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Diego Torres siempre llevaba consigo una pequeña libreta, en la que anotaba sus observaciones. Le encantaba escribir micro relatos basados en los personajes vulgares que encarnaban las personas que vivían en su entorno. Juzgaba de alto interés describir el carácter y las motivaciones de los demás, para plasmarlos con fidelidad en su cuaderno. Como cada mañana emprendió la misma rutina. Se acomodó en una mesa del rincón más apartado de la cafetería y desde allí observaba con discreción a los parroquianos habituales.
Refugiado tras la mesa aguzaba sus sentidos, con la esperanza de percibir con claridad los comentarios y las actitudes de aquellas personas.

—El mundo está desnudo y gris… ¡Como yo! —decía un tipo famélico, con aire taciturno y traje demasiado grande, dirigiéndose a un imaginario compañero. En poco más de cinco minutos aquel sujeto se había bebido tres copas de anís y, con una enérgica palmada sobre el mostrador, exigió al camarero que de nuevo le llenase.
Diego conocía bien a Eduardo y sentía pena por él. Casi siempre estaba borracho. Por eso solía ser gracioso, comunicativo y bondadoso. Cuando estaba sobrio la gente le rehuía, dada su propensión a la violencia cuando contactaba con la realidad y el carácter se le agriaba.

Aunque el aforo estaba casi completo, aquella mañana imperaba en la cafetería una tranquilidad inusual. Apenas había caras nuevas y su deseo de plasmar la descripción de algún tipo interesante, se veía defraudado. «En fin —se dijo—, renunciaré a escribir por hoy.»

Mientras ojeaba sus anotaciones, reconoció acodado en la esquina del mostrador a Alfredo, un hombre de poblado bigote negro y rasgos andinos. Removía con parsimonia un café al que le había puesto cuatro azucarillos. Siempre decía que “un café amargo fastidiaba su manera alegre de vivir la vida”. Diego se sonrió al releer la anotación que figuraba en su cuaderno desde unos días atrás, cuando aquel sujeto le hizo una confidencia.
“Mi amigo boliviano conocía la existencia de pastillas para elevar la libido de la vacas. Administró media gragea a su prima quinceañera y la joven, según él, iba mugiendo desesperada por los rincones”.
«¡Qué barbaridad!» Se dijo Diego con desagrado.

Miró su reloj y pensó que ya era hora de volver a casa. «De todas maneras hoy, no sé por qué, el ambiente resulta aburrido.» Mientras abría la puerta escuchó a un cliente nuevo, con acento desabrido y tosco aspecto, que dándose importancia le decía al camarero:
—Aquí donde me ves, yo fui en mi pueblo Juez de Paz…
—¿Juez de Paz tú?… —Respondió irónico el empleado— Pero si…
La puerta se cerró tras Diego y no pudo oír más.
«Algo raro está pasando hoy y no consigo saber qué es.» Esto le preocupaba, ya que se jactaba de sus extraordinarias dotes de observador. Pensando en ello caminaba abstraído, hasta que supo de pronto qué era lo distinto de aquella mañana:
—¡Ya lo sé!… —dijo a media voz y con gesto de triunfo—: ¡Hoy no se ha hablado de futbol!