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EL EXAMEN.
Salí de casa para ir a un examen de literatura, en el que debía escribir un relato en un tiempo muy corto, media hora. Era jueves. Entré en la librería más cercana a mi casa, como tantas otras veces, con la idea de comprar algunos libros. Me sorprendió ver que no estaba el dueño ni la cajera, a los que conocía, pues siempre compraba allí. Compré sólo un libro. Me dirigí a la caja para pagarlo y el nuevo cajero me miró con insistencia, con descaro. Me puso nervioso. No tenía un espejo donde mirarme, pero sabía que mi cara había cambiado de color, que se había enrojecido. ¿Por qué me mira así? ─Me pregunté. Estaba a punto de salir de la tienda cuando el cajero me preguntó:
─¿Tienes hijos?
Me extrañó esa pregunta.
─Sí, uno. Un hijo.
Ya casi en la puerta de la librería, otra vez el cajero me volvió a interrumpir.
─¿Estás casado?
Esa pregunta me extrañó aún más, y no contesté.

Antes de que pudiera decir nada más, me comentó que no le gustaba nada mi coche por su diseño poco llamativo. Lo miré fijamente a los ojos, con ganas de pelear, pero me contuve y le dije que tenía que irme, que tenía prisa. Pero el cajero insistió. Me preguntó si quería a mi familia. No le contesté. Me parecía raro que un individuo al que sólo había visto esa vez, me hablara de esa manera. Tal vez aquel tipo necesitaba un poco de conversación.

Nada más salir de la librería volví para cambiar el libro. Lo compré sin percatarme de que estaba escrito en catalán, y me costaba mucho leer en esa lengua. Lo quería en castellano. El cajero me lo cambió, y me lo dio con una sonrisa burlona. Estábamos solos, no había otros clientes. Cuando intenté marcharme, el cajero me cogió por el brazo, me retuvo, y me preguntó.
─¿Sabes que han aumentado los secuestros?
─Sí. Lo vi en la televisión.
Acto seguido me enseñó una foto. ¡Era de mi esposa, y de mi hijo! La rabia asomó a mis ojos y él me dijo:
─No los volverás a ver si no pagas el rescate que te pedirán.
Lancé un grito aterrador. ¡Noooooo! Le hubiera derribado de un solo golpe, pero no podía arriesgar las vidas de mi mujer y mi hijo.

Me dijo que le siguiera hacia el interior de la tienda, señalándome el bulto de la pistola que ocultaba debajo de la chaqueta. Sin apenas esfuerzo, desplazó una estantería llena de libros. Detrás había una puerta. La abrió y me indicó que fuera delante. Bajé una escalera que conducía a un sótano. Al final de la escalera una tenue luz iluminaba un pequeño recinto. Al fondo, había otra puerta, y me indicó con un gesto que la abriera. En ese momento, pensé que también me iba a secuestrar, pero deseché esa idea, por ilógica. ¿Quién le pagaría el rescate? Dentro de la segunda habitación, puso un vídeo, en el que se veía todo el proceso detallado del secuestro de mi familia, paso a paso: vigilancia en la puerta del colegio, en la puerta de mi casa, seguimiento a mi mujer mientras hacía las compras. Y esa misma mañana, los secuestradores los abordaron cuando mi mujer llevaba a mi hijo al colegio. Eran dos, pero ninguno el librero. Él supuse que era el cerebro de la banda de delincuentes, y la librería la tapadera para blanquear el dinero obtenido con las extorsiones.

Un calor abrasador recorrió todo mi cuerpo desde los pies a la cabeza. Por mi cerebro pasaron miles de ideas para liberarlos. Pero no sabía adonde los tenían encerrados, aunque supuse que quizá los tuvieran en algún habitáculo del mismo sótano. Tenía que conseguir que me dijera dónde estaban retenidos. Preguntarle sería inútil. No me lo diría y podría tener consecuencias graves para mí. Me armé de valor, y en un arrebato de ira, lo empujé contra la pared, lo inmovilicé y le arrebaté la pistola. Ya era mío. Le apunté a la cabeza y le dije:
─Dime dónde los tienes, o te vuelo la cabeza.
─No, no lo harás, porque si lo haces los matarán. Dijo con tranquilidad.
─¿Que no me lo dices? Ya verás.
Le disparé en un pie y chilló como una rata que ha caído en un cepo.
─Estoy dispuesto a hacerte sufrir lo impensable.
Le disparé en el otro pie y le dije:
─Ahora te dispararé en las manos, los brazos y en las piernas. Te desangrarás poco a poco, y verás cómo viene la muerte con su guadaña a cortarte la cabeza. Y te aseguro que los encontraré, porque sé que los tienes en este mismo sótano.
─¡No, por favor, no me dispares más, te lo diré!

Y… justo cuando estaba a punto de dispararle en una mano, un suave toque en el hombro me hizo reaccionar. El profesor me avisó de que era hora de entregar el relato. Mi hoja de examen estaba en blanco…