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III

Tras varios días cruzando mares y océanos, llegué a la isla donde debía estar Ariadna. Las olas me llevaron hasta un embarcadero al pie de un acantilado coronado por un faro. Unos escalones tallados en la piedra me permitieron trepar hasta arriba y descubrir que el faro tenía adosado un caserón enorme de tres plantas;   Transmisiones Oceánicas aún se leía en una herrumbrosa placa a la intemperie. La casa parecía deshabitada con los cristales de las ventanas rotos. Empujé la puerta de madera, que se abrió sin dificultad, y varios murciélagos me sobrevolaron nada más poner un pie adentro. La amplia entrada me dejó ver una cocina medio derruida al fondo y unas escaleras de frente por las que empecé a subir. Mis pasos crujían como un quejido y, sin embargo, aquel sonido no me causaba temor alguno; tenaz como la fiera a la que había vencido, mi decisión era llegar hasta el confín del mundo con tal de encontrar a Ariadna para cobrar la recompensa. 

Una y otra vez de mi boca salió su nombre, pero un silencio glacial fue la respuesta siempre. Mis piernas y mis gritos buscándola recorrieron muchas de aquellas estancias, todas con enseres viejos y llenos de polvo. Allí solo había escritorios desvencijados con carcomidas sillas de madera, archivadores medio abiertos y alguna cama y armario en lo que debía haber sido un dormitorio. Montañas de carpetas amarillentas, conteniendo cientos de hojas cada una, reinaban por las habitaciones que atravesé. Señales de un pasado donde el tecleo de alguna máquina de escribir, el humo de los cigarrillos y una animada conversación habrían regido las horas y minutos de los hombres que mantenían activo el lugar. Pisoteé todos los rincones de esa casona abandonada  bajo una creciente marea de fracaso. 

Apreté los puños. Podía gritar cuanto quisiera, mi mensaje, como los que había visto derramados por los suelos, nunca llegaría a Ariadna y el hilo, en forma ahora de esperanza, se agotaba. Oscurecía cuando pronuncié su nombre una última vez; esta vez  sonó a lamento. 

Apenas era una intuición el  limpio aire de afuera cuando aparté con las manos la última nube polvorienta que me separaba de la puerta de salida. La luna  se rompía en un serpenteo interminable sobre el mar mientras que el cielo  era un conjunto de grises pero huérfano de nubes. 

Una vez al exterior, el mar y otras islas que quebraban la línea del horizonte como jinetes de capa oscura, me parecieron ser las huellas que debía seguir. A eso me dedicaría, a ir tras el sueño de un mito imposible con la certeza de que, aunque la encontrara y nos besáramos, nunca lograría poseer un espíritu tan libre como el suyo. 

Bien porque solo era una hermosa historia atrapada entre letras cautivas de la realidad; bien porque lo ficticio e irreal tal vez fuera yo en vez de ella. 

No me importó, me adentré en la noche siendo las lejanas estrellas el débil reguero que me permitirían seguir el rumbo. Buscaba, al mismo tiempo, la salida a mi propio laberinto para así lograr  el sueño de tener algún día a Ariadna a mi lado. Un anhelo que, sin saber cuánto podría conservarlo, de momento derrotaba a la frustración.

(Continuará)