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(Segunda parte de tres)

Cuando se supo la noticia del asteroide asesino yo estaba en el centro de formación de astronautas de Colonia. Todos mis compañeros hacían cábalas. Qué si una misión en el transbordador, qué si un cohete chino. No se me alteraron las pulsaciones, era el que peores notas tenía y nunca me elegirían. De hecho, si aún no me habían dado un puntapiés era por los generosos fondos que aportaba el gobierno español al proyecto. A pesar de que estudiaba más que mis compañeros, a la hora de conducir la nave o resolver  emergencias parecía tener los dedos y el cerebro atrofiado. Hans, el instructor de vuelo espacial, siempre me decía que hiciera lo contrario de lo que decidiera. Alguna evaluación aprobé así. 

Al final, hubo un acuerdo global entre Europa, China, Estados Unidos y los Rusos para salvar a la humanidad. Los ingenieros diseñaron un cohete no tripulado que llevaría un láser de iones para intentar desviar al pedrusco que amenazaba con fracturarnos el cráneo. Si  no se conseguía hacerlo lo suficiente, las probabilidades eran inferiores al cincuenta por ciento, tres pequeñas naves autónomas que también irían dentro del cohete, se aproximarían hasta estar cerca de Turamachok  y explotar la carga atómica que almacenarían en su interior. Las bombas lograrían que se deshiciera en pedazos (noventa y nueve por ciento de probabilidad) y habría tal devastación que los trozos que entraran en nuestra atmósfera sería como una simple lluvia de meteoritos. Solo había un inconveniente, las explosiones podrían alcanzar la nave (noventa por ciento en este caso), pero nadie la tripularía. Todo se ejecutaría desde tierra. 

Sin embargo, los políticos, los que aportaban el dinero para construir en tiempo récord la nave, creyeron que el diez por ciento de probabilidades de sobrevivir era suficiente y que un héroe, más si este nunca regresaba, sería lo ideal para mantener unida a la población y evitar un caos antes de que Turamachok nos rozara. 

¿Y a quién se eligió? Los rusos vetaron a cualquier yanqui, estos a que fuera un chino y, entre los europeos, ingleses contra franceses, alemanes contra italianos. Al final, las sucesivas carambolas condujeron a un español, a mí. Inepto pero muy obediente. El perfil perfecto: con sonreír para las fotos era suficiente. 

La población no supo quién había sido el elegido hasta el día anterior al lanzamiento, otra estrategia de los asesores políticos idéntica a la que aplicaron conmigo. Primero me aislaron de mis compañeros sin explicarme el motivo, después me informaron que saldría al encuentro de Turamachok con las horas justas para hacerme las fotos que distribuirían a todas las cadenas de televisión y para rodar, bajo la dirección conjunta de Steven Spielberg y J.A.Bayona, varias escenas en el simulador de vuelo con las que tranquilizar a la población mundial mostrándoles mi supuesto entrenamiento intensivo. No tuve mucho tiempo para pensar en el futuro, estaba acostumbrado a hacer lo que me ordenaran. Ni tan siquiera disfruté al pensar en la alegría que mi padre tendría al conocer la noticia. Si iba a desaparecer en el espacio o, por el contrario, colgarían de mi pecho un buen puñado de medallas y sobre mi cabeza millones de  papelillos de colores al desfilar por avenidas llenas de gente vitoreándome, era algo que no me preocupaba, aunque lo de la gira mundial y lo de los discursos me provocara más pánico que la roca asesina hacia la que irremediablemente me encaminaba. Me sentía como un corredor de larga distancia a punto de cruzar la linea de llegada cuyas piernas siguen dando pasos aunque los músculos apenas lo sostengan.

(Continuará)