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Donde la fría noche, la hoguera es día.
Los pasos con miedo del indefenso,
perfila el iluso hacia el fuego intenso.
Su aurora cobija su piel tan fría.

La llama se extingue, tiene que comer
y angustia le llega, se va a recoger:
leña, a su amo, para verle crecer.

Vuelve el calor, y renace aquel día,
la vida prosigue (sino oscurece).
Más leña le da, el hombre obedece,
la llama se acrecienta ¡le quemaría!

En leña le ordena que pare su andar,
¡ese es su alimento!, comienza a escapar,
y ya sin esclavo se va a agonizar.

Penumbra se queda, en la oscuridad;
el rojo se extingue, es ya una burla.
El alba renace y al ruido calla.
Queda evidente su gran ingenuidad.

Esclavos ¡sois libres!, podéis ya marchar,
que el día no os absorbe, no os pide humillar.
Ya todo es visible, solo hay que admirar

y pensar, que el monstruo que aflige murió:
muerto de hambre, pues no diste atención.
No hablaste, ni peleaste, porque lección
llegó a tiempo, al padre que concibió

al hijo nefasto: tú eres culpable,
pues permitiste ser manipulable
por un egoísta irrazonable.

No estaban jamás antes que nosotros
los entes que llaman como “demonios”.
Somos soberbios como también necios,
rezamos bondad y mal a los astros,

que ignoran rezos por ser imperfectos,
de seres que evaden su propia culpa.
El propio pensar germina una sopa,
forjando el reflejo de sus adentros.

Que por desgracia no son controlados,
pues, horizonte seco de bondades:
Bien, olvidado; males, preservados.

Y a estos principios se mueven los mares,
donde sin saberlo estamos ahogados.
Es bajo el chantaje de quien escondes.