No puedo recordar el último latido de tequila
que se bebió la noche.

Sólo sé que no estabas
y que el dolor era una paz profunda
al fondo de los vasos.

Y ahora la mañana se descubre
inundando de luz esta torpeza
de mis ojos de humo.

Me cuesta acostumbrarme a la verdad
de ser inexistente en tus ventanas

y mi cabeza es un desorden raro
de relojes vacíos y jarrones sin rosas
intentando buscar su tiempo y su color.

No puedo recordar el último latido de tequila,
pero no se me olvida que no estabas
ni en la sal, ni en el ruido,
ni en la inercia del aire,
ni besando mis miedos,
ni vertiendo tu amor en mi sonrisa inmóvil.

Ni en el limón desnudo de mis labios nostálgicos.

No abrazaste mi nombre
cuando la oscuridad me hizo invisible.

Simplemente, no estabas.

Mariví González Sáez

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