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No se si alguna vez deseé, de forma inconsciente, convertirme en un cabrón. Recuerdo aquella mañana de Julio en la que estuve a punto de cometer un crimen, o dos. Puede que tres. Regresé a casa temprano. Fue la primera vez que noté mis músculos en tensión. Cerré ambas manos en un puño para controlar las ganas de atizarle. No está dentro de mi categoría, soy un hombre políticamente correcto, no podía cometer tal brutalidad.
Mi mujer tenía un secreto que guardaba entre sus piernas mientras me ausentaba por trabajo.
-¡Juan! ¡¿Qué haces en casa tan temprano?! -Exclamó al verme aparecer. Aquel grito era un aviso. Se llevó una mano a la frente. Vi cómo se le desencajaba la expresión de la cara. Llegué a pensar que ocurrió algo trágico.
Había preparado el desayuno para dos. Su amigo salió de nuestra habitación y llevaba puesta mi bata de estar por casa. Mis zapatillas, le quedaban pequeñas.
No sé qué me dolió más, ver al tipo ese con mis cosas o imaginar qué habían hecho durante toda la noche.
Mi mujer entró en un estado de pánico y quiso pedir perdón entre falsas lágrimas. La hice callar con un fuerte alarido,salió de mis cuerdas vocales con el efecto del inframundo. Mi cabeza se atiborró, en décimas de segundo, de preguntas y miserias. ¿Qué ve en ese neocutre salido de otro planeta? Pasé dieciocho años de nuestro matrimonio corrigiendo nuestros desafíos literarios. Me costaba entender el motivo por el cual, ella, no quería saber nada de mí. Me he convertido en un neoindi.

Aquél tipo adoptó una postura rígida. Pero le faltaba la respiración. Dificultad que bien podía haberlo asfixiado allí mismo con un repentino ataque de asma.
Aturdido salí del edificio con intención de no volver. Total ¿Qué había perdido? No era dueño de nada. Bajé las escaleras sin perder de vista mis zapatos. Di varias vueltas en el parque de enfrente y cambié de calle varias veces, siempre dirección sur. Me detuve frente a un escaparate, mis ojeras teñían un morado ennegrecido. Desaliñado, con la camisa fuera de los pantalones. Quise despertar de aquel maldito sueño. Se estaba convirtiendo en una obsesión. Parecía inventado por el brujo de las pesadillas y los engaños. Caminé hacia ningún lugar “Encabronado” así transitaron cuatro lentas horas, decidí sentarme en un banco del parque y observé el rotulo de una agencia de viajes. “Villa Perdida de las Torres” un paraíso de descanso. Pensé que quizá, todo, no estaba tan perdido.

(VILLA PERDIDA DE LAS TORRES[SANDY TORRES 2014])