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IV

El frío, la salitre y la humedad acuchillaban mis huesos. Como si fuera un autómata, remaba en mitad de la noche con Ariadna como única luz brillando dentro de mi cerebro entre aquellas tinieblas. 

Hacia el Este empezó a clarear. Lo hacía con timidez, ganando poco a poco palidez azul a un pequeño trozo de cielo negro. El murmullo de las olas renovaba mis latidos que, además, se alimentaban por la promesa de esos incipientes brillos. 

Nada más empezar a levantarse el sol descubrí que estaba próximo a otra isla, en la que una playa de arena dorada aparentaba ser el mejor lugar para desembarcar. Si el oleaje o el destino me habían aproado hasta allí solo cabía un motivo. En aquella isla se encontraba Ariadna.

La playa estaba llena de algas y de restos de basura escupidos por la mar aunque, entre los arbustos y palmeras limítrofes con la orilla, también distinguí una cabaña de madera. En cuanto puse un pie a tierra grité el nombre de Ariadna varias veces. El aleteo de las gaviotas y otras aves asustadas se fue mezclando con mi voz hasta que, afónico, solo volví a escuchar el rítmico romper de las olas.

Eché a correr hacia la casa. No había puerta en la entrada y la arena colonizaba la estancia. Una vez al interior, tuve que abrirme paso entre gigantescas telarañas hasta que pude identificar a mi izquierda un colchón sucio tirado en el suelo. En frente de este se encontraba una mesa de tablones con una de sus patas más corta que las otras; al lado había dos sillas con el asiento agujereado. En la pared del fondo estaba colgado un viejo y extraño reloj. Sus manecillas sostenían una hora imposible, las veinticinco cuarenta, si es que en ese lugar el tiempo había transcurrido alguna vez con normalidad. Me aproximé más de cerca pero solo acabé distinguiendo unas herrumbrosas agujas dobladas por el viento con pequeños cristales quebrados e incrustados como puñales en la esfera. 

Tampoco en ese lugar había señales de Ariadna. Si hubiera sucumbido al Minotauro o al laberinto, al menos habría sabido que mi sacrificio tenía sentido.  Me ahogaba pensando que el triunfo se había diluido igual que el mar había hecho con mis huellas en la playa. La búsqueda de Ariadna era como navegar queriendo tocar con los dedos el horizonte, siempre esa línea se dibujará lejana frente a nuestra mirada por más que avancemos.

Debajo del reloj había un sofá en aparente buen estado. Estaba tapizado con flores. No lo pensé dos veces. Perseguir sueños pero alimentándose de fracasos era agotador. Me dejé caer y me recosté. Sentí un abrazo cálido y nada pude hacer contra el sopor que se fue apoderando de mí. 

Cuando abrí los ojos, el sol se colaba por un agujero del techo.  Hacía calor y varios regueros de sudor bajaban por mi frente. Miré en todas las direcciones, la habitación daba la impresión de ser otra, y ya no se apreciaba suciedad o polvo alguno. La mesa estaba horizontal y el colchón se había transformado en una cama con sábanas que olían a recién lavadas. Me incorporé y vi que sobre aquel catre estaba extendida una colcha dorada con el dibujo de un pavo real; el conjunto lo soportaba una estructura metálica con el cabecero de bronce y cristal. 

Me preguntaba qué había ocurrido durante mi sueño a la vez que me daba la vuelta para ver qué sorpresa me depararía el reloj. No me dio tiempo a levantar la vista del todo y solo alcancé a ver el rítmico movimiento del minutero, porque, en ese instante, una mano cálida y de tacto suave se apoyó sobre mi hombro.

—Hola —escuché al mismo tiempo a mi espalda. 

No necesité girarme, era la voz de Ariadna. Asimismo, comprendí que por ella, el motor de mi viaje, sería capaz de entregar hasta el último aliento. Era mi destino. 

Cuando estuvimos cara a cara su dedo índice me hizo señas para que me abalanzara sobre ella. Solo instantes antes de hundirme en su mirada, solo antes de besarla con intensidad.

(Continuará)