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Bienvenidos a esta verbena de espesuras.
Lobos de la estepa, poetas sin musa
que solitarios le aúllan a la luna.
Costal de gatos, locos sin cura
arañando el silencio hasta que llore lluvia.
Ahora que los laberintos
se resuelven por la senda más oscura,
Borges planetario encuentra investidura.
Dionisos se ha puesto máscara de verso.
Y busca musas sin faldas y maduras,
vuelan páginas abrasadas por el fuego.
Un Dios tronante rayo en mano
entró en mi pecho con su empuñadura,
para sembrarme truenos sin descanso.
Donde habita un corazón sin coraza
con la cordura de un palomar agitado.
Que sabe él, ni nadie, si la locura
es un recurso infalible de la utopía,
ahora que gravitan mis conjeturas
entre cardos, fuegos ralos y letanías.
Y sueño con la palabra-luz sin ataduras.
Un vértigo por ese relámpago domesticado
que nos sacude los cimientos de la duda.
El mismo Dios, piadoso, me deja con endoso
El Acta de nacimiento de la luna.
Ahora que los dueños del insomnio
son demonios que muestran sus facturas.
Vienen los pájaros en éxodo sin retorno,
con vuelo grave sobre sendas inseguras.
Y un alma impura, densa de inventarios,
más oscuros que los dardos de la injuria
se extravía sin remedio entre mis brazos,
imposible salvarlos sin daño, ni raspaduras
de esta lujuria de palabras, por abecedario,
que se puebla de cantos y versos soterrados
Añoro al poeta sin armadura, guerrero milenario
hermano lobo, que propuso salvarnos
del insomnio, del desamor y la negrura;
con hojas, rayos, brisas, gotas y bálsamos
en dosis precisas y controladas, de la luna.
Recurso infinito, consuelo de este poetastro,
con versos en verbena y algarabías de la locura.