es para tanto.
Un año así, o más, que vamos tirando con todos estos estrapalucios.
“El año en que escribimos peligrosamente”.
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En un lugar secreto, para que no nos disparasen. Pero nos dispararon igual.

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Enrique Brossa
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