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Morir de Amor

Lloró con lágrimas que lo corroían todo por donde pasaban mientras que un río de lava le atravesaba las entrañas. Se sentía derrotado y empequeñecido, doblado sobre sí mismo. El sol había hecho subir las temperaturas voceando la primavera, pero él tiritó tanto de frío como por el vacío que lo succionaba hacia el abismo. Los escalofríos  le apuñalaron la garganta, dejándolo sin aire. Apenas sin pestañear, sin que nadie pudiera imaginar los barrotes de amargura de su prisión, los ojos alternaron el cuaderno sobre el que garabateaba rimas y estrofas con los mofletudos cúmulos de un cielo tan azul y vivo como el que pintaba Velazquez en sus cuadros. Por reflejo, puso la mano derecha sobre el pecho en varias ocasiones, lo presionó como si tuviera que detener una hemorragia,  aquellos pinchazos interferían su concentración.

Sin embargo, hubiera pasado por otra estatua más del parque del Buen Retiro donde estaba. Allí, con el Palacio de Cristal de frente, con la fuente del lago como fondo musical para pájaros y  niños jugando, no se había inmutado durante horas, erguido frente a un imaginario horizonte. Escribía o corregía un poema sentado bajo el abrazo de un centenario y descomunal castaño de indias.

       ***

Como poeta nunca ambicionó premios literarios, no solía presentarse a concursos y solo una pequeña parte de su trabajo había sido publicado en dos libritos que sufragó por completo, pero sí le gustaba recitarlos en los festivales de poesía. Con escuchar unos pocos aplausos, o que alguien del público exclamara: «¡Bravo, qué magnifico poema!» la piel se le erizaba. Incluso, sintiendo el latido ajeno en cualquier abrazo, se ruborizaba y una cálida marea de satisfacción recorría su cuerpo. 

Ese era su alimento, lo que le hacía escribir sin descanso sabiéndose, o imaginándolo  ser, un solitario rapsoda de incomprendida obra. Unos versos en los que buscaba las palabras exactas que reflejaran tanto las risas como las lágrimas, el amor y el desamor, la vida o la muerte. Igual que un bibliotecario, organizaba y archivaba en su memoria imágenes de un mar rizado bajo una cortina de agua, el del sol al ocultarse tras las cumbres nevadas, el del viento acariciando un campo alfombrado de amapolas, el de los profundos surcos en el rostro de una anciana sonriente, o el de los dos adolescentes que nerviosos miraban en todas las direcciones antes de besarse. Sus ojos eran una esponja absorbiendo vida para que, más tarde, la mano fuera capaz de transformarlos en poemas.  

Pero llevaba ya más de dos años de silencio obligado, de un ostracismo sin razón. Fue tras publicar su segundo libro cuando el mundo poético lo olvidó, cuando dejó de recibir invitaciones a recitales de poesía al tildarle de antiguo y nada innovador. Su voz, que él convertía en temblorosa al recitar, ya no se escuchaba frente a ningún auditorio. Los aplausos eran un eco lejano. Ya nadie, ni tan siquiera la camarera cuarentona del bar de abajo de su casa y de la que estaba enamorado en secreto, tenía tiempo para escuchar sus últimas composiciones. Ella también había dejado de llamarle poeta. 


El atardecer llegaba a cada rincón del parque, inundaba las últimas horas del día con los rayos suplicando por no desaparecer. Se afinaba con el rumor de las palomas zureando y el del surtidor del estanque describiendo un alargado arco antes de chisporrotear sobre la superficie verdosa del agua. El centenario edificio de hierro y cristal, la  escalinata que conducía al pequeño lago, o la húmeda gruta refugio de novios, presidía cada fotografía que los turistas tomaban del lugar. 

Al poeta nada de eso le distraía. Sin levantar la vista en mucho rato, completó la página del pequeño cuaderno de hojas verdes y lo cerró. Lo sostenía entre las manos mientras que estas las apoyaba en el regazo. Entonces, llevó su mirada hacia el chorro del estanque y entornó los párpados. Como si hubiera cruzado la cinta de llegada de una carrera empezada hacía muchísimo tiempo, inspiró y exhaló de manera forzada, necesitaba sosegarse, sentir la caricia del sol. Saber que la vida aún corría por su torrente sanguíneo. No le fue posible, al contrario. 

El dolor constante del pecho había roto el muro que lo contenía. Irradiaba hacía el brazo izquierdo dejándolo rígido, alcanzaba a la otra extremidad, vientre y piernas. A pesar del calvario, y de la sospecha de estar sufriendo un ataque al corazón, no temía ese tormento sino el no tener ya fuerza para recitar en voz alta aquello que acababa de escribir. Falto de oxígeno, solo tuvo tiempo para un pensamiento obsesivo: el verso que cerraba el cuadernillo, aquellas palabras que habían irrumpido como un seísmo, ¿serían leídas por alguien o, cómo él, nunca más verían la luz?

El brazo fue ya incapaz de ejercer presión y la libreta cayó al suelo. Aquellas palabras que acababa de escribir fueron su último pensamiento.

Desnudo frente a ti, 

trance ya te espero,

impaciente solo anhelo, 

abrazarte al fin. 


El sol se fugaba hacia otros lugares y la jornada dejaba olor a jazmín, rosas y glicina.  Con los últimos brillos todavía danzando por los caminos, las mamás empezaron a llamar a sus hijos para regresar al hogar y el descenso de la temperatura transformó la brisa en nerviosas rachas de viento. Unos incomodos remolinos hicieron volar arenilla, papelillos de caramelos y zurrones con los frutos caídos al suelo. 

Desplazado por esos aprendices de vendaval, el bloc con los poemas se aproximó hasta la orilla del estanque. Empujado por una ráfaga más fuerte, entró en el agua junto a varias ramas y hojas secas. El líquido elemento acarició  aquel legado final y comenzó a flotar en un suave vaivén. 

Entonces, una niña de corta edad con el pelo recogido y dos pequeñas coletas sobre los hombros, al intentar rescatar una pequeña pelota que un compañero de juegos había mandado hasta allí,  vio las hojas verdes flotando al lado del juguete. No entendía porqué se volvían borrosas. Maravillada por esa lenta transformación de la tinta emborronando poco a poco el folio, pensaba sobre lo que dirían esas palabras.

Dio un respingo, no podía esperar mucho tiempo más o la pelota se desplazaría al centro del estanque. Alargó la manita y hundiendo del todo los papeles en el agua, la recogió antes que esta quedara fuera de su alcance. Contenta por tenerla de nuevo, vio como la oscuridad del fondo tragaba aquellas hojas. 

Aunque había reconocido a alguna de las vocales, era una chiquilla muy aplicada, no volvió a pensar en aquello. Al fin y al cabo, ella todavía no había aprendido a leer. 

   

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