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CAPITULO 3: La chimenea encendida

La población del país fue sorprendida con la presencia de militares y policías desplegados en cada esquina y en cada calle en aquella mañana gris. Los transeúntes eran detenidos y cacheados con insolencia por la policía. Toda cartera, bolso, bolsa, mochila o morral era revisado minuciosamente, como si el general Peña Sandoval pudiera estar encerrado ahí.

Los militares empezaron la requisa casa por casa. Se ensañaron al revisar las casas de cada uno de los opositores al régimen buscando cualquier indicio del paradero de Peña Sandoval y, aprovecharon para poner preso a todos los que quisieron con el pretexto del secuestro.

Durante las requisas casa por casa, los militares decomisaban todo tipo de armas que encontraban y todo libro prohibido por el gobierno. Lo de los libros prohibidos fue toda una novedad. Hasta el día de hoy se desconoce la razón del por qué un libro era prohibido y otro no. Sin embargo, bastaba que los militares encontraran cualquier tipo de armas y/o libros prohibidos en una casa para que sus habitantes fueran anotados en la lista negra del régimen de forma automática.

Con el pasar de las horas y días, la lista de libros prohibidos la fue construyendo el pueblo de acuerdo al avance de la requisa militar. Era frecuente escuchar algo como: –A mi tío le decomisaron Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez– o, –A mi hijo, que estudia Economía, le decomisaron El Capital de Carlos Marx–. De boca en boca la lista de libros prohibidos pasó a ser parcialmente conocida, lo que daba oportunidad para que la gente pudiera esconder esos libros y quizás poderse librar de engrosar una lista por demás peligrosa. La lista de libros prohibidos era tan disímil e incluía a Los Miserables de Víctor Hugo, El príncipe de Nicolás Maquiavelo, La Casa Verde de Vargas Llosa, Don Quijote de la Mancha de Cervantes, entre otros.

De boca en boca, la población se iba informando del avance de la requisa. Los que tenían armas o libros prohibidos los escondían. La requisa fue avanzando día a día, hasta irse acercando a la zona donde vivía mi familia y yo.

Sin la ayuda de la información que iba de boca en boca, nuestra casa hubiera pasado a estar en la lista negra sin ninguna duda. Mi padre poseía una pistola automática, herencia de su estancia en el ejército y, por otro lado, mis hermanos colaboraban en la distribución de un periódico universitario en donde se denunciaba la represión del gobierno, la detención y asesinatos de opositores, el cierre de medios de comunicación, la agresión militar contra la universidad; además de tener varios libros prohibidos en la biblioteca.

Un viernes por la tarde, mi tío, cuya casa quedaba alejada a un kilómetro de la nuestra, llamó por teléfono y dijo que los militares acaban de pasar por su casa. Habían desordenado varios closets y le habían decomisado una pistola guardada dentro de una caja que estaba en la parte alta de uno de los closets. Él había pensado que la requisa no llegaría hasta ese rincón, pero se equivocó.

Con la información de mi tío y la de otros vecinos, se calculó que los militares llegarían a nuestra casa en dos o, a lo sumo, tres días. Es decir, que durante el día sábado se tenían que esconder todos los ejemplares de los periódicos universitarios, la pistola de mi padre y los libros prohibidos.

Esa noche, mi padre enterró la pistola en el patio trasero de la casa. Mientras tanto, mis hermanos trataban de imaginar qué hacer con los periódicos. Ir sacando los ejemplares por lotes de la casa podía ser muy peligroso, ya que en cualquier esquina podía estar la policía requisando y, quien llevase esos periódicos irremediablemente sería detenido. La propuesta más segura fue la de quemar cada uno de los ejemplares.

Fue el sábado, después del almuerzo, que se encendió la chimenea de la casa y empezó la quema de los periódicos. Para mí, era todo un acontecimiento que la chimenea se estuviera usando, ya que en todos los años de mi corta vida nunca la había visto encendida. En ese día, los rostros de mis hermanos y de mi madre mostraban preocupación, las aguas de sus almas estaban intranquilas moviéndose con un oleaje raudo y cortante. Las aguas de mi alma se mecían suavemente henchidas por la felicidad de ver la chimenea encendida. En cambio, en el alma de mi padre las aguas se movían furiosamente, varias veces le oí decir que esos periódicos nunca debieron estar en la casa, que con los tiempos que corrían había que andar con pies de plomo. Las aguas del alma de la casa se movían con intranquilidad, una intranquilidad que iba en aumento hora a hora, minuto a minuto y segundo a segundo.

Poco a poco, las pacas de periódicos fueron disminuyendo tragadas por el fuego de la chimenea, mientras se iba recibiendo información de que los militares estaban cada vez más cerca. El último montón de periódicos fue quemado a las 9 pm de aquel día. Sin embargo, los libros prohibidos seguían en la biblioteca. Con el antecedente de mi tío, guardarlos en un closet no era una opción. ¿Quemarlos? No, eso estaba bien para un periódico pero nunca para un libro. Al final, la decisión fue dejar los libros en la biblioteca. Si los militares los ven, que los decomisen y que nos pongan en la lista negra –dijo mi padre–, ya el tiempo para esconderlos se agotó.

