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DON PABLO
La última vez que vi a don Pablo fue hace poco más de un año. Me comentó que su juego de dominó había desaparecido. Acostumbraba guardarlo en el cajón del velador, encima de las postales que sus hijos le enviaban desde diferentes partes del mundo. Furioso inculpó al personal de limpieza del hogar geriátrico y quiso denunciar al turno de noche. Fue necesario sedarlo de urgencia para evitarle una crisis hipertensiva.
Aquella vez lo encontré medio dormido en el sillón del jardín, achicharrándose con el sol de la tarde y sudando como caballo. Me comentó, con la lengua medio adormecida, que estaba harto del sitio en el que estaba recluido. Se quejó de la dieta blanda; protestó porque la televisión la apagaban a las nueve de la noche; requintó al recordar los enemas evacuantes que le ponían dos veces por semana y maldijo en todos los idiomas al recordar que su enfermera favorita, la cómplice de sus caprichos, había sido despedida y ya no estaba para consentirlo.
Gracias a Joaquín, el menor de sus hijos, lo conocí en una parrillada que organizó en su casa de campo. Encontré a uno de los tipos más fantásticos que se pudo cruzar en mi camino. Don Pablo desbordaba vida en cada costillar que colocaba sobre las brasas, con el hueso asentado en el fierro y la carne de cara al cielo para que se cocinara lentamente, milimétricamente. Se divertía persiguiéndonos para hacernos probar el bife angosto término medio que acababa de sacar o el asado de tira macerado en salmuera. El entrecote de cerdo marinado con romero, salvia y orégano se rendía ante su ojo experimentado. Conversaba con los chorizos, morcillas, longanizas y salchichas mientras se engreía generosamente con los tintos de la Ribera del Duero. Preparaba el chimichurri y la salsa de rocoto mejor que ninguno y se jactaba que podía prender la parrilla aunque lloviera. Perfumaba el carbón con hojas de eucalipto y aserrín misterioso que conseguía en Paraguay.
Trabamos amistad y se ofreció a enseñarme a jugar dominó. Me sumergió en el alucinante mundo en blanco y negro de las fichas rectangulares. Jugábamos una vez por semana en su astillero en el puerto. Me esperaba siempre con un vino blanco italiano diferente y a las dos de la tarde hacíamos un alto para comer los platos marinos ordenados por teléfono.
Mis diversas ocupaciones me alejaron de don Pablo y extrañé las partidas de dominó y las charlas en las que nos enfrascábamos. Hombre de mundo, viajero impenitente, conocedor de la vida, sibarita, lector de filosofía, constructor de barcos, amante esposo, abnegado padre y amigo verdadero, vio la luz de su desgracia a los ochenta años,
El derrame cerebral le dejó la pierna derecha medio paralizada y lo condenó a usar pañales descartables y ser invadido por una sonda vesical. Para colmo de su desgracia se fracturó la cadera derecha al caerse de la bicicleta de rehabilitación. Fue operado y le colocaron una prótesis metálica de reemplazo y terminó de arruinarse la vida al ser extraditado a la silla de ruedas No perdió el espíritu guerrero y sacó provecho a la situación. Hacía carreras alrededor de la piscina con su amigo Vicente y en una de esas aventuras calculó mal la vuelta, cayó al agua y por poco se ahogó. Superó la neumonía y quedó obligsdo a dormir con una bigotera que le suministraba oxígeno. Lo único que lo deprimió fue la desaparición del juego de dominó de marfil que una de sus hijas le trajo de África.
Me he tomado el atrevimiento de comprarle un juego sencillo de dominó y llevarle escondidas unas alitas de pollo al sillau. Correré el riesgo de producirle algún desarreglo intestinal pero no viene al caso. Estoy seguro que le sabrán a gloria y no extrañará los caldos de verduras y carnes sancochadas.
Me anuncio en recepción y una auxiliar me acompaña hasta su habitación. Toco la puerta y no escucho respuesta. Giro la perilla y discretamente asomo la cabeza. Don Pablo está semi sentado en la cama, amarrado para no caerse, con un frasco de suero conectado al dorso de la mano y una sonda insertada en una fosa nasal. Al lado de la cama, por debajo de la colcha, asoma la bolsa urinaria. Tiene un monitor cardiaco colocado al pecho y a su costado la mascarilla para nebulizarlo cuelga del balón de oxígeno. Sobre la mesita de noche descansa una tablilla con las indicaciones. Me sorprendo con la cantidad de medicinas que recibe. Ingresa una enfermera con la jeringa de antibióticos para combatir la infección de sus escaras. La aplica, acomoda la almohada y se retira.
─No entiende ni dice nada ─afirma antes de cerrar la puerta.
Me acerco hacia mi entrañable amigo. Tomo su mano libre, le acaricio los cabellos y muestro la caja del dominó. Balbucea algo. Acerco mi oído a sus labios y logro entender:
─Te esperaba, muchachón…
Una lágrima rueda despacio por su mejilla, me dirige la mirada contenta y el brillo mustio de sus ojos me da a entender que pronto armaremos alboroto con el traqueteo de las fichas. En ese instante sé que don Pablo se alista para buscar a la mujer que desde hace cuatro años lo espera para comer parrillas y beber vino…

Oswaldo Castro

Oswaldo Castro

Hola, soy OSWALDO CASTRO ALFARO, nací en Piura, Perú, a fines de 1955, soy un clásico baby boomer, y vivo en Barranco, el barrio bohemio de Lima. En la década del 70 del siglo pasado escribí poemas y mini relatos hasta que me gradué como médico. Trabajé como tal durante 35 años y solo publiqué artículos científicos. Hace 6 años se desprendió mi retina izquierda y perdí la visión de ese ojo. Al año siguiente el ojo derecho intentó lo mismo y o han operado ocho veces y mi agudeza visual es del 20 %. La batalla está lejos de terminar Tengo problemas para leer y escribir y me ayudo con la PC. El destino me puso una zancadilla y ahora escribo por placer para mantenerme vivo y feliz. En los dos últimos años he publicado más de 200 cuentos, mini, micro relatos y poemas en más de 30 revistas, plataformas y portales virtuales. Me han antologado en físico y honrado con premios literarios. Soy un escritor otoñal, casi ciego, periférico, medio subterráneo y que disfruta la literatura distópica.
Oswaldo Castro

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