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XIV

(Septiembre de 1959)

Mi primer amor

 

Ya se ocultaba el sol tras un horizonte de tonos cobrizos. Su brillante luz se apagaba poco a poco, al tiempo que se hacía uniforme el variado verde de los árboles y la silueta de las montañas se tornaba de vago gris. Los braceros, sentados en corrillo, esperaban la cena en animada charla, mientras bebían vino y rasgaban una guitarra.

A veces, después de un día agotador, todos gozaban del placer de su mutua compañía, de compartir sus anhelos y de la calidez de su amistad. A aquella reunión asistían los trabajadores de la finca, mi tío Faustino, Juan el boyero y Manuel “el cachimba”.

Alborotando alrededor jugábamos los niños y niñas, sin tregua al descanso. Yo he sido siempre un niño muy tranquilo y, más que participar en las travesuras propias de mi edad, estaba embobado pendiente de Rosita.

Era una niña de ojos azules y trenzas doradas de la que yo estaba enamorado, pero a la que no me atrevía a decirle nada. Bastaba una fugaz mirada que ella me dirigiera, para que el más violento rubor me embargara. En mi memoria tenía siempre presente la insinuación que me hizo hacía unos días:

«—Pedrín —me dijo—, eres un niño muy guapo. ¡Me gustas!

Yo me quedé cortado y con el pulso acelerado, sin saber qué decir.

—¿Estás sordo? —me interpeló pasados unos minutos, ante mi silencio.

—He dicho que me gustas y… ¡Me gustas mucho! ¿Te gusto yo? —Preguntó, mientras con un gesto coqueto se apartaba el flequillo de la frente— Dime… ¿Soy bonita?

—¡Sí! —acerté a contestar yo, con un hilo de voz, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba, rojas mis mejillas y sin saber, nervioso, dónde poner las manos.

—¿Eso es todo? —me reprochó con un tono de desprecio que me avergonzó— ¿Sí? ¿No me dices algo más? ¡Menudo hombre estás hecho!

—Pero yo… —balbuceé— ¡Yo no soy un hombre! ¡Soy un niño! Sólo tengo ocho años… —lo dije con voz triste e insegura, pero con rapidez, atropellando las palabras, aclaré para darme importancia:

—Bueno… ¡Casi nueve!

Claro que me gustaba. ¡Me gustaba mucho! Cuando la veía un raro temblor se apoderaba de mí, que hacía que azorado me alejara de ella. No sabía qué me pasaba, pero me sentía tan confuso en su presencia…

—¡Sólo tengo ocho años! ¡Sólo tengo ocho años! —Se burló imitando mi tartamudeo y, ofendida por mi torpeza gritó— ¡Imbécil!

Aquella palabra restalló en mis oídos con la dureza de una bofetada, tan hiriente e injusta, que sentí la tristeza corroyéndome el alma.

—Tú eres muy mayor… —me defendí, mientras se me empañaban los ojos— ¡Ya tienes doce años! Manolo es mayor que tú. ¿Por qué no te metes con él?

—Tonto, él no me gusta. ¡Me gustas tú!»

 

Aquella niña era hija del boyero. Me tenía loco. Si no la veía deambulaba inquieto alrededor de su casa ansioso por verla, pero cuando al fin aparecía, me alejaba con un nudo en la garganta y una extraña arritmia en el corazón que me dejaba sin resuello.

Por un momento aparté mi fascinada mirada de ella y observé el fuego de leña en el que trajinaban las mujeres, que guisaban en sartenes apoyadas en unos trébedes.

Los hombres animaban con palmas y olés a uno que cantaba, en tanto que el cielo se encendía de estrellas. A través de aquella atmósfera incontaminada se veían rutilantes las constelaciones. Era septiembre y la temperatura veraniega. La brisa del mar refrescaba el ambiente y el aire se saturaba con la grata fragancia de la Dama de Noche, según sus pétalos se abrían.

De repente, todo el encanto se quebró y se hizo el silencio. Yo no sabía qué pasaba, pero todos los rostros se tornaron serios y mi tío se fue con apresuramiento a su casa. Yo le quise seguir, pero la madre de mi enamorada me retuvo con la excusa de que la cena ya estaba servida. Rosita me dedicó una sonrisa tan hechicera, que pronto se me fue toda curiosidad por saber lo que ocurría.

Al poco vi aparecer a mis tíos con sendas maletas. Me indicaron que ellos tenían que ir a Madrid para unos asuntos de la finca. Yo me quedaría unos días en casa del boyero, mientras ellos estaban fuera. Aquella noticia me encantó, ya que viviría en la misma casa de Rosita y guardaba la secreta intención de perder mi timidez y pedirle que fuese mi novia.

Mis tíos se fueron y, después de cenar, las mujeres y los hombres participaban de una animada charla, aunque el eco de sus voces se tornó más grave mientras me dirigían furtivas miradas. Los cantes y la guitarra fueron abandonados, sin saber yo el motivo.

 

Rosita y yo nos apartamos unos metros y nos sentamos sobre el borde de una tajea. Yo la miraba a hurtadillas, pues no me atrevía a enfrentar su mirada. Sentía deseos de hablarle, pero aquella carita de ángel y, sobre todo, los dos bultitos que se adivinaban bajo la blusa a la altura del pecho, me intimidaban sobremanera. El sentimiento de impotencia y el miedo al ridículo me hicieron tomar la determinación de huir… ¡Siempre igual! ¡Siempre me sentía así cuando estaba junto a ella!

—Mira, Pedrín —me dijo—, aquél grupo de estrellas se llama El Carro. ¿Lo sabías? ¡Qué hermoso es el cielo! ¿No crees?

A cada pregunta yo asentía en silencio, pues hasta un simple sí me costaba pronunciar.

—¡Mira!— Señaló exaltada hacia otro lugar del cielo— Aquella tan brillante, ¿la ves?… la que está allí, en el horizonte… En verdad no es una estrella. Es Venus, un planeta que se parece a la tierra. ¿Lo sabías?

También asentí a aquella pregunta, aunque era la primera vez que alguien me hablaba de ello. No podía sufrir el pensamiento de que mi adorada Rosita creyera que yo era tonto de remate. Ella se inclinó hacia mí para mirarme a los ojos y me reprochó que estuviese todo el rato sin decir palabra.

—¡Estás pasmado! —dijo con un rictus de desagrado— ¿Acaso se te ha comido la lengua el gato?

La luz de la Luna calaba sus finos cabellos, dulcificaba sus facciones y la hacía parecer una criatura de fantasía. Para mí no existía en aquel momento nada que no fuese ella. Mis sentidos los tenía cautivos y todo aliento de vida parecía provenir de aquella niña, que me aceleraba el pulso y me seducía el alma.

Apercibida de mi extasiada mirada soltó una carcajada tan cantarina, que en un impulso incontrolable le di un rápido beso en los labios. Todo un nuevo mundo de sensaciones se abrió ante mí y hui ruborizado, mientras sentía el regusto de su aliento y el aroma a jazmín que despedía su cuerpo.