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MIS SALMOS ATEOS. Un día la música seguirá sonando

Un día la música seguirá sonando,
pero no para ti ni para mí.
Como la radio en la ciudad fantasma
después del gran cataclismo,
emitirá un murmullo de soledad.

El día en que yo muera,
espero recordarás
que fuiste tú y solo tú.

Al principio nuestro recuerdo
será como un grano de arena
olvidado en un desierto infinito.
Después, ya no será.

En una mar demasiado serena
Mi velero quedará detenido
en un océano de niebla,
silencio y calma chicha.
Nuestras almas se irán diluyendo
en un cosmos sin ruidos ni tristeza.

Espero recordarás
que fuiste tú y solo tú.

Vagarán por el vacío
briznas de mi mente,
con átomos de la memoria
de nuestras risas desbordadas
por la alegre aventura de tenerte
y de la enorme dicha alcanzada
nadando en increíble  torrente.

Que fuiste tú y solo tú.

Tú eres para mí el agua y la sed a un tiempo,
vivirás conmigo después de la muerte.

Nosotros somos más.
Más que la felicidad,
más que la vida, más que la luz.
Hay algo eterno en tu mirada.

Nosotros somos más.
Somos la materia sin tiempo,
y nos fundiremos con ella
felices por habernos gozado.

Espero recordarás
que fuiste tú y solo tú.

Como lágrimas que al caer
creen desaparecer
pero han sido liberadas
para disolverse en el mundo.
Derramarnos el uno en el otro
nos ha devuelto a la tierra y al cielo.
Nuestro anhelo es abrazarnos
hasta convertirnos en aire y lluvia.

Otros no. Ellos, al agonizar,
Se aferran a la sábana
con mano crispada.
Desaparecerán a su pesar.
Ellos chillan sin voz,
moluscos en agua hirviendo.

Espero recordarás
que fuiste tú y solo tú.

Amamos con ojos abiertos
Parando el tiempo y la mente.
Hemos encontrado una puerta
hacia donde todos habitamos
El sitio que no puede verse.

Que fuiste tú y solo tú.

Recorrimos algo intenso.
Desnudos nadamos divertidos,
arrastrados por el gran río,
y dejamos de ser nosotros
para diluirnos juntos
en el hambre y en la existencia.

Tu sexo desnudo fue vergel desbocado
atrapando mi vida en tus manos.
Nos alimentamos uno del otro.
antropófagos felices y resignados.

Que fuimos nosotros dos.
Aceptando la vida
No importa el final

Photo by Fer Ledesma 
Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
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