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Todavía estaba en estado shock. Llevaba dos días en el calabozo e intentaba repasar el motivo que lo había llevado allí. Todo era muy confuso y no lograba ordenar cronológicamente lo sucedido. Lo único que estaba claro es que le había quitado la vida a una persona muy joven. Fue durante el transcurso de una manifestación muy violenta donde le entró pánico y en un acto incontrolado desenfundó la pistola y disparó. Todo fue muy rápido. Después de unos largos segundos de parálisis silenciosa, fue a socorrer al joven que había abatido. Se le heló la sangre cuando le quitó el pasamontañas y lo reconoció: habían sido compañeros en la facultad.

Lo dejaron en libertad con cargos, suspendido de servicio y sin sueldo. Decidió acudir al entierro del amigo que había matado. Necesitaba decirle a su madre que lo sentía mucho y que no dudaría en cambiarse por su hijo. Como respuesta obtuvo una penetrante mirada de la mujer que lo dejó desconcertado: no era de odio, era de compasión. Muy diferente era la actitud de los hermanos que, en segundo término, proclamaban las consignas habituales -adquiridas durante el adiestramiento en los campamentos revolucionarios- para seguir con la lucha y para vengar a su hermano que había muerto por la causa a manos de las huestes del estado capitalista y opresor.

Destrozado, regresó a casa. Por el camino se preguntaba cómo es posible que habiendo compartido facultad y clase hubieran cogido caminos tan diferentes. En la universidad había algunos profesores sectarios y resentidos que intentaban adoctrinarlos, pero jamás pensó que le pudieran haber influido de forma tan determinante. Recordaba que incluso habían participado los dos en las típicas manifestaciones estudiantiles. Lo que peor digería, era ver como los periódicos y la mayoría de los medios de comunicación ya habían dictado sentencia: el policía joven e inexperto sería el culpable de todo. Lo señalaron como verdugo. “Acaso creían que la barra de hierro y las piedras formaban parte del ornamento de los activistas?”, se decía a sí mismo. “¡Qué gran momento para desaparecer!”, pensó atormentado.

Se miró en el espejo y vio reflejada la imagen de Ricardo -así se llamaba la víctima- que le preguntaba: “¿Por qué?”. Bajó la vista, cuando la volvió a subir, ya no estaba. El espejo le devolvió entonces su propia imagen que le hablaba: “Abre los ojos, apunta sobre la sien y dispara”.