Los militares llegaron a nuestra calle el día domingo. Si uno salía a la acera podía verlos al final de la calle. Dos cuadras y medio más y llegarían a nuestra casa. Todas las familias estaban a la espera del sonido del timbre o el golpe a la puerta, que daría el punto de partida para la requisa de la casa. Las requisas podían ser tan rápidas o lentas dependiendo de lo que los militares encontraban en la casa. Por eso, la predicción de cuánto se demorarían en pasar de una casa a otra era muy imprecisa y, la gente iba ajustando sus estimados hora a hora.

En aquel domingo incierto y de suspenso; mientras en mi casa se hacían cálculos de cuándo llegarían los militares a nuestra puerta, mientras los vecinos compartían información sobre las requisas, mientras nos enterábamos que en tal casa habían conseguido armas, en otra que habían conseguido libros prohibidos (por cierto, un nuevo título pasaba a engrosar la lista de libros prohibidos), mientras conocíamos que se habían llevado detenido al hijo del gordo Cardozo; una ambulancia se detenía a 300 metros de la comandancia general de aviación a las 5:30 pm. Dos hombres se bajaron, uno de ellos caminaba con lentitud, el otro lo tenía tomado del brazo sirviéndole de soporte. El hombre-soporte despidió gentilmente al chofer la ambulancia, quien arrancó mirando el reloj, tenía el tiempo justo para llegar a su casa antes del toque de queda.

La penumbra empezaba a avanzar sobre la ciudad. Para aquel momento, el hombre operado estaba más despierto, decía que se sentía mareado y preguntaba constantemente en dónde estaba. El hombre-soporte se detuvo a unos 100 metros de la entrada de la comandancia de aviación, en cuya entrada había un jardín muy bien cuidado. Fue entonces que el hombre-soporte le habló al hombre operado en estos términos:

–Bueno, general. Ha sido un gusto cuidarlo durante su convalecencia, pero estos últimos metros hacia la comandancia va a tener que hacerlos usted solo. ¡Es muy fácil! Tiene que caminar en línea recta y cuando llegue al jardín, doble a mano derecha. Se va a conseguir un centinela. Si no lo reconoce, se identifica.

En ese momento, se volteó e hizo una señal. Un carro se encendió, lo recogió y dejó al hombre operado solo en calle. Aquel hombre siguió las instrucciones que le dieron a pasos lentos e inseguros. Llegó donde el centinela de la entrada. En un principio, el centinela lo miró y preguntó que qué es lo que quería.

–Esta es una instalación militar perteneciente a la aviación y el edificio está cerr…

No terminó la frase, se cuadró y haciendo un saludo militar dijo:

–¡Bienvenido mi general! ¡Todos han estado buscándolo! ¡Calle por calle y casa por casa, mi general!

Durante esa madrugada, el alto gobierno y la cúpula militar se devanaban los sesos pensando cómo había llegado Peña Sandoval hasta la comandancia, quién tenía el suficiente poder o contactos para poder burlar todos los operativos de búsqueda. Claro, también era cierto que el número de efectivos destinados a la operación peine no eran suficientes para cubrir cada palmo del país. Siempre iba a haber espacios por donde el grupo de secuestradores pudo haberse movido con toda libertad. Con tales pensamientos estuvieron ocupados toda la noche y parte de la madrugada del día lunes.

Entretanto, mi padre calculó que los militares llegarían a nuestra puerta por la tarde del día lunes. Fue lo último que dijo antes de irse a dormir cerca de la medianoche de aquel domingo. A esa misma hora, el ministro del interior decía:

–Bueno, lo primero es hacerle un examen médico exhaustivo para ver en qué estado lo devolvieron sus captores.

El presidente asintió y mandó a llamar al médico de la comandancia. Una vez que el médico llegó a aquella oficina dijo:

–Lo cierto es que la operación peine ha llegado a su fin. El toque de queda tampoco se seguirá aplicando. Para mañana, los militares a sus tareas diarias y los policías otro tanto. Las pesquisas y averiguaciones se seguirán haciendo pero con un bajo perfil… y, usted doctor, hágale un chequeo médico a Peña Sandoval.

Las aguas de su alma estaban tranquilizándose. Es un problema menos que resolver se dijo a sí mismo.

A las 6 am todos los habitantes de aquella calle en donde yo vivía estaban despiertos y pendientes del movimiento de los militares en la calle. Para su sorpresa, las horas fueron transcurriendo sin que ninguno de ellos apareciese. Un vecino dijo que eso mismo estaba ocurriendo en otras partes de la ciudad. Sin duda alguna, la operación peine había llegado a su fin sin ninguna notificación por parte del gobierno. Las especulaciones no se hicieron esperar: Unos decían que al general Peña Sandoval lo habían encontrado asesinado, otros que había sido liberado por los secuestradores y algunos se aventuraron a decir que los militares lo habían rescatado. Cada historia tenía sus detalles particulares y, mientras tanto, el gobierno no hacía absolutamente nada para esclarecer los hechos.