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Nació la piedra siendo piedra,
igual que nació el pájaro
siendo pájaro.

Ella sólo podía arrastrar
su alma en la tierra,
el pájaro volaba entre nubes
viendo el campo
de centeno dorado.

Ella, quieta, entre agua y barro,
condenada sin poder respirar,
en un olvido ciego,
mientras el ave trina y brinca
torbellino ciego como el olvido.

Mas no hay envidia en tu coraza,
sólo paciencia que esgrimes callada,
sabiendo en tu esperanza
del tiempo eterno en tu semblanza,
que no el pájaro en su aleteo
efímero de su propio suspiro.

Y mientras el cantero se enamora
de la belleza que guardas,
sabiendo que de la mano de un gigante
tú tendrás tu vuelo
entre una gárgola.

Fran RubioVarela.