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UN NUEVO AMANECER

En la península ibérica, cerca de la provincia de Burgos, vivía el clan de los Adelfried, neandertales muy conservadores guardianes de sus tradiciones y de la pureza de su sangre. Entre el grupo se encontraba una joven de nombre Dagmar, hija del patriarca, una pelirroja de hermoso cráneo alargado y ojos de lucero.

No lejos del clan de los Adelfried, había un campamento temporal de los Ferdinandos, unos cromañones errantes que hacían competencia al clan de Dagmar, convirtiéndolos en acérrimos enemigos.

No pocas fueron las veces que ambos grupos se enfrentaron, todo por motivo de la caza y de la protección de las mujeres, pues resulta que estos cromañones, además de ser más rápidos y altos que sus contrincantes, también eran unos calaveras.

En una ocasión, ambos grupos perseguían a un imponente mamut, atacaron al animal dándole muerte. Tanto los Adelfried como los Ferdinandos, consideraban ser los poseedores de la caza, ahí mismo se dio un encarnizado enfrentamiento.

Dando como resultado que un joven de nombre Barend, del clan de los Ferdinandos, fuera capturado y llevado al territorio de los Adelfried, para ser sacrificado y devorado por éstos, ésa era la tradición.

El sacrificio no se efectuó inmediatamente, lo tuvieron prisionero en el campamento, ahí conoció a Dagmar, si bien no se parecía a las mujeres de su clan, tenía una belleza especial que no pasó desapercibida para Bared.

La chica, igualmente se sintió atraída por el desconocido, aprovechaba cualquier excusa para pasar frente de donde se encontraba.

Unos días después de su captura, los Adelfried tuvieron un excelente día de caza, las mujeres prepararon todo para la celebración. Pedazos suculentos de carne se asaban en las brasas de la  hoguera y el clan bailaba alrededor de ésta emitiendo sonidos guturales de agradecimiento y alegría.

Luther, el jefe del clan y padre de Dagmar, fue el primero en cortar con su daga de piedra un pedazo de carne, lo lamía con fruición y glotonería, era digno de imitar.

Entre tanta algarabía, nadie se acordaba de Bared, excepto la joven pelirroja Dagmar. Tomó un trozo de carne para el prisionero. Con cierto miedo se acercó a él para arrojarle la comida. Bared estaba hambriento, lo tomó ávidamente dando una mordida que a la chica asusto.

Después de mitigada su hambre se dio cuenta que la mujer seguía ahí parada observándole. Astuto como era, vio la oportunidad de escapar. Inició con un diálogo que sólo él comprendía pero que a los oídos de la chica sonaba como el sonido del viento entre los árboles o el susurro del agua al correr.

Dagmar, se fue acercando, como hipnotizada por esa voz, se sentó a un lado de Bared, quién para no asustarla siguió con su diálogo, lentamente se giró hacia ella y pudo observar sus maravillosos arcos superciliares que le hacia resaltar sus ojos de lucero enmarcados en esa mata rojiza que le daba un aspecto felino muy seductor.

En ese momento, ambos jóvenes se dejaron llevar por la naturaleza, si bien eran distintos de fisonomía y otros irrelevantes detalles, no dejaban de ser un hombre y una mujer.

Mientras los demás seguían festejando, ellos consumaban sus deseos en una entrega salvaje y apasionada.

Esta escena se repitió más de una ocasión, hasta que el padre de Bared los descubrió, encolerizado por la pasión que sentía por la pureza de su especie con sus propias manos y dientes terminó con la vida del joven cromañón.

En cuanto a Dagmar, fue entregada a un joven del clan llamado Horst, quien podía decidir si mantenerla con vida o darle muerte. Éste decidió dejarla vivir, necesitaba una mujer que lo atendiera.

Los meses pasaron y la joven Dagmar parió a un varón con unas características no propias de su especie, lo que causó el rechazo de la madre y su hijo.

Fueron abandonados a su suerte, la madre y su cría anduvieron penando hasta que se encontró con el grupo de los Ferdinandos que la recibieron.

Cuando la madre de Bared se acercó a la extraña vio al pequeño, observó que se parecía a su hijo muerto. Como mujer entendió lo que había pasado.

Dagmar y su hijo formaron parte del clan hasta que un día ella no despertó más. En cuanto al clan de los Adelfried y los demás neandertales la naturaleza los extinguió.

El hijo de Dagmar y Bared, tuvo más tolerancia a los cambios que sufría el mundo, dando origen a una nueva estirpe producto de un amor que no distinguía especies ni clanes.